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jueves, 19 de mayo de 2022

CARDENAL RATZINGER/BENEDICTO XVI: ¿COMPLACIENTE CON LOS PEDERASTAS, INTRANSIGENTE CON LAS TEÓLOGAS Y LOS TEÓLOGOS? (II)


col tamayo

 RELIGIÓN DIGITAL

En el primer artículo me preguntaba si el cardenal Ratzinger/papa Benedicto XVI fue complaciente, e incluso cómplice, con los sacerdotes pederastas. La respuesta fue afirmativa al menos en cuatro casos demostrados cuando era arzobispo de Munich (1977-192). En un primer momento negó toda responsabilidad, pero posteriormente la reconoció. El presidente de la Conferencia Episcopal le exigió pedir perdón por un comportamiento tan escandaloso y poco ejemplar.

Tal actitud contrasta con su intransigencia inquisitorial contra no pocos de sus colegas teólogos y teólogas, incluidos quienes fueron compañeros docentes y asesores del Concilio Vaticano II con él, y muy especialmente contra la teología latinoamericana de la liberación siendo presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) y como papa volviendo a condenarla en 2009 en un duro discurso ante los obispos brasileños, como veremos después.

Durante los pontificados de Juan Pablo II (1978-2005) y de Benedicto XVI (2005-2013), el Vaticano tuvo en el punto de mira a la teología latinoamericana de la liberación, sin apenas darle respiro. Los teólogos y las teólogas más relevantes que iniciaron dicha corriente y quienes hicieron importantes aportaciones a la misma fueron objeto de sospecha, no pocos de ellos condenados, expulsados de sus cátedras y sus libros censurados.

López Trujillo

Uno de los más madrugadores entre los inquisidores de esta teología fue Alfonso López Trujillo, arzobispo de Medellín y posteriormente cardenal de la Curia romana al frente de la Comisión de la Familia, quien, en sus tiempos de presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), prohibió la difusión de mi libro Para comprender la teología de la liberación (Verbo Divino, Estella, 1989; 7ªed. 2020). Quizá dicha prohibición contribuyó a la mayor difusión de la obra sobre todo en América Latina, donde fue libro de texto en seminarios y facultades de teología en los momentos de mayor relevancia de la teología de la liberación.

A través de numerosos detectives repartidos por toda América Latina entre los sectores más conservadores contrarios a la Asamblea Episcopal de Medellín, que pasó de la Iglesia colonial al cristianismo liberador, López Trujillo controló la vida, las obras y las actividades de los teólogos y las teólogas de la liberación con sumo celo y gran eficacia. Fue uno de los principales colaboradores del cardenal Ratzinger en el acoso y derribo de la teología de la liberación y en la represión de sus principales cultivadores.

En marzo de 1984 la revista 30 Giorni publicaba el texto de una conferencia del cardenal, quien presentaba la teología de la liberación como “un peligro fundamental para la fe de la Iglesia”. Peligro que radicaba, a su juicio, en el uso de determinados instrumentos errados para llevar a cabo una nueva interpretación global del cristianismo: el marxismo y la hermenéutica bultmanniana. El guion de la conferencia era un primer avance de la Instrucción sobre algunos aspectos de la teología de la liberación, de la CDF, firmada por el cardenal Ratzinger y ratificada por el papa Juan Pablo II el 6 de agosto de 1984.

Según la Instrucción, la teología de la liberación reduce la fe a humanismo terrestre, emplea acríticamente el método marxista de análisis de la realidad, que no puede disociarse de la filosofía marxista atea, ofrece una interpretación racionalista de la Biblia, identifica la categoría bíblica de ‘pobre’ con la categoría marxista de ‘proletariado’ y entiende la Iglesia popular como Iglesia de clase en su acepción marxista. Afirma: “Préstamos no criticados de la ideología marxista y el recurso a la tesis de una hermenéutica bíblica dominada por el racionalismo son la raíz de la nueva interpretación, que viene a corromper lo que tenía de auténtico el generoso compromiso inicial a favor de los pobres”.

La condena no podía ser más severa en el tono, el lenguaje y el contenido. Más que de una corrección fraterna, como pide el Evangelio, se trataba de una objeción a la totalidad. Era una instrucción que, por la radicalidad de la condena, estaba en continuidad con el Syllabus (1864), de Pío IX, que condenaba los errores modernos, con el Decreto del Santo Oficio Lamentabili (1907), en tiempos de Pío X, que anatematizaba el modernismo, y con la Humani generis, de Pío XII, que perseguía la Nouvelle théologie, cultivada por autores como Congar, Chenu, de Lubac, llamados diez años después por Juan XXIII como asesores del Concilio Vaticano II.

La Instrucción se movía en el terreno de las aseveraciones contundentes, sin aportar un solo texto que demostrara la acusación de “grave desviación de la fe cristiana”, y menos aún que supusiera una “negación práctica de la misma”. Los propios teólogos latinoamericanos de la liberación no se sintieron reflejados en los planteamientos de Ratzinger, sino que vieron en ellos una verdadera caricatura de la teología de la liberación. Con todo se tomaron muy en serio las críticas vertidas porque suponían un cuestionamiento global del nuevo modo de hacer teología en y desde América Latina.

En lo referente al marxismo, la Instrucción se extralimitaba al afirmar que: a) constituye un sistema rígido y una unidad indivisible, cuyas partes no son aislables; b) aceptar el análisis marxista lleva derechamente a asumir la ideología marxista -incluido el ateísmo-, ya que esta es presupuesto de aquel; c) lo predominante en muchos teólogos de la liberación que recurren al marxismo son los aspectos ideológicos de éste.

Con estas aseveraciones iba más allá que otros documentos del magisterio eclesiástico reciente. Juan XXIII en la encíclica Pacem in Terris, de 1963, distingue entre las teorías filosóficas falsas sobre la naturaleza, el origen y la finalidad del mundo y del ser humano, y los movimientos históricos inspirados en dichas teorías. Si estos son conformes a los principios de la razón y responden a las justas aspiraciones de la persona, afirmaba, deben reconocerse en los elementos positivo en s. En similares términos se expresaba Pablo VI en la encíclica Octogessima adveniens, de 1971.

Instrucción sobre libertad cristiana y liberación

No tardaron en llover las críticas contra la Instrucción, incluso en sectores de la jerarquía latinoamericana y de la teología oficial. Lo que obligó a Ratzinger a publicar dos años después un segundo documento, la Instrucción sobre libertad cristiana y liberación con una actitud más receptiva, un planteamiento más constructivo y unos posicionamientos más matizados, aunque desde posiciones eurocéntricas. En continuidad con Medellín, Puebla y la teología de la liberación, esta segunda Instrucción asumía la opción preferencial por los pobres, que, lejos de ser un signo de particularismo o de sectarismo, expresa la universalidad del ser y de la misión de la Iglesia, y valora positivamente las comunidades eclesiales de base, cuya experiencia, enraizada en el compromiso por la liberación integral del ser humano, constituye una riqueza para toda la Iglesia.

El propio Juan Pablo II tuvo que mediar para rebajar la tensión creada por el cardenal Ratzinger con la primera Instrucción. Y lo hizo a través de una carta dirigida a los obispos de Brasil, en la que salía en defensa de la teología de la liberación con afirmaciones como las siguientes: a) “la teología de la liberación es no sólo oportuna, sino útil y necesaria”; b) constituye una nueva etapa de la reflexión teológica iniciada con la tradición apostólica; c) es apta para inspirar una praxis eficaz a favor de la justicia social y de la igualdad, de la salvaguarda de los derechos humanos, de la construcción de una sociedad basada e la fraternidad y la concordia, en la verdad y en la caridad.

Sin embargo, las dos Instrucciones y la carta del papa a los obispos brasileños tienden un tupido velo sobre la múltiple discriminación de las mujeres en América Latina, y nada dicen de la teología de la liberación desde la perspectiva de la mujer que viene desarrollándose desde hace más de medio siglo. No se puede ni se debe olvidar el pasado, y menos borrarlo, pero sí revisarse e incluso reconocer los errores. De ello dio buen ejemplo Juan Pablo II, que pidió perdón más de cien veces. Una de las revisiones en la agenda del nuevo pontificado bien podría ser la actitud ante la teología de la liberación. En las dos Instrucciones comentadas, en la carta de Juan Pablo II a los obispos brasileños y en las obras de los teólogos y teólogas latinoamericanos hay algunos principios comunes que pueden ser un buen punto de partida para iniciar relaciones de diálogo cordial y colaboración sin por ello renunciar al sentido crítico y autocrítico, pero sí a los tonos condenatorios.

Sugiero los siguientes: a) el evangelio de Jesús de Nazaret es un mensaje de libertad y una fuerza de liberación; b) libertad y liberación pertenecen a la esencia del cristianismo; c) la salvación cristiana pasa por el compromiso de los cristianos y cristianas en los procesos históricos de liberación; d) la opción por los pobres debe concretarse en opción por las mujeres pobres, por las culturas discriminadas, por las religiones negadas, por los pueblos indígenas, por las comunidades afroamericanas, por los sin tierra, por los niños de la calle y por las víctimas de la globalización neoliberal.

Son unos mínimos éticos y doctrinales que teólogos y teólogas de distintas sensibilidades ideológicas y culturales podemos compartir sin dificultad. Y el papa también.

Condenas a las teólogas feministas y los teólogos de la liberación

Durante el cuarto de siglo al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Ratzinger, desde una posición de poder doctrinal. extendió las sospechas sobre sus propios colegas teólogos con quienes había compartido asesoramiento durante el Concilio Vaticano II o docencia, como Karl Rahner, de quien dijo que se encontraban en galaxias diferentes, Edward Schillebeckx, objeto de varios procesos inquisitoriales sin que en ninguno de ellos fuera condenado, y Hans Küng, colega suyo en Tubinga. donde ejercieron ambos la docencia teológica y de cuya condena en 1979 quizá fuera cómplice Ratzinger cuando era arzobispo de Munich. Los juicios de este sobre Küng en el libro Benedicto XVI. Una biografía (Mensajero, 2020), del periodista Peter Seewald, no pueden ser más demoledores. Aparte de la constante descalificación de Küng, me parece que el libro denota una falta respeto hacia su persona y una actitud poco cristiana.

Cabe destacar la condena en 1984 del teólogo brasileño Leonardo Boff, que fuera discípulo de Ratzinger en Munich, por su libro Iglesia; carisma y poder, y en 1992 la prohibición de publicar y de predicar. Boff interpretó tal condena como una humillación y abandonó la Orden de los Franciscanos Menores y renunció al ministerio sacerdotal, pero no al espíritu de San Francisco. En la condena a Boff, Ratzinger pasó de mecenas a detective ya que, según confesión del teólogo brasileño, que recojo en mi libro Leonardo Boff. Ecología, mística y liberación (Desclée de Brouwer, Bilbao, 1999), le pagó la publicación de su tesis doctoral en alemán:

“Cuando terminé mi tesis doctoral en Munich, Ratzinger me dio de su bolsillo 14.000 marcos para que pudiera publicarla porque la consideraba una gran aportación teológica en los campos de la eclesiología y de los sacramentos. Después me impone silencio y me prohíbe hablar. Son las paradojas tan frecuentes en las relaciones entre personas”. (p. 150)

Numerosos fueron los casos de teólogos, teólogas, biblistas, moralistas, pastoralistas, etc., a quienes condenó, prohibió la docencia o impuso censura a sus publicaciones. Mi libro Dios y Jesús. El horizonte religioso de Jesús de Nazaret (Trotta, 2000; 2006, 4ª ed.) también fue objeto de censura. La lista sería interminable. Daré cumplida cuenta de las numerosas sanciones producidas durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI en mi próximo libro Teólogas y teólogos malditos

De las condenas no se libró la teología feminista. Cayeron sobre la teóloga feminista estadounidense Elisabeth Johnson sobre cuyas obras la CDF llevó a cabo una larga investigación que desembocó en la acusación de contener falsedades, ambigüedades y errores y de llegar a conclusiones teológicamente inaceptables.  También fue objeto de investigación fue la Conferencia de Liderazgo de Religiosas de Estados Unidos a la que la misma CDF denunció por defender posturas contrarias a la fe de la Iglesia como el sacerdocio y la homosexualidad, de errores doctrinales y de promover un feminismo radical.

Siendo Papa, cuando creíamos -ingenuamente, a decir verdad- que se había establecido una moratoria en relación con la teología de la liberación, Benedicto XVI volvió a la carga condenatoria y descalificatoria. La Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) sometió a una severa censura los libros Jesucristo liberador (Trotta, 1991) y La fe en Jesucristo, Ensayo desde las víctimas (Trotta, 1997), de Jon Sobrino, tras una investigación sobre su cristología durante treinta años, como el mismo Sobrino aseveraba en su respuesta a la notificación de la CDF.

A la condena de Sobrino cabe sumar la negativa a la canonización del mártir monseñor Oscar A. Romero, arzobispo de San Salvador, asesinado mientras celebraba la eucaristía el 24 de marzo de 1980. Sobrino y Ellacuría, rector de la UCA, asesinado en 1989, fueron colaboradores de Romero. Ratzinger justificó su negativa a la beatificación en la politización de que estaba siendo objeto.

En estos días estamos celebrando en San Salvador -desde donde escribo este artículo- el 42 aniversario de su asesinato. Fue el Papa Francisco quien, venciendo no pocas resistencias curiales y episcopales, canonizó a Romero en 2018.

En 2009 Benedicto XVII volvió a condenar la teología de la liberación durante la recepción en el Vaticano de un grupo de obispos brasileños con motivo de la visita ad limina con un lenguaje duro que no dejaba ninguna puerta abierta para el diálogo. En la recepción se refirió a las secuelas perniciosas de la teología de la liberación que “más o menos visibles de rebelión, división, disenso, ofensa, anarquía, aún se dejan sentir, creando en vuestras comunidades diocesanas gran sufrimiento y grave pérdida de fuerzas vivas”. Toda una declaración de guerra teológica contra ella 25 años después de haberla condenado en la Instrucción sobre algunos aspectos de la teología de la liberación.

Del anatema al diálogo

Durante el pontificado de Francisco estamos asistiendo a una moratoria de las condenas, que espero y deseo sea definitiva. Más aún, el Papa actual está dando muestras de reconocimiento de teólogos, poetas y políticos de la liberación sospechosos de heterodoxia en su día, como Gustavo Gutiérrez a quien ha recibido en varias ocasiones, o suspendidos a divinis como Ernesto Cardenal y Miguel D’ Escoto, a quienes levantó la sanción. El mismo Papa está siguiendo en sus encíclicas, discursos y declaraciones públicas el método y la orientación de la teología de la liberación en sus diferentes tendencias: teología ecológica, teología indígena, teología del pluralismo, etc.

Creo que ha llegado el momento de pasar del anatema al diálogo entre el magisterio eclesiástico y las teólogas y los teólogos. Ojalá que de las antiguas condenas, que tantos sufrimientos han provocado, tanto han retardado los avances teóricos en el horizonte de la praxis y han alejado a la teología de la sociedad y de la comunidad cristiana, podamos decir “nunca más”.

 

Juan José Tamayo

Religión Digital

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Juan José Tamayo/teólogo de la liberación y autor de La teología de la liberación en el nuevo escenario político y religioso (2011, 2ª ed., Editorial Tirant lo Blanc, Valencia

SIN PERROS


col gerardo

 FE ADULTA

Hemos conocido rebaños de ovejas, con el pastor al frente. Con su cayado y su zurrón. Y en todo rebaño había varios perros que ayudaban a conducir, controlar y empujar a las ovejas

Esto me recuerda a nuestro “rebaño cristiano”. Hemos funcionado con pastores excelentes, que disfrutaban de muchos apoyos y contaban con el empuje que les daba el ser párrocos en un pueblo con su categoría humana. Tenían la fuerza que ayudaba al ser un mandamiento el ir a misa los domingos y fiestas de guardar. Socialmente eran personas con una dignidad reconocida “Rvdo., Sr. cura, párroco”. Tenían el apoyo económico de la diocesis y la colaboración de los ayuntamientos. Hasta ha habido momentos en que se castigaba con denuncia a los que iban a trabajar el domingo y faltaban a misa, a los que denunciaban. Estaba mal visto el casarse por lo civil… La moral y las costumbres del pueblo se dictaban desde el púlpito.

Esto me hace pensar que esos pastores contaban con muchos perros para conducir su rebaño. Hoy las cosas han cambiado. Se trata nada menos que de pastorear sin perro. Y no es porque hoy los rebaños se empiezan a guiar por un micro dron sino que la comunidad cristiana no tiene esos apoyos externos, sino que depende mucho más de la Fuerza de la Palabra de Dios y del seguimiento voluntario, de la opción personal, del testimonio. Pastorear sin apoyos externos sino con la Fuerza del Espíritu.

Es más. Puede ocurrir a veces que los perros que colaboraban con el pastor, ahora ladran y maltratan a las ovejas. En los pueblos abundan menos los grandes rebaños y quedan pequeños grupos porque además los pastos escasean.

Es una oportunidad preciosa para ofrecer la Buena Noticia de Jesús, que nos ofrece el mejor alimento, que cuida de todos, que nos brinda su Mensaje de Amor gratuito.

He visto a los pastores de hoy suplir cierta soledad con un transistor e ir escuchando lo que ofrece la radio. Nosotros podemos ir con el rebaño, escuchando, viviendo la Presencia, el Mensaje de Jesús.

Y si salen perros que quieren atacar a las ovejas, intentar dialogar, encontrarnos con ellos, ilusionarlos con nuestro Proyecto Salvador.

Y por supuesto, dedicar tiempo a ver dónde se encuentran los mejores pastos, el agua más saludable, la mejor sombra, los mejores libros y medios para conocer más a Jesús. Es lo que en el lenguaje cristiano llamamos “signos de los tiempos”. Descubrirlos y acercarnos a ellos.

Animo a las ovejas, quizás serán menos, pero van a estar muy gordas con el Alimento del Evangelio. Y sin “perros”.

 

ABORTAR: DERECHOS Y RESPONSABILIDADES

RELIGIÓN DIGITAL

col otalora

 

 

El martes 18 de mayo se aprueba la reforma de la ley del aborto en la que se incluye que adolescentes de 16 y 17 años puedan abortar legalmente sin permiso de sus padres. Queda garantizada dicha práctica en la sanidad pública, derecho de objeción aparte. Lo que llama la atención es que la ley vigente del aborto fue recurrida hace ¡doce años! y sigue a la espera de la resolución del Tribunal Constitucional al que parece le han entrado las prisas. Todo indica que el recurso será rechazado.

Y digo lo del derecho de objeción aparte porque el Consejo General del Colegio Oficial de Médicos se ha quejado tras conocer las primeras intenciones de la ministra Montero. La idea final es que la objeción de conciencia del personal sanitario se reconoce como un derecho individual que debe ser garantizado para quien entienda el aborto como un acto de supresión de la vida humana inocente.

La modificación legal elimina, además, la obligación de reflexión de tres días que hasta ahora se encontraba contemplada en la normativa actual. La base argumental de la ministra del ramo es tan simple como esto: “Del mismo modo que las mujeres son responsables para trabajar o para tener relaciones sexuales, lo son para decidir sobre sus cuerpos”. Al menos la reforma considera a la gestación subrogada una forma de violencia y quienes la practiquen y usen los llamados “vientres de alquiler” serán perseguidos judicialmente.

Estos nuevos derechos legales merecen alguna consideración mayor que basarlo todo en el derecho de las mujeres sobre sus cuerpos. No es cosa baladí las consecuencias que se derivan de la interrupción voluntaria del embarazo, especialmente en las menores de edad. Siempre son duras y pueden dejar secuelas. No es una decisión más, como reconocen las mujeres que han pasado por este trance. No en vano estamos ante un dilema sociopolítico y ético, además de ideológico, religioso y educativo. ¿Cómo posicionarnos ante esta realidad?

En primer lugar, no siempre conocemos los motivos últimos que están detrás de cada decisión, ni la situación que rodea a la embarazada. Antes de sentenciar o defender, hay que preguntarse qué empuja a una mujer (o a una pareja) a cercenar la vida dentro de su propio ser. Sobran las culpas y faltan varias cosas, además de educación sexual: faltan creencias éticas para asumir todo el valor de una vida y falta ofrecer más apoyo y cariño a las embarazadas necesitadas de ayuda para no consumar este desgarro de difícil cicatrización, que siempre contarán con una legión de parejas deseosas de acoger un hijo de otras entrañas para cuidarlo y quererlo como propio.

En segundo lugar, cuando el deseo de la madre es contrario al del padre (o viceversa) o surgen discrepancias en torno a las convicciones éticas y morales, el derecho de los progenitores masculinos no existe en esta ley ni en la reforma que se acaba de acometer. ¿El feto no es cosa de dos? ¿Nada tiene que decir el varón sobre la gestación, pero en cambio sí es responsable de la criatura una vez que haya nacido?

En tercer lugar, creo en el derecho a vivir del nasciturus. Entre las cosas que los romanos hicieron muy bien fue legislar con un sentido común que se mantiene hoy en muchos códigos legales occidentales. Y ellos dieron valor a la criatura no nacida pero ya gestada respecto a sus derechos civiles y económicos. Existe una colisión entre el hecho de abortar convertido en derecho y el derecho a vivir del nasciturus, desprotegido legalmente durante un tiempo de la gestación.

Otro punto no menor es el de quienes están en contra de la pena de muerte y defienden los avances legales a favor del aborto. O el de quienes promueven cruzadas contra el aborto y defienden la pena de muerte; aquí les falta credibilidad cuando se olvidan de los miles y miles de recién nacidos -de días o semanas- que mueren de hambre y de sed: tan puros en la exigencia de que la vida comienza en el primer minuto de la concepción, y tan laxos al denunciar la muerte de tantísimos bebés por inanición.

 Y desde aquí me surge la pregunta: ¿Dónde están los confines del ser humano? Tal vez la ciencia tenga la respuesta sobre el momento exacto en que nos convertimos en persona, pero es importante considerarlo en otra esfera más amplia: la del valor que la vida tiene en sí misma como un valor absoluto que ya reconociera Kant. Ante el embarazo no deseado, hagamos sitio a la acogida y la comprensión. Nadie se equivoca actuando de esta manera, aunque rechace el aborto. Cuando cabe solo la condena rotunda, sin matices, ante la decisión de abortar, se olvida que hasta un código penal de medio pelo tiene presente la existencia en cada caso de atenuantes, agravantes, eximentes y diferentes escalas en la aplicación de las penas al juzgar las conductas humanas.

Todo esto lo digo pensando que los derechos y las responsabilidades no guardan proporción en el tema del aborto. Y quiero expresar mi discrepancia como católico, sin que ello signifique que yo sea un integrista como algunos y algunas puedan presuponer.

 

PROFUNDIDAD HUMANA, FRATERNIDAD UNIVERSAL. LA ESPIRITUALIDAD NO-DUAL

brouwer

 

Para sorpresa general, la espiritualidad es un valor en alza. Pero en realidad, la emergencia espiritual de la que somos testigos no resulta algo extraño: liberada de lastres del pasado y de superficialidades postmodernas, espiritualidad es sinónimo de profundidad humana y, por tanto, de fraternidad universal. Se trata de una espiritualidad sin adjetivos que no deja nada fuera, sino que lo abraza todo.

Así entendida, la espiritualidad no se refiere a algo que pudiéramos tener –una cualidad o actitud–, sino que nombra aquello que somos en lo profundo, a la vez que nos propone el modo de reconocerlo. En diálogo con los críticos de la que llaman nueva espiritualidad, el autor, aun reconociendo los riesgos que la acechan y que es necesario detectar con lucidez, trata de clarificar rigurosamente sus contenidos y de mostrar la profunda riqueza que encierra.

El desafío espiritual consiste en comprender lo que somos y buscar modos de compartirlo, celebrarlo y hacerlo operativo para dejarnos transformar por ello, personal y colectivamente. Solo la verdad libera, solo la comprensión transforma.

Todo texto tiene un con-texto e incluso un pre-texto. En el caso presente, todo arrancó a partir de un cuaderno editado por el Seminario Teológico de “Cristianisme i Justícia”, Dios en tiempos líquidos, donde se vierten graves cuestionamientos sobre lo que denominan “nueva espiritualidad”.

El libro se divide en tres capítulos. En el primero -“La espiritualidad a debate”-, el autor sintetiza en once temas -desde la discusión en torno al “yo” al debate sobre “Dios”- los citados cuestionamientos, ofreciendo su lectura de cada uno de ellos. En el segundo –“Profundidad humana: una espiritualidad sin adjetivos”-, se presenta la espiritualidad como la dimensión profunda que constituye nuestra identidad, una espiritualidad no religiosa, posteísta y no-dual. En el tercero –“Fraternidad universal: el territorio compartido”-, se muestra la fraternidad y el compromiso como la “otra cara” de la profundidad.

Hablar de espiritualidad significa abordar lo que somos, en la doble e inseparable dirección: vertical y horizontal, profundidad y fraternidad, en un mismo y único movimiento, que no deja nada fuera. La espiritualidad genuina, más allá de creencias y de religiones, es profundidad y fraternidad.

El libro cuenta con un Prólogo de Javier Melloni (“Un salto de consciencia”) y un Prefacio de Ecequiel Subiza (“La generación del deshielo”), que enmarcan adecuadamente la propuesta del autor. Y termina con dos Anexos que, en esta situación, cobran una especial relevancia: “Alienación y negocio: las trampas de la espiritualidad” y “Ciencia y espiritualidad”.

 

ÍNDICE

Prólogo: Un salto de consciencia, de Javier Melloni
Prefacio: La generación del deshielo, de Ecequiel Subiza

Introducción. Espiritualidad: comprender lo que somos

1. La espiritualidad a debate

La “nueva” espiritualidad
La paradoja
El yo
La no-dualidad
La teoría transpersonal
La sutil trampa teísta
Dios y el misterio último de lo real
La salvación
Fraternidad y compromiso
El equívoco de partida que da lugar a la pseudo-espiritualidad
“Dios (y el compromiso) en tiempos líquidos”

2. Profundidad humana: una espiritualidad sin adjetivos

El regreso a casa: experimentar la plenitud, dejarse transformar
Un camino de integración: paz y dinamismo
El amor como certeza y la vivencia de la unidad
Un test verificador: gozo, confianza y entrega
Fluir y comprometerse: la libertad de vivir diciendo sí a la vida
No-dualidad: el abrazo de trascendencia e inmanencia
El silencio, puerta a la profundidad
Vivir en el Testigo: el momento decisivo en el camino espiritual

3. Fraternidad universal: el territorio compartido

La trampa del narcisismo
La dimensión relacional
La profundidad es amor
Compasión: poner amor donde hay dolor
Compromiso: el amor hecho acción
Política: transformar las estructuras para favorecer la vida
No-dualidad y cuidado de las víctimas

Epílogo. Favorecer el diálogo

Anexo 1. Alienación y negocio: las trampas de la espiritualidad

Anexo 2. Ciencia y espiritualidad

EL ABANDONO EN LA PROVIDENCIA DIVINA EN CARLOS DE FOUCAULD

RELIGIÓN DIGITAL

col vazquez

 

Ahora que celebramos en la Iglesia la canonización del hermano Carlos de Foucauld, nos queremos fijar en uno de los aspectos centrales de su espiritualidad: El abandono en las manos del Padre o dicho de otro modo en su Providencia. Carlos de Foucauld, mientras se encontraba en la Trapa de Akbés, actual Turquía (1890-1896) para su oración personal, realiza una serie de meditaciones de los Evangelios que hacen referencia a la conversación del alma con Dios. Estas meditaciones fueron recogidas por el escritor francés René Bazin en el libro Escritos espirituales de Carlos de Foucauld ermitaño del sahara, apostol de los tuareg, Ediciones Studium, Madrid 1958. Al comentar Lc 23, 46 “Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu”, Foucauld escribe:

Esta es la última oración de nuestro Maestro, de nuestro Bienamado… Pueda ella ser la nuestra… Y que ella sea, no solamente la de nuestro último instante, sino la de todos nuestros momentos: ”‘Padre mío, me entrego en vuestras manos; Padre mío, me abandono a Vos; Padre, Padre mío, haz de mi lo que os plazca; sea lo que hagáis de mí, os lo agradezco; gracias de todo, estoy dispuesto a todo; lo acepto todo; os agradezco todo; con tal que vuestra Voluntad se haga en mí, Dios mío; con tal que vuestra Voluntad se haga en todas vuestras criaturas, en todos vuestros hijos, en todos aquellos que vuestro Corazón ama, no deseo nada más Dios mío; en vuestras manos entrego mi alma; os la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque os amo y porque esto es para mí una necesidad de amor: darme, entregarme en vuestras manos sin medida; me entrego en vuestras manos con infinita confianza, pues Vos sois mi Padre…”. Esta oración, simplificada es la que rezan todos los días los seguidores del hermano Carlos de Foucauld.

Ahora nos podemos preguntar ¿de qué espiritualidad bebe Foucauld para expresarse así? El historiador Jean François Six cree que la oración de abandono bebe directamente del libro L’Abandon à la Divine Providence del jesuita Jean Pierre de Caussade (1675-1751) y lo expresa de la siguiente manera: “Hablando del libro del padre De Caussade, El abandono en la divina Providencia, decía Charles de Foucauld que era el escrito que más profundamente había marcado su vida. Y se conoce la oración de abandono escrita por el hermano Charles siguiendo esa línea” (J. F. SIX, Las bienaventuranzas hoy, Paulinas, Madrid 1986, 16).

Entonces, ¿Cuál es el contenido del maestrazgo espiritual del padre De Caussade? Un magnífico estudio, al que seguimos, lo encontramos en el libro del teólogo Adrián Sosa Nuez, titulado Aproximación teológica al concepto de Divina Providencia, publicado por Credo Ediciones, Las Palmas de Gran Canaria, 2017. Según el profesor Adrián Sosa, el abandono completo y absoluto a la Divina providencia fue el motivo principal de la vida de Jean Pierre Causade y la nota clave de su dirección de almas expresada en su obra L’Abandon à la Divine Providence, donde en este Tratado expone dos aspectos diferentes de abandono a la Divina Providencia: “a) como una virtud, común y necesaria para todos los cristianos; b) como un estado, propio de las almas que han hecho una práctica especial de abandono a la voluntad de Dios” (pág. 53). Así lo expresa el propio Causade en el apartado XI de su obra:

Abandono perfecto de Jesucristo: Así pues, si queréis vivir evangélicamente, vivid en pleno y puro abandono a la acción de Dios. Jesucristo es la fuente de este abandono, y «es el mismo ayer y hoy y siempre» [Heb 13,8], para continuar siempre su vida y no para recomenzarla. Lo que Él hizo, hecho está, y lo que resta, lo va haciendo en todo momento. Cada santo recibe una parte de esta vida divina. Jesucristo es siempre el mismo, aunque sea diferente en cada uno de sus santos. La vida de cada santo es la misma vida de Jesucristo, es un Evangelio nuevo.

Así, el principal motivo de los escritos De Caussade es difundir “que es necesario, y muy importante, dejarse llevar por Dios, por medio de lo que la Divina providencia tiene para nosotros previsto y, en efecto, nos ofrece” (pág.57). Para el jesuita francés, “la acción de Dios es algo constante en la historia de la humanidad y es por ello, porque Dios participa constantemente en esta historia, por lo que podemos reconocerla también como Historia de Salvación” (pág. 65). Para el padre De Caussade, “todas las acciones y momentos de los santos son Evangelio del Espíritu Santo, en el que las almas son el papel, y sus sufrimientos y acciones son la tinta… Los libros que el Espíritu Santo inspira al presente son libros vivientes. Cada alma santa es un volumen, y este Autor celeste va haciendo así una verdadera revelación de su obra interior, manifestándose en todos los corazones y a lo largo de todos los momentos” (pág.67). Así se expresa el propio Casade en el apartado IV:

Dios es quien escribe nuestra vida: El espíritu de Dios es el que, con la pluma en la mano, sigue escribiendo en el libro abierto de las almas la historia sagrada, que en modo alguno terminó ya, y cuya materia no se agotará hasta el fin del mundo. Esta historia no es sino la crónica del gobierno de Dios y de sus designios sobre los hombres. Y nosotros figuramos en la continuación de esa historia, si unimos nuestros sufrimientos y acciones a su guía. No, no, todo lo que se nos presenta, para hacer o para sufrir, no es para perdernos. Son únicamente medios para que se continúe esta Escritura santa, que se acrecienta todos los días.

Es interesante ver como el padre De Caussade hace referencia a lo que hoy describimos como Inteligencia Espiritual: “Iluminados por la divina inteligencia, se ven acompañados por ella en todos sus pasos, y ella misma les saca de los malos senderos en que entraron por ignorancia” (pág. 68). Así, el alma que se ve en este estado, “no se inclina a ninguna cosa por su propio deseo. Ella solamente sabe dejarse llenar por Dios, y ponerse en sus manos para servir de la manera que Él disponga” (pág. 72). La Divina Providencia, por medio de su acción, va poseyendo el alma de tal forma que “en todas las cosas que van haciendo estas almas, no sienten sino la moción interior para hacerlas, sin saber por qué” (pág.73).

Finalmente nuestro autor resalta la similitud de los textos del padre De Caussade con el Concilio Vaticano II ya que ambos defienden que “la vocación a la santidad, y la misma dignidad cristiana, radica en el bautismo, el sacramento que nos convierte en cristianos” (pág.90). Pero el padre De Caussade, sin negar la virtud santificante de los sacramentos, amplia y enriquece la visión de la santidad cristiana hablando del “sacramento del momento presente”. Se trata de “aquellas cosas que Dios nos envía a cada momento y de las que nos podemos servir para acercarnos más a Él. Por eso, ningún bautizado, sea católico o no, se sentiría fuera de la invitación que hace Caussade a un verdadero abandono a la Divina providencia” (pág. 91). Y será este último aspecto del ‘sacramento del momento presente’ el que descubrirá Foucauld gracias al P. Caussade en el apartado II:

El momento presente: El momento presente es siempre como un embajador que manifiesta la voluntad de Dios, y el corazón fiel le responde siempre: fiat. Así el alma en todas las alternativas se encuentra en su centro y lugar. Sin detenerse jamás, va viento en popa, y todos los caminos y maneras la impulsan igualmente hacia adelante, hacia lo ancho e infinito: todo es para ella, sin diferencia alguna, medio e instrumento de santidad, en tanto considere siempre que eso que se presenta es lo único necesario [Lc 10,42]. No busca ya el alma con preferencia la oración o el silencio, el retiro o la conversación, la lectura o la escritura, ni la reflexión o el cesar de discurrir; no le preocupa el alejamiento o la búsqueda de libros espirituales, o elegir entre abundancia o escasez, enfermedad o salud, vida o muerte. Simplemente, lo que ella busca en todo momento es la voluntad de Dios; lo único que pretende es el despojamiento, el desasimiento, la renuncia a todo lo creado, sea real o solamente afectiva, no ser nunca nada por sí y para sí, ser siempre en la voluntad de Dios, para agradarle en todo, haciendo de la fidelidad al momento presente su única alegría, como si no hubiera otra cosa en el mundo digna de su atención.

Así lo indica el Hermanito de Jesús, Antoine Chatelard, en su libro, Carlos de Foucauld. El camino de Tamanrasset, donde señala que en una de las cartas que escribe Foucauld a su padre espiritual Huvelin (1869) se ve “exactamente la puesta en práctica de la espiritualidad del momento presente, que ha descubierto en el P. Caussade”. Concretamente Foucauld se expresa así: “A cada día su afán; hagamos en el momento presente lo que sea mejor. En todos los momentos que se suceden y que componen la vida, aprovechemos la gracia presente, los medios que Dios da; nada mejor para prepararnos bien para aprovechar las gracias futuras y recibirlas, que usar bien las actuales…”

 

LGTBIQ+: IMPUROS EN LA IGLESIA

col arregi

 

Recientemente, el conocido jesuita y escritor estadounidense James Martin envió una carta al papa Francisco con las tres preguntas más frecuentas que le formulan las católicas/os LGTBIQ+ (lesbianas, gais, transexuales, transgéneros, bisexuales, intersexuales, queers y el resto de identidades y orientaciones sexuales). Hace unos días se ha publicado la respuesta del papa.

He aquí las preguntas y respuestas, y mis apostillas: 1) J. Martin: “¿Qué diría que es lo más importante que las personas LGBT deben saber de Dios?”. Papa: "Dios es padre y no reniega de ninguno de sus hijos". Falta un “ni siquiera”, pero la frase lo supone: “Dios” (padre) no reniega “ni siquiera” de sus hijos e hijas LGTBIQ+. 2) J. Martin: “¿Qué le gustaría que la gente LGBT supiera sobre la Iglesia?”. Papa: "Le haría ver que no es el rechazo de la Iglesia, sino de personas de la Iglesia". Habría que hacerle ver también la enorme responsabilidad que en ese rechazo le corresponde a la enseñanza de la propia jerarquía, si bien tampoco ésta es “la” Iglesia. 3) J. Martin: “¿Qué le dice a un católico LGBT que ha experimentado el rechazo de la Iglesia?”. Papa: “Una Iglesia 'selectiva', una Iglesia de 'pura sangre', no es la Santa Madre Iglesia, sino una secta”. Sepan, pues, las personas LGTBIQ+, que también a ellas las acoge la Iglesia, al precio, eso sí, de volverse por ello impura...

No hace falta ser freudiano para reconocerlo: hay lapsus de lenguaje que delatan emociones y convicciones arraigadas, a menudo inconscientes y siempre ligadas a vivencias personales, pero también a intereses y mecanismos alienantes del sistema cultural que nos rige, y que justificamos, “racionalizamos”, con argumentos de conveniencia. Veo en las respuestas del papa lapsus que revelan viejos tabúes, estigmas y prejuicios culturales que aún seguimos arrastrando en relación con la sexualidad y el género, que siguen profundamente arraigados en la teología, el Derecho Canónico y la entera institución clerical católica romana. En la forma, las respuestas defienden a las personas LGTBIQ+, pero en el fondo las ofenden e hieren más, pues sugieren que tales personas no merecen realmente ser acogidas ni por la Iglesia ni por Dios. Las culpabilizan aún más y refuerzan en ellas el auto-desprecio y la auto-condena. Dichas respuestas descalifican a la Iglesia que quieren salvaguardar. Y vuelven increíble al “Dios padre misericordioso” en que invitan a creer.

Recuerdan la famosa respuesta que el mismo papa dio a unos periodistas hace 9 años, al comienzo de su pontificado, en el vuelo de regreso de su viaje a Brasil en 2013: “Si una persona es gay, busca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlo?”. El mismo lapsus. El papa reprime la condena de los gais, pero deja entender que ese término le evoca algo malo y condenable. Con todo respeto, le pregunto lo mismo que entonces le pregunté: ¿Sí lo juzgaría, pues, si el gay no busca lo que Ud. llama “Dios” ni tiene “buena voluntad”? Y si un periodista le hubiera señalado la orientación heterosexual de alguien, ¿le habría Ud. respondido: “No soy quién para juzgarlo”?

No pongo en duda la mejor intención del papa Francisco en sus respuestas al padre James Martin, ni su actitud personal humana y acogedora frente a las personas LGTBIQ+. Pero no basta. El problema, al menos en este caso, no es la persona del papa, sino el sistema del papado que lo sostiene y que él mismo sostiene. En el fondo, el problema son la vieja cosmovisión, la vieja antropología y la vieja teología sobre las que el cristianismo tradicional y el modelo eclesial se sostienen todavía enteramente. En parte a pesar del papa y en parte también debido al papa.

Es la vieja teología la que debe cambiar enteramente, de modo que ya no se pueda sentir ni pensar ni decir, como ha dicho el papa Francisco, a pesar de toda su bondad y cordura: “no existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia” (Amoris Laetitia 251, año 2016); "el matrimonio como sacramento es entre hombre y mujer y no se puede hacer que la Iglesia reniegue de su verdad" (a bordo del avión de regreso de su gira por Budapest y Eslovaquia en 2021); la teoría del género es “una ideologización colonizadora” (a los obispos de Polonia en 2016), está “orientada a cancelar la diferencia sexual” (catequesis, en 2015) y “vacía el fundamento antropológico de la familia” (Amoris Laetitia 86), “va contra las cosas naturales” y “es diabólica” (diálogo con jesuitas de Eslovaquia, en 2021).

Todo eso se ha vuelto antihumano y antievangélico. Y de ningún modo, ni expresa ni veladamente, debiera enseñarlo el papa, ni siquiera en el caso–que no se da– de que así lo enseñaran la Biblia entera, la tradición unánime de la Iglesia y el mismísimo Jesús histórico. Pues el Espíritu, desde el fondo de cuanto es, sigue renovando sin cesar la creación, la vida y la palabra.

Ante una lesbiana, gay, transexual, transgénero, bisexual, intersexual, queer y el resto de identidades y orientaciones sexuales, solo puedo imaginar a Jesús diciéndole: “Amiga, amigo, arranca de raíz ese estigma cultural y eclesial que te pesa y te hiere. Eres sana y santa si amas como eres. Reconócelo a pesar de los prejuicios sociales y a pesar de la institución eclesial todavía vigente. Sé y ama como te hizo y te inspira Dios o la Vida o la santa Creatividad o el Alma que la anima. Levántate y camina”.

 

José Arregi

Aizarna, 12 de mayo de 2022

www.josearregi.com

EL ESPÍRITU SANTO OS IRÁ RECORDANDO TODO LO QUE OS HE DICHO DOMINGO 6º DE PASCUA (C) (Jn 14, 23-29)

col paret

 FE ADULTA


El ser humano vive en tensión en medio de la estructura del mundo que le ha tocado vivir. Conflictos provocados por la injusticia, la codicia, el egoísmo, los sistemas económicos y sociales que rigen la convivencia. Hay quienes se conforman con estar en desacuerdo; otros realizan su propia transformación personal esperando que, con el paso del tiempo, todo cambie y evolucione.

Vano intento. No basta con pensar lo recto, lo justo, sino esforzarse en “cumplirlo con la ayuda de Dios”. La estructura del mundo está basada en la injusticia, la mentira, el odio. El ser humano honrado ha de trabajar para rechazar el espíritu del mal que nos amenaza y tener confianza: “que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. El Espíritu de Dios está presente en el mundo para liberarlo de la injusticia, la prepotencia, la sinrazón; debemos esforzarnos por recuperar la fe paciente que no escatima sacrificios, confiando en que lo que el ser humano no sea capaz de lograr le será dado por Dios.

En esta lucha para lograr la justicia, la paz, no hay espacios reservados. Las situaciones en las que nos movemos deben estar atravesadas por la crítica y la transformación del Resucitado. Afirmar hoy que Jesús ha resucitado no crea ninguna inquietud, pero estamos obligados a obrar conforme a nuestra conciencia cristiana. Tenemos unos límites muy estrictos en el ejercicio del derecho a defendernos a nosotros mismos y a nuestro país por medio de la fuerza, y también en lo referente a someternos de forma pasiva al mal y a la violencia. El cristiano no sólo está obligado a evitar determinados males sino que también es responsable de unos bienes enormes. Esto supone defender y fomentar los valores humanos más altos: el derecho de la persona a vivir libremente y a poder desarrollar su vida, pero también protegerla contra los abusos del poder destructivo que él mismo ha adquirido[1]. Tarea que se reduce a luchar contra las dictaduras totalitarias y contra las guerras. Pero también contra nuestra propia violencia, fanatismo y ambición.

El Evangelio de Juan nos recuerda que la paz cristiana es distinta de la paz mundana. El mundo llama paz al silencio impuesto por la guerra que gana el más fuerte. Basten algunos ejemplos: la perversa invasión de Rusia en Ucrania, la guerra en Afganistán, en Etiopía, en Yemen, el permanente conflicto entre Israel y Palestina, Siria, Haití, Myanmar (Birmania); África sigue siendo escenario de enfrentamientos entre los países y los yihadistas: Camerún, Mali, Níger, Burkina Faso, Mozambique, el Congo, el enquistado problema del Sahara Occidental y Marruecos… El Cristianismo llama paz a la aceptación del “otro”, precisamente en cuanto “otro”. La responsabilidad cristiana está del lado de Dios y de la verdad y de la totalidad de la humanidad.

La guerra es un recurso que siempre acaba golpeando a los más débiles, población vulnerable, civiles en zonas de combates; todo en nombre de intereses que, casi siempre, son lejanos y ajenos a cada persona.

La paz es mensaje, es compromiso, es actitud y es misión. Así envía el Padre a Jesús Resucitado; y así envía Él a sus discípulos/as, y también a mí, hoy: “Os dejo la paz, os doy mi propia paz; una paz que el mundo no os puede dar” (27-28).

 ¿Y qué ocurre cuando la guerra parece inevitable y se hace realidad? ¿Qué pasa cuando se instala la obstinación o los intereses son tan contradictorios que parecen ser el único camino? ¿No es legítimo entonces, luchar y defenderse? Jesús respondió a la violencia con paz, al insulto con silencio, al pecado con el perdón en la cruz y su muerte no fue un fracaso. ¡Qué difícil de comprender hoy!

Podemos sentirnos unidos, en palabras de Pablo, a todas las guerras y conflictos olvidados: “Si un miembro del cuerpo sufre, todo el cuerpo sufre con él”.

Juan anima a sostener el mundo sin acobardarse ante la hostilidad. Para él, Jesús es el Verbo encarnado, el enviado de Dios. Se trata, por tanto, de su persona, de su misión, de la actitud de los hombres ante él; colocarse en la alternativa de vivir como esclavo o como hijo/a de Dios. Juan reivindica la libertad humana. La maldad no está en lo físico, sino en lo social: “el mundo” significa la humanidad, y en su sentido peyorativo, el orden social creado por los hombres, el sistema de relaciones humanas basado en la mentira, el odio y la injusticia.           

El mensaje y la exigencia de Dios, la Palabra encarnada en Jesús, es el amor leal entre todos, como el que Dios ha mostrado a la humanidad: “Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (1,14).

Este mensaje condena la maldad del orden presente, “el mundo”, y ante él la humanidad se divide, aceptándolo o rechazándolo. El mandamiento del amor es el signo distintivo de los que siguen a Jesús, rechazando los criterios y la escala de valores del mundo injusto: ellos/as anulan al mundo en medio del mundo (17,16.18) Quien se desentiende del Jesús humano no es cristiano; vivir como él vivió es la norma y el único mandamiento a seguir.

Podríamos preguntarnos: ¿somos consecuentes con este mensaje?, ¿dejo que el Espíritu de Jesús sea el referente de mi vida?, ¿cuáles son nuestras verdaderas intenciones?

Decir que el Cristianismo es la revelación del amor significa que el amor es la clave de la vida misma y de la totalidad del sentido del cosmos y de la historia. Si las potencias relevantes tomaran en serio la cuestión del desarme podríamos acceder a acuerdos viables e ir reduciendo gradualmente el armamento. La paz necesita ser considerada como una posibilidad real. El equilibrio del terror es inaceptable, inmoral e inhumano. El desarme debe ser algo más que una tapadera para los embustes políticos. No podemos seguir celebrando conferencias en las que se toman propuestas de paz para olvidarlas a continuación. “La sabiduría que viene de arriba es intachable, pacífica, tolerante, compasiva, imparcial, sin hipocresía. Los que promueven la paz siembran frutos de justicia. ¿Qué es lo que os lleva a las guerras y a los conflictos entre vosotros? Vuestras pasiones infectan vuestros cuerpos. Ambicionáis y no tenéis, y por ello, matáis” (Sant 3,17. 4,2)

Shalom!

6 Pascua – C (Juan 14,23-29)

col pagola

 

Siguiendo la costumbre judía, los primeros cristianos se saludaban deseándose mutuamente la «paz». No era un saludo rutinario y convencional. Para ellos tenía un significado más profundo. En una carta que Pablo escribe hacia el año 61 a una comunidad cristiana de Asia Menor, les manifiesta su gran deseo: «Que la paz de Cristo reine en vuestros corazones».

Esta paz no hay que confundirla con cualquier cosa. No es solo una ausencia de conflictos y tensiones. Tampoco una sensación de bienestar o una búsqueda de tranquilidad interior. Según el evangelio de Juan, es el gran regalo de Jesús, la herencia que ha querido dejar para siempre a sus seguidores. Así dice Jesús: «Os dejo la paz, os doy mi paz».

Sin duda recordaban lo que Jesús había pedido a sus discípulos al enviarlos a construir el reino de Dios: «En la casa en que entréis, decid primero: "Paz a esta casa"». Para humanizar la vida, lo primero es sembrar paz, no violencia; promover respeto, diálogo y escucha mutua, no imposición, enfrentamiento y dogmatismo.

¿Por qué es tan difícil la paz? ¿Por qué volvemos una y otra vez al enfrentamiento y la agresión mutua? Hay una respuesta primera tan elemental y sencilla que nadie la toma en serio: solo los hombres y mujeres que poseen paz pueden ponerla en la sociedad.

No puede sembrar paz cualquiera. Con el corazón lleno de resentimiento, intolerancia y dogmatismo se puede movilizar a la gente, pero no es posible aportar verdadera paz a la convivencia. No se ayuda a acercar posturas y a crear un clima amistoso de entendimiento, mutua aceptación y diálogo.

No es difícil señalar algunos rasgos de la persona que lleva en su interior la paz de Cristo: busca siempre el bien de todos, no excluye a nadie, respeta las diferencias, no alimenta la agresión, fomenta lo que une, nunca lo que enfrenta.

¿Qué estamos aportando hoy desde la Iglesia de Jesús? ¿Concordia o división? ¿Reconciliación o enfrentamiento? Y si los seguidores de Jesús no llevan paz en su corazón, ¿qué es lo que llevan? ¿Miedos, intereses, ambiciones, irresponsabilidad?


En suivant la coutume juive, les premiers chrétiens se saluaient en se souhaitant la «paix». Ce n'était pas une salutation routinière et conventionnelle. Pour eux, cela avait un sens plus profond. Dans une lettre que Paul a écrite vers 61 à une communauté chrétienne d'Asie Mineure, il lui exprime son grand désir: «Que la paix du Christ règne dans vos coeurs».

Cette paix n'est pas à confondre avec n'importe quoi. Il ne s'agit pas seulement d'une absence de conflits et de tensions. Il ne s'agit pas non plus d'un sentiment de bien-être ou de tranquillité intérieure. Selon l'Évangile de Jean, il s'agit du grand cadeau de Jésus, de l'héritage qu'il a voulu laisser à ses disciples pour toujours. Jésus dit: «Je vous laisse la paix; je vous donne ma paix».

Sans doute se souvenaient-ils de ce que Jésus avait demandé à ses disciples lorsqu'il les avait envoyés construire le royaume de Dieu: «Dans quelque maison dans laquelle vous entrerez, dites d'abord: «Paix à cette maison». Pour rendre la vie plus humaine, il faut d'abord semer la paix, et non la violence; promouvoir le respect, le dialogue et l'écoute mutuelle, et non l'imposition, la confrontation et le dogmatisme.

Pourquoi la paix est-elle si difficile, pourquoi revenons-nous sans cesse à la confrontation et à l'agression mutuelle? Il existe une première réponse, si élémentaire et si simple que personne ne la prend au sérieux: seuls les hommes et les femmes qui possèdent la paix peuvent la transmettre à la société.

N'importe qui ne peut pas semer la paix. Avec un coeur plein de ressentiment, d'intolérance et de dogmatisme, on peut mobiliser les gens, mais il n'est pas possible d'apporter une paix réelle à la coexistence; il n'est pas possible de contribuer à rapprocher les positions et à créer un climat amical de compréhension, d'acceptation mutuelle et de dialogue.

Il n'est pas difficile de relever quelques traits de la personne qui porte en elle la paix du Christ: elle cherche toujours le bien de tous, elle n'exclut personne, elle respecte les différences, elle n'encourage pas l'agressivité, elle favorise ce qui unit, jamais ce qui confronte.

Qu'apportons-nous aujourd'hui à partir de l'Église de Jésus: harmonie ou division, réconciliation ou confrontation? Et si les disciples de Jésus ne portent pas la paix dans leur coeur, alors que portent-ils? Des peurs, des intérêts, des ambitions, de l'irresponsabilité?

 


EL AGAPE-DIOS NO ESTÁ CONDICIONADO POR MI AMOR

col fraymarcos

 FE ADULTA

DOMINGO 6º DE PASCUA (C)

Jn 14,23-29

Seguimos en el discurso de despedida después de la última cena. El tema del domingo pasado era el amor manifestado en la entrega. Terminábamos diciendo que ese amor era la consecuencia de una experiencia interior, relación con lo más profundo de mí mismo, que es Dios. Hoy nos habla el evangelio de lo que significa esa vivencia íntima. La Realidad que soy es mi verdadero ser. El verdadero Dios no es un ser separado que está en alguna parte de la estratosfera sino el fundamento de mi ser y de cada uno de los seres del universo.

En estos siete versículos podemos descubrir las dificultades que encontraron para expresar la experiencia interior. Por cada afirmación que hemos leído hoy, encontramos en el evangelio otra que dice exactamente lo contrario. Es la prueba de que las expresiones sobre Dios no se pueden entender al pie de la letra. Necesitan interpretación porque nuestros conceptos no son adecuados para expresar las realidades trascendentes. En este orden puede ser verdad una afirmación y la contraria. El dedo y la flecha pueden apuntar los dos a la luna.

Dos versículos antes acaba de decir: el que cumple mis palabras ese me ama. Aquí dice: el que me ama cumplirá mi palabra. En Jn 15,9 dice: Como el Padre me ha amado así os he amado. Aquí dice: “si alguno me ama le amará mi Padre y le amaré yo. ¿Está su amor condicionado a nuestro amor? Jesús había dicho que iba a prepararles sitio para después llevarles con él (14.2). Ahora dice que el Padre y él vendrán al interior de cada uno. ¿Puede Dios, y Jesús, localizarse en un lugar determinado? En (16,7) os conviene que me vaya, si no el Espíritu no vendrá a vosotros, pero si me voy os lo enviaré. Aquí: el Padre os lo enviará.

Les había advertido: no he venido a traer paz sino división y “como me persiguieron a mí, os perseguirán a vosotros” (Jn 16,2). Ahora nos dice: “la paz os dejo, mi paz os doy”. Nos había dicho: yo y el Padre somos uno (10,30). Quien me ve a mí ve a mi Padre (14,9). Ahora nos dice: El Padre es más que yo. ¿Pueden armonizarse estas dos expresiones? Unos versículos antes les había dicho: No os dejaré huérfanos, volveré para estar con vosotros (14,18). Y ahora Jesús dice que el Padre mandará el Espíritu en su lugar. Digerir estas aparentes contradicciones es una de las claves para entender la experiencia pascual.

Insisto, una cosa es el lenguaje y otra la realidad que queremos manifestar con él. Dios no  tiene que venir de ninguna parte para estar en lo hondo de nuestro ser. Está ahí desde antes de existir nosotros. No existe "alguna parte" donde Dios pueda estar, fuera de mí y del resto de la creación. Dios es lo que hace posible mi existencia. Soy yo el que estoy fundamentado en Él desde el primer instante de ser. El descu­brirlo en mí, el tomar conciencia de esa presencia, es como si viniera. Esta verdad es la fuente de toda religiosidad.

El hecho de que no llegue a mí desde fuera, ni a través de los sentidos, hace imposible toda reflexión racional. Todo intermediario, sea persona o institución, me aleja de Él más que  acercarme. En el AT, la presencia de Dios se localizaba en la tienda del encuentro o el templo. La “presencia” debía ser una característica de los tiempos mesiánicos. Desde Jesús, el lugar de la presencia de Dios es el hombre. Dentro de ti lo tienes que experimentar. Será más fácil de comprender si superas la idea de Dios como una entidad separada e inaccesible.

El Espíritu es el garante de esa presencia dinámica: “os irá enseñando todo”. Por cinco veces en este discurso de despedida, hace Jesús referencia al Espíritu. No se trata de la tercera persona de la Trinidad, sino de la divinidad como fuerza (Ruaj), como Vida, como sabiduría que todo lo explica. “Santo” significa separado; pero no separado de Dios, sino separado de las actitudes del mundo. Si esa Fuerza de Dios no nos separa del mundo, entendido como lugar de enfrentamiento y opresión, nunca podremos comprender el amor.

"Os conviene que yo me vaya, porque si no, el Espíritu no vendrá a vosotros." Ni el mismo Jesús con sus palabras y acciones fue capaz de llevar a los apóstoles hasta la experiencia de Dios. Mientras estaba con ellos vivían apegados a sus manifestaciones humanas. Todo muy bonito, pero que les impedía descubrir la verdadera identidad de Jesús. Al no ver a Dios en Jesús, tampoco descubrieron la realidad de Dios dentro de ellos. Cuando desapare­ció, se vieron obligados a buscar dentro de ellos, y allí encontraron lo que no podían descubrir fuera.

El Espíritu no añadirá nada nuevo. Solo aclarará lo que Jesús ya enseñó. Las enseñanzas de Jesús y las del Espíritu son las mismas, solo hay una diferencia. Con Jesús, la Verdad viene a ellos de fuera. El Espíritu las suscita dentro de cada uno como vivencia irrefutable. Esto explica tantas conclusiones equivocadas de los discípulos durante la vida de Jesús. Las palabras (aunque sean las de Jesús) y los razonamientos no pueden llevar a la comprensión. El Espíritu les llevará a experimentar dentro de ellos la misma realidad que Jesús quería explicar. Entonces no necesitarán argumentos, sino que lo verán claramente.

Shalom (paz) era el saludo ordinario entre los semitas. No solo al despedirse, sino al encontrarse. Ya el “shalom” Judío era mucho más rico que nuestro concepto de paz, pero es que el evangelio de Jn hace hincapié en un “plus” de significado sobre el ya rico significado judío. La paz de la que habla Jesús tiene su origen en el interior de cada uno. Es la armonía total, no solo dentro de cada persona, sino con los demás y con la creación entera. Sería el fruto primero de unas relaciones auténticas. Sería la consecuencia del amor que es Dios en nosotros, descubierto y vivido. La paz no se puede buscar directamente. Es fruto del amor.

Deben alegrarse de que se vaya porque ir al Padre, aunque sea a través de la muerte, no es ninguna tragedia. Será la manifestación suprema del amor, será la verdadera victoria sobre el mundo y la muerte. El Padre es mayor que él porque es el origen. Todo lo que posee Jesús procede de Él. No habla de una entidad separada, sería una herejía. Para el evangelista, Jesús es un ser humano a pesar de su preexistencia: “Tomó la condición de esclavo, pasó por uno de tantos”. Dios se manifiesta en lo humano, pero Dios no es lo que se ve en Jesús.

Dios se revela y se vela en la humanidad de Jesús. La presencia de Dios en él no es demostrable. Está en el hombre sin añadir nada; Dios es siempre un Dios escondido. "Toda religión que no afirme que Dios está oculto, no es verdadera" (Pascal). El sufí lo dejó bien claro: Calle mi labio carnal, / habla en mi interior la calma / voz sonora de mi alma / que es el alma de otra alma  / eterna y universal. /  ¿Dónde tu rostro reposa  / alma que a mi alma das vida? /  Nacen sin cesar las cosas, / mil y mil veces ansiosas /de ver tu faz escondida.

En toda la Biblia existe una tensión entre la trascendencia y la inmanencia de Dios. El hombre no puede ver a Dios sin morir. No puede ser represen­tado por ninguna imagen. No puede ser nombrado. Pero a la vez, se presenta como compasivo, como pastor de su pueblo, como esposo, como madre que no puede olvidarse del fruto de su vientre. En el NT, se acentúa el intento de acercar a Dios al hombre. Los conceptos de "Mesías", "Siervo", "Hijo de hombre", "Palabra", "Espíri­tu", "Sabiduría", incluso "Padre", son ejemplos de ese intento.

 

¿SOMOS UN HOTEL DE CINCO ESTRELLAS? Domingo 6º de Pascua. Ciclo C.

 col sicre art


FE ADULTA

Igual que el domingo anterior, la primera lectura (Hechos) habla de la iglesia primitiva; la segunda (Apocalipsis) de la iglesia futura; el evangelio (Juan) de nuestra situación presente. Comienzo por el evangelio, que da materia más que suficiente para la homilía.

Evangelio: La Iglesia presente (Juan 14, 23-29)

Este pasaje trata tres temas:

a) El cumplimiento de la palabra de Jesús y sus consecuencias.

Se contraponen dos actitudes: el que me ama ‒ el que no me ama. A la primera sigue una gran promesa: el Padre lo amará. A la segunda, un severo toque de atención: mis palabras no son mías, sino del Padre.

La primera parte es muy interesante cuando se compara con el libro del Deuteronomio, que insiste en el amor a Dios (“amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser”) y pone ese amor en el cumplimiento de sus leyes, decretos y mandatos. En el evangelio, Jesús parte del mismo supuesto: “el que me ama guardará mi palabra”. Pero añade algo que no está en el Deuteronomio: “mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”.

Este último tema, Dios habitando en nosotros, se trata con poca frecuencia porque lo hemos relegado al mundo de los místicos: santa Teresa, san Juan de la Cruz, etc. Pero el evangelio nos recuerda que se trata de una realidad que no debemos pasar por alto. Generalmente no pensamos en el influjo enorme que siguen ejerciendo en nosotros personas que han muerto hace años: familiares, amigos, educadores, que siguen “vivos dentro de nosotros”. Una reflexión parecida deberíamos hacer sobre cómo Dios está presente dentro de nosotros e influye de manera decisiva en nuestra vida. Y todo eso lo deberíamos ver como una prueba del amor de Dios: “mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él”.

Por otra parte, decir que Dios viene a nosotros y habita en nosotros supone una novedad capital con respecto al Antiguo Testamento, donde se advierten diversas posturas sobre el tema. 1) Dios no habita en nosotros, nos visita, como visita a Abrahán. 2) Dios se manifiesta en algún lugar especial, como el Sinaí, pero sin que el pueblo tenga acceso al monte. 3) Dios acompaña a su pueblo, haciéndose presente en el arca de la alianza, tan sagrada que, quien la toca sin tener derecho a ello, muere. 4) Salomón construye el templo para que habite en él la gloria del Señor, aunque reconoce que Dios sigue habitando en “su morada del cielo”. 5) Después del destierro de Babilonia, cuando el profeta Ageo anima a reconstruir el templo de Jerusalén, otro profeta muestra su desacuerdo en nombre del Señor: “El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies; ¿Qué templo podréis construirme o qué lugar para mi descanso?” (Isaías 66,1).

Cuando Jesús promete que él y el Padre habitarán en quien cumpla su palabra, anuncia un cambio radical: Dios no es ya un ser lejano, que impone miedo y respeto, un Dios grandioso e inaccesible; tampoco viene a nosotros en una visita ocasional. Decide quedarse dentro de nosotros. ¿Qué le ofrecemos? ¿Un hotel de cinco estrellas o un hostal?

b) El don del Espíritu Santo

Dentro de poco celebraremos la fiesta de Pentecostés. Es bueno irse preparando para ella pensando en la acción del Espíritu Santo en nuestra vida. Este breve texto se fija en el mensaje: enseña y recuerda lo dicho por Jesús. Dicho de forma sencilla: cada vez que, ante una duda o una dificultad, recordamos lo que Jesús enseñó e intentamos vivir de acuerdo con ello, se está cumpliendo esta promesa de que el Padre enviará el Espíritu. 

Pero hay algo más: el Espíritu no solo recuerda, sino que aporta ideas nuevas, como añade Jesús en otro pasaje de este mismo discurso: “Me quedan por deciros muchas cosas, pero no podéis con ellas por ahora. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena.” Parece casi herético decir que Jesús no nos transmite la verdad plena. Pero así lo dice él. Y la historia de la Iglesia confirma que los avances y los cambios, imposibles de fundamentar a veces en las palabras de Jesús, se producen por la acción del Espíritu.

c) La vuelta de Jesús junto al Padre

Estas palabras anticipan la próxima fiesta de la Ascensión. Cuando se comparan con la famosa Oda de Fray Luis de León (“Y dejas, pastor santo…”) se advierte la gran diferencia. Las palabras de Jesús pretenden que no nos sintamos tristes y afligidos, pobres y ciegos, sino alegres por su triunfo.

1ª lectura: la iglesia pasada (Hechos de los Apóstoles 15, 1-2. 22-29)

Uno de los motivos del éxito de la misión de Pablo y Bernabé entre los paganos fue el de no obligarles a circuncidarse. Esta conducta provocó la indignación de los judíos y también de un grupo cristiano de Jerusalén educado en el judaísmo más estricto. Para ellos, renunciar a la circuncisión equivalía a oponerse a la voluntad de Dios, que se la había ordenado a Abrahán. Algo tan grave como si entre nosotros dijese alguno ahora que no es preciso el bautismo para salvarse.

Como ese grupo de Jerusalén se consideraba “la reserva espiritual de oriente”, al enterarse de lo que ocurre en Antioquía manda unos cuantos a convencerlos de que, si no se circuncidan, no pueden salvarse. Para Pablo y Bernabé esta afirmación es una blasfemia: si lo que nos salva es la circuncisión, Jesús fue un estúpido al morir por nosotros.

En el fondo, lo que está en juego no es la circuncisión sino otro tema: ¿nos salvamos nosotros a nosotros mismos cumpliendo las normas y leyes religiosas, o nos salva Jesús con su vida y muerte? Cuando uno piensa en tantos grupos eclesiales de hoy que insisten en la observancia de la ley, se comprende que entonces, como ahora, saltasen chispas en la discusión. Hasta que se decide acudir a los apóstoles de Jerusalén.

Tiene entonces lugar lo que se conoce como el “concilio de Jerusalén”, que es el tema de la primera lectura de hoy. Para no alargarla, se ha suprimido una parte esencial: los discursos de Pablo y Santiago (versículos 3-21).

En la versión que ofrece Lucas en el libro de los Hechos, el concilio llega a un pacto que contente a todos: en el tema capital de la circuncisión, se da la razón a Pablo y Bernabé, no hay que obligar a los paganos a circuncidarse; al grupo integrista se lo contenta mandando a los paganos que observen cuatro normal fundamentales para los judíos: abstenerse de comer carne sacrificada a los ídolos, de comer sangre, de animales estrangulados y de la fornicación.

Esta versión del libro de los Hechos difiere en algunos puntos de la que ofrece Pablo en su carta a los Gálatas. Coinciden en lo esencial: no hay que obligar a los paganos a circuncidarse. Pero Pablo no dice nada de las cuatro normas finales.

El tema es de enorme actualidad, y la iglesia primitiva da un ejemplo espléndido al debatir una cuestión muy espinosa y dar una respuesta revolucionaria. Hoy día, cuestiones mucho menos importantes ni siquiera pueden insinuarse. Pero no nos limitemos a quejarnos. Pidámosle a Dios que nos ayude a cambiar.

 2ª lectura: la iglesia futura (Apocalipsis 21,10-14. 22-23)

En la misma tónica de la semana pasada, con vistas a consolar y animar a los cristianos perseguidos, habla el autor de la Jerusalén futura, símbolo de la iglesia.

El autor se inspira en textos proféticos de varios siglos antes. El año 586 a.C. Jerusalén fue incendiada por los babilonios y la población deportada. Estuvo en una situación miserable durante más de ciento cincuenta años, con las murallas llenas de brechas y casi deshabitada. Pero algunos profetas hablaron de un futuro maravilloso de la ciudad. En el c.54 del libro de Isaías se dice:

11 ¡Oh afligida, venteada, desconsolada!

Mira, yo mismo te coloco piedras de azabache, te cimento con zafiros,

12 te pongo almenas de rubí, y puertas de esmeralda,

y muralla de piedras preciosas.

El libro de Zacarías contiene algunas visiones de este profeta tan surrealistas como los cuadros de Dalí. En una de ellas ve a un muchacho dispuesto a medir el perímetro de Jerusalén, pensando en reconstruir sus murallas. Un ángel le ordena que no lo haga, porque Por la multitud de hombres y ganados que habrá, Jerusalén será ciudad abierta; yo la rodearé como muralla de fuego y mi gloria estará en medio de ella oráculo del Señor (Zac 2,8-9).

Podríamos citar otros textos parecidos. Basándose en ellos dibuja su visión el autor del Apocalipsis. La novedad de su punto de vista es que esa Jerusalén futura, aunque baja del cielo, está totalmente ligada al pasado del pueblo de Israel (las doce puertas llevan los nombres de las doce tribus) y al pasado de la iglesia (los basamentos llevan los nombres de los doce apóstoles). Pero hay una diferencia esencial con la antigua Jerusalén: no hay templo, porque su santuario es el mismo Dios, y no necesita sol ni luna, porque la ilumina la gloria de Dios.

 

«EL PADRE ES MÁS QUE YO»: LA REALIDAD Y LA APARIENCIA Domingo VI de Pascua 22 de mayo Jn 14, 23-29

col lozano art

 

FE ADULTA

Con frecuencia, la afirmación que da título a este comentario y que el autor del cuarto evangelio pone en boca de Jesús ha dado pie a interminables debates teológicos, con el telón de fondo de la “divinidad” de Jesús. ¿Es Jesús de la “misma sustancia que el Padre” –“homoousios”, como proclamó el concilio de Nicea en el año 325– o, como afirma el Jesús del cuarto evangelio, el Padre es “más” que él?

Más allá de las sofisticadas elucubraciones teológicas, parece claro que esa afirmación no tiene encaje posible dentro de la dogmática elaborada en Nicea. Y, sin embargo, cabe una lectura que da razón ajustada a toda esta cuestión.      

Desde la comprensión no-dual, advertimos que Fondo y Forma –o, si se prefiere, Realidad y Apariencia– constituyen las dos dimensiones de la (única) Realidad, que nosotros también compartimos. Así, hablamos de “personalidad” (como nuestra “forma” o “apariencia” concreta) y de nuestra “identidad” (como el “fondo” último de nuestra verdad).

Pues bien, cada uno, cada una de nosotros puede hacer suya la afirmación de Jesús, expresada ahora en este lenguaje: “Soy uno con el Fondo de lo real –el “Padre” – pero, al mismo tiempo, en cuanto “persona” particular, soy más «pequeño” que aquel Fondo que reconozco mi identidad. En palabras de Fidel Delgado: “Soy Todo y poco, a la vez”.

Una vez más, se pone de manifiesto cómo lo que parecen dilemas irresolubles para la mente analítica, quedan disueltos en la comprensión no-dual, que sabe ver y reconocer la paradoja que habita toda la realidad.

“Padre” e “Hijo”, Realidad y Apariencia, no son realidades contrapuestas y mutuamente excluyentes, así como tampoco aluden a entidades o seres separados que entrarían en comparación. Constituyen las dos dimensiones de lo real, que descubrimos en nosotros mismos reconociéndonos, a la vez, ambas cosas: identidad (realidad) y personalidad (apariencia). Según desde la perspectiva que adoptemos podemos vernos como plenitud o como una forma “pequeña” (personalidad particular), en comparación con lo que somos en profundidad. O dicho de otro modo: “Somos «más grandes» que lo que pensamos ser”.

¿Puedo percibir en mí esas dos dimensiones y el “juego” que se da entre ellas?

AL FINAL, EL TRIUNFO DE DIOS Juan 14, 23-29

FE ADULTA

col munarriz

comentario editorial fa7

 


«El Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho»

El libro del Éxodo es el punto culminante de la epopeya de Israel, pero es también una excelente metáfora del transcurrir de nuestra vida: “Desde la cómoda esclavitud de las pasiones, a través del desierto de la vida, acompañados por el Espíritu, hasta la casa del Padre”.

El pueblo de Israel se sintió acompañado del espíritu de Dios —el Ángel de Yahvé— hasta que se vio a salvo al otro lado del mar de las Cañas, pero cuando tuvo que enfrentarse a los rigores del desierto y vio pasar el tiempo sin llegar a la Patria prometida, se impacientó, se sintió abandonado y se rebeló contra Dios.

Quizá las comunidades cristianas de finales del siglo primero sintieron una sensación parecida, y de ahí que Juan escribiese el Apocalipsis para atajar la creciente desesperanza del pueblo. Habían empezado su andadura con el espíritu de Jesús a flor de piel, se habían enfrentado a enormes dificultades y lo habían soportado todo gracias a su fe en la inminente venida del Señor… pero pasaba el tiempo y el Señor no terminaba de llegar. 

Nosotros corremos el mismo riesgo que los Israelitas del desierto y los primeros cristianos. Vemos pasar generación tras generación sin que se vislumbre siquiera el fin de las guerras, del dolor, del sufrimiento, de la injusticia, de la opresión… y nos preguntamos: ¿Dónde está la acción del Espíritu?... ¿Dónde está su luz para no errar el camino, y su fuerza para no desfallecer en nuestro peregrinar hacia ese mundo humanizado, civilizado, justo, libre y honesto que se supone nuestro destino?

Y nos impacientamos, y nos agobiamos porque sabemos que con nuestras fuerzas nunca llegaremos, y dudamos de que el espíritu de Dios esté acompañando a la humanidad, y nos preguntamos si no estaremos asistiendo al fracaso de Dios… Y nuestra fe se tambalea y nos sentimos condenados a vivir en un mundo que se rige por sus propias leyes y camina errático hacia ninguna parte…

Y, quizá desconcertados por la tardanza, llegamos a la lectura del texto de Juan.

Y Juan, que vivió estas mismas dudas y vacilaciones en el seno de sus propias comunidades, nos invita hoy —y lo hace aún con más fuerza en el Apocalipsis— a hacer un acto de fe en el triunfo final de Dios; a ver con optimismo el destino de la humanidad. Nos invita a no caer en la desesperanza; a confiar en que el Espíritu de Dios está con nosotros y que algún día dejaremos de vagar por el desierto y llegaremos también a la Patria… Porque Dios ha apostado muy fuerte por nosotros y no puede fallar.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí