En el debate social sobre la crisis que padecemos, estuvieron a punto de hacernos creer que fuimos nosotros, el pueblo llano, los culpables de la misma por haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Pero a hora que vamos descubriendo las cuevas de Alí Babá y la miríada de ladrones, caraduras, aprovechados e incompetentes que han arruinado nuestro país ya tenemos la certeza de que eran ellos los que vivían por encima de sus posibilidades.
Sí, sufridos e indignados conciudadanos, no solo vivían por encima de sus posibilidades económicas, sino también por encima de sus posibilidades morales, éticas y de gestión. En el caso de las tarjetas opacas de Caja Madrid y Bankia se cuenta que los presidentes, directivos y consejeros, cuando tenían que pagar una fiesta, la compra de joyas, una mariscada o un safari, por poner solo algunos ejemplos, se acercaban a la cueva del cajero automático, introducían la tarjeta y con voz taimada decían aquello de “¡Ábrete, Sésamo!”, y el cajero se abría milagrosamente ofreciéndoles cuánto dinero pudieran guardar en sus faltriqueras.