Algunas claves desde la encíclica Magnifica Humanitas
Aunque surge después de muchos años de investigación y desarrollo, la Inteligencia Artificial se ha convertido en presencia cotidiana y creciente en nuestras vidas a partir de la irrupción del Chat GP y otras herramientas. Naturalmente, también el mundo educativo se ve sacudido por su presencia, con una mezcla de estupor, asombro y vértigo que viene a complejizar un contexto ya de por sí turbulento. Según Carlos Pascual, ex embajador de los Estados Unidos, la IA “puede terminar siendo algo más grande que cualquier cosa que hayamos visto en nuestra historia” y, en el caso de la educación, “la tecnología comienza a modificar las propias condiciones cognitivas desde las cuales pensamos, interpretamos y construimos conocimiento”. Es decir, no estamos ante un avance más, sino con un salto cualitativo de alcances y repercusiones que todavía no podemos mensurar cabalmente.
El tremendo impacto que la IA tiene en (casi) todos los aspectos de la vida social, nos está llevando a un estado donde prima el frenesí y la histeria. Desde posturas entusiastas que anuncian una nueva etapa para la humanidad porque la IA nos va a solucionar muchas carencias y límites, hasta los apocalípticos que alertan sobre el riesgo de perder la libertad humana frente a una IA generativa y con autoconciencia, los avances acelerados y constantes de la IA nos mueven permanentemente el horizonte, impidiéndonos ser precisos en el diagnóstico y, sobre todo, en el pronóstico. Como bien señala Graham Burnett, lo único cierto es que “el potencial de la IA es enorme pero también sus riesgos. No avanzamos mucho en pensar cómo controlarlos”, de allí que finales de julio se conoció el manifiesto Pacing the Frontier, firmado por más de mil “empleados de empresas de IA de frontera” donde solicitan al gobierno de Estados Unidos que “apoye un esfuerzo internacional para desarrollar las herramientas técnicas y de gobernanza necesarias para moderar deliberadamente la frontera del desarrollo automatizado de la IA”, un llamamiento a “parar la pelota”, porque “existe un riesgo real de que el desarrollo de capacidades se acelere rápidamente más allá de nuestra capacidad para comprender o controlar los sistemas resultantes.”
En educación, la IA nos abre muchas posibilidades, porque el acceso a la información (insumo inicial para el conocimiento) pasó a ser inmediato y cada vez más detallado y porque varias de sus herramientas pueden permitir acompañar mejor las trayectorias de aprendizaje, hacerlas más flexibles o individualizadas. Puede favorecer el aprendizaje colaborativo y el desarrollo de ciudadanía digital. Pero, al mismo tiempo, cabe preguntarnos: ¿qué sucede con la experiencia humana del pensamiento cuando parte del esfuerzo intelectual comienza a apoyarse en sistemas automatizados? ¿Qué dimensiones de la experiencia humana siguen siendo irremplazables dentro del acto educativo?
Cuando los educadores y las instituciones educativas se acercan a la IA y antes de sumergirnos en sus herramientas concretas, parece oportuno comenzar por conocer y calibrar adecuadamente cómo la IA actúa o puede actuar en los procesos de aprendizaje y de enseñanza. La neurocientífica española María José Rubio nos recuerda que el cerebro humano es plástico, “se adapta a aquello que hacemos de forma repetida. Si lo entrenamos en la fragmentación, en la urgencia o en el consumo rápido de estímulos, se vuelve más eficaz en eso, pero menos competente para sostener la atención, tolerar el aburrimiento o profundizar. El verdadero riesgo es la posible erosión de ciertas capacidades cognitivas superiores por falta de uso (…) Cuando dejamos de buscar, comparar, recordar o argumentar, entramos en una forma de «sedentarismo cognitivo» que, como ocurre con el cuerpo, termina pasando factura.” Por lo tanto, pareciera que junto con la omnipresente pregunta acerca de cómo incorporar inteligencia artificial a la enseñanza, cabe empezar a hacernos otra: “¿dónde hay que impedir la entrada de la IA? ¿Qué ejercicios deberían seguir siendo humanos de principio a fin y qué formas de dificultad deberíamos defender, aunque los estudiantes las resistan y las instituciones se sientan tentadas a flexibilizarlas?”
Esta es la paradoja que enfrentamos: las mismas tecnologías que prometen revolucionar el aprendizaje pueden, en realidad, obstaculizar el desarrollo de las capacidades cerebrales necesarias para utilizarlas con criterio. Porque, al final, la inteligencia artificial más sofisticada del mundo no puede pensar por un cerebro que aún no ha aprendido a pensar por sí mismo. Entonces, frente a esta irrupción profunda y avasallante, ¿habrá que prohibir la IA en la escuela (como se intenta hacer, en muchos países, con el acceso de menores a las redes sociales), aunque pareciera ser que ya es tarde para ello? ¿Cómo desarrollar hábitos individuales y sociales para vivir con las herramientas digitales? ¿Tendremos que establecer “santuarios” sin IA ni redes en la escuela? ¿Se podrá “domar” (término de Fernández Enguita) a la IA para poder manejarla con seguridad?
Para iluminarnos en este atolladero, el Papa León XIV puede ayudarnos. En su encíclica Magnifica Humanitas, el Papa señala que la IA “es una ayuda valiosa que merece atención”, que exige un “enfoque prudente y cauteloso”, en particular en lo referido a “la facilidad para lograr el resultado, la impresión de objetividad y la simulación de la comunicación humana. Son justamente tres aspectos que impactan de lleno en la tarea educativa:
Frente a la obtención rápida, “los procesos educativos, en cambio, requieren tiempo para madurar”, ya que “a rapidez y la facilidad con las que se obtiene una respuesta o una síntesis hacen correr el riesgo de que se apague el deseo de plantear preguntas, que sólo da fruto con el tiempo”.
Ante la sensación de que la IA nos brinda respuestas contundentes y definitivas, la educación supone siempre una confrontación con la realidad, discernimiento, pensamiento crítico y búsqueda constante de la verdad.
Ante una aparente comunicación de los promts, la educación siempre supone vínculos sanos entre personas y apertura al diálogo y al encuentro entre semejantes.
Por eso, el Papa indica que “educar en el uso de la IA implica educar para decidir cuándo y para qué no utilizarla.” De no hacerlo, “puede surgir un sistema educativo carente de amor por la verdad, en el que el flujo incesante de información sustituya al ejercicio de investigación, la reflexión y el discernimiento. Se multiplican los conocimientos fragmentarios, pero se hace más difícil captar la realidad en su conjunto, plantear preguntas sobre el sentido de las cosas y desarrollar un auténtico pensamiento crítico y creativos”
El Papa nos alerta que, sin un conocimiento profundo (no solo técnico) de lo que significa y sin una utilización adecuada, la IA puede profundizar la fragmentación del conocimiento, obturar la capacidad de preguntas hondas y de sentido, restringir el pensamiento crítico y creativo. El centro de un proyecto educativo no puede ser la producción cada vez más eficiente de respuestas, como nos permite de manera cada vez más poderosa la IA. La educación es un esfuerzo histórico de la humanidad para la formación de personas capaces de pensar, juzgar, deliberar, hacerse responsables de lo que dicen y de lo que hacen en un mundo compartido. Al aprender, se construye subjetividad, criterio, interpretación de las incertidumbres, sensibilidad ética y formas de relación con contextos cambiantes.
Para transitar por este camino propio e imprescindible, contamos con algunas estrategias para apuntalar nuestra acción educativa.
La primera de ellas es poner el foco en proteger la atención de los estudiantes, formarlos en cuidar la atención propia como mecanismo de libertad y de relacionamiento con los demás y con la realidad. María José Rubio propone que en los procesos escolares se introduzcan momentos sin pantalla, reducir las interrupciones, trabajar en bloques de atención profunda, aprender a tolerar el aburrimiento sin recurrir al móvil, recuperar la escritura a mano. Hacerlo desde la educación infantil y progresivamente, porque tendrá poca eficacia si pretendemos recuperar la atención en la adolescencia, cuando ya se haya perdido. Para tener adolescentes atentos, necesitamos niños atentos.
La segunda herramienta son las buenas lecturas, de textos largos, no simplemente alguna carilla. Antonio Banderas, preocupado al ver la baja atención de los jóvenes en las funciones teatrales de la obra que está dirigiendo en la actualidad, propone que todos los días en las escuelas los estudiantes lean diez páginas. No darles para leer, sino con ellos, suscitar, convocar a expresarse, abrir mundos. Para Banderas, al poco tiempo habrá deseos de leer más páginas, de apropiarse de más y mejores lecturas. Entonces se habrá desatado un movimiento imparable de conocimiento, reflexión y apropiación de valiosos tesoros.
La tercera herramienta pasa por lograr que en todos los espacios de la escuela, fundamentalmente en el aula, se desarrollen buenas conversaciones, encuentros que ayuden a los estudiantes a crecer, a comprender mejor la realidad, a descubrir facetas nuevas de sus interlocutores y a valorar más y mejor su entorno y sus posibilidades. Conversaciones entre educadores y estudiantes, entre educadores entre sí, entre estudiantes entre sí. Porque saber dialogar significa buscar el logos entre dos, con otros, junto a otros.
Tres herramientas que fundamentan el consejo de León XIV: “la escuela está llamada a ofrecer aquello que lo actual (o “digital) por sí solo no puede dar: tiempo compartido para aprender y relaciones fiables. Pues como bien dice la escritora italiana Andrea Marcolongo en un muy lúcido artículo: “si una máquina puede responder en pocos segundos a casi cualquier pregunta, la tarea de la escuela ya no consiste únicamente en transmitir respuestas. Consiste, más que nunca, en formar personas capaces de formular las preguntas adecuadas, de distinguir un hecho de una opinión, una argumentación de una simple afirmación, una información de un conocimiento. Una respuesta puede encontrarse en una pantalla. El juicio, en cambio, sólo puede construirse lentamente, a través del estudio, la conversación y la experiencia. Cuanto más poderosas sean nuestras tecnologías, más profundamente humana deberá seguir siendo la educación”.
Gustavo J. Magdalena
Agosto 2026
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