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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Pensar como Dios

 


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Mt 20, 1-16

«Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros que hemos aguantado el peso del día y el bochorno»

Estamos en la misma esencia del mensaje evangélico; el domingo pasado fue el perdón, y éste, el salto del mundo de la justicia al mundo del amor. Cuando la semana pasada hablamos del perdón ya aludimos a esta parábola, pero hoy la vamos a desarrollar un poco más.

El inicio de la parábola relata un hecho de todos conocido, pues habla de una práctica habitual en nuestros pueblos hasta hace muy poco tiempo, y sin duda algo cotidiano en la Palestina de tiempos de Jesús. Pero al final (como era su costumbre) Jesús introduce la paradoja y en la paradoja encontramos el mensaje: los obreros que solo han trabajado una hora reciben el mismo salario que quienes habían estado todo un día soportando el duro trabajo.

Según nuestra mentalidad, los obreros de la primera hora que protestan tienen toda la razón; no hay derecho a que trabajando diez veces más que los otros, al final reciban lo mismo… Pero según la mentalidad del evangelio, hay algo mucho más importante que la justicia, y es el amor. Y ése es el centro del mensaje de Jesús. Entrar en el Reino consiste en dar el salto del mundo de la justicia al mundo del amor. Y puede parecer una utopía que se pueda dar ese salto, pero de hecho lo descubrimos en muchas personas con las que tratamos y las vemos diferentes, porque ese amor se trasluce en todos sus actos. Dentro del entorno familiar es habitual vivir en el mundo del amor, y a casi nadie se le ocurre apelar en ningún momento a la justicia. La propuesta de Jesús consiste en hacer normal en nuestras relaciones con los demás lo que es normal dentro de la familia.

«Tú piensas como los hombres, no como Dios», le dice Jesús a Pedro cuando se siente tentado por él. Pensar como Dios, pensar desde el amor en lugar de pensar desde la mera justicia. Todo el evangelio está empapado de esa mentalidad, pero en ocasiones Jesús recalca el mensaje de forma clara, potente e inequívoca. En la parábola del hijo pródigo, la actitud del hijo mayor es perfectamente razonable según nuestra mentalidad, pero volvemos a estar frente a un problema de enfoque. El hijo sólo ve que su hermano «ha devorado la hacienda con rameras», mientras que su padre va mucho más adentro: «Este hermano tuyo estaba perdido y ha sido hallado».

En el pasaje de la mujer adúltera, los escribas y fariseos tienen toda la razón. La ley de Moisés manda lapidar a las mujeres sorprendidas en adulterio, y ellos son los encargados de impartir justicia. Lo que no tienen es misericordia; viven en el mundo de la justicia y no son capaces de ir más allá. Jesús, en cambio, vive inmerso en el mundo del amor (piensa como Dios) y se juega la vida para salvar a la mujer: «Yo tampoco te condeno, vete y en adelante no peques más»

Ver el mundo desde la justicia o verlo desde el amor… Ésa es la cuestión.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

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