FUNDADOR DE LA FAMILIA SALESIANA

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jueves, 6 de agosto de 2026

Crecer decreciendo. recorrido histórico del concepto de vejez (i)

 


* Ponencia en un Curso de verano de la EHU (Universidad del País Vasco), 2026

El término “viejo” se deriva al parecer de la raíz indoeuropea wet que significa “año”. Se utilizaba para designar los productos agrícolas del año anterior. Pero hay productos que con los años ganan calidad, y otros que no. Hay vinos que mejoran con los años y hay vinos que no, dependiendo de la añada y de la cepa. Todo vino requiere años para ser “añejo”, pero no bastan los años para serlo. Lo mismo nos pasa a nosotros, los añosos, en relación con la calidad profunda de la vida.

Una vez más, nos volvemos, pues, a preguntar: ¿es posible crecer decreciendo? Muchas personas mayores son la prueba indiscutible de que sí, y muchos sabios y sabias de todas las época y culturas lo han refrendado en sus enseñanzas a lo largo de la historia. Es posible crecer siendo viejos con las pérdidas que conlleva la vejez. Las propias pérdidas pueden volverse ganancia, y las servidumbres, libertad. Y eso en todas las edades. En todas las edades es preciso aprenderlo, pero esta asignatura, la más difícil de todas, cobra a nuestra edad una importancia singular.

Se me propuso presentar un “recorrido histórico de los conceptos de vejez”. Ya el año pasado presenté algunas reflexiones de sabios antiguos y contemporáneos acerca de la vejez. Hoy ampliaré el marco histórico y los testimonios, pasando más rápido sobre lo presentado hace un año. En las enseñanzas de quienes nos han precedido hallamos indicaciones siempre oportunas y un estímulo siempre necesario para vivir o querer vivir en nuestras circunstancias concretas lo que ellos vivieron o quisieron vivir en las suyas.

Seguiré un orden básicamente cronológico, y a la vez geográfico. Me limitaré a leer textos, comentándolos muy ligeramente, más para resaltar que para explicar lo que dicen.

Pero, antes de pasar a ese recorrido histórico, quiero empezar con un apunte preliminar, muy general, sobre el reconocimiento y el papel social de los ancianos en la antigüedad y en nuestros días.

1. Los estereotipos de la vejez en el pasado y en el presente

Nuestra cultura y el lenguaje, la sociedad en la que vivimos, están cargados de estereotipos negativos sobre la vejez, pero no debemos pensar que se trata de un fenómeno nuevo. Siempre se han dado, de una forma u otra. Es verdad que el reconocimiento y la autoridad de los ancianos ha estado, en general, mucho más presente en las culturas antiguas que en la nuestra. Los viejos han tenido una presencia privilegiada en las instituciones dirigentes de las culturas indígenas y de las sociedades tradicionales: pensemos en el Senado romano (“senado” viene de senex, que significa viejo); o en el judaísmo antiguo y moderno, en sus consejos de ancianos, que heredaron las Iglesias cristianas (el término presbítero significa “anciano” y sigue utilizándose para designar al sacerdote)… Sin embargo, aun allí donde a los ancianos se les reconocía sabiduría y autoridad, también se vinculaba la vejez con debilidad, incapacidad, dependencia, resistencia al cambio, etc. (no hay más que leer a los escritores romanos Horacio –65 a.C.– 8 d.C. d.C.– y Juvenal –60-128 d.C. –).

Lo relativamente nuevo es la forma en que los viejos prejuicios han tomado en la era industrial y en nuestros tiempos. La industrialización trajo la revalorización de la productividad económica, la rapidez, la innovación. La discriminación por la edad está hoy más asociada que nunca con la pérdida del valor productivo y mercantil. Por otro lado, la escolarización masiva y las nuevas tecnologías han hecho que los viejos hayamos perdido el tradicional privilegio del saber en casi todos los campos de especialización: cualquier joven tiene en su bolsillo, con todos sus inconvenientes, un móvil que nosotros apenas sabemos utilizar y que a ellos les da acceso instantáneo a casi todo el conocimiento actual. Yo me siento anonadado, aunque la IA amenaza con discriminarnos y anonadarnos a todos, jóvenes y viejos. Esa es otra historia que me llena de inquietudes y preguntas.

De ningún modo echamos de menos las viejas instituciones familiares, políticas o religiosas del pasado. Pero, contra todos los estereotipos sociales y lingüísticos, necesitamos reafirmar que cada edad tiene su peso y su gracia, y que ninguna edad es ni mejor ni peor que otra cualquiera. Y necesitamos reafirmarnos en ello. La edad que nos toca vivir es o puede ser la mejor, si sabemos vivirla. Ahora que somos mayores, sí, viejos, es primordial descubrir que es posible y gozoso aprender cada día a vivir esta edad con sus inevitables pérdidas y sus maravillosas oportunidades.

2. La sabiduría china tradicional: Confucio y Laozi (s. V a.C.)

a) Confucio

Las enseñanzas de Confucio sobre la ética, la educación y el buen gobierno han influido profundamente en la cultura, la política y la sociedad de China y de toda Asia Oriental durante más de dos mil años hasta hoy. Esas enseñanzas se recogen sobre todo en Las Analectas (o conversaciones con sus discípulos). En ellas leemos, por ejemplo:

La piedad filial y el respeto a los mayores son la raíz de la benevolencia” (I, 2). Benevolencia traduce el término central de la ética y de la política confuciana: ren; se puede traducir también como humanidad, bondad, amor, empatía o compasión. Pues bien, Confucio enseña que la raíz de esa virtud fundamental es la piedad filial y el respeto a los mayores. ¿Sonaría bien esa frase si un profesor la pronunciara en su propio nombre en una clase de ESO/DBH, de Bachillerato o en un grado cualquiera de EHU? Os lo tenéis que mirar, nos diría Confucio. Nos diría también: “Un joven debe amar a sus padres cuando está en su casa y respetar a los mayores cuando está fuera de casa” (I, 6).

“Zilu le preguntó: ‘ Y cuáles son tus deseos?’ Confucio le respondió: ‘Dar descanso a los ancianos, confianza a los amigos y ternura a los pequeños (Analectas V,25). Descanso. Todos, jóvenes y mayores, andamos mal de descanso. ¿A dónde vamos tan deprisa, tan estresados, y cada vez más? El descanso es una de las contribuciones básicas de Israel a la cultura universal: “El séptimo día descansarás”, y “cada séptimo año será un año de descanso” para todos (incluye expresamente a los inmigrantes, los animales y la tierra), y “cada 50 año celebraréis un año jubilar”, que conlleva la liberación de los esclavos, el perdón de todas las deudas y la devolución de las tierras o propiedades vendidas o expropiadas. También nos lo tendríamos que mirar, y tal vez el propio Israel antes que nadie. Y de ahí viene el término latino júbilo y nuestra palabra jubilación. Que sepamos, pues, procurar descanso. Que sepamos descansar.

Pero Confucio no solo enseña cuál tendría que ser la conducta de los más jóvenes para con nosotros, los mayores, sino también lo que se nos pide o se esperaría de nosotros, los mayores. “Confucio dijo: ‘El hombre superior se abstiene de tres cosas: cuando es joven y su sangre y energía vial no se han consolidado, se abstiene del sexo; cuando se ha fortalecido y su sangre y su energía vital son más sólidas, se abstiene de disputar; cuando llega a viejo y su sangre y energía vital decaen, se abstiene de codiciar” (Analectas 16,7).

b) Laozi

Paso al otro gran sabio chino de la antigüedad, contemporáneo de Confucio: Laozi. Se trata seguramente de una figura legendaria, pero eso no resta un ápice al valor de las enseñanzas que se le atribuyen y que se recogen en un librito sin desperdicio, tan breve como luminoso, lleno de imágenes y de paradojas brillantes: el Dao De Jing. No se habla apenas de la vejez como tal, pero ofrece las grandes claves filosóficas y espirituales que valen sin duda para todas las edades, pero adquieren especial relevancia en la vejez.

Por ejemplo: el secreto de la paz está en vaciarse (cap. 16), la plenitud se alcanza renunciando (cap. 48), crecer demasiado es envejecer (cap. 55), quien acumula mucho pierde mucho (cap. 44), quien quiere retener algo lo pierde (cap. 29), nada es más fuerte que un niño recién nacido (cap. 55), lo blando y flexible es más fuerte que lo duro y lo rígido (cap. 10, 28, 79), la sabiduría profunda consiste en ser como el agua que no rivaliza con nada, que busca el lugar más bajo y así es útil a todo el mundo (cap. 8, 66, 78).

En la tradición taoísta se desarrolló y difundió toda una alquimia, heredada de prácticas chinas antiguas, que tenía como objeto alcanzar la longevidad e incluso la inmortalidad, utilizando para ello ciertas sustancias (el famoso cinabrio o sulfuro de mercurio), o ejercicios respiratorios o prácticas energéticas para alcanzar la plenitud de la energía vital. El Dao De Jing atribuido a Laozi no hace la menor mención de tales prácticas. Enseña más bien que, para alcanzar la plenitud o la eternidad más allá de nuestro espacio y tiempo, no hay más camino que el vaciamiento del ego y la transformación profunda que nos lleva a la unión con nuestro ser profundo, con la eterna fuente misteriosa de cuanto es y somos, es decir, con el Dao eterno. Baste como muestra el cap. 16:

La norma suprema es alcanzar el vacío;
el principio superior es guardar la paz.
En el devenir de todas las cosas bulliciosas
se contempla su regreso.
Todas los seres crecen en la agitación,
pero luego regresan a su origen.
El regreso al origen es hallar descanso.
El descanso es el regreso a la propia meta.
Regresar a la propia meta es ser eterno.
Conocer lo eterno es la iluminación.
No conocer lo eterno es caminar ciego a la perdición.
Quien conoce lo eterno es paciente,
quien es paciente es rey,
quien es rey es semejante al Cielo [orden cósmico],
quien es semejante al Cielo es uno con el Dao,
quien es semejante al Dao permanecerá para siempre,
hasta el fin de su vida sin peligro (cap. 16).

José Arregi, Aizarna, 29 de julio de 2026

www.josearregi.com

(continuará)

Le tendió la mano y lo agarró

 


Mt 14,22-33

Abbá, ¿podrías contarme de nuevo la historia de Jesús calmando las aguas? Los truenos me inquietan… Parece que se avecina una tormenta y, estando en esta barca siento algo de miedo, pero ese relato siempre me serena.

Claro, Josué, también es una de mis historias favoritas. Entre pescadores la recordamos mucho… aunque −he de decirte− esta historia no se refiere solo a un episodio de pesca… Nuestros hermanos y hermanas de la comunidad de Mateo nos la transmitieron después de que Jesús ya hubiera sido crucificado y, lo más importante, después de haber experimentado con fuerza que Dios lo resucitó y sigue vivo entre nosotros. Así que, hijo mío, me alegra mucho que te guste y te produzca serenidad y confianza, porque en la vida tendrás que afrontar muchas otras tormentas que quizás no te dejarán empapado, pero que seguramente te provocarán más miedo que el que puedas estar sintiendo en estos momentos.

¿De verdad, abbá? ¡Cuéntamela! Ahora todavía me resulta mucho más interesante.

Dicen que ocurrió tras una multiplicación de panes y peces, uno de esos momentos en los que Jesús mostraba su compasión con quienes buscaban su consuelo y sanación. Como buen Maestro, él siempre aprovechaba estas oportunidades para enseñarnos cómo hemos de actuar sus seguidores. Siempre con compasión, acogida y solidaridad.

Pues bien, después Jesús envió a sus discípulos más cercanos a la otra orilla del lago. “Ir a la otra orilla”, Josué, no significa solo un movimiento geográfico. Es toda una invitación a salir al encuentro de lo diferente, a abrir nuestra mente y corazón y dejarnos sorprender por Dios en lo desconocido y diverso. No en vano la comunidad de Mateo dejó por escrito detrás de esta historia un diálogo de Jesús y sus discípulos sobre las tradiciones de pureza y el encuentro con la mujer cananea. ¡Cuánto aprendieron los discípulos en ese momento! ¡Y cuánto aprendió Jesús mismo!

Pero, volviendo a nuestra historia, el hecho de señalar que los discípulos iban por un lado mientras el Maestro se quedaba rezando por otro era el modo de describir lo que les supuso la ausencia física de Jesús. En realidad, esta experiencia fue la que vivieron tras su muerte, algo que todo seguidor de Jesús puede experimentar en cualquier momento. Que Jesús no esté a nuestro lado físicamente puede llevarnos, si la fe flaquea, a dudar de su presencia resucitada entre nosotros y a creer que las dificultades son más fuertes que nosotros.

Empiezo a entender, abbá, que la fe aquí tiene mucha importancia. ¿Por eso llamó a Pedro “hombre de poca fe” cuando dudó y comenzó a hundirse?

¡Eso es, Josué! Esa es la clave. Ya puedes imaginarte por qué se escogió −entre otras razones− el escenario del lago para describir esta experiencia. Nosotros creemos firmemente que los fenómenos naturales solo pueden ser dominados por Dios mismo. El viento, la tormenta, el mar embravecido… ¡es imposible que cualquier ser humano los calme! Pero Jesús es el Señor, el Hijo de Dios, y, por eso, él puede serenar nuestras tormentas y aplacar los vientos que en ocasiones nos combaten. Fíjate que todo sucedió “en la cuarta vigilia”, o sea, cuando se acercaba el amanecer, como sucedió en el Éxodo (cf. Ex 14,24) o en la propia Resurrección de Jesús (cf. Mt 28,1). Ese sol que amanece nos recuerda que Dios vence todas las tinieblas.

¡Qué fuerte, abbá! ¿Es que todo lo que se nos cuenta en la historia tiene un significado?

Sí, hijo mío, por eso es importante estudiar bien las Escrituras…

Entonces, que Jesús caminara sobre las aguas en ese momento y que dijera: “Soy yo, no temáis”, seguro que también tiene un sentido, ¿verdad?

Exacto, Josué. Esa expresión nos evoca el “Yo soy” que escuchó Moisés ante la zarza (cf. Ex 3,14) y lo que anunciaron los profetas (cf. Is 41,13; 43,11). Cuando los discípulos la escucharon, sintieron que, en Jesús, Dios mismo se acercaba a ellos. Por eso el impulsivo Pedro enseguida le pidió ir hacia él caminando sobre las aguas.

Sí, y ahí fue cuando logró dar unos pasos, pero comenzó a dudar y a hundirse…

Josué, lo que le pasó a Pedro nos puede pasar a todos cuando ponemos la confianza en nosotros mismos y en nuestras propias fuerzas en lugar de descansar en Dios. ¿No te ha sucedido a ti alguna vez que, ante algo difícil o doloroso, has sentido que eras incapaz de afrontarlo por ti mismo? En esos momentos es normal que surja miedo, duda, desconfianza, desesperanza…

Pero, como decía el hermano Pablo, hemos de mantenernos firmes en la fe (cf. 1Cor 16,13), que nuestros ojos estén fijos en Jesús y confiar en él. Entonces también nosotros podremos caminar sobre las aguas en medio de la tormenta. Y, ¿sabes qué es aún mejor, Josué?

¿Qué, abbá?

Lo mejor es que, si en algún momento flaquea nuestra fe, siempre podemos hacer como Pedro y gritar: “¡Señor, sálvame!” Y ahí estará siempre Jesús, con su mano tendida, para agarrarnos fuerte y sacarnos de las aguas…

Porque esta historia no promete una vida sin tempestades. La presencia salvadora de Dios junto a nosotros no conlleva la ausencia de tormentas en la vida, como si Dios fuera un amuleto mágico…

Esta historia nos recuerda, hijo mío, que lo importante es atreverse a poner en juego la fe, aunque esta sea pequeña como un grano de mostaza (cf. Mt 17,20). La fe no es ausencia de miedo o de dudas, sino la capacidad para, en medio de ellas, seguir adelante con la certeza de que no estamos solos. Por eso, querido Josué, no dejes de creer que Jesús, el Señor, permanece a tu lado. Él conoce tus temblores, zozobras y noches y aun así, o precisamente por eso, te tiende su mano.

¿Será por eso que, aunque está empezando a llover, yo ya no tengo miedo, abbá?

Sí, Josué, seguro que es por eso. Pero ¡vamos!, rememos rápido hacia la orilla antes de que caiga más fuerte y tu immá nos regañe por llegar empapados.

Inma Eibe, ccv

Para leer otro comentario del mismo evangelio pulse aquí.

El viento era contrario

 


9 de agosto de 2026

Intentar leer el evangelio desde una perspectiva diferente puede aportarnos luz y sentido.

Narra el evangelio de hoy un milagro en el lago de Galilea que hay en la tierra del Señor. Jesús quiere que sus discípulos le lleven a la otra orilla donde están los paganos porque cree que también a ellos hay que hacerles la oferta del reino. Los discípulos piensan que eso es perder el tiempo, que los paganos están destinados al infierno y que no hay nada que hacer con ellos. Por ello emprenden una travesía que los lleva Ganesaret, a su misma orilla. No dan cancha al sueño de Jesús.

Y en la travesía se genera un grave problema porque, dice, EL VIENTO ERA CONTRARIO. Es el viento de los paganos que dicen que ellos también tienen derecho a sentarse en banquete del reino y que arrebatárselo es una injusticia. Si hubieran ido a los paganos, no habría surgido este problema.

Escuchar a los paganos, a quienes no creen, es algo necesario hoy. En sus razonamientos, incluso en sus quejas, podemos encontrar ayuda para vivir una fe más auténtica. Ellos derriban muchos de los ídolos que, a veces, nos creamos nosotros.

Ha venido el papa León XIV a España. Todo han sido alabanzas por este exitoso viaje. ¿Hemos escuchado a los ateos, agnósticos o indiferentes que son un 40% de nuestra sociedad? ¿Hemos leído algo sobre sus puntos de vista? ¿Nos importa saber qué piensan de la fe, de los cristianos? Quedaríamos sorprendidos. Y a muchas cosas de las que dicen les daríamos la razón.

Es verano: puede ser un buen tiempo para escuchar a personas que no creen sus razonamientos sobre la visita del papa o sobre la fe en general. Seamos acogedores, pacientes, razonables. Puede que nos ayuden a mejorar. Sus valores son una aportación positiva.

Aprender a creer desde la duda

 


No es fácil responder con sinceridad a esa pregunta que Jesús hace a Pedro en el momento mismo en que lo salva de las aguas: «¿Por qué has dudado?».

A veces, las más hondas convicciones se nos desvanecen y los ojos del alma se nos turban sin saber exactamente por qué. Principios aceptados hasta entonces como inconmovibles comienzan a tambalearse. Y se despierta en nosotros la tentación de abandonarlo todo sin reconstruir nada nuevo.

Otras veces, el misterio de Dios se nos hace abrumador. La última palabra sobre mi vida se me escapa y es duro abandonarme al misterio: mi razón sigue buscando insatisfecha una luz clara y apodíctica que no encuentra ni podrá jamás encontrar.

No pocas veces la superficialidad y ligereza de nuestra vida cotidiana y el culto secreto a tantos ídolos nos sumergen en largas crisis de indiferencia y escepticismo interior, con la sensación de haber perdido realmente a Dios.

Con frecuencia es nuestro propio pecado el que quebranta nuestra fe, pues esta decae y se debilita cuando nos alejamos de Dios. Si somos sinceros, hemos de confesar que hay una distancia enorme entre el creyente que profesamos ser y el creyente que somos en realidad. ¿Qué hacer al constatar en nosotros una fe a veces tan frágil y vacilante?

Lo primero, no desesperar ni asustarnos al descubrir en nosotros dudas y vacilaciones. La búsqueda de Dios se vive casi siempre en la inseguridad, la oscuridad y el riesgo. A Dios se le busca «a tientas». Y no hemos de olvidar que muchas veces «la fe genuina solo puede aparecer como duda superada» (Ladislao Boros).

Lo importante es aceptar el misterio de Dios con el corazón abierto. Nuestra fe depende de la verdad de nuestra relación con él. Y no hace falta esperar a que nuestros interrogantes y dudas se resuelvan para vivir en verdad ante ese Padre.

Por eso lo importante es saber gritar como Pedro: «Señor, sálvame». Saber levantar hacia Dios nuestras manos vacías, no solo como gesto de súplica, sino también de entrega confiada de alguien que se sabe pequeño, ignorante y necesitado de salvación. No olvidemos que la fe es «caminar sobre agua», pero con la posibilidad de encontrar siempre esa mano que nos salva cuando comenzamos a hundirnos.

Publicado en: https://www.gruposdejesus.com

Para encontrar a Dios debo subir a lo alto

 


DOMINGO 19 (A) (Mt 14, 22-33)

Este relato se parece más a los relatos de apariciones pascuales. Algunos exégetas sugieren que puede tratarse de un relato de Jesús resucitado, que han colocado más tarde en el contexto de la vida real. La experiencia nos dice que Dios no se puede meter en conceptos y que es siempre más. Nunca se identifica con lo que pensamos de Él.

Lo narran Mt, Mc y Jn. Los tres lo sitúan después de la multiplicación de los panes. En Mc y Mt, Jesús manda a los discípulos embarcar e ir a la otra orilla. En Jn, la iniciativa es de los discípulos. En los tres Jesús sube a la montaña para orar. En los tres, Jesús camina sobre el agua. La respuesta de Jesús es la misma: “Soy yo, no tengáis miedo”.

El monte es el lugar de la divinidad. Como Moisés la segunda vez que sube al Sinaí, va solo. Nadie le sigue a la esfera de lo divino. La multitud solo piensa en comer. Los apóstoles piensan en medrar. Orar es darse cuenta de lo que hay de Dios en él para poder vivirlo. Jesús tiene necesidad de momentos de auténtica contemplación.

Jesús sube a lo más alto. Los discípulos bajan hasta el nivel más bajo, buscando seguridades. En realidad, encuentran la oscuridad, la zozobra, el miedo. Las aguas turbulentas representan las fuerzas del mal, el caos, la destrucción, la muerte. Jesús camina sobre todo esto. El AT dice: solo Dios puede caminar sobre el dorso del océano.

El relato expresa la visión que de Jesús tenía aquella primera comunidad. Era verdadero hombre y como tal, tenía necesidad de la oración para descubrir lo que era y superar la tentación de quedarse en lo material. Al caminar sobre el mar, está demostrando que era también verdadero Dios. La confesión final es la confirmación de esta experiencia.

La barca es símbolo de la nueva comunidad. Las dificultades son consecuencia del alejamiento de Jesús. Jn deja claro que fueron ellos los que decidieron marcharse sin esperarle. Se alejan malhumorados porque Jesús no aceptó las aclamaciones de la gente.

Pero Jesús no les abandona y va en su busca. Para ellos Jesús es un “fantasma”; está en las nubes y no pisa tierra. No responde a sus intereses y es incompatible con sus pretensiones. Su cercanía y muestra de cariño les hace descubrir el verdadero Jesús.

El miedo es el primer efecto de toda teofanía. El ser humano no se encuentra a gusto en presencia de lo divino. Hay algo en esa presencia de Dios que le inquieta. La presencia del Dios auténtico no da seguridades, sino zozobra; seguramente porque el verdadero Dios no se deja manipular, es incontrolable y nos desborda. El “ego eimi” (yo soy) en boca de Jesús es una clara alusión a su divinidad. Juan lo utiliza con mucha frecuencia.

Aparentemente, este episodio tiene mucha miga. Pedro siente una curiosidad inmensa al descubrir que su amigo Jesús se presenta con poderes divinos, y quiere participar de ellos. Pero quiere lograrlo por arte de magia, no por una transformación personal. Jesús le invita a entrar en la esfera de lo divino y participar de ese verdadero ser: ¡ven! Pedro fracasa por su escasa fe. La Divinidad la tienes que descubrir dentro de ti.

Jesús no revindica para sí esa presencia divina, sino que da a entender que todos estamos invitados a esa participación. Pedro camina sobre el agua mientras está mirando a Jesús; se empieza a hundir cuando mira a las olas. No está preparado para acceder a la esfera de lo divino porque no es capaz de prescindir de las seguridades materiales.

Dios no tiene más que un camino para llegar a nosotros: nuestro propio ser. Su acción no se puede “sentir”. Esa presencia de Dios, solo puede ser vivida. El budismo tiene una frase, a primera vista tremenda: “si te encuentras con el Buda, mátalo”. Podíamos decir también nosotros: si te encuentras con dios, mátalo, es un ídolo que has fabricado tú.

El miedo hace ver fantasmas

 


9 de agosto

Mt 14, 22-33

El miedo, como todo sentimiento humano, cumple una función importante: trae información que alerta y, en consecuencia, hace que pongamos medios para protegernos.

Todo se complica, sin embargo, cuando aparece un miedo “añadido”, fruto de la actividad mental que, a partir de experiencias dolorosas, genera escenarios atemorizadores, con frecuencia sin base real —serán miedos, por tanto, que nunca se realizarán—, pero de consecuencias en muchos casos devastadoras e incapacitantes. Como alguien dijo en una ocasión: he sufrido enormemente por cosas que nunca me sucedieron.

Este es el miedo fantasma. Sin duda, tiene raíces poderosas: ancestrales, genéticas, carencias tempranas, traumas, ignorancia acerca de lo que somos… Sobre esas raíces, la mente puede llegar a hacernos sentir absolutamente indefensos e incluso, en ocasiones, aterrorizados. Y es en ese estado de (supuesta y asumida) indefensión, donde se nubla nuestra visión serena de la realidad, hasta el punto de que los propios dedos se nos antojan huéspedes. El miedo nos ha poseído y hemos quedado fundidos o fusionados con él.

Con frecuencia, será necesario o, al menos, de gran ayuda, contar con el acompañamiento psicológico de un buen profesional, que nos permita entender los miedos y entrenarnos en estrategias capaces de superarlos. Bienvenidas sean todas esas herramientas psicológicas. Pero no es suficiente con ello. La liberación radical —de raíz— del miedo solo vendrá de la comprensión de lo que somos. Tal comprensión nos hace pasar de la creencia errónea que nos hace vernos como un ser separado al reconocimiento de nuestra verdad más profunda, que trasciende el nivel psicológico. Será necesario que acoja mi yo y sus miedos, los gestione y los vaya sanando. Pero necesito comprender que mi identidad no se agota en absoluto en ese yo, sino que —tal como expresa Jesús en este texto— se nombra como “Yo soy” —es la traducción del nombre inefable de Yhwh—, sin más añadidos. Desde esa comprensión, puedes dirigirte a tus miedos y decirles: “Yo soy”. Sabiendo que Eso que soy se halla siempre a salvo.

ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO (Boletín semanal)

 

Jesús reza, los discípulos reman, pedro se hunde

Domingo 19. Ciclo A.

¿Tienes la impresión de que la Iglesia, tu parroquia, tu comunidad religiosa, se va a pique? ¿Te apetece acercarte a Jesús, pero temes perder pie a mitad de camino? Estas experiencias las tuvieron los primeros cristianos. Mateo les dio respuesta en lo que hoy nos cuenta.

La tempestad calmada y el viento en contra

Hay dos episodios en los evangelios bastante parecidos, aunque muy diferentes. Se parecen en el escenario (una barca en medio del lago de Galilea en circunstancias adversas) y en los protagonistas (Jesús y los discípulos). Se diferencian en que, en el primer caso, la barca está a punto de zozobrar y los discípulos corren peligro de muerte; en el segundo, sólo se enfrentan a un fuerte viento en contra que hace inútiles todos sus esfuerzos.

Traducido a la experiencia de nuestros días, la tempestad calmada recuerda a numerosas comunidades cristianas, sobre todo de África y Oriente Medio, que se ven amenazadas de muerte y gritan a Jesús: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» El viento en contra hace pensar en tantas otras comunidades, especialmente de occidente, que luchan contra viento y marea, cada vez con menos fuerzas, y sin ver resultados tangibles.

El primer episodio, la tempestad calmada, tiene un claro paralelo en el Salmo 107 (106), 23-32, donde los navegantes gritan a Dios en el peligro y él los salva; en el evangelio, los discípulos gritan a Jesús y es este quien los salva.

El segundo episodio, el de la barca con viento en contra y Jesús caminando sobre el agua, no me recuerda ningún episodio del Antiguo Testamento. Sin embargo, está tan anclado en la primitiva tradición cristiana que no sólo lo cuentan Marcos y Mateo, sino incluso Juan, que generalmente va por sus caminos. Es muy curioso que Lucas omita esta escena: probablemente pensó que presentar a Jesús caminando sobre el agua y confundido con un fantasma iba a plantear a sus cristianos más problemas que beneficios.

El relato de Mateo 14,22-33

Se inspira en el de Marcos, pero introduciendo cambios muy significativos. Podemos dividirlo en cuatro escenas.

Primera escena: Jesús se separa de los discípulos

Hablando en términos cinematográficos, es un montaje en paralelo. Inmediatamente después de la comida, Jesús obliga a sus discípulos a embarcarse, mientras él despide a la gente. Pero, cuando la despide, no va en busca de sus discípulos, sube «solo» a rezar. Mateo acentúa que Jesús desea verse libre de todos para ponerse en contacto con el Padre. Esa oración será muy larga, desde el anochecer hasta la cuarta vigilia (entre las 3 y las 6 de la noche). Sin embargo, no sabemos qué dice, cómo reza. Lo importante para Mateo no es conocer el misterio sino proponernos un ejemplo que imitar. Mientras, los discípulos navegan con grandes dificultades durante todas esas horas hasta quedar «a muchos estadios de tierra» (Juan dice que a unos 25-30 estadios, 5-6 km, lo que supone en mitad del lago). A nivel simbólico, se contraponen dos mundos: el de la intimidad con Dios (Jesús orando) y el de la dura realidad (los discípulos remando). Ha sido Jesús el que los ha abandonado a su destino.

Segunda escena: Jesús se acerca a los discípulos

Mateo cuenta con asombrosa naturalidad y sencillez algo inaudito: el hecho de que Jesús se acerque caminando sobre el lago. En la cultura del Antiguo Oriente, donde el mar simboliza las fuerzas del caos (como el tsunami), caminar sobre el agua demuestra su poder sorprendente. Pero los discípulos no reaccionan con la misma naturalidad: se asustan, porque piensan que es un fantasma, tienen miedo, gritan. Es la única vez que se usa en el Nuevo Testamento el término “fantasma”, que en griego clásico se aplica a los espíritus que se aparecen, o a «las visiones fantasmagóricas de mis ensueños» (Esquilo, Los siete contra Tebas, 710). Es la única vez que Jesús provoca en sus discípulos un pánico que los hace gritar de miedo. Es la única vez que les dice «¡animaos!». Una escena peculiar sobre la que volveremos más adelante.

Tercera escena: Jesús y Pedro

Quien conoce los relatos de Marcos y Juan advierte aquí una gran diferencia. En esos dos evangelios, Jesús sube a la barca y el viento se calma. Mateo introduce una escena exclusivamente suya, que subraya la relación especial entre Jesús y Pedro. Igual que en otros pasajes de su evangelio, Mateo aporta rasgos de la personalidad de Pedro que justifican su importancia posterior dentro del grupo de los Doce. Pero no ofrece una imagen idealizada, sino real, con virtudes y defectos. Su decisión de ir hacia Jesús caminando sobre el agua lo pone por encima de los demás, igual que ocurrirá más adelante en Cesarea de Filipo. Pero Pedro muestra también su falta de fe y su temor. Incluso entonces, es salvado por la intervención de Jesús. Dentro de la sobriedad de Mateo, esta escena llama la atención por la abundancia de detalles expresivos, que adquieren su punto culminante en la imagen de Jesús alargando la mano y agarrando a Pedro.

Cuarta escena: confesión de los discípulos (32-33)

Marcos termina su relato diciendo que los discípulos «no cabían en sí de estupor, pues no habían entendido lo de los panes, ya que tenían la mente obcecada» (Mc 6,51-52). Mateo cambia el texto por completo: los discípulos no se asombran, sino que se postran ante Jesús y confiesan: «realmente eres hijo de Dios». Esta actitud y estas palabras significan un gran avance. Anteriormente, en el relato de la tempestad calmada (Mt 8,23-27), los discípulos terminan preguntándose: «¿Quién será éste que hasta el viento y el agua le obedecen?» Desde entonces, el conocimiento más profundo de Jesús ha provocado un cambio en ellos. Ya no se preguntan quién es; confiesan abiertamente que es «hijo de Dios», y lo adoran. Este título se lo han aplicado ya el Padre durante el bautismo, el diablo en las tentaciones, y los endemoniados gadarenos (8,29). No podemos interpretarlo con toda la carga teológica que le dio más tarde el Concilio de Calcedonia (año 451). También el centurión que está junto a Jesús en la cruz reconoce que «este hombre era hijo de Dios». Lo que quiere expresar este título es la estrecha vinculación de Jesús con Dios, que lo sitúa a un nivel muy superior al de cualquier otro hombre. De aquí a confesar la filiación divina de Jesús sólo queda un paso.

Anticipando la gloria de Jesús resucitado.

Este relato, tal como lo cuenta Mateo, ofrece tres datos curiosos: 1) el cuerpo de Jesús desafía las leyes físicas; 2) los discípulos no reconocen a Jesús, lo confunden con un fantasma; 3) Jesús, a pesar del poder que manifiesta, trata a los apóstoles con toda naturalidad.

Estos tres detalles son típicos de los relatos de apariciones de Jesús resucitado: 1) su cuerpo aparece y desaparece, atraviesa muros, etc.; 2) ni la Magdalena, ni los dos de Emaús, ni los siete a los que se aparece en el lago, reconocen a Jesús; 3) Jesús resucitado nunca hace manifestaciones extraordinarias de poder, habla y actúa con toda naturalidad.

Por consiguiente, lo que tenemos en Mateo (no en Marcos) es algo muy parecido a un relato de aparición de Jesús resucitado. ¿Qué sentido tiene en este momento del evangelio? Anticipar su gloria. Igual que el relato de la muerte de Juan Bautista, contado poco antes, anticipa su pasión, su maravilloso caminar sobre el agua anticipa su resurrección.

Sentido eclesial y personal

Desde antiguo, se ha visto en la barca una imagen de la Iglesia, metida por Jesús en una difícil aventura y, aparentemente, abandonada por él en medio de la tormenta. Este sentido, que estaba ya en Marcos, lo completa Mateo con un aspecto más personal, al añadir la escena de Pedro: el discípulo que, confiando en Jesús, se lanza a una aventura humanamente imposible y siente que fracasa, pero es rescatado por el Señor. En la imagen de Pedro podían reconocerse muchos apóstoles y misioneros de la Iglesia primitiva, y podemos vernos también a nosotros mismos en algunos instantes de nuestra vida: cuando parece que todos nuestros esfuerzos son inútiles, cuando nos sentimos empujados y abandonados por Dios, cuando nosotros mismos, con algo de buena voluntad y un mucho de presunción, queremos caminar sobre el agua, emprender tareas que nos superan. Ellos vivenciaron que Jesús los agarraba de la mano y los salvaba. La misma confianza debemos tener nosotros.

La primera lectura

Ha sido elegida porque en ella Dios se revela en la brisa suave, después del viento huracanado, el fuego y el terremoto. En el evangelio, después de la tormenta, cuando Jesús sube a la barca, el viento amaina. Este paralelismo no impide que la lectura parezca algo traída por los pelos; es preferible no detenerse en ella.

En torno a los milagros


Mt 14, 22-33

«¡Animo!, que soy yo; no temáis»

En el último comentario decíamos que a algunos creyentes del siglo XXI los milagros nos desconciertan e incluso nos contrarían. Que nos parece que introducen en los evangelios elementos mágicos que les quitan credibilidad, y en muchas ocasiones preferiríamos que no estuvieran allí. Sin embargo, están ahí, y si los quitamos hacemos otros evangelios y, por tanto, otro Jesús.

El recelo que sentimos está justificado, porque sabemos que los evangelistas no dudan en violentar la historia para comunicar mejor su fe. Sabemos también que en su época los hechos milagrosos eran muy bien admitidos, y que con ellos se vestía la actividad de los personajes extraordinarios. Y nos preguntamos: ¿Habrán inventado los evangelistas estos relatos, o bien su fama de sanador se remonta al Jesús histórico?…

Hasta bien entrada la Ilustración los milagros afianzaban la fe de los creyentes, pues no osaban poner en duda su autenticidad. También contribuía a esta aceptación la cristología descendente habitual en esa época, pues si Jesús era “Dios encarnado, no tenía nada de particular que efectuase hechos milagrosos.

Pero en el siglo XVIII –el siglo de las luces– los milagros fueron rechazados de plano por grandes filósofos de la ilustración como Spinoza, Hume y Voltaire, lo cual es un hecho lógico, porque desde una mentalidad ilustrada, los milagros repugnan a la razón humana; son meros vestigios de una época en que se atribuía lo desconocido a poderes ocultos o a la misma divinidad. En ese ambiente escéptico nació un dogma de gran aceptación que ha llegado hasta nosotros: “El hombre moderno no puede creer en los milagros”.

Quizá su formulación más conocida sea la de Rudolf Bultmann: «Es imposible utilizar la luz eléctrica y la radiofonía y servirse de los modernos avances médicos y quirúrgicos, y al mismo tiempo creer las palabras del Nuevo Testamento sobre los milagros» Pero según una encuesta de opinión publicada en 1989 por el prestigioso instituto Gallup, el 82% de los americanos cree que “incluso hoy, los milagros son realizados por el poder de Dios”, y sólo el 6% rechaza por completo la idea de que todavía hoy Dios realiza milagros. Y claro, esto nos hace sospechar que una cosa es lo que se piensa en ambientes académicos o círculos intelectuales, y otra lo que piensa la gente… ¿los sabios y los sencillos?…

En cualquier caso, y a la vista de los datos que hoy poseemos, parece lógico admitir que los evangelios narran hechos de Jesús que sus contemporáneos calificaron de milagros. Jesús arrastraba multitudes no sólo por su predicación, sino por sus curaciones, y a ellas debió buena parte de su fama. Parece, también, que esta misma fama creó en torno suyo una leyenda que multiplicó sus hechos milagrosos, y que los evangelistas recogieron por igual las tradiciones de hechos sucedidos y las leyendas que nacieron de estos hechos.

Pero lo más importante para nosotros es el significado de los milagros, y en este punto nos vamos a remitir una vez más a Ruiz de Galarreta: «Jesús cura ante todo porque es compasivo; porque le importa el sufrimiento de la gente. Sus acciones muestran su corazón, y a través de él vemos “los sentimientos de Dios”. Será un aspecto fundamental de nuestra fe: conocer el amor de Dios en el corazón de Jesús».

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

jueves, 30 de julio de 2026

Costos mundiales de la guerra contra Irán -- Sergio Ferrari

 


Enviado a la página web de Redes Cristianas

Una de cada tres personas no come lo necesario
Aunque los costos mayores los paga el propio Medio Oriente, la guerra desatada en febrero por los Estados Unidos e Israel contra Irán acarrea impactos negativos a nivel mundial. La crisis resultante tiene similitudes a la que vivió el planeta veinte años atrás.

A pesar de casi 14 mil kilómetros que separan a Teherán de la Ciudad de México o de Buenos Aires, la interdependencia de las economías hace que América Latina y el Caribe, así como prácticamente los demás continentes, sientan el efecto
empobrecedor del conflicto bélico.

A mediados de junio pasado, Estados Unidos e Irán firmaron un acuerdo que logró poner fin momentáneo a los ataques militares y reabrir el estrecho de Ormuz al tráfico comercial. Establecía además dos meses de plazo, hasta mediados de agosto, para lograr un acuerdo definitivo. Sin embargo, a inicios de julio se
reiniciaron las hostilidades luego de que en el marco de la reciente Cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Ankara, Turquía, Donald Trump expresara sus dudas sobre la solución negociada del conflicto.

Pase lo que pase en las próximas semanas –un nuevo enfriamiento o agravamiento de la crisis bélica– esta guerra ya está impactando directamente muchas esferas de la actividad económica mundial.

América Latina y el Caribe, golpeados
En el caso específico de esta región tan vasta, un informe reciente de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) bajo el título de Impactos en América Latina y el Caribe de las hostilidades recientes en la República Islámica de Irán y sus
alrededores sostiene que este año el precio promedio de los bienes energéticos será de 20% a 25% mayor que en 2025.

Sin duda una proyección preocupante aun cuando se trata de una región en una posición geográfica más favorable que otras
debido a su baja exposición directa a los países del Golfo Pérsico. Y por demás alarmante para aquellos países latinoamericanos –la gran mayoría– que son
importadores netos de hidrocarburos.

En otras palabras: si bien el aumento del costo de la energía generado por la guerra favorece la balanza comercial de los países que exportan hidrocarburos (principalmente Brasil, Venezuela, México, Argentina, Chile y Colombia), afecta
significativamente a los que deben importarlos (la gran mayoría de la región).

El encarecimiento energético de los que importan erosiona directamente el poder adquisitivo de la canasta de consumo, el transporte y básicamente todo lo necesario para el funcionamiento cotidiano y el bienestar de sus hogares. A esto se le suma el
impacto causado en los alimentos por el aumento de los precios de los fertilizantes, cuya oferta y tránsito, al igual que con el petróleo y el gas, se concentra en gran proporción en el Golfo Pérsico (https://repositorio.cepal.org/server/api/core/bitstreams/d667c7c2-f2d6-4f28-b56e-89aab621937a/content).

Por otra parte, como subraya CEPAL, Latinoamérica y el Caribe, al igual que prácticamente el resto del mundo, confronta un “enfriamiento de la actividad económica mundial” que afecta sus perspectivas de crecimiento global. No menos importante, las consecuencias negativas en el terreno financiero y de política
monetaria.

La presión inflacionaria sobre las economías avanzadas lleva a sus bancos centrales a mantener tasas de interés elevadas por más tiempo del previsto, lo cual encarece el financiamiento externo para Latinoamérica y el Caribe. “El aumento de la incertidumbre geopolítica”, argumenta CEPAL, “se asocia a una mayor demanda de activos considerados más seguros, lo que fortalece el dólar y
crea una mayor presión sobre las monedas de los países de la región”. 

Todo esto se da en el marco de una situación mundial de por sí preocupante, donde el costo de una alimentación saludable aumentó un 25% en cinco años y casi una de cada tres personas –nada menos que 2.690 millones de seres humanos– no logra
nutrirse convenientemente. Significativamente, la región del planeta con los costos más elevados para una alimentación básica es América Latina y el Caribe.

Según la FAO, esto se explica, en parte, por el hecho de que muchos de sus países priorizan las exportaciones de granos, carne y comestibles en desmedro de una oferta suficiente y diversificada para sus propios mercados y consumidores locales.
(https://www.swissinfo.ch/spa/el-costo-de-una-alimentaci%C3%B3n-saludable-aument%C3%B3-un-
25%25-en-cinco-a%C3%B1os%2C-seg%C3%BAn-la-fao/91756374).

Dos grandes crisis en lo que va del siglo
La guerra de Medio Oriente y otros conflictos bélicos vigentes afectan tanto el aprovisionamiento de combustibles como el de fertilizantes, como ocurrió hace dos décadas, cuando el mundo confrontó una crisis muy grave debido al aumento del
precio del petróleo.

Según la organización internacional Grain (Granos/Semillas), la
cual apoya a movimientos sociales del sector rural en todo el mundo, ese aumento se tradujo en aumentos paralelos en los costos de producción y distribución de alimentos, fenómeno que “trastocó la vida de cientos de millones de personas”.
(https://grain.org/es/article/7398-otra-crisis-alimentaria-si-pero-esta-vez-es-diferente).

El aumento del costo de los fertilizantes, dice Grain, obliga al campesinado en muchos países a sembrar menos o reducir el uso de fertilizantes en momentos en que el precio de los alimentos ya se está disparando debido al impacto energético en
el procesamiento, el envasado y el transporte. Pero “lo peor está por venir en unos meses,” anticipa esta agencia con sede en Barcelona, España, “cuando los recortes actuales en la siembra o en el uso de fertilizantes se traduzcan en cosechas
reducidas”.

Con esa perspectiva, “la situación será especialmente grave para
cultivos como el arroz, el maíz y el trigo”.
El análisis de Grain visualiza ciertas coincidencias entre estos dos periodos mundiales tan complejos. A inicios de siglo, por ejemplo, los efectos de los altos precios del combustible se vieron amplificados enormemente por fenómenos
meteorológicos extremos, especialmente inundaciones y sequías.

Ahora, el mundo está por encarar un súper El Niño con graves sequías e inundaciones durante este año y comienzos del siguiente. En 2008, los especuladores financieros y las
corporaciones que dominaban los sectores de semillas, fertilizantes y el comercio de mercancías y supermercados utilizaron su poder para obtener enormes beneficios y
trasladar los costos al campesinado y los consumidores.

Ahora, la concentración empresarial y el impacto de las finanzas y la especulación sobre el sistema alimentario se han agudizado.
Sin embargo, señala Grain, ambas coyunturas históricas exhiben diferencias. En primer lugar, la situación actual es consecuencia directa de la guerra y la agresión imperialista. En segundo lugar, “el mundo se ha vuelto indudablemente más desigual”, con una población mundial más vulnerable a los aumentos repentinos del
precio de los alimentos que hace 20 años.

Aumento que también impacta directamente en la vivienda, el transporte, la electricidad, el vestido y los medicamentos aun cuando los ingresos reales de la gente no se ajustan en
absoluto.

En la coyuntura actual, prosigue Grain, los ricos se están volviendo mucho más ricos mediante la acumulación de riqueza en los mercados financieros y el sector tecnológico. Para los trabajadores, particularmente los que producen, procesan y
distribuyen alimentos, la situación se está volviendo más difícil.

En síntesis: “Los salarios disminuyen, los empleos son más precarios, el cambio climático y la intensificación de la agricultura hacen que el trabajo agrícola y el procesamiento de
alimentos sean más peligrosos, y para muchas personas no existen protecciones ni beneficios sociales”.

A modo de conclusión, el estudio de Grain alega que “la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán ha vuelto a poner de manifiesto, de forma dolorosa, la excesiva dependencia de nuestro sistema alimentario de los combustibles fósiles y
su vulnerabilidad ante las agresiones imperiales”.

Si a esto se le suma la crisis climática, resulta urgente romper con dicha dependencia y construir sistemas alimentarios biodiversos, sin duda la única alternativa viable al uso y abuso de los combustibles fósiles. Construcción que puede convertirse en un punto común de confluencias sociales internacionales que unan a los diferentes movimientos sociales, pero con perspectivas reales solo si se fundamenta en la construcción de economías solidarias y equitativas.

¿Laberinto sin salida?
El diagnóstico del impacto negativo de la guerra en la sobrevivencia de la especie humana es claro, y muy diversas voces coinciden en la gravedad de la coyuntura presente donde la fuerza de las balas se impone a la viabilidad alimentaria de la
población mundial. Sin embargo, la extraña confluencia de palabras afónicas de gran parte de la sociedad civil internacional y los oídos sordos del poder imperial marcan un escenario de penurias humanas y climáticas crecientes.