FUNDADOR DE LA FAMILIA SALESIANA

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miércoles, 1 de junio de 2022

Pentecostés – C (Juan 20,19-23)

 


JOSÉ ANTONIO PAGOLA

Hablar del «Espíritu Santo» es hablar de lo que podemos experimentar de Dios en nosotros. El «Espíritu» es Dios actuando en nuestra vida: la fuerza, la luz, el aliento, la paz, el consuelo, el fuego que podemos experimentar en nosotros y cuyo origen último está en Dios, fuente de toda vida.

Esta acción de Dios en nosotros se produce casi siempre de forma discreta, silenciosa y callada; el mismo creyente solo intuye una presencia casi imperceptible. A veces, sin embargo, nos invade la certeza, la alegría desbordante y la confianza total: Dios existe, nos ama, todo es posible, incluso la vida eterna.

El signo más claro de la acción del Espíritu es la vida. Dios está allí donde la vida se despierta y crece, donde se comunica y expande. El Espíritu Santo siempre es «dador de vida»: dilata el corazón, resucita lo que está muerto en nosotros, despierta lo dormido, pone en movimiento lo que había quedado bloqueado. De Dios siempre estamos recibiendo «nueva energía para la vida» (Jürgen Moltmann).

Esta acción recreadora de Dios no se reduce solo a «experiencias íntimas del alma». Penetra en todos los estratos de la persona. Despierta nuestros sentidos, vivifica el cuerpo y reaviva nuestra capacidad de amar. Por decirlo brevemente, el Espíritu conduce a la persona a vivirlo todo de forma diferente: desde una verdad más honda, desde una confianza más grande, desde un amor más desinteresado.

Para bastantes, la experiencia fundamental es el amor de Dios, y lo dicen con una frase sencilla: «Dios me ama». Esa experiencia les devuelve su dignidad indestructible, les da fuerza para levantarse de la humillación o el desaliento, les ayuda a encontrarse con lo mejor de sí mismos.

Otros no pronuncian la palabra «Dios», pero experimentan una «confianza fundamental» que les hace amar la vida a pesar de todo, enfrentarse a los problemas con ánimo, buscar siempre lo bueno para todos. Nadie vive privado del Espíritu de Dios. En todos está él atrayendo nuestro ser hacia la vida. Acogemos al «Espíritu Santo» cuando acogemos la vida. Este es uno de los mensajes más básicos de la fiesta cristiana de Pentecostés.

Parler du «Saint-Esprit», c'est parler de ce que nous pouvons expérimenter de Dieu en nous. L'«Esprit» est Dieu à l'oeuvre dans nos vies : la force, la lumière, le souffle, la paix, le réconfort, le feu que nous pouvons expérimenter en nous et dont l'origine ultime se trouve en Dieu, source de toute vie.

Cette action de Dieu en nous se déroule presque toujours de manière discrète, tranquille et silencieuse; le croyant lui-même ne ressent qu'une présence presque imperceptible. Parfois, cependant, nous sommes envahis par la certitude, la joie débordante et la confiance totale: Dieu existe, il nous aime, tout est possible, même la vie éternelle.

Le signe le plus évident de l'action de l'Esprit est la vie. Dieu est là où la vie s'éveille et grandit, où elle se communique et se répand. L'Esprit Saint est toujours «celui qui donne la vie»: il dilate le coeur, il ressuscite ce qui est mort en nous, il réveille ce qui est endormi, il met en mouvement ce qui est resté bloqué. De Dieu, nous recevons toujours une «nouvelle énergie pour la vie» (Jürgen Moltmann).

L'action créatrice de Dieu ne se limite pas aux «expériences intimes de l'âme». Elle atteint toutes les couches de la personne. Elle éveille nos sens, elle vivifie le corps et ravive notre capacité d'aimer. En bref, l'Esprit amène la personne à vivre tout différemment: à partir d'une vérité plus profonde, d'une plus grande confiance, d'un amour plus désintéressé.

Pour beaucoup, l'expérience fondamentale est l'amour de Dieu, et ils le disent en une phrase simple: «Dieu m'aime». Cette expérience leur rend leur dignité indestructible, leur donne la force de se relever d'une humiliation ou d'un découragement, les aide à trouver le meilleur d'eux-mêmes.

D'autres ne prononcent pas le mot «Dieu», mais font l'expérience d'une «confiance fondamentale» qui leur fait aimer la vie malgré tout, affronter les problèmes avec courage, rechercher toujours ce qui est bon pour tous. Personne ne vit en étant privé de l'Esprit de Dieu. Il est en chacun de nous, nous attirant vers la vie. Nous accueillons le «Saint-Esprit» lorsque nous accueillons la vie. C'est l'un des messages les plus fondamentaux de la fête chrétienne de la Pentecôte.



 

EL ESPÍRITU NO TIENE QUE VENIR DE NINGUNA PARTE PENTECOSTÉS (C) Jn 20,19-23

col fraymarcos

 

FE ADULTA

Rematamos el tiempo pascual con tres fiestas. PentecostésTrinidad y Corpus. Las tres hablan de Dios. Pero no desde el punto de vista filosófico o científico sino en cuanto se relaciona con cada uno de nosotros. De la realidad de Dios en sí mismo no sabemos nada; pero podemos experimentar su presencia como realidad que fundamenta y sostiene nuestra realidad, no desde fuera, sino desde lo hondo del ser. Pentecostés propone la relación con Dios que es Espíritu y hasta qué punto podemos descubrirlo.

Pentecostés, es una fiesta eminentemente pascual. Sin la presencia del Espíritu, la experiencia pascual no hubiera sido posible. La totalidad de nuestro ser está empapada de Dios-Espíritu. Es curioso que se presente la fiesta de Pentecostés en los Hechos, como la otra cara del episodio de la torre de Babel. Allí el pecado dividió a los hombres, aquí el Espíritu los congrega y une. Siempre es el Espíritu el que nos lleva a la unidad y por lo tanto el que nos invita a superar la diversidad que es fruto de nuestro falso yo.

El relato de los Hechos que hemos leído es demasiado conocido, pero no es tan fácil de interpretar. Pensar en un espectáculo de luz y sonido nos aleja del mensaje que quiere trasmitir. Lucas nos está hablando de la experiencia de la primera comunidad, no está haciendo una crónica periodística. En el relato utiliza los símbolos que había utilizado ya el AT. Fuego, ruido, viento. Los efectos de esa presencia no quedan reducidos al círculo de los reunidos, sino que sale a las calles, donde estaban hombres de todos los países.

El Espíritu está viniendo siempre. Mejor dicho, no tiene que venir de ninguna parte. (Lucas narra en los Hch, cinco venidas del Espíritu). Las lecturas que hemos leído nos dan suficientes pistas para no despistarnos. En la primera se habla de una venida espectacular (viento, ruido, fuego), haciendo referencia a la teofanía del Sinaí. Coloca el evento en la fiesta judía de Pentecostés, convertida en la fiesta de la renovación de la alianza. La Ley ha sido sustituida por el Espíritu. Juan habla de su venida el día de Pascua.

No es fácil superar errores. No es un personaje distinto del Padre y del Hijo, que anda por ahí haciendo de las suyas. Se trata del Dios UNO más allá de toda imagen. No es un don que nos regala el Padre o el Hijo sino Dios como DON absoluto que hace posible todo lo que podemos llegar a ser. No es una realidad que tenemos que conseguir a fuerza de oraciones y ruegos, sino el fundamento de mi ser, del que surge todo lo que soy.

Es difícil interpretar la palabra “Espíritu” en la Biblia. Tanto el “ruah” hebreo como el “pneuma” griego, tienen una gama tan amplia de significados que es imposible precisar a qué se refieren en cada caso. El significado predominante es una fuerza invisible pero eficaz que se identifica con Dios y que capacita al ser humano para realizar tareas que sobrepasan sus posibilidades. El significado primero era el espacio entre el cielo y la tierra, de donde los animales sorben la vida y nos abre una perspectiva muy interesante.

Los evangelios dejan muy claro que todo lo que es Jesús, se debe a la acción del Espíritu: "concebido por el Espíritu Santo." "Nacido del Espíritu." "Desciende sobre él el Espíritu." "Ungido con la fuerza del Espíritu". “Como era hombre lo mataron, como poseía el Espíritu fue devuelto a la vida”. Está claro que la figura de Jesús no podría entenderse si no fuera por la acción del Espíritu. Pero no es menos cierto que no podríamos descubrir lo que es realmente el Espíritu si no fuera por lo que Jesús, desde su experiencia, nos ha revelado.

Hoy se quiere resaltar que gracias al Espíritu, algo nuevo comienza. De la misma manera que al comienzo de la vida pública Jesús fue ungido por el Espíritu en el bautismo y con ello queda capacitado para llevar a cabo su misión, ahora la tarea encomendada a los discípulos será posible gracias a la presencia del mismo Espíritu. De esa fuerza, nace la comunidad, constituida por personas que se dejan guiar por el Espíritu para llevar a cabo la misión. No se puede hablar del Espíritu sin hablar de unidad e integración y amor.

La experiencia inmediata, que nos llega a través de los sentidos, es que somos materia, por lo tanto, limitación, contingencia, inconsistencia, etc. Con esta perspectiva nos sentiremos siempre inseguros, temerosos, tristes. La Experiencia mística nos lleva a una manera distinta de ver la realidad. Descubrimos en nosotros algo absoluto, sólido, definitivo que es más que nosotros, pero es también parte de nosotros mismos. Esa vivencia nos traería la verdadera seguridad, libertad, alegría, paz, ausencia de miedo.

No se trata de entrar en un mundo diferente, acotado para un reducido número de personas, a las que se premia con el don del Espíritu. Es una realidad que se ofrece a todos como la más alta posibilidad de ser, de alcanzar una plenitud humana que todos debíamos proponer como meta. Cercenamos nuestras posibilidades de ser cuando reducimos nuestras expectativas a logros puramente biológicos, psicológicos, intelectuales. Si nuestro verdadero ser es espiritual y nos quedamos en la exclusiva valoración de la materia, devaluamos nuestra trayectoria humana y reducimos el campo de posibilidades.   

La experiencia del Espíritu es de cada persona concreta, pero empuja siempre a la construcción de la comunidad, porque, una vez descubierta en uno mismo, en todos se descubre esa presencia. El Espíritu se otorga siempre “para el bien común”. Fijaros que, en contra de lo que se cuenta, no se da el Espíritu a los apóstoles, sino a los discípulos, es decir, a todos los seguidores de Jesús. La trampa de asignar la exclusividad del Espíritu a la jerarquía se ha utilizado para justificar privilegios, control y poder.

El Espíritu no produce personas uniformes como si fuesen fruto de una clonación. Es esta otra trampa para justificar toda clase de imposiciones y sometimientos. El Espíritu es una fuerza vital y enriquecedora que potencia en cada uno las diferentes cualidades y aptitudes. La pretendida uniformidad no es más que la consecuencia de nuestro miedo, o del afán de confiar en el control de las personas y no en la fuerza del mismo Espíritu.

En la celebración de la eucaristía debíamos poner más atención a esa presencia del Espíritu. Un dato puede hacer comprender cómo hemos ido devaluando la presencia del Espíritu en la celebración de la eucaristía. Durante muchos siglos el momento más importante de la celebración fue la epíclesis, es decir, la invocación del Espíritu que el sacerdote hacer sobre el pan y el vino. Solo mucho más tarde se confirió un poder especial, que ha llegado a ser mágico, a las palabras que hoy llamamos “consagración”.

La primera lectura nos invita a una reflexión muy simple: ¿hablamos los cristianos, un lenguaje que puedan entender hoy todos los hombres? Mucho me temo que no, porque no nos dejamos llevar por el Espíritu, sino por nuestras programaciones ideológicas. Solo hay un lenguaje que pueden entender todos los seres humanos, el lenguaje del amor.

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

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FE ADULTA

Cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles que Pablo encontró cierta vez en Éfeso un grupo de cristianos desconocidos. Algo debió de resultarle raro porque les preguntó: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando comenzasteis a creer?” La respuesta fue rotunda: “Ni siquiera hemos oído que hay un Espíritu Santo”. Si Pablo nos hiciera hoy la misma pregunta, muchos cristianos deberían responder: “Sé desde niño que existe el Espíritu Santo. Pero no sé para qué sirve, no influye nada en mi vida. A mí me basta con Dios y con Jesús”. Esta respuesta sería sincera, pero equivocada. Las palabras que acaba de pronunciar las ha dicho impulsado por el Espíritu Santo. Tiene más influjo en su vida de lo que él imagina. Y esto lo sabemos gracias a las discusiones y peleas entre los cristianos de Corinto.

La importancia del Espíritu (1 Corintios 12,3b-7.12-13)

Los corintios eran especialistas en crear conflictos. Una suerte para nosotros, porque gracias a sus discusiones tenemos las dos cartas que Pablo les escribió. La que originó la lectura de hoy no queda clara, porque el texto, para no perder la costumbre, ha sido mutilado. Quien se toma la pequeña molestia de leer el capítulo 12 de la Primera carta a los Corintios, advierte cuál es el problema: algunos se consideran superiores a los demás y no valoran lo que hacen los otros. Con una imagen moderna, es como si un arquitecto despreciase, y considerase inútiles, al delineante que elabora los planos, al informático que trabaja en el ordenador, al capataz que dirige la obra y, sobre todo, a los obreros que se juegan a veces la vida en lo alto del andamio.

La sección suprimida en la lectura (versículos 8-11) describe la situación en Corinto. Unos se precian de hablar muy bien en las asambleas; otros, de saber todo lo importante; algunos destacan por su fe; otros consiguen realizar curaciones, y hay quien incluso hace milagros; los más conflictivos son los que presumen de hablar con Dios en lenguas extrañas, que nadie entiende, y los que se consideran capaces de interpretar lo que dicen.

Pablo comienza por la base. Hay algo que los une a todos ellos: la fe en Jesús, confesarlo como Señor, aunque el César romano reivindique para sí este título. Y eso lo hacen gracias al Espíritu Santo. Esta unidad no excluye diversidad de dones espirituales, actividades y funciones. Pero en la diversidad deben ver la acción del Espíritu, de Jesús y de Dios Padre. A continuación de esta fórmula casi trinitaria, insiste en que es el Espíritu quien se manifiesta en esos dones, actividades y funciones, que concede a cada uno con vistas al bien común.

Además, el Espíritu no solo entrega sus dones, también une a los cristianos. Gracias al él, en la comunidad no hay diferencias motivadas por el origen (judíos - griegos) ni por las clases sociales (esclavos - libres). En la carta a los Gálatas dirá Pablo que también elimina las diferencias basadas en el género (varones - mujeres). Hoy día somos especialmente sensibles a la diferencia de género. No podemos imaginar lo que suponía en el siglo I las diferencias entre un esclavo (por más cultura que tuviese) y un ciudadano libre, ni entre un cristiano de origen judío (algunos se consideraban lo mejor de lo mejor) y un cristiano de origen pagano, recién bautizado (para algunos, un advenedizo). [Solo hay un tema en el que ha fracasado el Espíritu: en unir a independentistas y nacionalistas].

En definitiva, todo lo que somos y tenemos es fruto del Espíritu, porque es la forma en que Jesús resucitado sigue presente entre nosotros.

¿Cómo comenzó la historia? Dos versiones muy distintas.

Si a un cristiano con mediana formación religiosa le preguntan cómo y cuándo vino por vez primera el Espíritu Santo, lo más probable es que haga referencia al día de Pentecostés. Y si tiene cierta cultura artística, recordará el cuadro de El Greco, aunque quizá no haya advertido que, junto a la Virgen, está María Magdalena, representando al resto de la comunidad cristiana (ciento veinte personas según Lucas).

Pero hay otra versión muy distinta: la del evangelio de Juan.

La versión de Lucas (Hechos de los apóstoles 2,1-11)

Lucas es un entusiasta del Espíritu Santo. Ha estudiado la difusión del cristianismo desde Jerusalén hasta Roma, pasando por Siria, la actual Turquía y Grecia. Conoce los sacrificios y esfuerzos de los misioneros, que se han expuesto a bandidos, animales feroces, viajes interminables, naufragios, enemistades de los judíos y de los paganos, para propagar el evangelio. ¿De dónde han sacado fuerza y luz?  ¿Quién les ha enseñado a expresarse en lenguas tan diversas? Para Lucas, la respuesta es clara: todo eso es don del Espíritu.

Por eso, cuando escribe el libro de los Hechos, desea inculcar que su venida no es solo una experiencia personal y privada, sino de toda la comunidad. Algo que se prepara con un largo período (¡cincuenta días!) de oración, y que acontecerá en un momento solemne, en la segunda de las tres grandes fiestas judías: Pentecostés. Lo curioso es que esta fiesta se celebra para dar gracias a Dios por la cosecha del trigo, inculcando al mismo tiempo la obligación de compartir los frutos de la tierra con los más débiles (esclavos, esclavas, levitas, emigrantes, huérfanos y viudas).

En este caso, quien empieza a compartir es Dios, que envía el mayor regalo posible: su Espíritu. El relato de Lucas contiene dos escenas (dentro y fuera de la casa), relacionadas por el ruido de una especie de viento impetuoso.

Dentro de la casa, el ruido va acompañado de la aparición de unas lenguas de fuego que se sitúan sobre cada uno de los presentes. Sigue la venida del Espíritu y el don de hablar en distintas lenguas. ¿Qué dicen? Lo sabremos al final.

Fuera de la casa, el ruido (o la voz de la comunidad) hace que se congregue una multitud de judíos de todas partes del mundo. Aunque Lucas no lo dice expresamente, se supone que la comunidad ha salido de la casa y todos los oyen hablar en su propia lengua. Desde un punto de vista histórico, la escena es irreal. ¿Cómo puede saber un elamita que un parto o un medo está escuchando cada uno su idioma? Pero la escena simboliza una realidad histórica: el evangelio se ha extendido por regiones tan distintas como Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, Libia y Cirene, y sus habitantes han escuchado su proclamación en su propia lengua. Este “milagro” lo han repetido miles de misioneros a lo largo de siglos, también con la ayuda del Espíritu. Porque él no viene solo a cohesionar a la comunidad internamente, también la lanza hacia fuera para que proclame «las maravillas de Dios».

La versión de Juan 20, 19-23

Muy distinta es la versión que ofrece el cuarto evangelio. En este breve pasaje podemos distinguir cuatro momentos: el saludo, la confirmación de que es Jesús quien se aparece, el envío y el don del Espíritu.

El saludo es el habitual entre los judíos: “La paz esté con vosotros”. Pero en este caso no se trata de pura fórmula, porque los discípulos, muertos de miedo a los judíos, están muy necesitados de paz.

Esa paz se la concede la presencia de Jesús, algo que parece imposible, porque las puertas están cerradas. Al mostrarles las manos y los pies, confirma que es realmente él. Los signos del sufrimiento y la muerte, los pies y manos atravesados por los clavos, se convierten en signo de salvación, y los discípulos se llenan de alegría.

Todo podría haber terminado aquí, con la paz y la alegría que sustituyen al miedo. Sin embargo, en los relatos de apariciones nunca falta un elemento esencial: la misión. Una misión que culmina el plan de Dios: el Padre envió a Jesús, Jesús envía a los apóstoles.

El final lo constituye una acción sorprendente: Jesús sopla sobre los discípulos. No dice el evangelistas si lo hace sobre todos en conjunto o lo hace uno a uno. Ese detalle carece de importancia. Lo importante es el simbolismo. En hebreo, la palabra ruaj puede significar “viento” y “espíritu”. Jesús, al soplar (que recuerda al viento) infunde el Espíritu Santo. Este don está estrechamente vinculado con la misión que acaban de encomendarles. A lo largo de su actividad, los apóstoles entrarán en contacto con numerosas personas; entre las que deseen hacerse cristianas habrá que distinguir entre quiénes pueden ser aceptadas en la comunidad (perdonándoles los pecados) y quiénes no, al menos temporalmente (reteniéndoles los pecados).

Resumen

Estas breves ideas dejan clara la importancia esencial del Espíritu en la vida de cada cristiano y de la Iglesia. El lenguaje posterior de la teología, con el deseo de profundizar en el misterio, ha contribuido a alejar al pueblo cristiano de esta experiencia fundamental. En cambio, la preciosa Secuencia de la misa ayuda a rescatarla. Hoy es buen momento para pensar en lo que hemos recibido del Espíritu y lo que podemos pedirle que más necesitemos.

El don de lenguas

«Y empezaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse». El primer problema consiste en saber si se trata de lenguas habladas en otras partes del mundo, o de lenguas extrañas, misteriosas, que nadie conoce. En este relato es claro que se trata de lenguas habladas en otros sitios. Los judíos presentes dicen que «cada uno los oye hablar en su lengua nativa». Pero esta interpretación no es válida para los casos posteriores del centurión Cornelio y de los discípulos de Éfeso. Aunque algunos autores se niegan a distinguir dos fenómenos, parece que nos encontramos ante dos hechos distintos: hablar idiomas extranjeros y hablar «lenguas extrañas» (lo que Pablo llamará «las lenguas de los ángeles»).

El primero es fácil de racionalizar. Los primeros misioneros cristianos debieron enfrentarse al mismo problema que tantos otros misioneros a lo largo de la historia: aprender lenguas desconocidas para transmitir el mensaje de Jesús. Este hecho, siempre difícil, sobre todo cuando no existen gramáticas ni escuelas de idiomas, es algo que parece impresionar a Lucas y que desea recoger como un don especial del Espíritu, presentando como un milagro inicial lo que sería fruto de mucho esfuerzo.

El segundo fenómeno es más complejo. Lo conocemos a través de la primera carta de Pablo a los Corintios. En aquella comunidad, que era la más exótica de las fundadas por él, algunos tenían este don, que consideraban superior a cualquier otro. En la base de este fenómeno podría estar la conciencia de que cualquier idioma es pobrísimo a la hora de hablar de Dios y de alabarlo. Faltan las palabras. Y se recurre a sonidos extraños, incomprensibles para los demás, que intentan expresar los sentimientos más hondos, en una línea de experiencia mística. Por eso hace falta alguien que traduzca el contenido, como ocurría en Corinto. (Creo que este fenómeno, curiosamente atestiguado en Grecia, podría ponerse en relación con la tradición del oráculo de Delfos, donde la Pitia habla un lenguaje ininteligible que es interpretado por el “profeta”).

Sin embargo, no es claro que esta interpretación tan teológica y profunda sea la única posible. En ciertos grupos carismáticos actuales hay personas que siguen «hablando en lenguas»; un observador imparcial me comunica que lo interpretan como pura emisión de sonidos extraños, sin ningún contenido. Esto se presta a convertirse en un auténtico galimatías, como indica Pablo a los Corintios. No sirve de nada a los presentes, y si viene algún no creyente, pensará que todos están locos.

 

LA ALEGRÍA NACE DE VER Fiesta de Pentecostés 5 de junio Jn 20, 19-23

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FE ADULTA

“Se llenaron de alegría al ver al Señor”, se lee en el cuarto evangelio, en el contexto de los relatos de apariciones. Ahora bien, en un sentido profundo o espiritual, la alegría de la que aquí se habla no es fruto del reencuentro con una persona querida que se había dado por perdida; ni siquiera es consecuencia de la fe en un salvador celestial que ofrece paz. Es sabido que, en el nivel mítico de consciencia, la divinidad se proyecta “fuera”, en un Ser separado a quien se reconoce y adora como salvador. Sin embargo, más allá de esa lectura, el término “Señor” apunta a una realidad, no solo más “cercana”, sino constitutiva de nuestra identidad.

Con esta clave, “Señor” es una metáfora que alude a aquello que constituye el eje, el centro o el núcleo mismo de lo que somos. Aquello que ostenta el “señorío” de lo real. Aquello que somos, más allá de nuestro cuerpo, de nuestra mente, de nuestro psiquismo, de nuestra historia, de nuestras circunstancias, en definitiva, más allá de nuestra persona. Aquello que podemos experimentar como Presencia consciente, el Fondo lúcido y luminoso, ante lo que todo lo demás palidece.

Y sucede exactamente así: al “verlo”, al experimentarlo vivo en nosotros, al reconocerlo como nuestro centro (o “Señor”), al comprender que somos Eso en nuestra identidad profunda, brota la alegría incondicionada.

La alegría que merece ese nombre -alegría profunda y sin objeto, más allá de las circunstancias que nos puedan acontecer- nace de “ver” lo que somos. Y no se trata de una creencia que requiera una adhesión por parte de la mente; no es un acto de fe. Se trata, más bien, de una experiencia profunda de comprensión a la que tenemos acceso en la medida en que, gracias al silencio, aprendemos a “ver” más allá de la mente y de las creencias aprendidas.

Tú no eres nada que puedas observar o nombrar. Tú eres Eso que es consciente de todo lo que puedes observar, el Fondo y que sostiene todas las formas, el único “Señor” que permanece en medio de todos los vaivenes de la impermanencia.

¿Dónde se apoya mi alegría?  ¿Cómo la cultivo?

EL VIENTO DE DIOS Jn 20, 19-31

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    FE ADULTA

«Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”»

El espíritu de Dios se cernió sobre la Tierra poniendo orden en el caos primitivo, se coló por las narices del muñeco de barro para que en el mundo pudiese haber amor, tolerancia, libertad, felicidad… suscitó profetas que guiasen a los hombres y mujeres por el camino de la vida y sopló como un huracán en Jesús de Nazaret.

El texto de hoy nos presenta al Espíritu empapando a los discípulos encerrados en Jerusalén tras la muerte de Jesús. Aquellos hombres y mujeres habían creído en él y lo habían dejado todo por seguirle, pero durante todo el tiempo que permanecieron a su lado estuvieron creyendo mal. Estuvieron creyendo que era el mesías esperado por Israel, el que iba a expulsar a los romanos e instaurar un reino de paz y justicia como nunca se había visto otro en el mundo… Y hasta discutían por ver cómo se iban a repartir los altos cargos de ese reino.

Pero subieron a Jerusalén y todo se desbarató.

La muerte de Jesús en la cruz supuso un golpe demoledor para su fe, porque los hechos demostraban que Dios no estaba con él, sino con los sacerdotes que lo habían vencido. Quizás en un primer momento esperaron que bajase de la cruz, o que resucitase tal como ellos le habían entendido, pero pasaron las horas, pasaron los días, y fueron perdiendo la esperanza.

Dicen los especialistas que permanecieron encerrados en Jerusalén hasta que finalizó la Pascua, y que salieron de allí mezclados con los peregrinos que volvían a sus lugares de origen tras celebrarla. Esta interpretación parece corroborada por el propio Juan, quien afirma en su evangelio que regresaron a Galilea y retomaron sus ocupaciones. Pedro, Andrés y los Zebedeos volvieron a la mar.

Su fe había muerto y el mensaje de Jesús parecía irremisiblemente perdido, pero Dios sí que estaba con él, y su Espíritu actuó con tal fuerza sobre ellos, que sus ojos se abrieron definitivamente y al fin creyeron bien. Y recuperaron la esperanza, y con ella recuperaron también el coraje necesario para abrazar con ímpetu arrollador la misión —aparentemente imposible— de proclamar la fe en el profeta crucificado. Dice Lucas en Hechos que en su primera aparición pública se convirtieron tres mil personas.

Sin duda ha sido también el espíritu de Dios el que ha mantenido el mensaje de Jesús hasta nuestros días a pesar de las innumerables barbaridades que sus seguidores hemos cometido en el seno de “su” Iglesia, y ello nos hace albergar la esperanza de que seguirá soplando hasta llevar a la humanidad a plenitud.

Como decía Ruiz de Galarreta «Creer en el viento de Dios es una hermosa profesión de fe en que Dios no está ausente, sino presente y activo de una manera muy concreta: alentando, empujando».

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

miércoles, 25 de mayo de 2022

Semana de África 2022: Por los Derechos de las Personas Migrantes

 


Religión Digital

África11

REDES convoca en Madrid
Para las entidades de REDES, África sigue siendo una prioridad. REDES impulsa, junto al resto de entidades de la Coordinadora para el Día de África, las actividades de la Semana de África en Madrid
Las actividades incluyen música, exposición de arte y fotografía, cine, mesa redonda y una marcha por el centro de Madrid
··· Ver noticia ···

A MIREN JONE AZURZA. IN MEMORIAM

col arregi

 

(San Sebastián, 18-05-1929 – San Sebastián, 15-05-2022)

No de cuerpo, pero eras grande. Te has exhibido lo menos posible en los medios, pero has sido pionera. La sencillez te ha hecho más admirable. Nunca pretendiste ni soñaste con ser precursora en nada, pero lo has sido: mujer, periodista, creyente adelantada.

Poseías un llamativo deseo de saber, y una capacidad a la altura del deseo. Mocita aún niña de 11-12 años, y obligada por las duras circunstancias familiares –debido al levantamiento franquista y la guerra civil de 1936, el padre, maestro, fue expulsado de su puesto en el colegio, acusado de “No adicto al Movimiento Nacional”, y hubo de huir al País Vasco Norte en Francia, dejando en San Sebastián madre y cuatro hijos sin padre ni pan–, tú eras ya toda una hacendosa ama de casa, pero no te resignaste a ello, ni te plegaste a las normas de la época. Empujada por tus padres –también ellos pioneros– y por tu propio impulso interior, terminaste el bachillerato e hiciste magisterio. Y en 1965, en Madrid, obtuviste el título de periodismo, convirtiéndose en la primera mujer periodista titulada de habla vasca. Y, por si no fuera bastante, mientras te ganabas el pan como periodista estudiaste la carrera de Historia, de principio a fin, en los años 1975-1980, llevada por el deseo del saber y de la acción.

Porque a la par de tu voluntad de estudiar estaba tu voluntad de compartir cuanto habías estudiado y cuanto eras. Así lo atestiguan las elecciones que fuiste haciendo a lo largo de tu larga vida. Fueron elecciones audaces y generosas, inspiradas por el fuego que llevabas encendido, por el espíritu de búsqueda y por el deseo de darte enteramente, elecciones impulsadas por la demanda de una nueva cultura, sociedad, mundo, Iglesia, cuyo reflejo en nuestra sociedad vasca era evidente ya por entonces. Tu certero instinto te guio siempre, con total naturalidad, hacia las personas e instituciones pioneras e innovadoras. Así, todavía muy joven, en busca de mayor libertad, te vinculaste al Instituto de Misioneras Seculares fundado por Rufino Aldabalde, sacerdote de Aia, un Instituto que era un nítido reflejo de la llamada que la nueva cultura dirigía a las antiguas Ordenes y Congregaciones religiosas y a la entera institución eclesial, aunque estos nuevos movimientos, lamentablemente, no han tenido luego continuidad. Dicho instituto te dio la oportunidad de estudiar también teología. Y de colaborar estrecha y fecundamente, en Salamanca, con Lucien Deiss, el mejor creador de nuevas canciones litúrgicas tras el Concilio Vaticano II.

No dejaste de hacer nuevas opciones. Vuelta a San Sebastián, empezaste a trabajar con Ricardo Alberdi, pionero investigador e impulsor de investigaciones sobre temas sociales, en su editorial Ethos, publicando folletos sobre la situación de la mujer y sobre cuestiones sociales; fue entonces cuando leíste, comprendiéndolo a fondo, Le deuxième sexe, de Simone de Beauvoir… Y entraste en la revista Zeruko Argia, llegando a ser en breve su directora (1969-1975). De allí pasaste al recién creado diario Deia. E intuyendo que desde el interior de la nueva sociedad vasca el Aliento de la Vida te pedía otra cosa, abandonaste el Instituto de Misioneras Seculares para integrarte plenamente en la obra social y cultural. Entonces te encontraste con José Mari Ayestarán, hombre bueno, viudo, y, para recibiros y daros por entero mutuamente, os casasteis y juntos de la mano pasasteis 23 años gozosos, hasta que una larga enfermedad, aliviada por tus incomparables cuidados, lo llevó de junto a ti –o te lo acercó más todavía–. ¡Bienaventurados los dos! Seguiste adelante en la vida y en el camino a tu breve paso ligero. Tus opciones también prosiguieron. Te mostraste disponible para colaborar en lo que fuere en el Obispado y… tu Don José María Setién, que tanto te quiso y tanto quisiste, te llamó para que dirigieras su oficina de prensa. También allí ocupaste la primera fila, no porque lo hubieras buscado, sino porque te buscaron y siempre te encontraron dispuesta.

No puedo dejar de hacer una mención especial y elogiosa del lugar que ocupaste, de la rica contribución que prestaste a la tarea cultural vasca de los años 60-70 del siglo pasado. También en aquellos años de inflexión social y cultural te vimos en primera fila. Te nombraron directora de la revista Zeruko Argia (“Luz del cielo”), propiedad de los Franciscanos Capuchinos, en una época justamente en la que la revista iba camino de perder de su nombre el Zeruko (“del cielo”) para convertirse hasta hoy en mero Argia (“Luz”), en unos tiempos tan fecundos como complejos en los que iban desapareciendo definitivamente “el cielo de arriba” y el “Dios de lo alto” –aunque no, ciertamente, el Misterio creador de la Luz–. Allí estabas tú, Miren Jone, en el foco no siempre sereno de la discusión y de la transformación. Y, bajo tu lúcida y eficiente dirección, reuniste a tantas y tantos que se convirtieron en firmas consagradas de las letras vascas: Patxi Altuna, Amatiño, Gurutz Antsola, Bernardo Atxaga, Joseba Arregi, Rikardo Arregi, Mikel Atxaga, Joxe Azurmendi, Ramuntxo Camblong, Nemesio Etxaniz, Xabier Gereño, Xabier Kintana, Joan Mari Lekuona, Anjel Lertxundi, Xabier Lete, Jorge Oteiza, Juan San Martin, Aita Onaindia, Eusebio Osa, Ramon Saizarbitoria, Soseba Sarrionandia, Joxe Mari Satrustegi, Martin Ugalde, Mikel Ugalde, Joxemi Zumalabe. Me impresiona la lista. Y tú al frente de todos ellos, sin haberte puesto nunca por encima de nadie.

Y, por último, lo primero de todo: la fuente y el aliento profundo de cuanto eras, decías y hacías: DIOS. Más allá de todo nombre e imagen, más allá de toda creencia, más allá de toda religión e institución eclesiástica. También tú eras atea del “Dios” que niegan todos los ateos. Hacía mucho tiempo que habías abandonado al “Dios” legislador, premiador, castigador severo. Pero no sólo eso. En los últimos diez años, caminante sin cesar, habías abandonado también al “Señor de lo alto”, al Ente Supremo, superior a todos los entes del universo. Pero reconocías más adentro que nunca la pura vacuidad plena del SER de cuanto es, Aliento vital, EL-LA-LO QUE ES, Posibilidad de ser. En silencio y gozo te sumergías en el Misterio creador de El-La-Lo que es, ayudándote de libros de Willigis Jäeger, Xabier Melloni o Enrique Martínez Lozano. Has vivido una espiritualidad profunda, abierta, libre, de gran aliento.

La llama de la práctica diaria del silencio te templaba mañana y tarde, te enraizaba en la confianza incondicional, y en estos tiempos turbulentos te anclaba firmemente en la esperanza de un nuevo mundo, una nueva sociedad, un nuevo cristianismo, una nueva Iglesia.

¡Gracias, Miren Jone, de todo corazón!

 

BUDA Y FREUD


col patuel

 

LA ALDEA GLOBAL (AG) pide una visión universal, pero al mismo tiempo una acción concreta. Vivimos una realidad social radicalmente nueva. No hay historia y nos toca hacer historia viva. Y en esta historia viva, nadie debería vivir fuera de esta AG, no hay otra ni aquí ni allá. Por tanto, ninguna exclusión ni por sexo ni por etnias (sólo hay una sola raza: la humana) ni por religiones ni por ideologías ni por diferencia de poder adquisitivo, entre otros. La AG es la casa de todos y hay que cuidarla entre todos: El Planeta tierra. Éste se encuentra en un mar inmenso de galaxias y universos o en la inmensidad de los mundos o un multiverso infinitamente abierto. Esto más que un enigma (a resolver desde la razón) es todo un misterio (incorporarnos dinámicamente) con una visión humana profunda.

Y para eso necesitamos unos criterios de convivencia. Sólo hace unos siete mil años tenemos textos escritos; no tienen más autoridad que los textos actuales, pero sí son testigos de cómo eran los seres humanos en un momento dado, por las orientaciones que indicaban. Y, sorpresa ciertamente, estos textos son muy actuales. El ser humano se hace humano porque no nace humano, pero sí nace con la dignidad humana. Se desarrolla en un proceso de autorrealización o de ir madurando, obteniendo en cada momento su fruto. Siempre en un lugar concreto de espacio y tiempo, o si desea, en un m2, como me gusta expresar.

El título del artículo se me ocurrió al leer el libro de Jean-Charles Bouchoux (2018): Por los caminos de Buda y Freud. Transformar el dolor en sabiduría con la meditación y el psicoanálisis. Y acompañado de dos publicaciones recientes: Psicoanálisis y espiritualidad (Longhi, 2022); El cuenco vacío (Stern, 2022). Sin dejar de lado Budismo zen y psicoanálisis (Suzuki-Fromm, 1960). Pero quiero, además, remarcar o insistir en el gran movimiento internacional de la “psicología transpersonal”, iniciada por psicoanalistas, y tan mal comprendido y no aceptado por los ámbitos académicos y también psiquistas.

Pues bien, toda persona, como Freud (1856-1939) y Buda (S. VI-V a. C.), son como unos faros, que buscan aliviar el dolor. Llevan al paso de una hominización a una humanización. Dicho de otra forma, el proceso dinámico de la autorrealización para dar un paso más consciencial, que es la autotrascendencia o ser consciente de Sí Mismo.

La AG está marcada por infraestructuras, que son necesarias, y una de ellas es la economía. Pero ésta al convertirse además en superestructura pone, como en un sándwich, en medio la humanidad. No permiten ni la autotrascendencia ni poder subir el segundo peldaño de la espiral de Maslow: la autorrealización. Entonces, esa AG no tiene escala de valores humanos, sino sólo criterios científico-técnicos. Es decir, una fuerza sin alma.

Siempre hay un malestar cultural, como indican Freud y Buda. Y quien lo guía o dirige, sintiendo que es infra/súper estructura a la vez, está llevado por un narcisismo perverso. Es evidente que ante una situación humana así, necesitamos Sabios y Maestros que ayuden a liberarnos de esta esclavitud para progresar humanamente de forma integral. Por eso Freud nos dice: Trabaja y ama. Buda: Evita el dolor y se compático (compasivo). Ambos vienen a decir: Evita el sufrimiento inútil y evitar hacer el mal. Un buen punto de partida. Hace falta pasar del no-hacer al hacer. No en vano, todo Ser Humano tiene un corazón para sentir, una cabeza para pensar, unas piernas para ir a y unas manos para obrar. Ciertamente, que todo esto puede explicarse de muchas formas. Freud y Buda son unos indicadores de una forma o mapa, que pueden impregnar la cultura de esa AG. Ambos hablan de autoobservarse, conocerse, cuidarse, tomar responsabilidades, buscar el bienestar sin olvidar el bienser. Diferenciar el dolor, que es inevitable, del sufrimiento innecesario. Ambos acentúan el valor del silencio y la autocomprensión. Es decir, personas sabias que orientan hacia un espíritu humano crítico o luminoso. Y esa capacidad crítica o luminosa que existe en cada Ser Humano nos clarificará la forma de pensar y actuar: Sentir el pensamiento y pensar el sentimiento. Estamos en el terreno de datos antrópicos, no en el mundo de las creencias o mundo mágico y mítico.

En la AG necesitamos un nuevo lenguaje para poder expresar toda esta dinámica o potencial humano con el que todo Ser Humano nace. Hay que partir de un ego, bien entendido, que conduzca el timón del barco, pero sabiendo que no lo guía. Un ego que al ser consciente de su hondura descubre o toma conciencia de una identidad más profunda. Es como mirarse en el espejo con los ojos abiertos: el ego se ve. Pero con una mirada más profunda contempla su propia hondura o el principio fontal.

Tanto el psicoanálisis como el budismo, empezados por Freud y Buda, pero continuados por otros, nos pueden llevar a esa consciencia. Es la lucha y la visión que cada Ser Humano debe hacer para amar, trabajar y evitar el dolor, acompañado del silencio: Humanizar al Ser Humano.

En esta AG hay que ir trabajando de nuevo porque todo lo que nos ha traído la ciencia técnica, no es más que un nuevo medio. Ni tecnofilia ni tecnofobia ni tecnocracia sino tecnoética, es decir, amor a la Ciencia y a la Técnica como verdaderos medios de humanización en función siempre de la "dignidad humana".

LOS EVANGÉLICOS EN BRASIL / A LO MEJOR TIENE RAZÓN


col acebo

 Religión Digital 17.05.2022 y 23.05.2022

Cuesta creer que los evangélicos que hace 50 años en Brasil sólo eran el 5% de la población, frente a un 92% de católicos, hoy hayan pasado a tener un tercio del electorado. Tienen tanta fuerza que, en los medios de comunicación, se oye más el Evangelio que la samba y las mega iglesias reportan beneficios que alcanzan cifras millonarias, “gracias a Dios”. También están cambiando la política brasileña pues desde hace años eligen a representantes locales que pueden proteger a sus iglesias de tal modo que el congreso que tiene 513 diputados, 195 pertenecen a su grupo.

La confesión religiosa tendrá mucho que decir en las próximas elecciones brasileñas a la presidencia. Bolsonaro es católico pero su mujer Michelle es evangélica y a la familia presidencial la apoyan los evangélicos. Un pastor famoso, André Valada, con 5 millones de seguidores en las redes sociales, defiende que no se puede votar a la izquierda. Otro obispo, Edir Macedo, dueño del segundo canal televisivo del país, apoyó a Lula en el 2002 y a Bolsonaro en el 2018. La izquierda obtiene el apoyo de Paulo Marcelo, que pertenece a la Asamblea de Dios, la Iglesia mayor de Brasil, pero como dice un famoso político, Juliano Spyer, no se puede combatir una armada de pastores contrarios que controlan Whatsapp y otras redes.

El pueblo considera a Bolsonaro, recto y piadoso, un hombre de Dios como predican muchos pastores que aseguran que le votan por sus principios y no por su persona, ya que se ha casado tres veces. Protege a la familia y se opone al aborto. En cambio, no es bien recibido entre las personas de color a los que considera descendientes de esclavos y a los que llamó gordos y vagos. La pobreza también tiene que decir ya que un tercio de los evangélicos ingresa por debajo del mínimo mensual o incluso menos y aunque algunos confían en el otro mundo para cambiar sus condiciones de vida, otros pretenden mejorar en la tierra

Lo más curioso es la fuerza que va a tener el voto femenino pues las encuestas demuestran que los varones prefieren a Bolsonaro mientras que las féminas se inclinan por Lula, aunque haya sido condenado por corrupción y luego se le absolvió. A las críticas por su gestión el actual presidente respondió que era el Mesías, su segundo nombre, pero que no podía hacer milagros como Jesús

Muchas personas religiosas se han cansado de la politización de la religión, pero es una realidad en muchos países del mundo entre los que incluyo a los Estados Unidos. Me recuerda a nuestra Iglesia en tiempos de Franco y prefiero a la actual que deja a los ciudadanos católicos votar en conciencia. Eso si algo habremos hecho mal en Brasil para que tantos católicos se hayan pasado a otra iglesia, es un toque de atención que merece analizar

A lo mejor tiene razón

Un amigo respondió a mi último blog sobre el espectacular avance de los evangélicos en Brasil diciéndome algunas cosas interesantes. Había trabajado en muchos proyectos en América del Sur promovidos por una ONG y me advertía que mi noticia sobre Brasil se podía extender a muchos otros países de América Latina.

Aseguraba que algunos problemas venían porque los pastores protestantes estaban involucrados con el pueblo al que pertenecían, tenían esposa e hijos y podían hablar en primera persona de los problemas de la educación, los efectos de la droga en los adolescentes, los embarazos prematuros de las jóvenes y otras vicisitudes por las que atraviesan las comunidades. No era que el sacerdote católico estuviera apartado de estos temas, pero se consideraba que los vivía más de lejos pues con frecuencia había llegado catapultado de otras tierras y al cabo de un tiempo lo mandaban a otro lugar.

Los vecinos lo miraban con deferencia, pero no lo consideraban uno de ellos. Al pairo de esta reflexión recuerdo que un canon del Derecho Canónico habla de que los sacerdotes tienen otra esencia que el resto de los fieles. Comentando en broma este tema, le dije a un amigo sacerdote que mi esencia era Chanel número 5 y le preguntaba cuál era la suya. Se rió porque no consideraba que fueran distintas pero el canon dejaba claro que la esencia de los clérigos era mejor, más valiosa. Si a esto unimos que muchas ordenaciones sacerdotales marcaban el hecho de que el ordenando se debía apartar del mundo nos coloca en una situación distante y superior del sacerdote frente al pueblo que tiene que pastorear.

 

Isabel Gómez Acebo


FRANCISCO, A LASALLISTAS: "ESTÁN EN PRIMERA LÍNEA EDUCATIVA. ¡GRACIAS POR LO QUE SON Y POR LO QUE HACEN!"

col sanson

Vatican News / Religión Digital

 

“Construir nuevos caminos para transformar vidas”. Bajo este lema se reunieron los Hermanos de las Escuelas Cristianas, más conocidos como los Lasallistas, en su 46° Capítulo General, a quienes el Santo Padre recibió en la mañana de este sábado 21 de mayo.

El Obispo de Roma expresó su alegría por el hecho de encontrarse con ellos y agradeció al Superior General por sus palabras, incluso por el “Lolo Kiko”, un saludo filipino que significa “abuelo Francisco”.

Refiriéndose al lema que congregó a los Lasallistas en sus trabajos capitulares, afirmó que “es lindo entender al Capítulo así, caminando, como una obra de construcción de nuevos caminos, que llevan a los hermanos, especialmente a los más pobres”. Pero sabemos -advirtió Francisco- que el “Camino”, el camino verdaderamente nuevo, es Jesucristo: siguiéndolo, caminando con Él, nuestra vida se transforma, y nosotros a su vez nos convertimos en levadura, en sal, en luz.

La educación, un regalo

Para los Lasallistas, según el carisma de San Juan Bautista de la Salle, estos “nuevos caminos” son, ante todo, caminos de educación, de realizar en las escuelas, en los colegios, en las universidades que llevan adelante en alrededor de 100 países en los que están presentes, afirmó el Papa. Francisco agradeció, con ellos, al Señor “porque la labor educativa es un gran regalo ante todo para quienes la realizan: es un trabajo que pide mucho, pero que da mucho”.

El Pontífice consideró que “la relación constante con los educadores, con los padres y, sobre todo, con los niños y jóvenes es una fuente de humanidad siempre viva, incluso con todas las dificultades y problemas que conlleva”.

"Vuestras escuelas son cristianas, no por una etiqueta exterior"

En esta relación, en este camino que hacen con los educadores, apuntó Francisco, “ustedes ofrecen los valores de su rica tradición pedagógica: educan en la responsabilidad, en la creatividad, en la convivencia, en la justicia y la paz; educan en la vida interior, a ser abiertos a lo trascendente, al sentido del asombro y de la contemplación frente al misterio de la vida y de la Creación”.

Todo esto -afirmó el Sucesor de Pedro- ustedes lo viven y lo interpretan en Cristo, y lo traducen en plenitud de humanidad. En este sentido, el Papa recordó una frase de San Juan Pablo II en la encíclica Redemptor hominis: “El hombre es el camino de la Iglesia”.

Ustedes -les dijo el Papa- ponen en práctica este lema en vuestra misión educativa. Es vuestra manera de realizar lo que escribe San Pablo: "formando a Cristo en ti" (cf. Gal 4,19). Es vuestro apostolado, educar así, vuestra contribución específica a la evangelización: hacer crecer a los seres humanos según Cristo.

Los dos grandes desafíos de nuestro tiempo: la fraternidad y el cuidado de la casa común

El Romano Pontífice aseguró que somos conscientes de que el mundo está viviendo una emergencia educativa.

El Papa compartió una constatación importante: "Se rompió el pacto educativo, está roto, y ahora el Estado, los educadores y las familias están separados. Debemos buscar un nuevo pacto que sea comunicación, trabajar juntos".

Esta emergencia educativa -puntualizó- se volvió más aguda por la pandemia.

Gracias a Dios -manifestó Francisco- la comunidad cristiana no solo lo sabe, pero está comprometida en este trabajo, desde hace tiempo está buscando “construir nuevos caminos” para transformar el estilo de vida. Y ustedes, hermanos -agregó, forman parte de este trabajo, es más, están en primera línea, educando a pasar de un mundo cerrado a un mundo abierto; de una cultura del ‘usa y tira’ a una cultura del cuidado; de una cultura del descarte a una cultura de la integración; de la búsqueda de los intereses personales a la búsqueda del bien común.

Como educadores, saben bien que esta transformación debe partir de las conciencias, o será solo de fachada. Y saben también que no pueden hacer este trabajo solos, sino cooperando en “alianza educativa” con las familias, con las comunidades y las instituciones eclesiales, con las realidades formativas presentes en el territorio.

“Para ser buenos trabajadores, no hay que descuidarse”

“No pueden dar a los jóvenes lo que no tienen dentro de ustedes”, aseveró el Santo Padre, quien reconoció: “No tengo nada que enseñarles en esto, sino solo, como hermano, quiero recordárselos: testimonio. Y, sobre todo, rezo por ustedes, para que sean hermanos no solo de nombre sino de hecho. Y que sus escuelas sean cristianas no de nombre sino de hecho”.

“¡Gracias por lo que son y por lo que hacen!”, finalizó Francisco en su alocución, bendiciendo a los Lasallistas, a sus comunidades y pidiéndoles que, por favor, no se olviden de rezar por él.

Un día de emociones

Más temprano, en su cuenta de Twitter, los Lasallistas publicaron una foto en la que se los ve con la Basílica de San Pedro a sus espaldas y un texto en el que admitían que la mañana de este sábado es muy especial. “Como representantes del lasallismo mundial, los Capitulares van camino a Ciudad del Vaticano para escuchar al papa Francisco”, se leía en la publicación.

 


ADORACIÓN, ALEGRÍA Y BENDICIÓN

col depalma

 FE ADULTA

El evangelio de Lucas intenta decir algo acerca de la presencia de Jesús después de su muerte. La narración de hoy nos cuenta que Jesús, una vez resucitado, relee su vida a partir de los textos sagrados. Su misión, que incluye su vida, muerte y resurrección tiene sentido en cuanto que puede comprenderse dentro del designio de Dios para con toda la historia de la humanidad.

Los discípulos son testigos de esto. Son testigos, pero no solo de manera externa sino también interna, es decir no solo ven lo que pasa como meros espectadores, sino que sus vidas se delimitan y organizan en relación con el Mesías resucitado. Ellos son sus testigos. Su identidad queda marcada así por la cercanía de la persona en la que se cumplen los designios de Dios.

Ser testigos, entendido como aquello que determina la identidad de los discípulos tras la resurrección de Jesús, no implica únicamente mirar para sí mismo y conocer algo novedoso. Ser testigo implica salir y dar testimonio. Eso parece evidente. Sin embargo, la orden de Jesús es la contraria a salir. Ellos son ciertamente testigos, pero deben “Permanecer en la ciudad”. Si en los diferentes relatos de envíos, durante la vida pública de Jesús, la respuesta es “inmediata”, es decir “salen corriendo a anunciar lo que han visto”, tras la resurrección la respuesta requiere quedarse, permanecer, esperar. Esperar una fuerza, una energía que los “revestirá”.

Revestir es una palabra extraña que puede significar imbuirse o dejarse llevar por esa fuerza, o cubrir el cuerpo con un ropaje (como lo hace, por ejemplo, el sacerdote en la eucaristía que se reviste con los ornamentos litúrgicos). Las dos acepciones encajan aquí, ya que la fuerza es interior pero también corporal y exterior. La fuerza reviste las emociones y reviste el cuerpo. Así el testimonio será creíble y tangible: estas dos dimensiones son fundamentales en el anuncio de cualquier mensaje.

Sin embargo, de momento, el recibir esta fuerza es solo una promesa; no una realidad. Antes, han de recibir una bendición, en Betania. Betania es el lugar del encuentro, del descanso, del fortalecimiento, de la acogida y de la fiesta que Jesús y sus discípulos bien conocen. Ese lugar sigue siendo un lugar de bendición, y es allí el lugar propio para que Jesús los bendiga (casi como a los niños que quiere que se acerquen a él).

Pero esta bendición anuncia la despedida. Ahora sí. Si la muerte de Jesús anunciaba una primera separación, llena de pena, decepción y desorientación, la ascensión confirma una segunda separación, pero esta vez, a diferencia de la primera, produce alegría y adoración. Nuevamente llama la atención que, de momento, no se convierten en testigos activos y evangelizadores dinámicos en salida. Se convierten, a primera vista, en todo lo contrario. Son simplemente y ciertamente adoradores: se postran ante Jesús, van a Jerusalén (la ciudad del gran templo) y “estaban en el templo bendiciendo a Dios”. De momento su testimonio es exclusivamente y esencialmente alegría y bendición. Y así será hasta que reciban la fuerza de lo alto prometida.

En nuestra sociedad cargada de activismo, este texto se presenta como de una radical humanidad que nos pide tener tiempo y darse tiempo. Tiempo para aceptar la decepción, para aceptar separaciones, para dar lugar al dinamismo propio de la muerte-resurrección y para no adelantar procesos sino dejar que los afectos se decanten.

Este dinamismo muerte-resurrección, como momento esencial de todo ser vivo, nos recuerda la distancia, pero también la cercanía; una cercanía trascendente (como una “fuerza que viene de lo alto”) y que, como una bendición, nos fortalece y nos reviste. Es decir, la nueva forma de vincularnos, a partir de las experiencias de muerte y de resurrección, no contrapone la cercanía y la distancia, sino que las integra.

Esta forma de entender la vida y el tiempo nos recuerda también la importancia de dar espacio a la adoración, a la alegría y la bendición. El hecho de considerar el tiempo del que disponemos, que transcurre desde el nacimiento a la muerte, nos recuerda que se trata de un tiempo que es limitado y que por tanto nos urge la acción. Pero, para que esta acción sea fecunda, requiere de momentos de espera y de quietud. Momentos para releer nuestra historia comunitaria y personal dentro de los designios de Dios. Y para vislumbrar y dar lugar a lo que viene por delante.

Ascensión del Señor – C (Lucas 24,46-53)

José Antonio Pagola

Jesús era realista. Sabía que no podía transformar de un día para otro aquella sociedad donde veía sufrir a tanta gente. No tiene poder político ni religioso para provocar un cambio revolucionario. Solo su palabra, sus gestos y su fe grande en el Dios de los que sufren.

Por eso le gusta tanto hacer gestos de bondad. «Abraza» a los niños de la calle para que no se sientan huérfanos. «Toca» a los leprosos para que no se vean excluidos de las aldeas. «Acoge» amistosamente a su mesa a pecadores e indeseables para que no se sientan despreciados.

No son gestos convencionales. Le nacen desde su voluntad de hacer un mundo más amable y solidario en el que las personas se ayuden y se cuiden mutuamente. No importa que sean gestos pequeños. Dios tiene en cuenta hasta el «vaso de agua» que damos a quien tiene sed.

A Jesús le gusta sobre todo «bendecir». Bendice a los pequeños y bendice sobre todo a los enfermos y desgraciados. Su gesto está cargado de fe y de amor. Desea envolver a los que más sufren con la compasión, la protección y la bendición de Dios.

No es extraño que, al narrar su despedida, Lucas describa a Jesús levantando sus manos y «bendiciendo» a sus discípulos. Es su último gesto. Jesús entra en el misterio insondable de Dios y sus seguidores quedan envueltos en su bendición.

Hace ya mucho tiempo que lo hemos olvidado, pero la Iglesia ha de ser en medio del mundo una fuente de bendición. En un mundo donde es tan frecuente «maldecir», condenar, hacer daño y denigrar, es más necesaria que nunca la presencia de seguidores de Jesús que sepan «bendecir», buscar el bien, hacer el bien, atraer hacia el bien.

Una Iglesia fiel a Jesús está llamada a sorprender a la sociedad con gestos públicos de bondad, rompiendo esquemas y distanciándose de estrategias, estilos de actuación y lenguajes agresivos que nada tienen que ver con Jesús, el Profeta que bendecía a las gentes con gestos y palabras de bondad.

Jésus était un réaliste. Il savait qu'il ne pouvait pas transformer du jour au lendemain cette société où il voyait tant de gens souffrir.

Il n'avait aucun pouvoir politique ou religieux pour provoquer un changement révolutionnaire. Seulement sa parole, ses gestes et sa grande foi au Dieu de ceux qui souffrent.

C'est pourquoi il aime tant faire des gestes de bonté. Il «embrasse» les enfants des rues pour qu'ils ne se sentent pas orphelins. Il «touche»" les lépreux pour qu'ils ne se retrouvent pas exclus des villages. Il «accueille» les pécheurs et les indésirables à sa table afin qu'ils ne se sentent pas méprisés.

Ce ne sont pas des gestes conventionnels. Ils sont nés de sa volonté de rendre le monde plus aimable et plus solidaire; un monde dans lequel les gens s'entraident et prennent soin les uns des autres. Peu importe s'il s'agit de petits gestes. Dieu prend en compte même le «verre d'eau» que nous donnons à ceux qui ont soif.

Jésus aime par-dessus tout «bénir»". Il bénit les petits et il bénit surtout les malades et les malheureux. Son geste est plein de foi et d'amour. Il veut entourer ceux qui souffrent le plus de la compassion, de la protection et de la bénédiction de Dieu.

Il n'est pas étonnant que, dans le récit de ses adieux, Luc décrive Jésus levant les mains et «bénissant» ses disciples. C'est son dernier geste. Jésus entre dans le mystère insondable de Dieu et ses disciples sont comme enveloppés dans sa bénédiction.

Nous l'avons oublié depuis longtemps, mais l'Église doit être une source de bénédiction au milieu du monde. Dans un monde où il est si courant de «maudire», de condamner, de nuire et de dénigrer, la présence de disciples de Jésus qui savent «bénir», chercher le bien, faire le bien, attirer vers le bien, est plus nécessaire que jamais.

Une Église fidèle à Jésus est appelée à surprendre la société par des gestes publics de bonté, en brisant des carcans et en prenant ses distances par rapport à des stratégies, des styles d'action, des langages agressifs qui n'ont rien à voir avec Jésus, le Prophète qui bénissait les gens par des gestes et des paroles de bonté.

JESÚS SE IDENTIFICÓ CON DIOS DURANTE SU VIDA Y PARA SIEMPRE ASCENSIÓN (C) Lc 24,46-53


col fraymarcos

 FE ADULTA


Tratemos de entender la oración de Pablo. “Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de revelación para conocerlo; ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cual es la esperanza a la que os llama.” No pide inteligencia, sino espíritu de revelación. No pide una visión racional sino que ilumine los “ojos” del corazón. El verdadero conocimiento no viene de fuera, sino de la experiencia interior. Ni teología, ni normas, ni ritos sirven de nada si no nos llevan a la vivencia más profunda.

Hemos llegado al final del tiempo pascual. La Ascensión es una fiesta que intenta recopilar todos lo que hemos celebrado desde la muerte de Jesús el Viernes Santo. La mejor prueba de esto es que Lucas, que es el único que relata la ascensión, nos da dos versiones: una al final del evangelio y otra al comienzo del los Hechos. Para comprender el lenguaje que la liturgia utilizan para referirse a esta celebración, es necesario tener en cuenta la manera mítica de entender el mundo en aquella época y posteriores, muy distinta de la nuestra.

El mundo dividido en tres estadios: el superior, habitado por la divinidad. El del medio era la realidad terrena en la que vivimos los humanos. El tercer estadio es el inframundo donde mora el maligno. La encarnación era concebida como una bajada del Verbo, desde la altura a la tierra. Su misión era la salvación de todos. Por eso tuvo que bajar a los infiernos (inferos) para que la salvación fuera total. Una vez que Jesús cumplió su misión salvadora, lo lógico era que volviera a su lugar de origen. Todo desde una perspectiva mítica.

No tiene sentido seguir hablando de bajada y subida. Si no intentamos cambiar la mente, estaremos transmitiendo conceptos que hoy no podemos comprender. Una cosa fue la predicación de Jesús y otra la tarea de la comunidad, después de la experiencia pascual. El telón de fondo es el mismo, el Reino de Dios, vivido y predicado, pero a los primeros cristianos les llevó tiempo encontrar la manera de trasmitir lo que habían experimentado. Tenemos que continuar esa obra, transmitir el mensaje, acomodándolo a nuestra cultura.

Resurrección, ascensión, sentarse a la derecha de Dios, envío del Espíritu, apuntan a una misma realidad. Con cada uno de esos aspectos se intenta expresar la vivencia de pascua: El final del hombre Jesús no fue la muerte sino la Vida en Dios. El misterio pascual es tan rico que no podemos abarcarlo con una sola imagen, por eso tenemos que desdoblarlo para ir analizándolo por partes y poder digerirlo. Con todo lo que venimos diciendo durante el tiempo pascual, debe estar ya muy claro que después de la muerte no pasó nada en Jesús.

Una vez muerto pasa a otro plano donde no existe tiempo ni espacio. Sin tiempo y sin espacio no puede haber sucesos. Todo “sucedió” como un chispazo que dura toda la eternidad. El don total de sí mismo es la identificación total con Dios y por tanto su total y definitiva gloria. No va más. En los discípulos sí sucedió algo. La experiencia de resurrección sí fue constatable. Sin esa experiencia, que no sucedió en un momento determinado sino que fue un proceso que duró muchos años, no hubiera sido posible la religión cristiana.

Una cosa es la verdad que se quiere trasmitir y otra los conceptos con los que intentamos expresarla. No estamos celebrando un hecho que sucedió hace 2000 años. Celebramos un acontecimiento que se está dando en este momento. Los tres días para la resurrección, los cuarenta días para la ascensión, los cincuenta días para la venida del Espíritu, son tiempos teológicos. Lucas, en su evangelio, pone todas las apariciones y la ascensión en el mismo día. En los Hechos habla de cuarenta días de permanencia de Jesús con sus discípulos.

Solo Lucas, al final de su evangelio y al comienzo de los “Hechos”, narra la ascensión como un fenómeno externo. Si los dos relatos constituyeron al principio un solo libro, se duplicó el relato para dejar uno como final y otro como comienzo. Para él, el evangelio es el relato de todo lo que hizo y enseñó Jesús; los Hechos es el relato de todo lo que hicieron los primeros seguidores. Esa constatación de la presencia de Dios, primero en Jesús y luego en los discípulos, es la clave de todo el misterio pascual y la clave para entender la fiesta que estamos celebrando. Para visualizar esa presencia nos narra la venida del Espíritu.

El cielo en la Escritura no significa un lugar físico, sino una manera de designar la divinidad sin nombrarla. Así, unos evangelistas hablan del “Reino de los cielos” y otros del “Reino de Dios”. Solo con esto tendríamos una buena pista para no caer en la tentación de entender este relato literalmente. Es lamentable que sigamos hablando de un lugar donde se encuentra la corte celestial y en ella Jesús sentado a la derecha de Dios. Podemos seguir diciendo “Padre nuestro que estás en los cielos”. Podemos seguir diciendo que se sentó a la derecha de Dios, pero sin entenderlo literalmente.

Hasta el s. V no se celebró la Ascensión. Durante todo ese tiempo se consideraba que la resurrección llevaba consigo la glorificación. Ya hemos dicho que en los primeros indicios escritos que han llegado hasta nosotros de la cristología pascual, está expresada como “exaltación y glorificación”. Antes de hablar de resurrección se habló de glorificación. Esto explica la manera de hablar de ella en Lucas. Lo importante del mensaje pascual es que el mismo Jesús que vivió con los discípulos, es el que llegó a lo más alto en Dios, no como ser separado de Él. Llegó a la meta. Alcanzó la identificación total con Dios.

La Ascensión no es más que un aspecto del misterio pascual. Se trata de descubrir que la posesión de la Vida por parte de Jesús es total. Participa de la misma Vida de Dios y por lo tanto, está en lo más alto del “cielo”. Las palabras son apuntes para que nosotros podamos entendernos. Hoy tenemos otro ejemplo de cómo, intentando explicar una realidad espiritual, la complicamos más. Resucitar no es volver a la vida biológica sino volver al Padre. “Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo el mundo para volver al Padre”.

Nuestra meta, como la de Jesús, es ascender hasta lo más alto, el Padre. Pero teniendo en cuenta que nuestro punto de partida es también, como en el caso de Jesús, el mismo Dios. No se trata de movimiento alguno, sino de toma de conciencia. Esa ascensión no puedo hacerla a costa de los demás, sino sirviendo a todos. Pasando por encima de los demás, no asciendo sino que desciendo. Como Jesús, la única manera de alcanzar la meta es descendiendo hasta lo más hondo de mi ser. El que más bajó es el que más alto ha subido.

El entender la subida como física es una trampa muy atrayente. Los dirigentes judíos prefirieron un Jesús muerto. Nosotros preferimos un Jesús en el cielo. En ambos casos sería una estratagema para quitarlo del medio. Descubrirlo dentro de mí y en los demás, como nos decía el domingo pasado, sería demasiado exigente. Mucho más cómodo es seguir mirando al cielo… y no sentirnos implicados en lo que está pasando a nuestro alrededor. Es hora de preocuparnos de lo que puedo vivir yo, aquí y ahora, como lo vivió Jesús.