Redes Cristianas
miércoles, 11 de junio de 2025
Textos evangélicos que sí evangelizan -- PagèsFerret Escriptors, “Somnis de justícia”
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EL 'PROGRAMA 2033' DE ARGÜELLO: "HEMOS DE HUIR DE TODA TENTACIÓN DE PODER, TAMBIÉN EN LA IGLESIA"

El Arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Luis Argüello, ha propuesto un “Programa 2033” durante la ponencia de clausura del Congreso internacional sobre el Corazón de Jesús que, bajo el título Cor Iesu, Spes Mundi (del latín, Corazón de Jesús, Esperanza del Mundo), se ha celebrado del 6 al 8 de junio en Valladolid.
La propuesta del prelado vallisoletano, en forma de decálogo, está en sintonía con el magisterio pontificio y las palabras que el Papa León XIV pronunció al inicio de su pontificado: “¡Esta es la hora del amor!”. De hecho, el primer punto de este decálogo implica “acoger, orar, compartir y anunciar” la última Encíclica que publicó el recientemente fallecido Papa Francisco, ‘Dilexit Nos’ (del latín, ‘Nos amó’).
Monseñor Argüello ha propuesto también “vincular caridad, unidad y paz” y “vivir la vida como vocación” para que esta sea “reconocible, “concreta” y “visible” en un mundo que “se resiste al Evangelio”, un mundo “al que le falta corazón”. En este sentido, el prelado vallisoletano ha asegurado que “estamos llamados a entrar en una vía maestra de tener los mismos sentimientos del Corazón de Cristo, un corazón humilde, pobre y sacrificado”. “Porque sólo desde ahí”, ha afirmado, “es posible la comunión entre nosotros y dar respuesta a un corazón que ha sido seducido por el poder”. “Por eso”, ha añadido, “hemos de huir de toda tentación de poder, también en la Iglesia”. “La clave de nuestra respuesta al amor de Cristo”, ha explicado, “es el amor al prójimo”.
En su invitación a “extender” el amor del Corazón de Jesús “en misión evangelizadora y en misión de reparación para construir sobre las ruinas que deja el pecado”, el Arzobispo de Valladolid y presidente de la CEE ha animado en el cuarto punto de su decálogo a “sacar brillo a la Eucaristía del domingo, a encontrarnos en la Eucaristía del domingo, como expresión de un pueblo que reconoce su pila bautismal y su altar, que genera una comunidad visible, la Eucaristía del domingo que nos congrega y nos envía a salir a los caminos en comunión misionera, llevando el amor del Corazón de Cristo”. Un amor “que cura, repara y va haciendo germinar su reinado”, ha afirmado.
El quinto punto ha hecho referencia al Sínodo. Y el sexto, al “cuidado de la devoción popular”, que, como ha recordado el prelado vallisoletano, fue “valiosa” para Pablo VI y “central” en el magisterio del Papa Francisco, así como para la extensión de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús por medio del beato Bernardo Francisco de Hoyos.
Monseñor Argüello ha defendido en el séptimo punto de su decálogo una “alianza social para la esperanza” en distintos ámbitos: la demografía, la promoción de la natalidad y el cuidado de la vida, de los enfermos y de los migrantes. También ha llamado, en el punto octavo, a “insuflar alma” a las empresa e instituciones ligadas a la Iglesia Católica, que “precisan”, ha puntualizado, “de hombres y mujeres que confiesen de obra y de palabra que creen en la victoria de Cristo sobre la muerte”.
El Arzobispo de Valladolid y presidente de la CEE se ha referido también, en el punto noveno, al “desafío” que conlleva lo que denomina el “reinado social de Cristo”, en alusión a la Doctrina Social de la Iglesia. A su juicio, el coloquio entre la Iglesia y el mundo “es un asunto que no tenemos resuelto”. Tras advertir que la Doctrina Social de la Iglesia “no es solo una propuesta de valores”, se ha centrado en dos cuestiones. Por un lado, la antropológica. Partiendo de una concepción de que “somos humano-divinos” y del hecho de que “el Ser Humano solo puede decir que es el centro, si reconoce que el corazón del mundo y el corazón de nuestro corazón es el Corazón de Cristo”, ha asegurado que “estamos llamados a desplegar toda la potencialidad de lo humano”.
Por otro lado, en relación a la cuestión del bien común, ha afirmado que “estamos llamados a reconstruir alianzas, vínculos, a ser pueblo entre los pueblos, un pueblo que convoca a los pueblos” en un momento en el que “el individualismo”, ha alertado, “ha dejado al individuo solo ante el Estado” y en el que “la democracia parlamentaria vive momentos de singular crisis”. Esta es “la tarea, seguramente, fundamental de la Iglesia”, ha asegurado monseñor Argüello: “Regenerar e incorporar a la vida pública una reflexión para que la convivencia en nuestras sociedades no solamente sea posible, sino que haga posible la dignidad y el bien común”.
Finalmente, en el décimo y último punto de su “Programa 2033”, el Arzobispo de Valladolid y presidente de la CEE ha llamado a “renovar nuestra consagración personal, familiar, diocesana al Corazón de Jesús”. “Creando una conciencia eclesial”, ha rematado, “que pueda ser presentada al Santo Padre para pedirle la renovación de la consagración del mundo al Corazón de Cristo en el año 2033”, coincidiendo con el 2.000 aniversario de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.
Monseñor Luis Argüello ha finalizado su ponencia en el Congreso Cor Iesu, Spes Mundi con un doble llamamiento: “¡Acojamos el amor del Corazón de Jesús! ¡Devolvamos amor por amor para enamorar al mundo!”.
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LEÓN DE PERÚ': LA VIDA DE PREVOST, A TRAVÉS DE LA MIRADA DE LOS SUYOS

Misionero, pastor, profesor, formador, obispo y amigo son algunas de las facetas del nuevo Pontífice que revelará el documental León de Perú. La producción es fruto de un viaje a Perú que sigue las huellas de Robert Francis Prevost, hoy Papa León XIV, reconstruyendo los años que él pasó en el país latinoamericano.
Realizado por los periodistas Salvatore Cernuzio, Felipe Herrera-Espaliat y Jaime Vizcaíno Haro, el trabajo recorre Chulucanas, Trujillo, Lima, Callao y Chiclayo, tocando pequeñas y grandes ciudades, pueblos, distritos, suburbios, parroquias, colegios y casas religiosas.
En estos lugares el entonces padre y luego monseñor Prevost celebró, predicó, enseñó, formó religiosos, se encontró con jóvenes, festejó cumpleaños, y practicó una caridad viva en medio de tragedias como las inundaciones de El Niño y la pandemia del coronavirus.
Testimonios del pueblo
Se trata de una labor pastoral y social de la que ofrecen una visión las numerosas historias de personas que colaboraron con el futuro Pontífice y que recibieron de él escucha, apoyo y ayuda. La obra audiovisual contiene testimonios de obispos, de los actuales párrocos del Callao y Chulucanas, de cohermanos agustinos, y de párrocos, como el joven padre Cristophe Ntaganzwa, en el periférico distrito de Pachacútec, golpeado violentamente por Covid-19. En este territorio, el entonces administrador apostólico ayudó a las personas sin trabajo y hambrientas enviándoles alimentos y medicinas. Una intervención oportuna como la que, siendo obispo de Chiclayo, monseñor Prevost brindó a la población a la que las inundaciones se lo habían llevado todo, lanzándose con valentía a las calles inundadas, como cuenta Rocío, una de las supervivientes.
También impacta el testimonio de Janinna Sesa, ex directora de Caritas de Chiclayo, sobre la campaña para garantizar el oxígeno a las personas en situación de emergencia, o el de Berta, cocinera de uno de los comedores creados en Trujillo por «el padre Roberto» para alimentar a las familias de los suburbios. Luego, historias más íntimas: por ejemplo, la de Sylvia, rescatada por religiosas del mundo de la prostitución, cuyo valor inspiró a Prevost a crear una comisión contra la trata, o la de Héctor y su hija Mildred, de la que el actual Pontífice es padrino de bautismo.
Cada uno de estos testigos comparte cómo vivió el momento del Habemus Papam el 8 de mayo y envía su mensaje personal al Papa. León de Perú se emitirá próximamente en los canales oficiales de los medios de comunicación del Vaticano.
FONDO Y FORMA

“Celebramos un relato simbólico, no un acontecimiento histórico”.
Me ha gustado esta frase tan corta y sencilla de Fray Marcos aplicada a la Ascensión de Jesús, pero que para mí es toda una explicación de la Ascensión y que se podría aplicar a muchas otras fiestas de la Iglesia. ¿No se entiende mejor así la Resurrección, la Asunción de María, Pentecostés…?
Si nos limitamos a entender esos pasajes al pie de la letra y como si fueran historia los acontecimientos, no sintonizamos con la concepción que tenía la primera comunidad.
Ellos partían de un mundo dividido en tres partes: cielo arriba, tierra, aquí y abajo Los infiernos… Concebían el mar como el lugar del mal y cualquier mota o signo en el rostro, como lepra….
En sus narraciones, tenían como trasfondo un RECUERDO del Antiguo Testamento como por ejemplo en la llegada de los Magos y en la estrella que les guía. En el monte de las bienaventuranzas se están acordando de Moisés y su mensaje en el Sinaí. Los doce apóstoles recuerdan y actualizan a las doce tribus de Israel.
La salvación que Jesús nos trae se identifica como el gran sacrificio de la Nueva Alianza. Y sin necesidad de morir en la cruz, su vida ya es un estilo y una Vida que se nos da. Y nos salva para la Vida Eterna.
Es muy importante distinguir entre el Mensaje que se nos transmite y el lenguaje literario como está expresado. No entendemos la ascensión como acción de subir, porque ellos pensaban que el cielo estaba arriba. Pero el Mensaje es de aclamación al triunfo de Jesús de Nazaret que está ya en la plenitud del Padre. Con nuestro lenguaje hasta decimos “a la derecha del Padre”.
Por eso es preciso distinguir siempre entre las palabras y el género literario y el Mensaje. Miramos, por ejemplo de la genealogía de Jesús, en el significado del bautismo de Jesús.
¡Cómo cuesta a las personas sencillas penetrar en el contenido y no quedarse en el ropaje! Una gran tarea de la Iglesia hoy.
REDONDO VALORA POSITIVAMENTE EL ACTO DE PERDÓN A LAS SUPERVIVIENTES DEL PATRONATO DE PROTECCIÓN A MUJER

La ministra de Igualdad, Ana Redondo, ha valorado como "un primer paso para la reconciliación real" el acto celebrado este lunes por la Conferencia Española de Religiosos (CONFER) para pedir perdón a las supervivientes de la institución franquista Patronato de Protección a la Mujer y, al mismo tiempo, ha pedido entender la necesidad de estas mujeres de "expresar" su "dolor y rabia".
Así se ha pronunciado Rendondo este martes, en declaraciones a Europa Press, preguntada por el acto celebrado este lunes en la Fundación Pablo IV, en el que las supervivientes se levantaron al final del acto con carteles en los que se leía "no", para manifestar que no quieren perdón sino "verdad, justicia y reparación". En el acto estaba presente la propia ministra de Igualdad y la eurodiputada de Podemos y exministra, Irene Montero.
"Yo lo que pondría en valor es el acto en sí. Creo que después de décadas, por fin se alza la voz en el Patronato. Ha habido muchas mujeres que han sido prácticamente perseguidas, que han sido abusadas, que han sido sujetos de una situación realmente durísima. Y ese dolor y esa rabia, lógicamente, se tiene que expresar, se tiene que manifestar", ha explicado Rendondo.
Al mismo tiempo, considera que "también es valorable que por parte de la Iglesia se pida perdón".
Por ello, cree que lo que se hizo este lunes fue "un primer paso, necesario" para "una reconciliación real". "Hay que acercar posturas entendiendo que ese dolor y esa rabia es muy profunda y que estas mujeres, lógicamente, necesitan también encauzar esa rabia y ese dolor", ha insistido.
RD / EP
10-06-2025 Religión Digital
CUESTIONES SOBRE NICEA, MIL SETECIENTOS AÑOS DESPUÉS

Amigo, amiga, tienes en tus manos un libro lúcido y atrevido, a la altura de su título provocador: Le Credo de Nicée est-il toujours croyable? (¿Es creíble todavía el Credo de Nicea?). Paul Fleuret, “biblista descalzo” y “cristiano laico en éxodo” según sus palabras, nos ofrece un análisis documentado, conciso y límpido de la enmarañada evolución por la que el profeta Jesús de Nazaret se convirtió en divinidad celeste eterna encarnada en forma de hombre.
En el año 325, hace 1700 años, el emperador romano Constantino convocó un concilio en su palacio estival de Nicea, hoy Turquía. Los obispos allí reunidos solo representaban a las Iglesias cristianas derivadas de la tradición petrino-paulina, y de entre ellas casi exclusivamente a las de la parte oriental del imperio, presididas por los obispos de Alejandría y Constantinopla, de lengua y cultura griegas. La Iglesia judeo-cristiana había desaparecido prácticamente, y otras, como las Iglesias gnósticas, habían sido condenadas y marginadas por los obispos de la corriente mayoritaria. En Nicea, el emperador, recién “convertido” a la fe cristiana por razones más políticas que religiosas, impuso el dogma que habría de ser vinculante para todas las Iglesias, con el fin de garantizar mejor la unidad del imperio: “Jesús es el Hijo único y eterno de Dios encarnado, consustancial del Padre”. Quienes –como el sacerdote alejandrino Arrio– rechazaron el dogma fueron desterrados.
Muchos podrían preguntarse qué interesan esas cuestiones al mundo en que vivimos: cuando la especie que llamamos Sapiens es arrastrada por una asfixiante carrera global suicida; cuando la humanidad, por impotencia o inconsciencia, parece dispuesta a sacrificar la vida buena y feliz a la codicia inhumana de unos pocos; cuando grandes imperios dictatoriales vuelven a imponerse; cuando avanzamos sin rumbo ni freno hacia una tierra desconocida e inquietante donde el Homo Sapiens será sometido a la máquina; cuando los tecno-magnates que devastan la Tierra, en su loca huida adelante, ya proyectan colonizar la Luna y Marte; cuando los horrores sin fin de Gaza, de Haití o de Sudán reflejan cada día, urbi et orbi, el abismo que nos puede devorar a todos, incluidos los más poderosos…, ¿tiene sentido ocuparse todavía del dogma de Nicea?
Otros muchos, católicos observantes y cristianos en general, protestarán entre desconcertados e irritados: cuando el mundo naufraga, cuando los hombres y las mujeres necesitan más que nunca un suelo firme para seguir caminando, ¿no es este libro una provocación excesiva? Es más, ¿no constituye una alta traición? ¿No viene a socavar los fundamentos mismos no solo de la Iglesia Católica Romana, del Credo más antiguo de todas las Iglesias? Si dejamos de creer en el dogma de Nicea, ¿qué podremos ofrecer al mundo?, ¿dónde encontraremos palabras de vida eterna?, ¿en quién descansaremos?
Pero hay que advertir: las enormes amenazas que se ciernen sobre el mundo actual y estas preguntas e inquietudes formuladas por muchos católicos de la mejor voluntad tienen un punto en común: el miedo. El miedo era también el denominador común del mundo imperial y de la Iglesia de Nicea. No el miedo razonable, mecanismo fundamental de la vida que nos alerta ante un peligro real: el miedo a un salto en el vacío, a un depredador, a los grandes poderes que someten, a quienes se mueven por convicciones irracionales, a personas e instituciones que usan la imagen de un dios omnipotente y arbitrario para controlar y dominar… Sin esos miedos no podríamos sobrevivir ni un solo día. Hay también, sin embargo, muchos miedos irracionales que imaginan peligros y enemigos inexistentes: el miedo a perder prestigio, poder o riqueza, o la unidad del imperio o de la Iglesia, o el control de la verdad y de las conciencias, o la imagen de un dios omnipotente y providente, o la garantía del cielo eterno… O el miedo al otro, a lo diferente, a lo nuevo. Esos miedos irracionales nos encogen y nos encierran en nosotros mismos, nos incapacitan para confiar, imaginar y crear. Nos vuelven enemigos de nosotros mismos y de los demás, enemigos de la tolerancia y de la libertad fraterna, de la confianza creativa, de la vida inspirada.
El miedo a la división del imperio y a la pérdida de poder llevó al emperador a imponer los términos exactos del Símbolo o Credo común de todas las Iglesias. El miedo llevó a los obispos a identificar la fe creadora en Jesús con la adhesión mental a una idea filosófica, y a condenar a quienes lo rechazaban. El miedo inspiró excomuniones, destierros, quemas de herejes, cruzadas, inquisiciones y guerras de religión. El miedo irracional es el origen de los males del mundo y de la Iglesia de hoy. Es imprescindible, pues, la lucidez para detectar esos miedos y la osadía para delatarlos.
Este libro es un ejercicio singular de lucidez y de osadía. No era fácil reunir en tan pocas páginas toda la información esencial sobre una historia extremadamente compleja, en la frontera entre la historia, la exégesis bíblica, la filosofía y la teología, y ofrecer a la vez los criterios fundamentales para una relectura actual “creíble” de los dogmas cristológicos. El autor lo logra brillantemente en estas páginas concisas y profundas, claras y hondas. Mi más sincera enhorabuena a Paul Fleuret.
Como para él, también para nosotros el Símbolo o Credo que seguimos recitando y los dogmas cristológicos que siguen presentándose como líneas rojas de la “fe verdadera” se han vuelto increíbles e impredicables en su literalidad. Están ligados a una cosmovisión geocéntrica, jerárquica y patriarcal, y a una filosofía que distingue dos mundos (el físico y el metafísico). Ya no podemos concebir a Dios como entidad supramundana y extrínseca, substancia en sí, personal y antropomórfica, que interviene, se revela y se encarna en el mundo de manera puntual o definitiva cuando quiere. Necesitamos nuevas metáforas para decir el misterio indecible de cuanto es: Realidad fontal, Aliento cósmico, Creatividad universal, Eros que todo lo atrae, Amor que en todo se da y se crea sin cesar…
Tampoco, en consecuencia, podemos concebir a Jesús como Hijo único y eterno de Dios, de la misma substancia del Padre, sola encarnación plena de Dios en el cosmos. Tampoco podemos afirmar que sea el hombre perfecto –una contradicción en los términos–, ni siquiera el más perfecto –¿quién puede medirlo y de qué sirve comparar?–. Pero somos sus discípulos y es nuestro modelo de ser humano inspirado, bueno y feliz, libre, fraterno y sanador. Es para nosotros la figura de lo que somos y queremos ser. Todos los hombres y mujeres somos Cristos en camino, como el mismo Jesús, pero él es para nosotros, sus seguidores, el icono y la metáfora encarnada del Aliento vital, de la Creatividad universal, de lo humano o de lo divino, del mundo liberado hacia el que queremos caminar.
Queremos vivir y decir nuestra fe en coherencia con la visión de la realidad y de la vida que consideramos más razonable, justa y plenificante, feliz: una visión holística, ecológica, feminista, fraterno-sororal, a un tiempo mística y política. Queremos caminar, descalzos y en éxodo, con Jesús y con todos los hombres y mujeres inspiradas del pasado y del presente, más allá de Iglesias, dogmas y fronteras confesionales. Nos inspira en particular la figura de Jesús, más allá de su mera historia documentada y más allá de todo Credo cerrado. Nos inspiran su libertad profética, su compasión sanadora, su esperanza activa y liberadora, su fraternidad-sororidad universal y sus sabias enseñanzas, entendiéndolas y expresándolas de manera iluminadora y creativa para el mundo de hoy. “No tengáis miedo, nos dice. No os hace cristos humanos o divinos, El aliento vital, como el agua de la fuente, el sentido de las palabras o el espíritu de la letra nunca se repiten ni se dejan atrapar. No os hace Cristos lo que creéis, sino lo que confiáis y creáis. Levantaos y caminad. Inventad, cread. Osad”.
José Arregi, Aizarna, 10 de abril de 2025
(Publicado como prólogo del libro : Paul Fleuret, Le Credo de Nicée est-il toujours croyable ?, Karthala, 2025)
LOS DATOS ESTADÍSTICOS RELIGIOSOS Y EL ESPÍRITU

¿Una sociedad sin espiritualidad? Mala cosa. Venimos de una sociedad de cristiandad, hace cincuenta años era normal, podríamos decir que casi de ley, vivir en la religiosidad que pasaba de padres a hijos, no sé si con convicción y experiencia personal. Se vivía en ambientes religiosos y parecía que todos crecíamos y nos fortalecíamos en las normas y prácticas cristianas. Sería como el marco que contiene el hecho de la presentación de Jesús en el templo. Sin embargo, hoy mismo leo en los medios que las cosas han cambiado bastante y que ya no es tan de “ley”, tan normalizado la vivencia y la presencia de lo religioso en la sociedad y en la cultura actual.
Los datos y los hechos
Según el informe último del FUNCAS los datos son llamativos - RD nos daba cuenta de ello-, dan para la reflexión. Nos dicen: El número de españoles mayores de edad que se identifica como católico ha bajado en las últimas cinco décadas. Así, si a mediados de los años setenta el 90% de los españoles decía serlo, esta cifra ha bajado en la actualidad al 55%, según se desprende de la última edición de las Notas de Coyuntura Social, de Funcas, que pone en evidencia la secularización de la sociedad española.
Aunque la disminución en la proporción de católicos es sustantiva en todos los grupos de edad, es especialmente profunda entre los más jóvenes, según los datos de la Encuesta Social Europea analizados por Funcas. En 2002, el 60% de la población de 18 a 29 años se identificaba como católica, mientras que en 2024 solo lo hacía el 32%. En cambio, entre quienes tienen 70 años o más, la identificación como católicos pasó del 89% al 77% en el mismo periodo.
El espacio del catolicismo apenas ha sido ocupado por otras religiones, como podría esperarse, en parte, por la incorporación de población de origen extranjero a la sociedad española, sino que en su mayoría se corresponde con quienes se declaran indiferentes, agnósticos o ateos, es decir, con quienes no tienen una adscripción religiosa. Así, el porcentaje de quienes no se identifican con ninguna religión ha pasado del 22% en 2002 al 42% en 2024, lo que representa un cambio sustancial en el panorama religioso del país.
La pérdida de influencia de la religión en la vida cotidiana se comprueba en dos indicadores que reflejan el menguante papel de la socialización de las generaciones venideras en el catolicismo y sugieren que el proceso de secularización todavía tiene recorrido: el desplome de los matrimonios católicos y la caída paulatina de la matrícula en la asignatura de religión católica. No así en las cofradías y semana santa de interés turístico.
Lectura de los datos e interpelación
Ante los datos de la realidad se pueden hacer muchas lecturas, a mí se me ocurre preguntar en qué estamos creciendo y robusteciéndonos hoy en la sociedad española. Si los datos confirman que hay menos religiosidad explícita y practicada, que hay muchas personas que no se identifican como religiosos, y que lo hacen como agnósticos, indiferentes, ateos. Creo que es fundamental analizar en qué medida estos datos tienen que ver con la interioridad y la espiritualidad de los seres humanos. Sería un desastre que el decrecimiento no fuera solo en prácticas de las religiones, sino que eso fuera un signo de no crecer ni fortalecerse en el interior, en la alteridad, en la trascendencia, en la compasión y el cuidado mutuo. Parece ser que la ola de secularización no es solo cuestión de generaciones, sino que nos afecta a todos. No es lo mismo que descienda la práctica religiosa de una religión en la sociedad a que la sociedad desatienda la dimensión espiritual del ser humano, su interior y el sentimiento de alteridad y trascendencia. No se duda de que estamos ante una crisis de naturaleza, política, de economía, tecnológica, armamentística. Me pregunto si no necesitamos volver al espíritu y a lo que trasciende al individuo y que todo canal que nos ayude a desarrollarlo y fortalecerlo debería hoy ser reconocido y valorado, incluido el religioso.
Ya nos lo auguraba Nietzsche, con el loco que había matado a Dios. Aunque la religión cristiana y la iglesia, de la que formo parte y amo, debe renovarse con agilidad y purificarse para poder servir ante los signos de los tiempos. Traigo a colación el aserto de los que afirman siendo creyentes, que tampoco creen en el Dios que no aceptan muchos ateos.
Esta mañana me decía a mí mismo reflexionando ante los datos, cómo sería una sociedad en la que el 32% de los jóvenes hubieran crecido de verdad y estuvieran fortalecidos en la fe, en la experiencia del Evangelio por haberse encontrado personalmente con Cristo. Imagino que sería de un impacto y de una fuerza de luz y de verdad admirables, de humanismo radical.
Así también con los adultos, incluidos los sacerdotes, si viviéramos nuestra fe más allá del marco de la cristiandad, de lo que parece reglado y de ley, de costumbre y de herencia. Me da la tentación de pensar que hoy no tenemos tanto que luchar por ser más sino por ser auténticos en medio de esta sociedad secularizada. Que la gracia de Dios nos acompañe en esta sociedad tan burguesa. Por ahora puedo deciros que, en mi nueva parroquia en una población de quinientos habitantes, según los datos de la encuesta, debe haber un joven de cada tres, de 18 a 29 años, que se identifique como católico, yo todavía los estoy buscando.
Alguno he conocido en alguna procesión y en algún acto litúrgico festivo, pero lo de crecer y robustecerse con identidad creo que está un poco lejos todavía. Yo por si acaso he comenzado con los pequeños abriéndonos juntos al evangelio y no dejo de sentir la llamada a ser yo más auténtico en mi fe y mi vivencia del evangelio.
Y recibo en canciones la inquietud y la búsqueda de lo humano, tan necesitados de que "recen por mí..."
José Moreno Losada
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EL REINO NO SE ANUNCIA SÓLO DESDE LOS AMBONES, SINO TAMBIÉN DESDE LOS ESCENARIOS, LOS DESPACHOS, LOS ANDAMIOS, LOS QUIRÓFANOS, LAS REDES SOCIALES Y LOS BANCOS DEL PARQUE

En esta hora en que los campanarios ya no marcan el pulso de la ciudad, en que las plazas se llenan de voces pero no siempre de sentido, el Espíritu Santo vuelve a descender, no en la bóveda de las catedrales, sino en las esquinas, en los cafés, en los grupos de WhatsApp y en los encuentros de barrio. Es Pentecostés otra vez, pero esta vez… en la calle.
Pentecostés no es el cierre de la Pascua: es su explosión. Es cuando el Espíritu irrumpe, no como brisa suave, sino como viento impetuoso que derriba los muros de nuestras rutinas eclesiales. Es cuando las lenguas de fuego no destruyen, sino que encienden, traducen, abren. Y es entonces, justo entonces, cuando comprendemos que no podemos seguir viviendo la fe por separado: religiosos por un lado, laicos por otro, comunidades dispersas como hojas sueltas de un mismo libro. Pentecostés nos empuja a encontrarnos, a escucharnos, a caminar juntos en la misma dirección. Porque el Espíritu no desciende sobre estructuras, sino sobre personas que se dejan conmover, incendiar, transformar.
Pero esta llamada sinodal no flota en el aire: pisa tierra. Y esa tierra tiene nombres concretos, rostros marcados por el sol y el desarraigo, historias cruzadas por la esperanza y el sufrimiento. En cada migrante por ejemplo que llega a nuestras costas, a nuestras ciudades, a nuestras parroquias, se repite el clamor de Pentecostés: “¿Cómo es que los oímos hablar en nuestra lengua?” ¿Quién les hablará si no nosotros? ¿Quién los escuchará si no la Iglesia? La vida religiosa, con su vocación de frontera, y el apostolado seglar, con su inserción en lo cotidiano, están llamados a ser un solo cuerpo que acoge, defiende y dignifica. No como gesto puntual, sino como misión compartida, nacida del mismo fuego y del mismo aliento.
Sí, un Pentecostés profético y laico, Un Pentecostés donde el fuego no cae sobre apóstoles distinguidos por las formalidades , sino sobre hombres y mujeres comunes que llevan la Palabra como semilla en los bolsillos del alma.
España, tierra de místicos y mártires, de Teresa y de Juan, de mármol y romero, necesita apóstoles con mochilas y zapatos gastados, no tronos ni púlpitos. El Espíritu no pide permiso para entrar en los platós, en los sindicatos, en los claustros universitarios, en las redacciones, en los hospitales, en los despachos de abogados. Y allí está el apostolado seglar, a veces ignorado, otras veces despreciado, pero siempre necesario, encarnado, valiente.
Este nuevo Pentecostés no divide lo sagrado de lo secular: lo fusiona, lo redime, lo enciende. Ya no se trata de que el laico “colabore” con la Iglesia, como si fuera un ayudante de segunda. El laico ES Iglesia, y su altar es la calle, su homilía la conversación, su liturgia la entrega diaria en medio del mundo.
No hay clericalismo en el que camina junto al mundo con los pies en el barro y la mirada en el Reino. No hay clericalismo cuando se escucha más de lo que se impone, cuando se acompaña en lugar de sentenciar, cuando se construye comunidad sin necesidad de ciertos títulos eclesiásticos con muchos sellos. El clericalismo muere allí donde el laico florece como testigo y no como delegado.
Porque lo que necesita España no es más poder religioso, sino más presencia significativa. No más privilegios, sino más encarnación. No más defensas ideológicas, sino más ternura profética. Un laico que hable en catalán, gallego o euskera, pero también en el idioma del sufrimiento, de la justicia, del compromiso, del arte, del silencio contemplativo que abraza sin imponer.
Es tiempo de un nuevo protagonismo, no para ocupar puestos de poder, sino para habitar los márgenes. No para parecer santos, sino para arder desde dentro. Pentecostés no fue un reparto de cargos, sino una explosión de sentido.
Ven, Espíritu Santo, y enciende en España el fuego del testimonio laico. Que nuestras universidades respiren Evangelio. Que nuestros barrios huelan a solidaridad. Que nuestras empresas se contagien de justicia. Que nuestros teatros, libros y canciones digan algo que sane, que abra, que salve.
Porque el Reino no se anuncia sólo desde los ambones, sino también desde los escenarios, los despachos, los andamios, los quirófanos, las redes sociales y los bancos del parque.
Y ese anuncio es tarea del laico.
José Luis Pinilla, sj
Religión Digital
PENTECOSTÉS NO ES SOLO UNA VIGILIA


Inicialmente en el pueblo Judío, Pentecostés fue una fiesta para dar gracias por la cosecha, es decir por la Vida. Podemos dar gracias por el Espíritu que nos habita siempre, hacerlo consciente y presente en nuestras vidas. El Espíritu animó y orientó siempre la vida de Jesús de Nazaret: su entrega a los otros y otras, su anuncio de una sociedad diferente fraterna y sorora, sus llamados al amor.
Cuando Jesús sintió que la hora de su muerte llegaba invitó a sus amigos y amigas a recibir el Espíritu que él les enviaba con una nueva fuerza. Ese Espíritu que ya los habitaba, debía hacerse fuerte en ellos y orientarles la vida en ausencia física de su Maestro y sus palabras. Los discípulos agobiados por el dolor, sintieron unos días después en medio de su duelo, que esa presencia de Luz, de Calor y de Vida les ardía en sus pechos y los llamaba a una nueva misión: llevar el mensaje evangélico a todos los rincones de la tierra.
La celebración de Pentecostés no puede ser simplemente un ritual, una noche de antorchas, velas, cantos. Este ritual adquiere todo su sentido en la medida en que responde a nuestra vida diaria, a nuestras relaciones y proyectos. Por ello el tiempo de Pentecostés, estas semanas post-pascuales, son una invitación a abrir espacio en nuestras vivencias y actitudes a la Energía de la Divinidad. Un Espíritu que nos llama a la unidad, que nos invita al amor, que nos motiva a la entrega. Es necesario hacer pentecostés en nuestros días, en cada hora, ante cada elección.
Ese Espíritu es también la Sabiduría que debe siempre acompañar cada elección en nuestros días. Pero la sabiduría sólo puede llegar en corazones que alberguen la humildad, la búsqueda, el deseo permanente de alcanzar nuevas metas y buscar nuevas sendas. El Espíritu no deja oír su voz en medio de consumos, ruidos, satisfacciones permanentes… La Sabiduría de Dios, su Energía de luz, nos habla en el silencio, en la pregunta que cada situación nos hace, en medio de la compasión y las entrañas de misericordia.
Dar gracias al Espíritu por su presencia en nuestras vidas es asumir la vida desde sus parámetros: Buscar el fondo de nosotros mismos, buscar la unidad inherente que constituye a los humanos, construir proyectos de hermandad universal, de acogida y encuentro. Hacer del ágape nuestro norte más último. Pentecostés sólo puede ser una fiesta en la Asamblea de creyentes si esa Asamblea busca actualizar en sus rutas las palabras y los hechos del Maestro Jesús de Galilea. Y esto, en medio de un mundo que tiende a la expoliación de los recursos naturales, a la explotación del hombre por el hombre, a la guerra que destruye masivamente y desdice cada día de Dios. Un mundo que se mueve entre la muerte… La Asamblea de creyentes puede celebrar Pentecostés si la Vida de todo ser sobre la tierra, es el centro de sus prácticas diarias.
TRINIDAD. BAUTIZÁNDOLOS EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO
fe adulta

A mediados de los años noventa, leí un texto sorprendente de la teóloga brasileña Ivone Gebara. El comentario del evangelio de hoy es fiel a esta intuición profética.
Hablar de la Trinidad como Padre, Hijo y Espíritu Santo es algo conceptual, abstracto, es un discurso en el que nos quedamos dándole vueltas pero no nos hace avanzar. Estos significados forman parte del dinamismo de la vida, cambian, se transforman y se adaptan a las nuevas situaciones a las que nos enfrentamos. Las relaciones: “tres personas distintas y un solo Dios”, que aprendimos de nuestros antepasados y tradiciones, podemos afirmarlas de otra manera de acuerdo con nuevas percepciones e intuiciones. Se trata de superar una visión jerárquica y teocéntrica del mundo para avanzar en profundidad.
Hablar de la Trinidad en esos términos nos remite a “códigos cifrados”, es decir, formulaciones que requieren ser abiertas y traducidas de nuevo. Son símbolos que se refieren a las experiencias de la vida que han sido olvidados o absolutizados, dentro de una teoría eminentemente masculina y que no conecta con nuestras experiencias de vida; por eso debemos hacer un esfuerzo de comprensión e interpretación diferente.
Una teóloga norteamericana[1], decía con ironía, que hemos reducido la Trinidad “a un anciano, un hombre joven y un pájaro”. Se trata de recuperar una experiencia de Dios más honda para que aflore su extraordinaria riqueza. Es preciso captar cuál es la experiencia fundamental que subyace de la afirmación cristiana de que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta perspectiva crítica no significa el menosprecio de nuestro pasado cristiano que, a pesar de las limitaciones y condicionantes humanas, ha intentado establecer relaciones de justicia, amor y misericordia entre pueblos y personas.
Es sabido que el número tres indica pluralidad; es símbolo de inagotable riqueza y universalidad. La vida es múltiple, diversa, creativa y en constante evolución. De ahí la simbología de la multiplicidad/unidad.
Pero, ¿a qué experiencia humana corresponde el discurso sobre la Trinidad?[2]
Cuando ahondamos en nuestra experiencia religiosa utilizamos un lenguaje y unas expresiones aprendidas de las que nos da mucho miedo prescindir pero que tienen poco que ver con las cosas de cada día. El reto está en expresar de forma sencilla y comprensible las experiencias que son realmente significativas para nuestra vida. En ellas es donde se expresa nuestra fe, nuestros amores y anhelos más profundos, nuestro compromiso, nuestra solidaridad. Suponen también reconocer el sufrimiento, la discriminación, la competitividad, la lucha por la supervivencia, el dolor de la diferencia, la ambición y los obstáculos que vamos poniendo en las relaciones humanas levantando barreras de todo tipo. Esa es nuestra experiencia.
A partir de ella imaginamos a Dios como diferente, superior a esa limitación que nos constituye. Buscamos un Dios Uno que unifique toda esa diversidad que nos desborda. La Trinidad es expresión de la dolorosa historia humana pero es una Trinidad unificada, como si fuese el deseo de armonía y comunión con todo lo que existe, como si fuera la expresión del mundo transformado en el cual toda lágrima será enjugada y finalmente Dios, o sea el Uno, el Amor, será todo en todos.
Por eso es preciso dar la vuelta a nuestra experiencia cotidiana para verificar en ella el fundamento de nuestra imagen de Dios. La Trinidad que amamos y veneramos nace de nuestra propia experiencia humana, de nuestras entrañas, aunque sea infinitamente mayor que ella. No es algo que está fuera de nosotros. Existimos en ese gran misterio divino explicitado en múltiples facetas lo que conocemos es sólo lo que experimentamos e intentamos interpretar buscando su sentido, su significado. En otras palabras, somos diversas manifestaciones de una única consciencia Divina. Presentimos una profundidad infinita, sin fondo. A ese fondo inagotable de nuestro ser se refiere la palabra Dios Trinidad.
Dios significa la fuente de nuestro ser, la profundidad última de nuestra existencia, el alma, la conciencia. En el fondo íntimo de cada persona se experimenta una apertura de su “yo” a un “tú” personal y al “nosotros” que surge de ese encuentro. Así llevamos impreso en el fondo de nosotros la imagen de la Trinidad. Lo que percibimos en nosotros/as no es sino un pálido reflejo de Dios, somos sus hijos e hijas y llevamos una señal que es trinitaria. “Nosotros/as no generamos la Luz, solo somos los rayos de ese gran Brillo” (K. Gibran).
Nos sabemos habitados y sustentados por una Presencia, por la permanente acción creadora de Dios en nuestro mismo ser. Es un presente que todo lo llena, todo lo abarca. Lo contemplamos desde la perspectiva del amor, del encuentro que nos nutre, que nos impulsa a experimentarle como familia, comunidad, don de sí, fuente de vida y de gozo, es Trinidad: Padre-Madre, Hijo y Espíritu Santo.
Todo ello me aleja de la tentación de crearme un Dios a mi medida, a mi antojo, que no me complique demasiado la vida, que no me cuestione mis propios argumentos, mis creencias… Dios Trinidad es vida, movimiento plural. No es un concepto abstracto, alejado de mi realidad, de nuestros anhelos más profundos, no es algo estático, inmutable. No es un ser separado sino el Misterio inefable que todo lo llena y en todo se manifiesta.
El reconocimiento de mi propia experiencia, de mi historia personal y colectiva, de mis fallos, de mis limitaciones me posibilita llegar a la experiencia de Dios en mí, en cada uno/a. Hemos sido creados a su imagen y semejanza, se nos invita a sumergirnos en el centro de la Trinidad y aprender a amar como Dios ama, como Jesús amó y dejarnos llevar por su Espíritu. Darnos cuenta de lo que Dios Trinidad es y lo que soy se identifica. Es el fundamento y la fuente de la mayor humanidad. ¿Lo vivimos?
Los últimos versículos del evangelio de Mateo son de los pocos textos que emplean la fórmula trinitaria. En ella se muestra la praxis cristiana de la primitiva Iglesia: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.
En definitiva, contemplar y seguir construyendo, aquí y ahora, Trinidad en el universo, en la tierra, entre pueblos y culturas, en las relaciones humanas, en cada persona…
¡Shalom!
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Mª Luisa Paret
[1] Sandra Schneiders
[2] I. Gebara, Teología a ritmo de mujer, San Pablo 1995
EL ESPÍRITU OS GUIARÁ HASTA LA VERDAD PLENA

Siempre que nos detenemos ante la Palabra, aunque no sea más que en el breve tiempo de una reflexión dominical, estamos dando una oportunidad al evangelio.
Dice san Juan en el texto que hemos leído que EL ESPÍRITU OS GUIARÁ HASTA LA VERDAD PLENA. ¿Qué quiere decir esto? Por muchas que sean las trampas, los engaños, las tergiversaciones, los bulos que nos inventemos, la verdad se abre paso en la vida. Porque la verdad, la coherencia, la limpieza de intenciones son cosas que siempre cautivan a los humanos, digamos lo que digamos. Aunque mintamos como bellacos, la verdad nos atrae.
Pero, a causa de nuestra debilidad, nuestro recorrido por la senda de la verdad es corto: nos cansamos, abandonamos, terminamos en la tiniebla de la mentira. Dice Jesús que el Espíritu hará en nosotros una obra increíble: nos llevará a la verdad plena. Ya aquí y desde ahora. ¿Es esto posible? ¿A qué verdad se refiere?
· A la verdad de ser uno mismo ante el otro: vivir sin engaño, tal como uno es, con sus valores y contradicciones. Y aceptarnos así, en esa desnudez.
· A la verdad de ser uno mismo ante Dios: con todas las preguntas e interrogantes, con todas las inquietudes. Vivir la verdad de un Dios que nos estimula y nos sosiega.
· A la verdad de ser uno mismo ante la sociedad: con tu participación y tus abandonos, con tu responsabilidad y tus traiciones.
Esta es la gran obra del Espíritu, algo que se está cociendo en las entrañas de la vida porque, más allá de toda mediocridad, hay personas que van en esa dirección de la verdad honda, misericordiosa. Vivir en esa verdad es hacerlo en honda humanidad.
Murió hace poco el expresidente de Uruguay, Pepe Mujica, un hombre coherente con la verdad de su vida; hablaba desde la verdad y la conciencia. Y eso nos fascinaba. Practicaba la coherencia, vivía como pensaba y sobre todo vivía como decía que pensaba. Mújica era verdad y, además, daba esperanza. Fue un señor que mostró que la verdad puede ser más poderosa que el dinero. Gente luminosa y veraz.
Circula por ahí una oración atribuida al Papa León XIV donde se dice: «Yo no vengo a ofrecerles una fe perfecta, vengo a decirles que la fe es una caminata, con piedras, con charcos y abrazos inesperados». Esa es la vida en la verdad ahondada del Espíritu de Jesús. No tomes todo esto por vanas teorías. Quizá se te está ofreciendo algo útil para tu alma.
¿ES NECESARIO CREER EN LA TRINIDAD? José Antonio Pagola
¿Es necesario creer en la Trinidad?, ¿se puede?, ¿sirve para algo?, ¿no es una construcción intelectual innecesaria?, ¿cambia en algo nuestra fe si no creemos en el Dios trinitario? Hace dos siglos, el célebre filósofo Immanuel Kant escribía estas palabras: «Desde el punto de vista práctico, la doctrina de la Trinidad es perfectamente inútil».
Nada más lejos de la realidad. La fe en la Trinidad cambia no solo nuestra visión de Dios, sino también nuestra manera de entender la vida. Confesar la Trinidad de Dios es creer que Dios es un misterio de comunión y de amor. No un ser cerrado e impenetrable, inmóvil e indiferente. Su intimidad misteriosa es solo amor y comunicación. Consecuencia: en el fondo último de la realidad, dando sentido y existencia a todo, no hay sino Amor. Todo lo que existe viene del Amor.
El Padre es Amor originario, la fuente de todo amor. Él empieza el amor. «Solo él empieza a amar sin motivos; es más, es él quien desde siempre ha empezado a amar» (Eberhard Jüngel). El Padre ama desde siempre y para siempre, sin ser obligado ni motivado desde fuera. Es el «eterno Amante». Ama y seguirá amando siempre. Nunca nos retirará su amor y fidelidad. De él solo brota amor. Consecuencia: creados a su imagen, estamos hechos para amar. Solo amando acertamos en la existencia.
El ser del Hijo consiste en recibir el amor del Padre. Él es el «Amado eternamente», antes de la creación del mundo. El Hijo es el Amor que acoge, la respuesta eterna al amor del Padre. El misterio de Dios consiste, pues, en dar y también en recibir amor. En Dios, dejarse amar no es menos que amar. ¡Recibir amor es también divino! Consecuencia: creados a imagen de ese Dios, estamos hechos no solo para amar, sino para ser amados.
El Espíritu Santo es la comunión del Padre y del Hijo. Él es el Amor eterno entre el Padre amante y el Hijo amado, el que revela que el amor divino no es posesión celosa del Padre ni acaparamiento egoísta del Hijo. El amor verdadero es siempre apertura, don, comunicación desbordante. Por eso, el Amor de Dios no se queda en sí mismo, sino que se comunica y se extiende hasta sus criaturas. «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Romanos 5,5). Consecuencia: creados a imagen de ese Dios, estamos hechos para amarnos, sin acaparar y sin encerrarnos en amores ficticios y egoístas.
CON RELACIÓN A NOSOTROS TRINIDAD ES UNIDAD TRINIDAD (C) Jn 16,12-15
fe adulta

De Dios ni podemos saber nada ni falta que nos hace. La necesidad de explicar a Dios es fruto de la racionalidad que siempre se identifica con mi falso yo. Tenemos que volver a la simplicidad del evangelio y utilizar un lenguaje sencillo, como hacía Jesús. Todo discurso sobre Dios tiene que ir encaminado a la vivencia, no a la razón.
“El Tao que puede ser expresado no es el verdadero Tao, el nombre que le podemos dar no es su verdadero nombre”. En nuestra teología hay una corriente apofántica que viene de muy lejos. San Agustín decía ya: si lo entiendes no es Dios. La analogía de la escolástica venía a decir lo mismo: todo lo digamos de Dios es literalmente falso.
Acudir a la revelación para justificar nuestro lenguaje sobre Dios no es más que una escapatoria pueril. Dios puede darse, pero no puede revelarse, porque es nuestra capacidad de comprensión la que falla, no la falta de información. Cualquiera puede vivir lo que Dios es, pero al meterlo en conceptos, esa vivencia queda desfigurada.
Pero, además, lo que la teología nos ha dicho de Dios Trino, se ha dejado entender por la gente sencilla de manera descabellada. Dios se manifiesta siempre como UNO. A nosotros solo llega la Trinidad, no cada una de las “personas” por separado. No estamos hablando de tres en uno, sino de una única realidad que es en sí misma relación.
Cuando se habla de la importancia que tiene la Trinidad en la vida cristiana, se está dando una idea falsa de Dios. Mi relación personal con Dios siempre será como UNO. En esta manera de hablar nosotros apropiamos a cada persona una tarea, pero todo en nosotros es obra del único Dios que es Espíritu.
Lo que experimentamos es que Dios es: Dios que es origen, principio, (Padre); Dios que se encarna (Hijo); Dios que se identifica con nosotros (Espíritu). Nos hablan de Dios que no está encerrado en sí mismo, sino que se relaciona dándose totalmente a todos y a la vez permaneciendo Él mismo. Un Dios que está por encima de lo uno y de lo múltiple.
Lo importante en esta fiesta sería purificar nuestra idea de Dios y ajustarla a la idea que de Él transmitió Jesús. Aquí sí que tenemos tarea por hacer. No podemos comprender a Dios, no porque sea complicado, sino porque es totalmente simple y nuestra manera de conocer es dividiendo y separando. Dios ni se puede ex-plicar ni com-plicar o im-plicar.
El Dios identificado con todos no es útil para ningún poder o institución. Pero debemos tomar conciencia de que ese es el Dios de Jesús. Ese es el Dios Espíritu, tiene como único objetivo llevarnos a la plenitud de la verdad-Vida, empujándonos a ser auténticos.
Lo que acabamos de leer del evangelio de Juan, es la experiencia de los cristianos que llevaban setenta años viviendo esa realidad del Espíritu haciéndose presente en la comunidad. Ellos saben que gracias al Espíritu tienen la misma Vida de Jesús.
Es el Espíritu el que haciéndoles vivir, les enseña lo que es la Vida. Esa Vida es la que desenmascara toda clase de muerte (injusticia, odio, opresión). La experiencia pascual consistió en llegar a la misma vivencia interna de Dios que tuvo Jesús.
FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
fe adulta
El ciclo litúrgico se abre con la venida de Jesús y culmina con la venida del Espíritu; el Padre está presente en todo momento. Es lógico que se dedique una fiesta en honor de la Trinidad. Para ella había que elegir textos que hablaran de las tres personas, al menos de dos de ellas. Pero no pretenden darnos una lección de teología sino ayudarnos a descubrir a Dios en las circunstancias más diversas. La primera, llena de belleza y optimismo, en los momentos felices de la vida. La segunda, incluso en medio de las tribulaciones, dándonos fuerza y esperanza. La tercera, en medio de las dudas, sabiendo que nos iluminará.
Dios presente en la alegría (1ª lectura)
Del Antiguo Testamento se ha elegido un fragmento del libro de los Proverbios que polemiza con la cultura de la época helenística: ¿cuál es el origen de la sabiduría? Para muchos, es fruto del pensamiento humano, tal como lo han practicado, sobre todo, los filósofos griegos. Frente a esta mentalidad, el autor del texto de los Proverbios afirma que la verdadera sabiduría es anterior a nuestras reflexiones y estudios; y lo expresa presentándola junto a Dios muchos antes de la creación del mundo, acompañándolo en el momento de crear todo.
¿Por qué se eligió esta lectura? San Pablo, en la primera carta a los Corintios, dice que Cristo es “sabiduría de Dios” (1,24). Y la carta a los Colosenses afirma que en Cristo “se encierran todos los tesoros del saber y del conocimiento” (Col 2,3). Este fragmento del libro de los Proverbios, que presenta a la Sabiduría de forma personal, estrechamente unida a Dios desde antes de la creación y también estrechamente unida a la humanidad (“gozaba con los hijos de los hombres”) parecía muy adecuado para recordar al Padre y al Hijo en esta fiesta.
Dios presente en los sufrimientos (2ª lectura)
Curiosamente, en este texto, que menciona claramente a las tres personas, los grandes beneficiarios somos nosotros, como lo dejan claro las expresiones que usa Pablo: “hemos recibido”, “hemos obtenido”, “nos gloriamos”, “nuestros corazones”, “se nos ha dado”. Él no pretende dar una clase sobre la Trinidad, adentrándose en el misterio de las tres divinas personas, sino que habla de lo que han hecho por nosotros: salvarnos, ponernos en paz con Dios, darnos la esperanza de alcanzar su gloria, derramar su amor en nuestros corazones. Para Pablo, estas ideas no son especulaciones abstractas, repercuten en su vida diaria, plagada de tribulaciones y sufrimientos. También en ellos sabe ver lo positivo.
Dios presente en las dudas (evangelio)
El evangelio, tomado de Juan, también menciona a Jesús, al Espíritu y al Padre, aunque la parte del león se la lleva el Espíritu, acentuando lo que hará por nosotros: “os guiará hasta la verdad plena”, “os comunicará lo que está por venir”, “os lo anunciará”.
Pienso que el texto se ha elegido porque habla de las relaciones entre las tres personas. El Espíritu glorifica a Jesús, y todo lo recibe de él. Por otra parte, todo lo que tiene el Padre es de Jesús. Tampoco Juan pretende dar una clase sobre la Trinidad, aunque empieza a tratar unos temas que ocuparán a los teólogos durante siglos.
Para entender el texto conviene recordar el momento en el que pronuncia Jesús estas palabras. Estamos en la cena de despedida, poco antes de la pasión. Sabe que a los discípulos les quedan muchas cosas que aprender, que él no ha podido enseñarles todo. Surgirán dudas, discusiones. Pero la solución no la encontrarán en el puro debate intelectual y humano, será fruto del Espíritu, que irá guiando hasta la verdad plena.
En la situación actual de la Iglesia, con problemas nuevos y de difícil solución, debemos pedir al Espíritu Santo que nos guíe “hasta la verdad plena”.
Reflexión final
En numerosas ocasiones, la liturgia repite la fórmula “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”. Es fácil caer en la rutina y rezarla mecánicamente. Hoy es el día más indicado para darle todo su valor, igual que a la recitación del Gloria, que se extiende en la alabanza del Padre y del Hijo (aunque al Espíritu solo lo menciona de pasada).
LA VERDAD PLENA Fiesta de la Trinidad 15 de junio Jn 16, 12-15

fe adulta
El ser humano se halla habitado por un anhelo irrenunciable de verdad. Sin embargo, con enorme facilidad, tiende a confundir la verdad con su propia opinión o creencia. Olvida que la verdad no puede ser nunca un concepto o una creación de la mente. La verdad es una con la realidad.
La mente construye mapas y elabora criterios de autenticidad, que son válidos para el mundo fenoménico, de las formas u objetos. Pero no es herramienta adecuada para alcanzar la verdad de la que hablamos aquí. Por eso, cuando pretende alcanzarla o definirla, cuando presume de poseerla, convierte a la misma verdad en un objeto más, en una mera creencia.
La verdad se revela en el silencio de la mente. Y se verifica en la propia práctica de ese silencio. Al iniciarte en él, lo primero que emerge es la riqueza del no-pensamiento y la sabiduría del no-saber. Y, con ellos, una radical apertura, admiración, gratitud, sorpresa y respeto.
Poco a poco, al mantener la atención en el silencio, descubres que no es “algo” -un objeto más junto a otros-, sino eso que sostiene todos los sonidos y todos los ruidos, materiales, mentales y emocionales. Todos estos cambian constantemente; el silencio es lo único que permanece.
Al perseverar en la práctica, se te regala ver que el silencio tampoco es “algo” que tú haces o puedes dejar de hacer. Le prestes o no atención, el silencio es lo que es, lo que siempre permanece. Y, con más admiración aún, se te hace evidente que tu yo se hace a un lado, como si dejara de existir, y que tu verdadera identidad es, precisamente, silencio consciente. Eso es lo que eres, y sabes que esa es la verdad plena…, por más que, al darle forma de pensamiento o de palabra, ya la has convertido en otro mapa más.
PADRE, PALABRA Y VIENTO Jn 16, 12-15
fe adulta


«Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa»
En Nicea, un grupo de teólogos presuntuosos creyó poder meterse en la esencia de Dios y proclamó el dogma de la Santísima Trinidad. Abandonaron el estilo de Jesús, pensaron que con la razón podían acceder a la intimidad de Dios y se equivocaron; porque de Dios solo conocemos lo que Él nos ha dicho de sí mismo por medio de Jesús.
Además, el misterio de la Santísima Trinidad, tal y como está formulado, nos resulta a algunos muy poco interesante, y la razón es doble; por una parte, porque tanta erudición nos desborda, y por otra, porque no nos ayuda a vivir. No obstante, si trascendemos su formulación dogmática podremos descubrir la raíz evangélica que en él subyace, ya que en Jesús hemos descubierto que Dios es para nosotros Palabra, Padre y Viento.
Palabra. El punto de partida es siempre Jesús, porque el quicio fundamental de quienes nos llamamos cristianos es creer en Jesús visibilidad de Dios sin poner en duda su humanidad. Dios se nos da a conocer en Jesús y se comunica con nosotros a través de Jesús y, por tanto, creer en él es creer que, no solo sus dichos, sino toda su vida, son “Palabra de Dios”
Padre. Pero hay más, porque cuando le escuchamos hablar de Dios –es decir, cuando Dios nos habla de sí mismo a través de Jesús– nos quedamos asombrados, porque no menciona ninguna de las cualidades maravillosas que siempre le habíamos atribuido, sino que nos habla de Abbá; “el Padre” que sale cada atardecer a esperar a su hijo perdido.
Viento. Y cuando le vemos dedicar su vida a enseñar y curar sin descanso, o le vemos rodeado de multitudes que le siguen fascinadas, o escuchamos sus criterios poderosos de vida, o le vemos capaz de llegar hasta las últimas consecuencias por fidelidad a su misión… creemos que en Jesús sopla un viento irresistible, el “Viento de Dios”, el Espíritu de Dios que impulsa a la humanidad y actúa en cada uno de nosotros.
Mirando a Jesús vemos pues que Dios es el Padre con quien podemos contar, la Palabra que nos guía por la vida y el Viento que nos ayuda a caminar. Padre, Palabra y Viento. Dios se comunica con nosotros –Palabra–, actúa en nosotros –Espíritu– y es nuestro Padre –Abbá–. Y esto significa que Dios no es un ser misterioso e insondable, sino un sembrador que esparce la semilla de la Palabra continuamente y nos alienta en nuestro caminar por la vida.
Y esto es magnífico, porque ese dogma incomprensible y aparentemente estéril que pensábamos que no nos interesaba nada, se convierte en algo importante para nosotros, porque este conocimiento de Dios orienta nuestra vida, nos permite caminar correctamente por ella y, en consecuencia, es fuente de seguridad y estímulo.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
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