FUNDADOR DE LA FAMILIA SALESIANA

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COLEGIO SALESIANO - SALESIAR IKASTETXEA

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miércoles, 20 de marzo de 2024

EL PAPA, A LA SEMANA SANTA DE MÉRIDA: "NO ES UN ESPECTÁCULO, ES UNA PROCLAMACIÓN DE NUESTRA SALVACIÓN, POR ESO DEBE DEJAR HUELLA"


col martell

 

"'Abrir' y 'salir' es lo que se nos pide en la Semana Santa, abrir el corazón y salir al encuentro de Jesús y de los demás y también para llevar la luz y la alegría de nuestra fe. ¡Salir siempre!". Es el mensaje central del videomensaje del Papa Francisco a los cofrades de la Semana Santa de Mérida. Una Semana Santa que el mismo Papa dice que es "única en el mundo", entre otras cosas, porque se celebra "en escenarios de más de 2.000 años de antigüedad, contemporáneos a los que Cristo sufrió la pasión".

Videomensaje del Santo Padre 

Queridos Cofrades de Mérida, 

queridos emeritenses, 

hermanos y hermanas: 

Gracias por permitirme formar parte del Pregón de vuestra Semana Santa, única en el mundo,  porque muy pocas ciudades pueden revivir estos días que cambiaron la historia de la humanidad en escenarios de más de 2.000 años de antigüedad, contemporáneos a los que Cristo sufrió la pasión. 

Este año, cuando asista al rezo del Vía Crucis junto al Coliseo de Roma, tendré presente que  vosotros también lo estaréis celebrando en el impresionante Anfiteatro Romano de Mérida, que  congrega a tantos fieles de todo el mundo. 

Ustedes se encuentran también en pleno Año Jubilar Eulaliense, con el que honran la figura  de la niña mártir Santa Eulalia, cuyo culto convirtió a Mérida en cuna del cristianismo hispano y  destino de peregrinaciones a lo largo de la historia. 

Recuerdo perfectamente cuando el arzobispo de Mérida-Badajoz, D. Celso Morga, el alcalde  D. Antonio Rodríguez Osuna y el presidente de la Asociación de la Mártir Santa Eulalia, Luis Miguel González vinieron a Roma para explicarme todos los proyectos que están poniendo en marcha en este importante año jubilar. 

Me dirijo ahora a todas las Hermandades y Cofradías de Mérida, a todas, que durante todo el  año trabajan para contribuir a que la Semana Santa deje huella, huella indeleble y permanente en las  vidas de todos los que contemplan las Estaciones de Penitencia. No es un acontecimiento de  espectáculo, es una proclamación de nuestra salvación, por eso debe dejar huella. 

En el mensaje para la Cuaresma de este año recordaba que en la Semana Santa es necesario  dedicar tiempo para la oración, para acoger la Palabra de Dios, para detenerse como el samaritano  ante el hermano herido: "El amor a Dios y al prójimo es un único amor. Delante de la presencia de  Dios nos convertimos en hermanas y hermanos y percibimos a los demás con nueva intensidad”; en  lugar de figurarnos que son enemigos y separarnos cada vez más.  

La Semana Santa es un tiempo de gracia, no lo olvidemos, es un tiempo de gracia, que el  Señor nos da para abrir las puertas de nuestros corazones, de nuestras parroquias, de nuestras  cofradías. “Abrir” y "salir" es lo que se nos pide en la Semana Santa, abrir el corazón y salir al  encuentro de Jesús y de los demás y también para llevar la luz y la alegría de nuestra fe. ¡Salir siempre!  

Y hacer esto con amor y con la ternura de Dios, con respeto y paciencia, sabiendo que nosotros  ponemos nuestras manos, nuestros pies, nuestro corazón, pero que es Dios el que nos guía y nos  marca el camino.  

Queridos hermanos y hermanas emeritenses: rezo por ustedes, especialmente por las familias  que tienen algún ser querido enfermo, por los que se encuentran solos, por los necesitados, por quienes  pasan apuros económicos, y también por los jóvenes, que sois el presente y el futuro de las Cofradías  de Mérida. 

Les deseo una Semana Santa llena de frutos bajo la protección de Santa Eulalia y les envío mi  Bendición y les pido, por favor, que no se olviden de rezar por mí. ¡Muchas gracias! 

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO, UN CANTO A LA VIDA Y AL UNIVERSO


col koldo

 

La conmemoración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús nos invita a penetrar en el Misterio de Cristo. En su vida histórica, Jesús nos reveló que Dios es “Abba”, Padre y Madre, que ama con infinita ternura a este mundo, que está al lado de los pobres y de la humanidad sufriente, un Dios de misericordia y de perdón. Proclamó que Dios no es monopolio de Israel ni de ninguna religión, sino un Dios universal (Mt 25,31ss). Nos enseñó que todos los hombres y mujeres somos hermanos.  Él “pasó por el mundo haciendo el bien”, sanando enfermos, liberando a los oprimidos, consolando a los afligidos, sirviendo, amando y entregando su vida.  Convocó a una conversión interior para reconstruir la armonía entre todos los seres humanos, con Dios y con la naturaleza. Anunció un nuevo estilo de vida basado en la justicia, la libertad, el amor y la fraternidad universal al que llamó Reino de Dios. Su pasión fue hacer presente este Reino de amor en el mundo. Por eso denunció con fuerza todo aquello que se opone al plan de vida de Dios para la humanidad.

Las autoridades religiosas y políticas de Israel lo consideraron como un hombre subversivo, peligroso para sus intereses (Lc 23.2-3). Lo persiguieron y le dieron muerte en la cruz (Mc 3,6; Jn 11,49-54 y 18,2-3). 

La pasión y muerte de Jesús no solo es un acontecimiento histórico, sino que se nos hace presente hoy en la humanidad sufriente. Da sentido a la pasión de tantos hombres, mujeres y niños que en todo el mundo son víctimas de la injusticia, de la guerra y del hambre. No podemos olvidar la muerte de los más de 15.000 niños y niñas masacrados en Gaza y en toda Palestina por el ejército israelí y en todas las guerras de la historia a causa de la ambición de los poderosos y de sus intereses geopolíticos y económicos. La sangre derramada a lo largo y ancho de la tierra corre por las venas de la historia. Sangre de masacrados en todas las conquistas, sangre de indígenas de la Amerindia, sangre de esclavos negros de África, sangre de los asesinados en los campos de concentración nazi…, sangre de mártires que dieron su vida por una causa justa. ¡Cuánto sufrimiento de gente inocente! ¡Y cuánta indiferencia en un mundo anestesiado por el dinero y el confort!

Jesús asumió todo este sufrimiento en la cruz, hasta tal grado que le llevó a exclamar: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46). Este es el grito de la humanidad sufriente a lo largo de la historia y también de la naturaleza explotada, saqueada y degradada. Toda la creación estaba con Jesús en la cruz.

Jesús expresa un sentimiento profundo de abandono, de rebeldía y casi de desesperación. Da la impresión de que Dios está ausente. Jesús, impotente y moribundo, pregunta ¿por qué?  ¿Dónde está Dios? La resistencia humana ante el sufrimiento llega a su límite y estalla en un grito que suena a desconsuelo. Le grita a Dios. Y en su angustiosa desesperación le interroga ¿por qué?, ¿por qué este sufrimiento injusto? Es una pregunta profundamente desgarradora. Jesús muere sin respuesta. Es la expresión más trágica de la humanidad sufriente. Su grito es el grito de todos los oprimidos, perseguidos y masacrados a lo largo de los tiempos, ¿Por qué? ¿Dónde está Dios?

En este grito desgarrador, “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, que expresa un sentimiento de abandono, soledad y tristeza de muerte, Jesús carga con el sufrimiento de todos los seres humanos y de todos los seres de la creación. Se hace solidario con ellos.

A este angustioso gemido de muerte, Dios respondió resucitando a Jesús, constituyéndolo en el sentido de la vida, de la historia de la humanidad y de todo el universo. Jesús vivo y resucitado es el Cristo cósmico. Toda la creación canta la victoria de Cristo sobre la muerte, anticipación de la plenitud de la vida. Nuestro destino individual es parte del destino universal de toda la creación. San Pablo presenta a Cristo como el alma del universo. “Todo fue hecho por él y para él”. El universo gime y sufre dolores de parto, anhelando su liberación y plenitud. Y no solo el universo, sino nosotros mismos gemimos interiormente esperando la liberación, desde cada persona hasta la más lejana estrella del universo (Ro 8, 22-24).

Por la Encarnación, Cristo se insertó en la humanidad y en el universo que la contiene. Cristo resucitado posee un cuerpo cósmico extendido por todo el cosmos. De ahí que su resurrección nos inyecta una conciencia cósmica y nos hace sentirnos ciudadanos del universo, hermanos y hermanas de toda la creación.

La resurrección de Cristo nos hace tomar conciencia de que todos los seres de la creación son nuestros hermanos. Las galaxias y estrellas que brillan en la noche en la bóveda celeste, el sol que ilumina de día nuestro planeta Tierra, con todos los seres de la naturaleza, montañas, volcanes y mares, ríos y lagos, árboles y plantas, selvas y desiertos, animales del campo, aves y peces, son nuestros hermanos. Pero, sobre todo, la fraternidad la vivimos de una manera efectiva y afectiva cuando abrirnos el corazón a todos los hombres y mujeres de la tierra, más allá de fronteras, nacionalidades, color de la piel, culturas o credos y acogemos y servimos a quienes nos necesitan.

La vivencia de Cristo resucitado nos compromete a ser hombres y mujeres nuevos que han optado ser como Jesús, quien pasó por el mundo haciendo el bien. Nos compromete a luchar por otro mundo diferente, profundamente humano, respetuoso con la diversidad, libre de armas, de guerras y de hambre, un mundo de igualdad, de reconciliación, paz y fraternidad universal, como señala Francisco en la Fratelli tutti.

Esta mística cósmica nos posibilita contemplar el mundo y todos los acontecimientos que envuelven nuestras vidas y la historia con una visión trascendente, de esperanza y de adoración, como canta Teilhard de Chardin en el Himno del Universo.

El Cristo cósmico, vivo y resucitado, presente en toda la creación aviva nuestra esperanza de encontrarnos, en la plenitud de la vida histórica, en un alegre y eterno amanecer con la Fuente infinita de Energía y de Luz, de Vida y Sabiduría, de Belleza y Amor, en el corazón de Dios.  

Laudate omnes gentes, laudate Deum

SOMOS LA ÚLTIMA GENERACIÓN


 

El pasado año empecé a hacer pequeños acercamientos a dos siglas que en poco tiempo se han puesto tan de moda que aparecen por todos lados: I.A y ChatGPT. Te asaltan en pantallas grandes y pequeñas, en conversaciones con amigos o familia y en el periódico de papel que de vez en cuando me compro.

Parece que el futuro se concentrara en estas dos siglas. Aunque no me atrae lo más mínimo, mi curiosidad por saber de qué va esto me pone en disposición para aprender y poder hacer crítica constructiva, o ya iré viendo.

¿Qué significa I.A.?: Inteligencia Artificial.

En principio me provoca un gran silencio interior. Prefiero no adelantarme. Dudo hasta del título. La inteligencia, si lo es, no concibo que sea artificial.

¿Qué significa ChatGPT? Aquí la cosa se complica.

Tuve que ir a Wikipedia, que dice que es “un sistema de procesamiento de lenguaje natural llamado “Generative Pre-trained Transformer”. De forma muy resumida explica que es algo así como que vamos a conversar de tú a tú con máquinas, de una forma tan natural como si fuera un humano.

El tema me supera y además no me lo creo. Pero lo seguiré intentando.

Mientras mi cabeza daba vueltas sobre estos temas me vino un pensamiento que me sobresaltó: “Creo que los que nacimos en el siglo pasado, entre los años 50 y 70, somos la última generación que va a dejar rastro en documentos escritos. Hay que preservarlos, aunque sea como una antigüedad”. Fin del pensamiento.

Quiero aclarar que aunque continuo con el acercamiento a estos temas,  yo sigo a lo mío y con mis convicciones. Una de ellas es hacer copias en papel de lo que me interesa conservar al viejo modo. No soy creyente de “La Nube”, soy agnóstica total. No me fío.

Anoté en un papel el pensamiento y como curiosidad diré que por detrás tenía escrita la lista de la última compra del supermercado. Y aquí estoy ahora compartiendo con quien siga conectado a este texto desde su ordenador o su móvil. Vamos, lo que vivimos día a día.

Quizás mi interés por preservar documentos escritos sea mi ofrenda a la cultura del tiempo que me ha tocado vivir. Que sepan de nosotros en futuros lejanos. ¿Es ingenuo? No sé. Ando confusa.

En realidad he dejado un tiempo para seguir pensando y me ha venido el recuerdo de Uno que no dejó nada escrito en pergamino, aunque desde luego sabía escribir. La religión de su pueblo enseñaba a los niños a leer y escribir a partir de los cinco años en diferentes etapas. Las niñas no recibían esta formación. Más de lo mismo en tantas culturas incultas.

Los que le seguían nos cuentan que, en un episodio complejo y violento bien conocido, “se agachó y escribía con su dedo en tierra” (Jn 8, 1-8).

Escribió en un espacio que el aire o las pisadas borrarían. Escribió algo que nadie sabe pero que seguramente tenía que ver con la encerrona que le estaban montando los que no consentían que se moviera ni una coma de la ley escrita.

¿Escribiría “perdón”? ¿Escribiría “justicia”? ¿Escribiría “compasión”? No sabemos, pero los juzgadores agacharon la cabeza, se escabulleron disimulando tras escuchar la sentencia, no escrita sino sonora: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Y agachándose otra vez, continuó escribiendo en el suelo”.

¿Escribiría quizás “liberación”? Nunca lo sabremos. Lo que si podemos saber es que unos se retiraron con más peso del que trajeron; y ella, la mujer que iba a ser lapidada, se fue con la experiencia del perdón y la recomendación de vivir la vida de una forma ágil, sin el fardo aplastante que ya sabemos.

¿Cómo salté de la I.A. y el ChatGPT hasta este texto del evangelio de Juan?

No sé, pero lo que sí sé es que no se tejerán relaciones de perdón, justicia, compasión y, en definitiva, de amor al otro, “conversando de tú a tú con máquinas, de una forma tan natural como si fuera un humano”. Porque no tiene nada de natural, es un “corta-pega” tecnológico.

Creo que Tú escribiste en la tierra sin importarte que desapareciera lo escrito, porque lo que decías quedaría grabado en los corazones, de tal forma que ni el viento ni las sandalias podían hacerlo desaparecer.

No obstante me siento agradecida a quienes fueron dejando por escrito lo que Te escuchaban. Por ir tomando notas de lo que decías y hacías por los caminos, sabiendo que no era ni mucho ni todo.

Ellos dieron testimonio de que “otras muchas cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, (…) en el mundo entero no cabrían los libros que podrían escribirse” (Jn 21, 25)

Tu palabra sigue viva y vigente para quien la acoja a través de la lectura y la meditación, respondiendo en la oración y abriéndose a Tu encuentro en la contemplación. También en las obras de cada uno, inspiradas en Tu enseñanza, que escriben la historia a compartir cada día con quienes nos rodean y más allá.

 

Mari Paz López Santos

18 marzo 2024 -  V Lunes de Cuaresma

XAVIER MORLANS: "EL CELIBATO NO ES UN ELEMENTO CONSTITUTIVO DEL SACERDOCIO"


col koldo

 

Pocos días después de haber presentado De cero a Dios en 55 días (Albada), un curso de iniciación a la experiencia cristiana, Xavier Morlans (Llinars del Vallès, 1949) ya espera la llegada inminente a las librerías de una otra obra suya: Capellans cèlibes, capellans casats, dos pulmons per a una Església sinodal  (Curas célibes, curas casados. Dos pulmones para una Iglesia sinodal), publicada por la editorial Claret.

Con este nuevo libro, escrito en unos pocos meses, pero “cocinado mentalmente” durante los últimos veinte años, el cura y teólogo aprovecha el momento de discernimiento eclesial colectivo que supone el Sínodo 2021-2024 para aportar sus razonamientos sobre el celibato opcional de los sacerdotes católicos. Y lo hace, asegura, con la voluntad de colaborar en ese gran proceso de reflexión que culminará en Roma el próximo mes de octubre.

¿Qué idea quiere reflejar el subtítulo: Dos pulmones para una Iglesia sinodal?

La expresión de los dos pulmones la utilizó Juan Pablo II para decir que la Iglesia católica tiene un pulmón occidental y también uno oriental. La tradición de Oriente da más importancia al papel del Espíritu Santo y ha conservado determinados acentos y sabiduría que ayudan al cristianismo de una manera más completa. En Occidente, a menudo preocupa más la precisión conceptual y el sentido romano de la ley; en cambio, en Oriente, la ley no la ven tanto como una obligación que si no cumples implica castigo, sino como una utopía, un horizonte hacia el que debemos avanzar, sabiendo de antemano que somos limitados y pecadores por naturaleza.

¿Cómo sería esto, aplicado a los sacerdotes?

Por un lado, tenemos el pulmón del cura célibe, dedicado en cuerpo y alma a la comunidad. Y por otra, el pulmón del cura casado, que ya existía desde los inicios del cristianismo y existe actualmente en las iglesias grecocatólicas fieles a Roma, minoritarias en países del este como Hungría, Rumanía o Ucrania, donde los curas pueden contraer matrimonio antes de ser ordenados.

¿Qué pueden aportar los curas casados que no puedan los célibes?

Aportan sobre todo otro tipo de afinidad y sensibilidad al ejercicio del sacerdocio. Por eso hablo de dos pulmones que se complementan. Nosotros, como personas, necesitamos dos pulmones para respirar bien. Y esto, aplicado a la Iglesia católica, nos sugiere que quizás podríamos respirar mejor con la combinación de los curas célibes y de los curas casados.

El libro parte del reconocimiento sincero de las vidas de tantos sacerdotes que viven el celibato positivamente y con una dedicación total al servicio del Pueblo de Dios. ¿Cree que éste es un factor no siempre bien valorado?

Creo que se valora bastante bien. Lo que pretendo es dejar bien claro que valoro mucho a mis compañeros curas que viven su celibato asumido positivamente y al servicio de la gente. Por eso he puesto de antemano esta idea. No quiero que parezca que, porque he escrito un libro defendiendo la posibilidad del celibato opcional, estoy despreciando a los presbíteros célibes de la Iglesia católica de ritos latino, en la que todos somos célibes excepto los doscientos curas que dejaron la Iglesia anglicana y fueron acogidos en la católica con sus esposas.

La argumentación que despliega en este ensayo, como bien sabe, genera reacciones contrarias en ambientes en los que se ven con recelo sus ideas sobre el tema. ¿Cómo lleva esto?

Intento vivir aquella bienaventuranza que dice: “Dichosos quienes trabajan por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Entonces, me siento parte de una cadena inmensa de hombres y mujeres que han sido incomprendidos, criticados, por despertar la sensibilidad de la sociedad hacia unos derechos de las personas que hasta entonces habían sido ignorados.

El pontificado de Francisco cumple once años. En todo este tiempo, muchos han aplaudido sus reformas, pero también otros muchos lo han criticado con dureza, como el grupo de curas que aseguraban rezar mucho por el Papa para que "pueda ir al cielo lo antes posible”. ¿Qué piensa de este tipo de actitudes dentro de la Iglesia?

Hacer este libro me ha obligado a repasar la historia de la Iglesia, y en este proceso he descubierto que siempre ha habido tensiones entre las distintas formas de entender la doctrina y el papel de la Iglesia en la sociedad. Lo que ocurre ahora es que, con Internet y las redes sociales, estas polarizaciones son más abiertas, tienen más difusión.

¿Qué más puede avanzarnos del libro?

El libro parte de un hecho que es comúnmente aceptado por toda la doctrina de los papas y de los concilios, y es que el celibato no es un elemento constitutivo ni una exigencia dogmática interna del sacerdocio: es una conveniencia para que aquel que se haga presbítero pueda dedicar todas sus energías a la comunidad. Entonces, lo que defiendo es que hay otra afinidad más allá del celibato, que es la que se daba en las primeras comunidades cristianas. En este sentido, es muy correcto que un cristiano que ha demostrado ser fiel a su esposa y que ha logrado transmitir la fe a sus hijos y gobernar la casa, pueda ser ordenado cura. Son dos conveniencias, distintas entre sí, pero afines a la misión que es propia de los pastores.

En este sentido, usted hace énfasis en un argumento contundente a favor de la admisión de hombres casados en el presbiterado, que son los 9.000 curas católicos casados ya existentes, curas de las Iglesias orientales —grecocatólicas— que permanecieron fieles a Roma cuando los ortodoxos se separaron.

En efecto. Éste es un argumento que se desconoce, que se olvida, pero hay que reconocer que estos miles de curas llevan adelante unas misas y unas actividades pastorales tan evangélicas y eficaces como las de los casados.

 

Jordi Pacheco

Religión Digital / Flama

DEL REINO DE DIOS A LA IDOLATRÍA DEL DINERO: ¿QUÉ HA PASADO?


col kowalski

 

¿Qué ha pasado en nuestra historia para que ese proyecto del Reino de Dios se haya desdibujado y la idolatría del dinero tenga una gran relevancia en la vida diaria eclesial? El conflicto dentro de la Iglesia se encuentra que hay una Iglesia que quiere vivir desde el Reino de Dios y otra Iglesia que hace del dinero su Dios. Es el conflicto entre los que creen que “no se puede servir a Dios y al dinero” y los que sin negar esta máxima evangélica actúan afirmando  que el dinero es lo primordial. Es el conflicto entre lo que reafirman que amando al hermano y la hermana se ama a Dios y los que afirman que a través del dinero se ama a Dios. Es el conflicto en los que ven a Dios en los empobrecidos y los que ven a Dios en la cuenta de resultados, en las construcciones y en las complicidades con los poderosos. No podemos negar que participamos de esa idolatría del dinero, estando la diferencia que unos lo ven como un pecado y otros los ven como una bendición de Dios.

El proyecto vital de Jesús fue el Reino de Dios, un reino de justicia, fraternidad, reconciliación, paz, misericordia, libertad, responsabilidad y compasión. Un reino que había que comunicarlo no solo con el mensaje, sino con la propia vida y ahí estaba y está la credibilidad en juego, porque sin coherencia no hay aceptación de esa persona que nos escucha. Si hablamos de que tenemos que ser buena noticia para los pobres, no podemos dedicarnos a construir retablos de gran valor económico o mantos de oro o plateados para las imágenes de la Virgen. Si decimos que tenemos que estar al lado de los empobrecidos, de las víctimas de la historia, no podemos estar al lado de los enriquecidos, los verdugos de la historia.

Se oye poco la expresión ‘Reino de Dios’ y se oye mucho el término ‘Iglesia’. Se oye más la palabra ‘obispos’ que la palabra ‘pobres’. Y, la pregunta es por qué y la respuesta, en gran parte, la encontramos en la idolatría del dinero. Un reflejo de esto es el hecho de que muchos sacerdotes no quien ir a parroquias que se denominan marginales o rurales y prefieren “parroquiones”, donde se mueve mucho dinero y son parroquias consideradas de mucho prestigio. 

En el inicio, Jesús dijo a sus discípulos que no llevaran muchas cosas, solo las necesarias, y que no cayeran en la tentación del poder como hacían los poderosos, sino que  siempre fueran los últimos y al servicio de la gente. Nosotros nos hemos llenados de objetos y de poderes que se ha reflejado en cuestionar el proceso abierto del sínodo por el papa Francisco.

"¿Qué podemos responder ante la pregunta de si hemos convertido los templos en espacio de mercado más que de oración, de encuentro personal y comunitario con Jesucristo?"

Cuando Jesús va a orar a la casa de su Padre (Juan 2, 13-35) y se encuentra todo un mercado  de ventas de bueyes, ovejas y palomas y un sistema financiero, los cambistas, arremete contra ellos expulsándolos y acusándolos de haber convertido un lugar der oración en “una cueva de ladrones”. ¿Qué podemos responder ante la pregunta de si hemos convertido los templos en espacio de mercado más que de oración, de encuentro personal y comunitario con Jesucristo? Lo dejo en abierto para que cada uno lo responda como considere.

Antes de concluir, quería traer aquí un hecho que fue muy doloroso. Fue en un momento de gran sufrimiento para muchas familias que eran desahuciadas por los banqueros y banqueras, –los bancos son edificios, no pueden desahuciar-, que les destruían sus hogares y sus vidas y ante esta situación la Conferencia Episcopal Española guardó un silencio atronador. Los sindicatos policiales, sectores de la magistratura, hasta el sindicato de cerrajeros, pedían que se suspendieran los desahucios y se consideraran un problema social, no judicial. La Conferencia Episcopal Española no decía nada, porque no quería molestar a los banqueros y banqueras, no quería denunciar la crueldad de un sistema que recibió miles de millones de euros para tapar sus deudas provocadas por su avaricia, codicia y ambición de poder. Con su silencio se hizo cómplice.

En este sentido, se creó la Fundación Madrid Vivo vinculada a la Iglesia aunque se declare aconfesional y formada por los grandes empresarios y empresarias; de nuevo la idolatría del dinero en su máxima expresión. Aquí estaban los grandes banqueros y banqueras. Jesús de Nazaret volvería a decir no convirtáis la casa de mi Padre en una cueva de ladrones. Menos mal que el papa Francisco en el Primer Encuentro de Movimientos Populares apoyó a todos los movimientos que luchan por el derecho a la vivienda, al techo.

Tenemos que recuperar no solo el término Reino de Dios, sino también el compromiso con este reino que es utopía y esperanza para un mundo desgarrado y roto por tanto dolor causado por la inhumanidad que nace de la idolatría del dinero.

 

Joaquín Sánchez, sacerdote

Religión Digital

REPENSAR EL CRISTIANISMO


col anso

 

Tienes en tus manos un pequeño gran libro, profundo y sencillo, interesante y ágil, crítico y exquisitamente respetuoso, lleno de información y lucidez. Cada capítulo, tan breve como sustancioso, me parece magistral en su sencillez: claro, ágil, sobrio, bello.

Es un libro de plena actualidad, a pesar de lo que pudiera parecer por el tema del que trata: repensar el cristianismo. Repensar el cristianismo –sus formulaciones históricas, sus dogmas, ritos y cánones, todas sus instituciones, y también sus geniales y potencialmente inspiradoras intuiciones de fondo–, repensarlo desde nuestros grandes desafíos éticos, políticos, culturales, repensarlo todo, desde la A hasta la Z, de manera crítica, aconfesional y libre, me parece una tarea necesaria y fecunda para hoy. Es lo que se propone el autor, y lo hace excelentemente.

Si el propio término religión proviene –así lo enseñó el sabio y crítico Cicerón (s. I a.C.)– del latín relegere (releer críticamente, mirar y remirar a fondo, reinterpretar sin cesar), ¿no sugiere su propia etimología que el hecho religioso surge en el fondo de la contemplación profunda, desapegada y crítica de los signos –el misterio, la belleza, el drama– de la realidad en su conjunto? ¿Y si la “relectura” es su origen no habrá de ser su destino permanente? ¿La religión, para serlo en su sentido más profundo y verdadero, no habrá de acompañarse de una reinterpretación constante de toda creencia, fórmula y forma religiosa precedente? ¿No hicieron eso todas las figuras de sabiduría profunda, religiosas o no?

Así lo hicieron, en una época de hondas transformaciones culturales que K. Jaspers calificó como “tiempo eje” (entre los siglos VIII y III a.C.), Confucio y Laozi en China, Buda y Mahavira en la India, Zoroastro en Irán, los profetas de Israel, los grandes pensadores presocráticos de Grecia (Parménides, Pitágoras, Heráclito, Tales…). Así lo hizo Jesús, crítico de la religión legalista, profeta de la misericordia sanadora. Así lo han hecho desde entonces, a lo largo de estos 2000 años, las y los testigos mejores de su Buena Noticia liberadora. Al alto precio de ser declarados e incluso quemados en la hoguera, fueron fieles al espíritu que animaba la tradición cristiana y lo liberaron de las formas rígidas del pasado para que pudiera inspirar el presente.

Es lo que el Espíritu o la espiritualidad reclama hoy de las religiones establecidas. Hoy más que nunca, pues nunca los grandes sistemas religiosos, desde su origen hace unos 7.000 años hasta hoy, han conocido una crisis tan radical y general como vemos: la cosmovisión (dualista, fixista, antropocéntrica), la antropología, las categorías lingüísticas, los fundamentos sociales y éticos, la concepción de la vida y de la muerte… que durante milenios les han servido de soporte ya no se sostienen. Los credos, códigos, rituales y organizaciones religiosas afrontan una crisis global, acelerada e irreversible. Y nadie “cree” lo que quiere, sino aquello que le resulta culturalmente creíble, razonablemente coherente. Si las religiones quieren ser fieles al aliento que las mueve, si quieren vivir y hacer vivir, habrán de estar dispuestas a despojarse de casi todas sus formas milenarias.

Lo que vale de las religiones en general vale en especial para el cristianismo. Tenía razón John Shelby Spong, obispo episcopaliano y teólogo, cuando –¡hace ya 24 años!– escribió ¿Por qué el cristianismo tiene que cambiar o morir? (1999), uno de sus grandes libros. Pienso, en efecto, que esa es la alternativa. El dejar de repensarse y transformarse a fondo equivaldrá a morir. Y el simple perdurar como gueto social y cultural, equivaldrá también a morir, a dejar extinguirse la llama que movió a Jesús, el alma que late en el extraordinario patrimonio –vida, acción, pensamiento, literatura– de sus 2000 años de historia, el espíritu inspirador que ha animado lo mejor de sus 20 siglos.

Hoy como siempre necesitamos aliento. Hoy más que nunca quizás. Vivimos una época de transformaciones más radicales y aceleradas y de desafíos más inquietantes que en ninguna otra época de la especie Homo Sapiens desde su origen hace 300.000 años. El equilibrio ecológico de la comunidad planetaria viviente, la convivencia justa y pacífica de la humanidad en su conjunto, la supervivencia del propio Homo Sapiens, todo está amenazado, todo está en juego. ¿Podrá todavía el cristianismo seguir alentando la vida?

Solo un nuevo cristianismo, místico y liberador, plural y dialogante, desclericalizado y desjerarquizado, transreligioso y siempre itinerante, podría infundir aún el Espíritu universal de la Vida que, según el bellísimo mito bíblico de la creación, “vibraba en las aguas” del Génesis, el Espíritu de la Vida que –antes y más allá de toda forma religiosa y de toda frontera entre creyentes y no creyentes– sigue vibrando en la Tierra y en el Universo sin fin. ¿Podrá todavía el cristianismo –el cristianismo de la Iglesia Católica romana en particular– transformarse y vivir para inspirar, en un marco religioso o no religioso, al mundo post-religioso y post-positivista en que vivimos? Seria cuestión que tiene poco que ver con hacer predicciones de futuro.

En cualquier caso, por este cristianismo transformado opta Pedro Miguel Ansó, sin confesionalismo de ningún tipo y sin renegar de sus raíces cristianas y de su profunda adhesión a la persona, al mensaje, a la utopía de Jesús que le siguen inspirando. Y debo decir que, tras haber dedicado mi vida a enseñar teología, cada página de este libro me ha resultado instructiva e interesante. ¡Gracias, Pedro Miguel!

 

José Arregi, Aizarna, 15 de mayo de 2023
www.josearregi.com
(Prólogo de Por un cristianismo creíble. Autor: Pedro Miguel Ansó Esarte. Ed. Tirant lo Blanc, 2024)

HUMANIZAR LA HUMANIDAD


col arregi

 

Estar desmoralizados, en su doble sentido de desalentados ante unos objetivos y carentes de unos valores debido a los malos ejemplos o ideologías, no es algo nuevo en la Historia. El siglo XX, por citar un ejemplo cercano, ofreció abundantes y graves motivos como las dos guerras mundiales (y en España una fratricida guerra civil que además se tuvo el sacrílego cinismo de disfrazarla de cruzada). Pero las circunstancias que rodean a nuestro mundo son distintas. ¿Qué le ha llevado al filósofo Jürgen Habermas, otrora paladín del optimismo ilustrado, a afirmar: “Actualmente, todo a lo que había dedicado mi vida, se está perdiendo paso a paso”? Al igual que el gran pensador alemán, muchos de nosotros creímos que la racionalidad, el avance de las democracias y la formulación de los derechos humanos universalizables nos llevarían por fin a una nueva etapa en la que la humanidad podría disfrutar de una paz perpetua.

Hoy nos damos cuenta de lo ilusos que fuimos al albergar tan plausibles esperanzas. Lo cierto es que la competencia -más bien incompetencia- entre los imperios norteamericano, ruso y chino nos han puesto al borde de un abismo llamado tercera guerra mundial. Un estado democrático como Israel comete con los palestinos un genocidio para vengar un ataque de Hamás, un grupo terrorista que, por sí solo, no tiene capacidad de poner en peligro la existencia de dicho estado. Los conflictos armados, con la guerra defensiva ucraniana a la cabeza, son tan innumerables que hasta se duda si son treinta o cincuenta. Crecen las desigualdades económicas y los flujos migratorios. Y el cambio climático provocado por la acción humana es tan serio que las consecuencias quizá sean más graves que las previsibles.

No, no son tiempos para lanzar cohetes y la primera tentación es ceder al desaliento y buscar soluciones simplistas como el llamado a gobiernos con mano dura, a alternativas caudillistas cuya utilidad la historia ha demostrado que no conducen a nada bueno. Frente a esta tentación se levantan, desde el fondo de nuestra humanidad, eso que algunos llaman ‘fuerzas espirituales’ que nos pueden dar una energía para resistir ante tanto desvarío. Tenemos que jugar con la ficción de otro mundo posible. Ya se sabe que nuestra cultura está llena de ficciones: creemos que todos somo iguales cuando es evidente la diversidad; que todos estamos preparados para la democracia, cuando nadie, y menos los políticos, lo estamos; que tenemos dinero en el banco, cuando en realidad ese dinero no existe porque está invertido, etc. Las ficciones son muy importantes porque nos humanizan, nos elevan del nivel reptiliano y nos dan la posibilidad de avanzar a través de los siglos en ese largo y sinuoso camino de la humanización.

Esta moral de resistencia, estas energías motrices, deben articular cambios individuales en nuestros hábitos, desde la comida hasta la compra de la ropa, de modo que hagan posibles cambios sociales y políticos. Así, no se facilita una política legislativa contra los pesticidas si no consumimos productos de cercanía, si queremos alimentarnos con productos fuera de temporada, si no seguimos la trazabilidad de los alimentos, etc. La compra de la ropa podría ser otro ejemplo: se producen diariamente toneladas de excedentes que terminan en vertederos; si dividiéramos la cantidad de ropa producida mundialmente entre el número habitantes del planeta tendríamos que comprar cada año 187 prendas nuevas cada año; una locura. En consecuencia, no se trata de consumir más, sino de consumir mejor. No se trata de decrecimiento sino de un crecimiento controlado, que es muy distinto. Para tener fe en un proyecto es preciso previamente comprenderlo, ver el alcance que puede tener y tomarlo en serio. Nada será posible si cada uno de nosotros no es consciente de ello y remamos en otra dirección.

Hay estrategias que nos pueden ayudar a “ficcionar” un mundo mejor, como no dejarnos llevar por consignas facilonas o bulos simplistas del tipo: nos quitan puestos de trabajo, España se rompe, nos odian, van a acabar con nuestra cultura… Frente al pensamiento fácil pero defectuoso se alza un análisis riguroso, complejo, verificable empíricamente. Otro ejemplo podría ser juzgar con actitud crítica y propositiva los cambios en la tecnología del conocimiento. La irrupción de la inteligencia artificial, como cualquier otro progreso tiene sus riesgos, pero también innumerables ventajas. Podría producir clones humanos desalmados, pero abre la posibilidad de detectar precozmente el cáncer y curarlo. El riesgo no está en el conocimiento sino en el uso que se hace de él. De ahí la importancia, como han señalado incansablemente los filósofos, de una ciencia acompañada en su progreso por la Ética.

 

Pedro Miguel Ansó Esarte (Exprofesor de Humanidades)

PASIÓN DE JESÚS, AYER. PASIÓN DEL MUNDO, HOY Domingo de pasión, 24 de marzo de 2024. Marcos 15, 1-39


col labrador

 fe adulta


María, una de las discípulas de Jesús, llora desconsoladamente. Fue a celebrar la Pascua a Jerusalén, y vuelve a Galilea rota de dolor, como si le hubieran quebrado los huesos. Va a visitar a la anciana Sara, a la que acude cuando su fe se tambalea o se siente perdida.

- Sara, vengo rota. En Jerusalén han matado a Jesús de Nazaret, nuestro maestro. Me he quedado huérfana. Creí que era un profeta y ha muerto como un malhechor, con el cuerpo destrozado, en una cruz y a las afueras de la ciudad.

- María, siéntate aquí, a mi lado. Vamos a hablar de tu dolor y de la muerte de Jesús. Ha muerto como un profeta, aunque las autoridades hayan utilizado la mentira para hacernos creer que era un malhechor más, de los muchos que crucifica Roma cada semana.

- ¡Si al menos le hubieran hecho un juicio justo! pero se han ensañado con él. Lo han llevado atado ante Pilato, como si fuera un animal y los sumos sacerdotes le han acusado de cosas falsas. Tenían envidia de Jesús porque cada día crecía el grupo de personas que le escuchábamos, le seguíamos y le considerábamos nuestro maestro.

- Y no olvides que las autoridades religiosas no han soportado que Jesús les llamara sepulcros blanqueados y nido de víboras. Decir la verdad puede conducir a la muerte.

- Sara, no entiendo por qué Pilato ha querido salvar a Barrabás, malhechor y asesino, y ha condenado a Jesús.

- Hija, con el tiempo irás viendo que el poder es como una capa de barro que se va haciendo más espesa. Al principio, es una capa fina, y con un buen lavado puede desaparecer. Pero, con el tiempo, se va transformando en arcilla seca y se convierte en una máscara que oculta nuestro rostro y nos impide ver y oír lo que ocurre a nuestro lado. Pilato está borracho de poder. El poder se alimenta del miedo y controla a base de miedo. Por eso, ¿cuánto valía para él la vida de un inocente, si al entregarlo a la muerte podía continuar siendo gobernador?

- ¡Qué asco! Pilato es un cobarde.

- María, hija mía, todos somos cobardes, no lo olvides. Cada día tenemos que librar pequeñas batallas contra la cobardía para ser valientes y libres. Por eso, solo un pequeño grupo de mujeres habéis sido valientes para permanecer al pie de la cruz, acompañando a Jesús. El resto del grupo ha huido o se ha escondido.

- Sara, no olvidaré nunca cómo rezaba Jesús el salmo del justo agonizante. Empezó a recitarlo con voz potente, como si gritara: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” Y luego, con la voz más serena, le oíamos decir: “… a ti fui confiado desde el seno, desde el vientre de mi madre eres mi Dios. No andes lejos, que vivo en angustia, ven junto a mí, pues nadie me socorre… Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una bandada de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos…”. Nosotras íbamos rezando el salmo con él, entre sollozos, sabiendo que la muerte estaba próxima. Poco después, expiró.

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Algo así pudo pasar. San Ignacio de Loyola recomendaba leer el evangelio, como si estuviésemos presentes. Y, al hacernos presentes y reescribirlo, oramos.

Al mismo tiempo, tomamos conciencia de que hoy la pasión del mundo tiene los mismos rasgos que la de Jesús: en casi todos los países hay detenciones arbitrarias, acusaciones falsas, escarnio y burlas hacia las personas detenidas, abuso de poder, etc.

Sigue habiendo multitud de polític@s que, por dar gusto a su gente, como Pilato, apuestan por la mentira, la violencia y las armas. Y consiguen fortunas, a costa de los derechos robados a su pueblo.

Y seguimos descubriendo los nidos de envidia que albergamos cada uno, cada una. Nidos que salen al exterior en forma de desprecio, comparaciones y humillaciones… Pilato, hoy, es un espejo en el que podemos vernos reflejad@s.

Estos días vamos a escuchar, orar y contemplar la pasión de Jesús de Nazaret. Quizá nos sabemos párrafos de memoria. Que el Espíritu Santo nos ayude a saber encarnarnos en la pasión del mundo, que nos espabile el oído, nos de lengua de inciad@s, nos libre de los miedos, y nos revista de fortaleza y valentía.

María, discípula amada.

EL GESTO SUPREMO José Antonio Pagola


 Jesús contó con la posibilidad de un final violento. No era un ingenuo. Sabe a qué se expone si sigue insistiendo en el proyecto del reino de Dios. Es imposible buscar con tanta radicalidad una vida digna para los «pobres» y los «pecadores» sin provocar la reacción de aquellos a los que no interesa cambio alguno.

Ciertamente, Jesús no es un suicida. No busca la crucifixión. Nunca quiso el sufrimiento ni para los demás ni para él. Toda su vida se había dedicado a combatirlo allí donde lo encontraba: en la enfermedad, en las injusticias, en el pecado o en la desesperanza. Por eso no corre ahora tras la muerte, pero tampoco se echa atrás.

Seguirá acogiendo a pecadores y excluidos, aunque su actuación irrite en el templo. Si terminan condenándolo, morirá también él como un delincuente y excluido, pero su muerte confirmará lo que ha sido su vida entera: confianza total en un Dios que no excluye a nadie de su perdón.

Seguirá anunciando el amor de Dios a los últimos, identificándose con los más pobres y despreciados del imperio, por mucho que moleste en los ambientes cercanos al gobernador romano. Si un día lo ejecutan en el suplicio de la cruz, reservado para esclavos, morirá también él como un despreciable esclavo, pero su muerte sellará para siempre su fidelidad al Dios defensor de las víctimas.

Lleno del amor de Dios, seguirá ofreciendo «salvación» a quienes sufren el mal y la enfermedad: dará «acogida» a quienes son excluidos por la sociedad y la religión; regalará el «perdón» gratuito de Dios a pecadores y gentes perdidas, incapaces de volver a su amistad. Esta actitud salvadora, que inspira su vida entera, inspirará también su muerte.

Por eso a los cristianos nos atrae tanto la cruz. Besamos el rostro del Crucificado, levantamos los ojos hacia él, escuchamos sus últimas palabras... porque en su crucifixión vemos el servicio último de Jesús al proyecto del Padre, y el gesto supremo de Dios entregando a su Hijo por amor a la humanidad entera.

Para los seguidores de Jesús, celebrar la pasión y muerte del Señor es agradecimiento emocionado, adoración gozosa al amor «increíble» de Dios y llamada a vivir como Jesús, solidarizándonos con los crucificados.

DIOS NI CONSINTIÓ NI QUISO Y MENOS AÚN EXIGIÓ LA MUERTE DE JESÚS PARA PERDONARNOS DOMINGO 6º DE CUARESMA (RAMOS) (B) Mc 14-15


 fe adulta


Aunque la liturgia comience con el recuerdo de la entrada de Jesús en Jerusalén, no podemos pensar que fue una entrada triunfal. Hubiera sido la ocasión ideal, que los dirigentes judíos estaban esperando, para prender a Jesús. La subida a Jerusalén por la fiesta de Pascua se hacía siempre en grupo (un pueblo, una familia o una facción). Era siempre una romería, y esto implicaba fiesta y alegría (cantar, bailar, agitar ramos u otros objetos vistosos). Lo narran los cuatro evangelios, pero en Mt y Jn encontramos la verdadera razón del relato: para que se cumpla la Escrituras, “mira a tu Rey que viene…”

Lo verdaderamente importante, en el relato de la pasión, está más allá de lo que se puede narrar. Lo esencial de lo que ocurrió no se puede meter en palabras. Lo que los textos nos quieren trasmitir hay que buscarlo en la actitud de Jesús, que refleja plenitud de humanidad. Lo importante no es la muerte física de Jesús sino descubrir por qué le mataron, por qué murió y cuáles fueron las consecuencias de su muerte para los discípulos. La Semana Santa es la ocasión privilegiada para plantearnos la revisión de nuestros esquemas teológicos sobre el valor de la muerte en la cruz.

Estamos en el mejor momento del año para tomar conciencia de la coherencia de toda la vida de Jesús. Dándose cuenta de las consecuencias de sus actos, no da un paso atrás y las acepta plenamente. Es una advertencia para nosotros, que estamos siempre acomodando nuestra conducta para evitar consecuencias desagradables. Sabemos que nuestra plenitud está en darnos a los demás, pero seguimos calculando nuestras acciones para no ir demasiado lejos, poniendo límites “razonables” a nuestra entrega; sin darnos cuenta de que un amor calculado no es más que egoísmo camuflado.

Los textos que han llegado a nosotros no son de fiar porque están escritos desde una visión pascual de la pasión y muerte y no pretenden informarnos de lo que pasó sino darnos una teología sobre los hechos. Hoy sabemos que le mataron los romanos por miedo a un levantamiento contra Roma. Pero lo que sabemos sobre Jesús no da pie para pensar que fuese un sedicioso. Lo más probable es que los jefes religiosos dieran a Pilato argumentos para que pensara que Jesús podía ser un peligro real para el imperio.

  

La muerte de Jesús es la consecuencia directa de un rechazo frontal y absoluto por parte de los jefes religiosos de su pueblo. Rechazo a sus enseñanzas y a su persona, por intentar purificar su religión. No pensemos en un rechazo gratuito y malévolo. Fariseos, escribas y sacerdotes no eran gente depravada que se opusieron a Jesús porque era bueno. Eran gente religiosa que pretendía ser fiel a la voluntad de Dios, que ellos encontraban en la Ley. También para Jesús era prioritaria la voluntad del Padre, pero no la buscaba en la Ley sino en el hombre. Su muerte manifiesta lo radical de la oposición.

Era Jesús el profeta, como creían los que le seguían, o era el antiprofeta que seducía al pueblo. La respuesta no era tan sencilla. Por una parte, Jesús iba claramente contra la interpretación de la Ley y el culto del templo, signos inequívocos del antiprofe­ta. Pero por otra, los signos de amor eran una muestra de que Dios estaba con él, como apuntó Nicodemo. Lo mataron porque denunció a las autoridades que, con su manera de entender la religión, oprimían al pueblo. Le mataron por afirmar, con hechos y palabras, que el valor del hombre concreto está por encima de la Ley y del templo.

Nunca podremos saber lo que Jesús experimentó ante su muerte. Ni era un inconsciente ni era un loco ni era masoquista. Tuvo que darse cuenta de que los jefes querían eliminarlo. Lo que nos importa a nosotros es descubrir las poderosas razones que Jesús tenía para seguir diciendo lo que tenía que decir y haciendo lo que tenía que hacer, a pesar de que estaba seguro que eso le costaría la vida. Tomó conscientemente la decisión de ir a Jerusalén donde estaba el peligro. Que le importara más ser fiel a sí mismo que salvar la vida, es el dato que nosotros debemos valorar. Demostró que la única manera de ser fiel a Dios es ponerse del lado del oprimido y defenderlo, aun a costa de su vida.

No se puede pensar en la muerte de Jesús, desconectándola de su vida. Su muerte fue consecuencia de su vida. No fue una programación por parte de Dios para que su Hijo muriera en la cruz y de este modo nos librara de nuestros pecados. Jesús fue plenamente un ser humano que tomó sus propias decisiones. Gracias a que esas decisiones fueron las adecuadas, de acuerdo con las exigencias de su verdadero ser, nos han marcado a nosotros el camino de la verdadera salvación. Si nos quedamos en el mito del Hijo, que murió por obediencia al Padre, hemos malogrado su muerte y su vida.

Hay explicaciones teológicas de la muerte de Jesús que se siguen presentando a los fieles, aunque la inmensa mayoría de los exégetas y de los teólogos las han abandonado hace tiempo. No debemos seguir interpretando la muerte de Jesús como un rescate exigido por Dios para pagar la deuda por el pecado. Además de ser un mito ancestral, está en contra de la idea de Dios que el mismo Jesús desplegó en su vida. Un Dios que es amor, que es Padre, no casa muy bien con el Señor que exige el pago de una deuda hasta el último centavo. Ni podemos ofender a Dios ni Él se puede sentir ofendido.

Para los discípulos la muerte fue el revulsivo que los llevó al descubrimiento de lo que era verdaderamente Jesús. Durante su vida lo siguieron como el amigo, el maestro, incluso el profeta; pero no pudieron conocer el verdadero significado de su persona. A ese descubrimiento llegaron por un proceso de maduración interior, al que solo se puede llegar por experiencia. La muerte de Jesús les obligó a esa profundización en su persona y a descubrir en aquel Jesús de Nazaret, al Señor, al Mesías al Cristo y al Hijo. En esto consistió la experiencia pascual. Ese mismo recorrido debemos hacer nosotros.

A nosotros hoy, la muerte de Jesús nos obliga a plantear la verdadera hondura de toda vida humana. Jesús supo encontrar, como ningún otro ser humano, el camino que debemos recorrer todos para alcanzar plenitud humana. Amando hasta el extremo, nos dio la verdadera medida de lo humano. Desde entonces, nadie tiene que romperse la cabeza para buscar el camino de mayor humanidad. El que quiera dar sentido a su vida no tiene otro camino que el amor total, hasta desaparecer.

La interpretación de la muerte de Jesús determina la manera de ser cristiano. Ser cristiano no es subir a la cruz con Jesús, sino ayudar a bajar de la cruz a tanto crucificado que hoy podemos encontrar en nuestro camino. Jesús, muriendo de esa manera, hace presente a un Dios sin pizca de poder, pero repleto de amor, que es la fuerza suprema. En ese amor reside la verdadera salvación. El “poder” de Dios se manifiesta en la vida de quien es capaz de amar entregando todo lo que es.

DOMINGO DE RAMOS

 

fe adulta

Ciclo B

Este domingo se lee el relato de la Pasión de Jesús en el evangelio de Marcos, precedido de dos lecturas: una del libro de Isaías y otra de la carta a los Filipenses. Dada su extensión, la Conferencia Episcopal permite que, atendiendo a la índole de la asamblea, se lea una sola de las dos lecturas, o incluso que solo se lea el evangelio. Pero ambas ayudan grandemente a comprender la pasión de Jesús.

El Siervo (Jesús) acepta el plan de Dios (Isaías 50,4-7)

«Jesús murió porque hizo la cosa más inadecuada (entrada triunfal) en el momento más inadecuado (semana de Pascua) y en el sitio más inadecuado (Jerusalén)». ¿Una imprudencia? ¿Un suicidio? La lectura de Isaías indica que Jesús sabe perfectamente que le esperan golpes, insultos y salivazos. Ha sido el Padre quien se lo ha comunicado. Y él no se echó atrás. Lo aceptó, convencido de que el Padre lo ayuda y no quedará defraudado. Al mismo tiempo, el Padre le ha encomendado «decir al abatido una palabra de aliento». Y quien sufre hasta la muerte es la persona más capacitada para animar a los que sufren.

Por la cruz a la victoria (Filipenses 2,6-11)

El Siervo estaba convencido de que no quedaría defraudado. Y eso mismo ocurre con Jesús. La lectura de la pasión no es la historia de un fracaso, sino de un triunfo. A la muerte más cruel e infamante, la de cruz, sigue el nombre sobre todo nombre y la adoración de todas las creaturas.

Pasión de Jesucristo según san Marcos (14,1-15,47)

Este domingo se lee el relato de la Pasión de Jesús en el evangelio de Marcos. Dada su extensión me limito a sugerir dos puntos de atención (Jesús y sus discípulos) y a ofrecer cuatro posibles lecturas de la pasión.

¿Quién es Jesús?

El relato del capítulo 15 supone un gran contraste con el de los dos capítulos anteriores, 13-14. En estos, Jesús se enfrenta a toda clase de adversarios en diversas disputas y los vence con facilidad. Ahora, los adversarios, derrotados a nivel intelectual, deciden vencerlo a nivel físico, matándolo (14,1). Lo que más se destaca en Jesús es su conocimiento y conciencia plena de lo que va a ocurrir: sabe que está cercana su sepultura (14,8), que será traicionado por uno de los suyos (14,18), que morirá sin remedio (14,21), que los discípulos se dispersarán (14,27), que está cerca quien lo entrega (14,42). Las palabras que pronuncia en esta sección están marcadas por esta conciencia del final y tienen una carga de tristeza. Como cualquiera que se acerca a la muerte, Jesús sabe que hay cosas que se pierden definitivamente: la cercanía de los amigos (“a mí no siempre me tendréis con vosotros”: 14,7), la copa de vino compartida (14,25). No falta un tono de esperanza: del vino volverá a gozar en el Reino de Dios (14,25), con los discípulos se reencontrará en Galilea (14,28). Pero predomina en sus palabras un tono de tristeza, incluso de amargura (14,37.48-49), con el que Marcos subraya ―una vez más― la humanidad profunda de Jesús.

Cuatro veces se debate en estos capítulos la identidad de Jesús: el sumo sacerdote le pregunta si es el Mesías (14,61), Pilato le pregunta si es el Rey de los judíos (15,2), los sumos sacerdotes y escribas ponen como condición para creer que es el Mesías que baje de la cruz (15,31-32), el centurión confiesa que es hijo de Dios (15,39). A la pregunta del sumo sacerdote responde Jesús en sentido afirmativo, pero centrando su respuesta no en el Mesías, sino en el Hijo del Hombre triunfante (14,62). A la pregunta de Pilato responde con una evasiva: “tú lo dices” (15,2). A la condición de los sumos sacerdotes y escribas no responde. Cuando el centurión lo confiesa hijo de Dios, Jesús ya ha muerto.

Los discípulos

Los datos son conocidos. Se entristecen al enterarse de que uno de ellos lo traicionará; pero, llegado el momento, todos huyen. Una vez más, Pedro desempeña un papel preponderante. Se considera superior a los otros, más fiel y firme (14,29), pero comenzará por quedarse dormido en el huerto (14,37) y terminará negando a Jesús (14,66-72). En este contexto de abandono total por parte de los discípulos adquiere gran fuerza la escena final del Calvario, cuando se habla de las mujeres que no sólo están al pie de la cruz, sino que acompañaron a Jesús durante su vida (15,40-41).

Cuatro lecturas posibles de los relatos de la pasión de Jesús.

La lectura de identificación personal y afectiva

El testimonio escrito más antiguo que poseemos en este sentido es el de san Pablo. A veces, cuando habla de la muerte de Jesús, lo hace con frialdad dogmática, recordando que murió por nuestros pecados. Pero en otra ocasión lo enfoca de manera muy personal y afectiva: “He quedado crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que vive Cristo en mí. Y mientras vivo en la carne vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2,19-20). En línea parecida, san Ignacio de Loyola, en la tercera semana de los Ejercicios espirituales, cuando se contempla la pasión, el ejercitante debe pedir “dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, llanto, pena interna de tanta pena como el Señor pasó por mí”.

La lectura indignada

Es la que practicamos todas las mañanas al leer el periódico, cuando acompañamos la lectura de los titulares y de las noticias con toda suerte de imprecaciones, insultos y maldiciones. Los relatos de la pasión cuentan tal cantidad de atropellos, injusticias, traiciones, que se prestan a una lectura indignada. Sin embargo, los evangelios nunca invitan al lector a indignarse con la traición de Judas, a maldecir a las autoridades judías o romanas que condenan a Jesús, a insultar a quienes se burlan de él, a sentir como en el propio cuerpo los azotes, la corona de espina o los clavos, a llorar la muerte de Jesús. En ningún momento pretenden los evangelios excitar los sentimientos y, mucho menos, fomentar el sentimentalismo.

La lectura detallada

https://www.dropbox.com/s/1fm0ubby7kr5mue/La%20Pasi%C3%B3n%20de%20Jes%C3%BAs%20en%20el%20evangelio%20de%20Mc.docx?dl=0

Ofrezco un extenso comentario, que puede bajarse de la dirección indicada. En el ángulo superior derecho aparecerán dos ventanitas: COMPARTIR y ABRIR. Se pulsa ABRIR y se elige la opción que prefiera.

Presto gran atención a cuatro aspectos:

1) la división minuciosa de cada episodio, que a veces quizá parezca exagerada, como cuando distingo siete momentos en el relato de la oración del huerto; pero es la única forma de no pasar por alto detalles importantes.

2) los protagonistas, advirtiendo qué hacen o no hacen, qué dicen o no dicen, cómo reaccionan, por qué motivos se mueven, qué sienten.

3) la acción que se cuenta y sus presupuestos; a veces predominará lo informativo, ya que ciertos detalles a veces no se conocen bien, como la celebración de la Pascua en el mundo judío y en Qumrán o el proceso ante el Sanedrín.

4) el arte narrativo de Mc, que a menudo no se tiene en cuenta, pero que sirve también para captar su teología.

Este tipo de lectura, aunque aplique el mismo método a todas las escenas, pone de relieve lo típico de cada una de ellas y deja claro que el relato de la pasión está formado por episodios aparentemente cotidianos y por otros terriblemente dramáticos, como la oración del huerto. Lo importante es captar el espíritu y mensaje de cada episodio y el mensaje global de cada evangelio.

La lectura interactiva y orante

Sería la respuesta personal al comentario anterior, reflexionando cada cual sobre lo que el texto le sugiere y lo que le invita a pedir.

HIJO DE DIOS Domingo de Ramos 24 de marzo Mc 15, 1-39

col lozano art

 


Marcos -cronológicamente, el primero de los evangelios que ha llegado hasta nosotros- termina el relato de la cruz poniendo en boca de un pagano -no es casual que su texto fuera dirigido a comunidades que provenían del paganismo- la más elevada confesión de fe en Jesús: “Realmente este hombre era Hijo de Dios”.

Para una persona religiosa teísta, no hay título mayor que el de ser “hijo de Dios”. La creencia cristiana lo afirma de Jesús, en el sentido más real de la expresión. Sin embargo, parece claro que su sentido no puede ser sino metafórico. Eran los dioses-héroes griegos quienes concebían hijos y se veían involucrados directamente en los sentimientos y los conflictos humanos. Pero no cabe entender a la divinidad concibiendo hijos, tal como habitualmente se entiende esta palabra.

“Hijo de Dios” es una metáfora -de “Dios”, como de todo aquello que no es objeto, solo puede hablarse metafóricamente- que apunta a nuestra verdad última: todos somos hijos, en cuanto “naciendo” constantemente de la Fuente o el Fondo que es origen de todo lo real. No cabe hablar de un dios separado que entra en el “juego” humano, como si fuera una fuerza más dentro del mismo. Lo que se ha nombrado como “Dios” no puede ser sino lo realmente real, aquello que permanece mientras todo lo demás cambia, el fondo que constituye y sostiene las formas, a la vez que se manifiesta y despliega en ellas.

Sin embargo, es posible otra lectura de la metáfora “Hijo de Dios”, esta vez hecha desde la propia persona de Jesús, a quien el evangelio se la aplica. Decir de él que se vivió como “hijo de Dios” significa que fue transparencia admirable del fondo de lo real, gracias a la consciencia y fidelidad con la que se vivió.

Tal vez se entienda mejor si advertimos con qué frecuencia los humanos somos “hijos” de nuestros miedos, de nuestras necesidades o de nuestra imagen. Son muchas y variadas las apetencias que se mueven en nosotros y que terminan esclavizándonos. Sus cantos de sirena, prometiendo satisfacer nuestros deseos, nos seducen y confunden. Hasta el punto de que olvidamos nuestra realidad de “hijos de Dios” -nuestra verdadera identidad- y vivimos en la creencia que nos reduce a la forma del yo.

“Hijo/hija de Dios” es aquella persona completamente libre, que no reconoce otro “padre” -otro dueño u otra fuerza- que la Fuente que le está haciendo ser en cada momento, la vida una que late en todas las formas. Al comprenderse una con la vida, la persona permite que la vida se exprese a través de ella. Como vida, se sabe siempre a salvo y se vive en docilidad a lo que la vida es en ella. Por todo ello, bien puede decirse que “hijo de Dios” es sinónimo de libertad y, más hondamente aún, de humanidad plena.

 


DOMINGO DE RAMOS


col munarriz

 

Mc 14, 1-15, 47

«¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?»

No es probable que hubiese mucha gente en Jerusalén que conociese a Jesús. El propio Mateo dice en su evangelio que los judíos se preguntaban: «¿Quién es éste?» … y les contestaban: «Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea» … Esto nos hace pensar que fueron los propios galileos que habían acompañado a Jesús a Jerusalén a celebrar la Pascua, los que quisieron preparar una entrada triunfal para reivindicar a su profeta.

Llama la atención que Jesús se prestase a ello, y que cuando los fariseos le pidieron que reprendiese a los discípulos que le aclamaban como mesías, él se negase: «Os aseguro que si estos callan gritarán las piedras». Jesús sabía que en Jerusalén se jugaba el todo por el todo, y es probable que llegase allí con la idea de jugar fuerte desde el primer momento; de llevar la iniciativa hasta que lograse la conversión de los judíos o hasta que las autoridades judías acabasen con él.

Y esta determinación nos puede ayudar a entender su entrada triunfal en Jerusalén, su contestación tajante a los fariseos que le increparon, el desalojo de los mercaderes del Templo y el tono desafiante empleado con los sacerdotes que habían presenciado la escena… También nos ayuda a comprender por qué, a partir del día siguiente, se presentó cada día en el Templo a predicar a los judíos desde las gradas del pórtico de Salomón; a urgirles a aceptar la buena Noticia; o por qué se enfrentó con violencia a todos los estamentos políticos y religiosos de Israel…

Si miramos ahora al otro lado de la escena, vemos a las autoridades alarmadas ante el entusiasmo que generaba en el pueblo; temerosas de que llegase un momento en que no fuesen capaces controlar la situación. Jesús contaba sólo con el poder de su palabra, mientras que los sacerdotes contaban con todo el poder y con el apoyo de la clase dirigente de la sociedad judía de la que formaban parte. Además, estaban espoleados por unas ganas irrefrenables de acabar con aquel impostor que ponía en riesgo su estatus y su influencia…

Y ésta es nuevamente una escena para contemplar; para saborear. Por una parte, Jesús, el carpintero de un pueblecito de Galilea, solo en medio de la gran urbe jugándose la vida para llevar la buena Noticia al mismo corazón de Judea. Por otra, saduceos, sacerdotes, levitas, doctores, fariseos, ricos y poderosos, tratando de destruirle y fracasando hasta que uno de sus discípulos decidió traicionarle.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo sobre este evangelio, pinche aquí