FUNDADOR DE LA FAMILIA SALESIANA

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miércoles, 17 de enero de 2024

FIDUCIA SUPPLICANS: LOS QUE COMEN CON LAS MANOS LIMPIAS


col acebo

 

Recuerdo que hace algunos años, cuando redactaba mi tesis doctoral, estudié el surgimiento de la llamada “generación Beat”, un movimiento contracultural formado por jóvenes que se revolvían, entre otras cosas, contra el moralismo hipócrita de la sociedad estadounidense de aquellos años (50’ y 60’). Una sociedad en la que una joven podía ser señalada y criticada si utilizaba una falda un poco más corta de lo “permitido” o en la que se retiraba el saludo a una pareja de novios que decidía convivir antes del matrimonio.

Una sociedad que, no obstante, aplaudía como foca la frenética carrera armamentista, las carnicerías humanas de Corea y Vietnam o que perdía la compostura si una persona de color no cedía el asiento a una persona blanca en el autobús (porque muchos estaban a favor de la segregación racial). Eso sí, una sociedad que, al mismo tiempo, jamás faltaba a los servicios religiosos los domingos.

Con similar perplejidad “beat” contemplo la forma escandalosa con que han reaccionado algunos sectores de la Iglesia por la declaración Fiducia Supplicans (desde ahora, FS). Para muchos laicos, sacerdotes, obispos y cardenales, dicha declaración es una suerte de puerta abierta al mismísimo Averno (las redes sociales son un testimonio lapidario de tales reacciones).

Ante semejante conmoción, no puedo evitar recordar cuando, en el año 1945, el padre George Zabelka bendijo a la tripulación del Enola Gay y del Bockstar para que tengan éxito en su misión: arrojar sendas bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. No eran una pareja, eran un grupo. Según parece, se puede bendecir a un grupo que se une para utilizar armas de destrucción masiva contra población civil.

Y también se pueden bendecir armas, aunque recientemente el Papa Francisco recomendara dejar de hacerlo (¡otra vez el progre y buenista de Bergoglio metiendo sus narices donde nadie le llama!). No tengo noticias de que ese acontecimiento haya generado peticiones tan airadas al entonces Papa Pío XII para que se prohibieran ese tipo de bendiciones. No tan airadas como las que generó FS. Según declara el mismo padre George Zabelka: “Que yo sepa, ningún cardenal ni obispo estadounidense se opuso a estos bombardeos masivos. El silencio en estos asuntos resulta ser aprobación”.

¿Dónde estaban los conservadores en aquel momento para oponerse a semejante monstruosidad? ¿O no es una monstruosidad bendecir a la tripulación de un bombardero nuclear para que tenga éxito en su misión (más aún en un contexto de guerra no-nuclear)? Pues eso aconteció antes del rupturista, discontinuista y cuasi-cismático Concilio Vaticano II (perdón por la ironía). Sospecho entonces que, para los que todavía guardan cierta nostalgia de aquellos tiempos pretéritos, la bendición del padre Zabelka estuvo de maravillas, no así —faltaría más— las bendiciones que permite FS.

También recuerdo que, en el año 1999, el Papa San Juan Pablo II besó solemnemente el Corán delante del imán chiíta de la mezquita de Khadum. Pregunto entonces: si permitir la bendición de parejas irregulares o del mismo sexo es una forma de aprobación, el beso solemne del Corán por parte del Santo Padre, ¿no fue también una especie de aprobación?

Quizás algún lector pensará que estoy incurriendo en falsa analogía, o para decirlo de otra manera, que estoy mezclando “churras con merinas”. Pues no me parece una comparación desacertada. Vamos unos años más adelante. En 2006 el Papa Benedicto XVI bendijo a los exponentes de las comunidades musulmanas de Italia y a los embajadores de los países de mayoría islámica acreditados ante la Santa Sede. Sus palabras fueron éstas: “¡Que el Dios de la paz os llene con la abundancia de sus bendiciones, al igual que a las comunidades que vosotros representáis!”.

¿Fue una bendición litúrgica o de corte pastoral-informal (según el distingo de FS)? Entiendo que fue una bendición pastoral. Los musulmanes que, por su misma condición, no reconocen a Jesucristo como segunda persona de la Trinidad (habiendo tenido, en muchos casos, la posibilidad de conocer el cristianismo), ¿viven o no en pecado? ¿Se puede bendecir una comunidad que no manifiesta ninguna intención de arrepentimiento por negar la divinidad de Jesucristo, ni mucho menos, de conversión al cristianismo? Pues parece que sí se puede, al menos sí de manera informal.

A pesar de eso me pregunto: ¿dónde estaban los conservadores para rechazar en masa la bendición de musulmanes? ¿dónde estaban las Conferencias Episcopales de África para oponerse al Papa Benedicto XVI por bendecir a miembros de una religión que, aún hoy, persigue, secuestra, tortura y asesina masivamente a los cristianos en distintas regiones de aquel continente (y fuera también)? ¿por qué nadie alzó la voz para advertir que un católico no puede besar un libro que legitima toda forma de violencia contra los “infieles” (es decir, contra los mismos católicos)? Qué es más “pecaminoso”, ¿rechazar la divinidad de Jesucristo y combatir a quienes la afirman, o ser homosexual, reconocer la divinidad de Jesucristo y pedir una bendición informal para que el mismo Señor Jesucristo le otorgue su ayuda?

Hago aquí un breve paréntesis para aclarar que no es mi intención emitir juicios de valor sobre el actuar de los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, sino poner en evidencia una contradicción o, por qué no decirlo con todas las letras, una hipocresía. De lo hecho por estos papas, podría decirse que un gesto de caridad no conlleva la aceptación del error.

Ejemplos en sintonía con los recién mencionados hay para hacer dulce. Recordaré uno más. Las bendiciones de narcotraficantes, mafiosos y delincuentes de toda índole. En 1991, el padre Rafael García Herreros bendijo al narco-criminal Pablo Escobar Gaviria y a su séquito de sicarios. Fue otra bendición en grupo, no en pareja. Todos asesinos que fueron bendecidos a pesar de no dar señales de arrepentimiento por el mal cometido y de perseverar en su conducta nefanda. Sí, hablo de Pablo Escobar Gaviria, el mismo que apenas dos años antes, había ordenado hacer estallar un avión de Avianca en pleno vuelo para asesinar a un candidato presidencial. No hubo sobrevivientes de aquel atentado (110 fallecidos).

Otra vez pregunto: ¿estaba el padre García Herreros aprobando solapadamente el actuar de esos criminales con su bendición? Los laicos y sacerdotes que ahora juntan firmas en Change.org para hacer lobbismo mediático contra el Papa Francisco y presionarle para que anule FS (como si la Iglesia fuera una democracia y no una institución jerárquica), ¿dónde estaban en aquel momento? ¿dónde estaban todos los que hoy actúan como auténticas estrellas del lobby “anti-Bergoglio” en las redes sociales para gritar a voz en cuello que esa bendición grupal era inaceptable? Insisto, podría seguir con la casuística ad infinitum. No quiero meterme, por ejemplo, en el oscuro terreno de la política. Bendiciones y comuniones concedidas a dictadores, líderes y miembros de grupos terroristas, etc., en la mayoría de los casos sin que esta gente muestre signos de arrepentimiento ni abandone sus actividades delictivo-criminales.

No puedo evitar experimentar perplejidad “beat” al observar cómo aquellos que callaron ante las situaciones recién descriptas, hiperventilan al pensar que una pareja en situación irregular o del mismo sexo pueda acercarse al despacho parroquial para pedir una bendición e invocar la asistencia de la Gracia. Se parecen a los ortodoxos rusos quienes, por boca del Obispo Hilarión Alfeyev, han afirmado que, a causa de FS, ya no será posible “esperar una futura unidad entre católicos y ortodoxos”.

Sí, ha leído correctamente, lo afirmaron los ortodoxos rusos, que han bendecido submarinos nucleares con misiles balísticos intercontinentales y plataformas de lanzamiento de misiles nucleares desde tierra que podrían convertir una ciudad con millones de habitantes en un páramo infernal sin posibilidades de supervivencia siquiera para las cucarachas. Sin ir más lejos, el patriarca ortodoxo ruso Kirill dijo, el pasado mes de octubre, que las bombas y las ojivas atómicas rusas están bajo la protección de San Serafino de Sarov. ¡Menos mal! Muy tranquilos estarán ahora sus potenciales víctimas sabiendo que, eventualmente, serán borrados de la faz de la Tierra por misiles que se encuentran bajo la protección del santo ruso. Si estas absurdidades no fueran hechos reales, pensaría que son bromas típicas de un 28 de diciembre.

Continúo con mi perplejidad “beat”. Una perplejidad que asume dimensiones mastodónticas cuando pienso en los pecados cometidos “de la cintura para arriba”. Cuando pienso, por ejemplo, si puede un sacerdote bendecir a un comunista, a un fascista o a un capitalista recalcitrante. Sí, también leyó bien, a un capitalista de esos que comulga de rodillas, pero luego te quiere convencer de que está muy bien que una multinacional instale una fábrica en un pueblo perdido de Honduras, para contratar gente a la que hace trabajar 12 hs. por día (de lunes a lunes) produciendo polos que la empresa vende a 60 € en Madrid, Berlín o Londres, mientras les paga (a esos “empleados”) 1 € al mes. Vuelvo sobre lo mismo: parece que es correcto bendecir a gente que defiende y promueve ideas/políticas que justifican, de diferentes maneras, el abuso desmedido de poder sobre otros (frecuentemente en condiciones de vulnerabilidad extrema). ¿Será que me estoy fijando en menudencias? ¿Será que, a fin de cuentas, lo único importante es que sean heterosexuales?

Mi perplejidad “beat” alcanza cotas insospechadas cuando observo que, el gran escándalo de FS, parece deberse a que se mete en un tema de índole sexual. Recuerdo, en este sentido, las reacciones que provocó en su tiempo la publicación de la encíclica Humanae Vitae del Papa Pablo VI. Humanae Vitae Fiducia Supplicans son, probablemente, los dos documentos del post-concilio que mayor cantidad de reacciones negativas han provocado. En el primer caso, por parte del sector “progresista” y en el segundo caso, del sector “conservador”.

Difícilmente se puedan encontrar documentos o situaciones en la historia reciente de la Iglesia que hayan generado tanto “pataleo” como cuando los Papas se pronunciaron sobre temas vinculados a la sexualidad. Parece que los católicos nos empeñamos porfiadamente en dar la razón a quienes afirman que, para la Iglesia, el tema sexual es materia de escándalo. Abro aquí otro paréntesis para decir que de ningún modo estoy minimizando la importancia antropológico-teológica de la sexualidad, solo pretendo expresar la sorpresa que me produce este particular fenómeno. Los papas han escrito documentos sobre diversidad de temas muy sensibles y complejos. Sin embargo, nunca han logrado suscitar reacciones tan destempladas como cuando han hablado sobre temas relacionados con la sexualidad.

Esto sigue, mi estado de desconcierto y estupefacción casi supera al de los jóvenes “beat” cuando pienso en las contradicciones de la propia vida, esas que quizás no se ven ni son evidentes para los que nos rodean (y de las que nadie está exento, yo el primero). Me refiero, por ejemplo, al varón o mujer heterosexual, eventualmente casado/a por iglesia y con hijos (modelos arquetípicos del laico “bendecible”), que quizás mira pornografía en momentos de soledad, engaña directa o indirectamente a su cónyuge, le maltrata psicológica o físicamente, ignora a sus hijos porque prioriza el éxito profesional y el dinero, difama a los demás, es avaro, soberbio, mentiroso, envidioso, etc.

Todos pecados que confiesa ante el sacerdote cada quince días, pero en los que sistemáticamente vuelve a caer, frecuentemente sabiendo que los repetirá y sin hacer demasiado esfuerzo (o ninguno) para evitarlos, y sin que eso le afecte o provoque una particular crisis de conciencia.

Esa persona, incluso asiste a misa, comulga y recibe la bendición todos los domingos y fiestas de guardar. Situaciones como la recién descripta constituyen el pan nuestro de cada día en la vida de la Iglesia, y todos lo aceptamos porque tiene que ver con la impronta paradojal y dramática de la existencia humana. Tiene que ver, en definitiva, con el hecho fácilmente verificable de que todos somos pecadores, de que nuestra naturaleza está herida por el pecado.

El problema es cuando, quienes así viven, se creen legitimados para actuar como guardias en un panóptico desde donde miran, juzgan y deciden a quién se sube o se baja el pulgar. Y desde ese panóptico, se han lanzado a las redes sociales para escupir sus venenos contra FS y el Papa Francisco. Cuando alguien se horroriza fácilmente con los pecados ajenos nunca está demás responderle con un “tu quoque” (tú también) o dicho de manera coloquial, ¿y por casa cómo andamos?

Hagamos una revisión exhaustiva de nuestras propias vidas y luego veamos qué autoridad tenemos para “tirar la primera piedra” (Jn 8,7). En efecto, ¿es éticamente plausible vivir señalando a quienes “no comen con las manos limpias”, como relata el conocido pasaje evangélico (Mc 7, 1-8 y 14-23), sin atender al estado del propio corazón (quizás convertido en un auténtico lodazal)?

Ante esta lamentable situación de inflexibilidad y vehemente rechazo hacia FS, y ya en el paroxismo de la perplejidad “beat”, me viene a la mente una frase de San Josemaría Escrivá sobre la que creo, modestamente, que convendría reflexionar: “Ten entrañas de piedad, y no olvides que [ese pecador] aún puede ser un Agustín, mientras tú no pasas de mediocre” (Camino, nº 675). Hago un pequeño añadido a esta frase para terminar: tal vez, recibida en el momento adecuado, el tipo de bendición “al paso” que permite FS, podría suponer un antes y un después en la aparición de ese nuevo “Agustín”.

 

Leandro Gaitán, profesor de la Universidad de Navarra.

Religión Digital

CIENCIA, FILOSOFÍA Y TEOLOGÍA PARA EL SIGLO XXI


col zapatero

 

Epílogo a un libro de luces y retos

Agradezco a Agustín Gil este libro tan clarividente y necesario para hoy. Corren tiempos difíciles y decisivos para la humanidad y la entera comunidad de los vivientes. El negacionismo y el dogmatismo –dos trastornos solo aparentemente opuestos– son el síntoma de un malestar civilizacional planetario.

Nunca nuestra especie Sapiens ha sabido tanto, pero nunca se ha sentido tan insegura. Nunca tuvimos tanto conocimiento sobre tantas cosas, pero nunca nos sentimos tan amenazados a nivel personal, social, internacional. Nunca dispusimos de tanta información instantánea y global, pero nunca la desinformación fue tan grave y universal. Nunca las ciencias estuvieron tan desarrolladas, pero nunca crearon armas tan mortíferas, ni fueron tan utilizadas por los grandes poderes asesinos. Nunca poseímos tantos medios para vivir todos holgadamente, pero nunca vivimos tan acelerados y asfixiados, tan carentes de tiempo para respirar, espirar, inspirarnos. Nunca el nombre Sapiens fue más discutible. Nunca, desde el corazón de la Tierra y de los pobres, escuchamos tan aguda y grave la Voz de la Vida: “Ante ti están la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida y viviréis tú y tus descendientes” (libro bíblico Deuteronomio 30,19).

Más que nunca necesitamos no solo conocimiento científico, sino sabiduría vital, inteligencia integral, racionalidad múltiple, consciencia profunda, para saber vivir, para ser felices siendo buenos y a la inversa, para ser libres y hermanos, para poder querer y elegir nuestro ser verdadero, nuestro verdadero bien inseparable del Bien Común de la humanidad y de todos los vivientes. No existe otra verdadera libertad.

Los caminos del conocimiento, de la sabiduría, de la libertad de ser nuestro ser verdadero, son numerosos. El conocimiento y la sabiduría son multidimensionales, siempre lo han sido. Sabían los chamanes del Paleolítico. Saben los mitos antiguos, saben los poetas, los artistas, los enamorados. Saben los activistas no violentos de justicia y de la paz. Saben también los místicos espirituales, sean o no seguidores de alguna religión. Saben, y mucho, los textos sapienciales de las grandes tradiciones, religiosas o no. Saben, por supuesto, los científicos. Y todos ellos saben que no saben: “docta ignorancia”.

Todo esto lo sabe mejor que nadie Agustín Gil, catedrático de Física, especializado en Física teórica y Mecánica cuántica, miembro activo y reflexivo de las comunidades cristianas populares de base en el País Vasco, ecofeminista comprometido contra todos los imperios, codirector de la revista (ya cerrada) Herria 2000 Eliza, caminante y buscador espiritual, crítico de las instituciones religiosas y eclesiásticas, seguidor a la postre de la Buena Noticia y de la vida liberadora de Jesús de Nazaret, de la libertad y de la compasión que enseñó y practicó.

Esta obra es la síntesis y el fruto maduro de sus conocimientos científicos, de su reflexión filosófica, de su sensibilidad humana, de su teología crítica, de su compromiso ético: Ciencia y filosofía para el siglo XXI. Diálogo interdisciplinar para un nuevo humanismo (Ed. Círculo Rojo, 2023). El título contiene, como intencionadamente escogidos, todos los términos que definen un programa de conocimiento concertado e integral: ciencia, filosofía, siglo XXI, diálogo, interdisciplinar, nuevo humanismo. El co-nocimiento es por definición, al igual que el lenguaje, un hecho social, trans-individual, plural, dialogal. Así, solo así, se convierte en camino de co-nacimiento.

El conocimiento es también por definición interdisciplinar, fruto de miradas, métodos, perspectivas diversas, todas ellas relacionadas. Las perspectivas y los métodos son necesariamente distintos, pero no contradictorios, en la medida en que cada aproximación a la realidad –científica, ética, poética, simbólica, filosófica, teológica, simbólica en general…– se atiene con rigor a su enfoque y método de análisis propio. Y ninguna disciplina puede pretender llegar al único conocimiento verdadero, ni siquiera más verdadero que otro.

Por supuesto, el conocimiento científico de la realidad –hecho de observación atenta, medición matemática exacta y verificación empírica– no es el único verdadero, ni aquello que las ciencias matematizan y verifican constituye la única realidad verdadera. Pero tampoco los dogmas del Credo y sus explicaciones teológicas expresan “verdades” reveladas de lo alto por “Dios”; son expresiones históricas contingentes, formulaciones culturales y relativas, de experiencias humanas profundas (“religiosas”); todos los dogmas y teologías son constructos humanos simbólicos, al igual que los enunciados científicos son constructos humanos empírico-matemáticos. Ahora bien, los datos científicos –aun siendo siempre parciales y provisionales– constituyen hoy el criterio común mínimo de la “verdad” y de la “realidad”. De modo que ninguna afirmación, incluida la teológica, podrá ser considerada como “verdadera” si está en contradicción o es incoherente con los datos establecidos por la ciencia.

Desde la instauración del paradigma científico moderno a partir de Galileo, la coherencia con las ciencias es uno de los retos fundamentales para todo el lenguaje religioso y teológico. La incoherencia con el paradigma científico y cultural general es, justamente, el factor principal de la crisis actual irreversible del andamiaje imaginario, conceptual e institucional de las religiones tradicionales, incluido el cristianismo.

Por eso terminaré apuntando, a modo de ejemplos y como simples conjeturas, algunos de los retos, interrogantes y exigencias mayores que las ciencias –cosmología, física nuclear, biología, biotecnología, neurociencias, inteligencia artificial…– plantean hoy a la teología cristiana:

Una especie humana inacabada, desplazada del centro. Toda la teología cristiana –sobre Dios, creación, Jesús, pecado, salvación, vida después de la muerte…– sigue teniendo una base enteramente antropomórfica y antropocéntrica. Toda ella, tomada en su literalidad, resulta incomprensible y se derrumba entera con la nueva visión científica del ser humano. No somos el centro ni el culmen del universo ni de la Tierra. Somos miembros de la gran comunidad de los vivientes. Somos, como todos los seres, emergencia de la misma evolución física y biológica, planetaria y cósmica. Como todos los seres, somos formas irreductibles y únicas, pero no “superiores” a nada. Somos formas inacabadas al igual que toda la evolución. También nuestra conciencia y libertad –siempre condicionada– son inacabadas, se hallan en creación evolutiva. Y estamos llegando a poseer el poder tecnológico para crear cerebros y seres orgánicos o cibernéticos más capaces que este Homo Sapiens que somos hoy. Nos enfrentamos a formidables retos ecológicos, éticos, políticos, teológicos. Como nunca hasta hoy.

Un cosmos autocreativo, evolutivo, interrelacionado, sin centro. Formamos parte de un universo (tal vez multiverso) sin medida espacial ni temporal. Un universo “infinito” al menos en el sentido físico. Un universo holístico, que constituye un todo único dinámico y evolutivo, en el que cada parte es un todo formado a su vez de partes. Un universo sustentado por una “materia” –matermatriz–, con o sin masa, que está dotada de un dinamismo, potencialidad o “energía” originaria de la que provienen todas las formas que forman el universo. Un universo, por tanto, que no necesita de ningún “Dios” creador a partir de la nada. La nada no existe. Si no contamos con que algún “Dios” interviene desde fuera, “milagrosamente”, en el proceso auto-creador evolutivo del mundo, ¿por qué habríamos de recurrir a una intervención primera milagrosa para crear el mundo de la nada? ¿No sería filosófica y teológicamente legítimo pensar en una materia originaria increada y eterna que da origen al universo? Depende de lo que entendamos por “Dios”…

Una “vida después de la muerte” en la plenitud “divina o en la información cósmica o en la memoria universal. Salta a la vista que hablo en términos metafóricos, no estrictamente científicos. La materia originaria de la que todo procede no se crea ni se destruye, sino que se transforma desde siempre hasta siempre. Se transforma de acuerdo a una disposición, estructura, “lógica” o “código” interno abierto, creativo y en consecuencia impredecible de acuerdo, se podría decir, a una “información” que la orienta creativamente. De la materia auto-creadora nació la vida en su inagotable profusión de formas. La muerte conlleva, concretamente, la disolución del “yo” individual y de su consciencia particular, que es a su vez una forma en constante transformación. Y cabe preguntarse: ¿la muerte-transformación del “yo” individual no podría ser considerada como “paso” (pascua) a otra forma de supervivencia en la información cósmica, en la memoria universal, en la plena, infinita, Conciencia “divina”?

Un Jesús hombre profético inacabado, icono y símbolo del Reino de Dios. ¿Cabe pensar que Jesús sea la encarnación única, milagrosa y acabada del “Hijo de Dios” eterno en un punto del espacio y del tiempo sin medida, en una especie particular, en un planeta concreto, en una cultura determinada, en un hombre perfecto? La coherencia con la cosmovisión científica nos urge a otra cristología. Una cristología que deje atrás los dogmas tradicionales o los relea en otro registro simbólico. Una cristología que conciba a Jesús como un profeta que, por su mensaje y su vida contingente y buena, por su libertad y solidaridad liberadora inacabada, puede ser confesado –por parte de quien así lo mire, sea cristiano o no lo sea– anticipo, icono o símbolo inspirador del “Reino de Dios”, de la liberación universal plena, presente y futura a la vez.

Un “Dios” transteísta. No podemos seguir manteniendo la imagen “teísta” de Dios, si se entiende por “teísmo” la afirmación de un Dios “sujeto personal”, anterior y exterior al mundo, omnipotente, que creó el mundo de la nada e interviene en él cuando quiere. Dios no explica nada. No es Nada de lo que representan las imágenes y significan las palabras. Solo podemos evocarlo en metáforas. Es el puro Ser sin forma, que no existe sino en los seres, en las formas. El Fondo fontal, el Aliento creador que late en todos los seres. No se trata de “creer” en Dios, sino de crearlo, encarnarlo, darle forma en la belleza, el respiro, la bondad.

¿De qué sirve la creencia y de qué sirve la ciencia, si no nos acercan a la gnosis, la iluminación, la liberación, el renacimiento a nuestro ser verdadero, a nuestra hermandad profunda con todo lo que vive y es?

 

José Arregi, EPILOGO a Ciencia y filosofía para el siglo XXI. Diálogo interdisciplinar para un nuevo humanismo (Ed. Círculo Rojo, 2023).

Aizarna, 25 de octubre de 2022

CARTA DE ISABEL GÓMEZ ACEBO AL PAPA: "ESTÁS HACIENDO UN CAMBIO RADICAL EN LA IGLESIA, LE PIDO A DIOS QUE TE PROPORCIONE ALGUNOS AÑOS MÁS DE VIDA"


col koldo

 

Me permito este acercamiento epistolar desde la consideración de que somos hermanos, aunque estemos bastante alejados en nuestra situación eclesial. Tengo que reconocer que, en mis quinielas sobre los cardenales papables, no entraba tu nombre. Tanto es así que me sorprendió mucho la elección, aunque me alegré que el futuro papa hablara español y perteneciera a mi cultura.

Me gustó tu aparición en el balcón del Vaticano. Ya sé que el hábito no hace al monje, pero también puede dar pistas sobre la persona que lo lleva. La sotana blanca sin aditamentos lujosos, que fue el primer acto de tu pontificado, me pareció marcaba una línea que iba a ser característica de tu conducta. Tus palabras cercanas, exentas de pompa y pidiendo la bendición de los fieles que te escuchaban, seguían esta línea de cercanía. Una política que también concordaba con la elección de nombre, Francisco, cuando comprendí que tu modelo era el poverello de Asís.

Toda tu actuación iba ser coherente con tus ideas. No te alojaste en los apartamentos pontificios sino en el pequeño hotel que alberga el Vaticano. Quisiste estar cerca de la gente; conocer lo que se habla en las calles; preguntar lo que se esperaba de tu persona; hablar con muchos como manera de no dejar en unos pocos las noticias que te llegan. Una forma de abrir el abanico del contacto personal como forma de estar más al tanto de los problemas mundiales ya que por el Vaticano pasan obispos del mundo entero. Comer juntos abre las bocas e invita a las confesiones.

Tus encíclicas demuestran por dónde van tus inquietudes. Desde tu Argentina natal, amplías el mundo y sientes preocupación por todas las tierras que pisan nuestros pies. Eres consciente que la actividad humana está dañando el hábitat de muchas especies, incluso de muchos seres humanos y clamas porque cada uno ponga su grano de arena para devolver la belleza originaria al planeta tierra

Ves a todas las personas, con independencia de su raza, origen, sexo o religión hermanadas bajo la figura de un mismo padre Dios. Te preocupa el individualismo de nuestra sociedad que ignora al pobre o desprecia al diferente fomentando el odio y la agresividad. No te quedas a nivel de la mera denuncia, sino que propones caminos para la paz como son el diálogo, el trabajo conjunto y la aceptación del diferente.

Acoges uno de los grandes problemas de nuestro tiempo que es la emigración e instas a las naciones ricas a abrir sus puertas a los desfavorecidos que llegan a nuestras fronteras. Y no te quedas ahí. En la medida que comprendes lo dura que es la emigración propones promover el desarrollo de las comunidades pobres para que sus habitantes no tengan que buscar el pan en otro sitio fuera de sus familias y redes sociales

No te preocupan tanto las ideas como las realidades en las que viven insertos muchos hombres. Te inquieta, como buen pastor, cada una de tus ovejas y conoces a los lobos que las acechan: la falta trabajo, la pobreza endémica, la trata de personas, el odio religioso o racial, la guerra, el egoísmo…

Y como líder de la Iglesia católica también sufres desvelos por la forma en que se ha tratado la pedofilia eclesiástica que ha lastrado la imagen de la institución. Has tratado de poner freno a los abusos en las diócesis e incluso en el propio Vaticano donde has cortado los beneficios a muchos clérigos y has promovido la relación entre jerarquía y laicos apoyando un proceso que se ha sintetizado en un vocablo, sinodalidad

Cualquier tiempo pasado fue mejor pensaron algunos líderes de nuestra iglesia y para revertir el proceso en que estabas inmerso se pusieron en tu contra. Organizaron campañas de desprestigio, los que antaño decían que a los papas no se les podía contradecir. Algunos llegaron incluso a declararte hereje lo que me imagino te dolió y por eso me sumo a ese dolor a sabiendas que el peso sobre los hombros de muchos fieles, se te hará más llevadero

Últimamente has abierto una nueva página echando por tierra la política eclesiástica tradicional que consideraba el sexo como algo primordial en nuestra religión. Has sopesado la bondad de los nacimientos numerosos para las mujeres considerando debían estar en relación con sus posibilidades. Pero has dado un paso más allá, que ha irritado a muchos conservadores - a todos aquellos que colocan la medida de la moralidad en las personas con las que se van a la cama - has autorizado a bendecir a las parejas homosexuales. Es una realidad de nuestro tiempo que ayuda a muchas personas a vivir en compañía, en amor mutuo y ternura.

Me asombro por tu capacidad de sacrificio cuando viajas, ya que a nuestra edad nos atrae más el viejo sillón de nuestro cuarto que los aviones, aeropuertos y diferentes horarios. Creo que estás haciendo un cambio radical en la Iglesia y por eso le pido a Dios que te proporcione algunos años más de vida, de existencia lúcida, que te permita ir haciendo los cambios paulatinos que nuestra Iglesia necesita. Una cosa me permito recordarte y es la situación de inferioridad de las mujeres en la Iglesia, en la que faltan Marías Magdalenas.

 

Isabel Gómez Acebo

14.01.2024 Religión Digital

LA FE NO PIDE DE NOSOTROS LA MISA DEL DOMINGO: SEAMOS LO QUE COMULGAMOS

 

col kowalski

 

Samuel aprendió a decirlo: “Habla, que tu siervo escucha”.

El Salmista se adentra en el misterio de Dios y hace suyas las palabras del libro: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”. Y añade: “Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas”.

La carta a los Hebreos recuerda que Cristo Jesús, al entrar en el mundo, dice: “Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: «He aquí que vengo  -pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí-, para hacer, oh Dios, tu voluntad»”.

Y la carta del Apóstol nos recuera cuál es nuestra relación con Cristo: “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?” E insiste: “¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?”.

Y la fe de la Iglesia responde: Lo sabemos. 

Así, iluminados por la fe, reconocemos y confesamos que también en nosotros –en este cuerpo suyo que somos nosotros-, Cristo continúa haciendo su declaración de obediencia a Dios y nosotros la hacemos con él: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”.

La eucaristía que celebramos y la comunión que hacemos son evidencia sacramental de que somos uno con Cristo y hacemos con él su misma declaración de obediencia a la voluntad del Padre.

Ahora, si no quiero que mi comunión con Cristo y mi declaración de obediencia se queden en palabras que nada significan, de aquel con quien comulgo tendré que aprender a obedecer.

Comulgamos para ser lo que comulgamos: para ser en Cristo, para que Cristo sea en nosotros. De ahí la necesidad de ir a su escuela: escucharlo, seguirlo, imitarlo, aprenderlo.

Hay algo que intuimos desde la primera clase: Jesús no vive para sí mismo; el Espíritu de Dios lo unge y lo envía a vivir para el Padre y para los demás, a trabajar por el reino de Dios y su justicia, a evangelizar a los pobres, a dar su vida en rescate por todos.

En Jesús, todo parece orientado a arrebatarle víctimas al mal, sea cual fuere la forma en que el mal se presenta.

Allí donde el mal retrocede, es el reino de Dios el que avanza

Y si preguntamos hasta dónde hemos de llegar en la lucha contra el mal, el Maestro nos dice: “Venid y lo veréis”. 

Y si vamos con él, nos mostrará hasta dónde ha llegado su entrega, veremos hasta dónde ha llegado su amor. 

El evangelista nos lo dijo así: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”

Y nos lo dice también la eucaristía que celebramos y recibimos, memoria real y verdadera de la vida entregada de Jesús, memoria de su amor “hasta el extremo” al Padre del cielo y a todos los necesitados de salvación, memoria de su obediencia, memoria de su único sacrificio.

no hay otro sacrificio que podamos imitar, no hay otro que podamos ofrecer, no hay otro que pueda agradar al Padre del cielo y llevar salvación a los pobres, si no es el de Cristo y el nuestro con Cristo.

Haber llevado al terreno de la obligación moral grave la participación de los fieles en la eucaristía, los ha distraído de lo esencial, los ha apartado del conocimiento de la vocación a la que son llamados, del proyecto de vida que la comunión con Cristo lleva consigo.

La fe no pide de nosotros la misa del domingo: reclama para Dios y para los pobres nuestra vida entera. 

La obediencia de la fe reclama nuestra vida como reclamó la de Jesús.

La fe reclama que seamos lo que comulgamos.

 

Santiago Agrelo

Religión digital

BENDECID, NO MALDIGÁIS


col anso

 

Allá por el año 2008 escribí un artículo que causó algún revuelo y que titulé La familia de Jesús. En él hablaba de Jesús y el grupo de discípulos y discípulas que le seguían, pero actualizado desde las realidades que vivimos hoy en día. Aparecían en este grupo los inmigrantes, la situación “irregular” de un padre separado con un niño a su cargo, dos hombres que decidieron unir sus vidas y Jesús, junto al resto de sus seguidores, les acompañaron “ayer mismo, cuando se prometieron fidelidad y amor en una ceremonia que tuvimos en la comunidad”.

Había también una pareja de mujeres con una niña a su cargo. Dice Jesús: “Yo nunca he visto miradas tan tiernas, gestos más cariñosos, besos tan dulces como los que se dan. No hay entre ellas mayor ni menor, comparten todas las tareas y la educación de su hija. Son un verdadero matrimonio bendecido por mi buen Padre y Madre Dios. Tienen un amor mucho más puro que el de la mayoría de los matrimonios tradicionales que he visto en mis largos años de andanzas por pueblos y ciudades”.

Y termina diciendo Jesús a quienes se oponen a estas prácticas, haciendo referencia a la ortodoxia, a la ley natural, a la palabra de Dios interpretada de forma autorizada por ellos, varones todos, e invocando la tradición: “Y así podría contaros muchos casos más que hay entre nosotros. No hay un solo tipo de familia, ya lo veis. Y las parejas que desean casarse en la comunidad son llamadas con toda naturalidad matrimonio, porque lo son. Y Dios los bendice cada día reflejando el sol en sus vidas… Ellos y ellas son mi verdadera familia: mi madre, mi padre, mi hermano y mi hermana. Y si mi Padre les ha unido en su amor, vosotros no sois nadie para intentar suplantar a Dios”. 

Como habréis supuesto, esta introducción hace referencia a la Declaración La confianza suplicante, firmada por el Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y ratificada por el Papa Francisco el pasado 18 de diciembre. En esta declaración se aclaran las formas en que se deben realizar las bendiciones solicitadas por personas en situaciones “irregulares” y parejas del mismo sexo.

Después de leerlo pienso que es un paso adelante, valiente e importante, que invita a dar la bendición de Dios sin exigir nada a cambio, sin pedir un cambio de actitud. Simplemente porque Dios les ama y les acoge como son. Se ha esperado demasiado tiempo para que podamos ver con nuestros propios ojos este cambio histórico hacia parejas del mismo sexo y personas separadas y vueltas a casar.

Pero este paso adelante ha sido criticado fuertemente, como viene siendo habitual, por algunos de los sectores más tradicionalistas, involucionistas e inmovilistas de la jerarquía eclesiástica, en distintos países, entre ellos el nuestro, en el que un grupo de sacerdotes ha iniciado una recogida de firmas para que se derogara la declaración y distintos obispos se han mostrado en contra de que se efectúe cualquier bendición de este tipo en sus diócesis.

En primer lugar lo que deseo es mostrar mi plena cercanía, apoyo y sintonía con los cambios iniciados o llevados a cabo por Francisco a lo largo de estos diez años de papado, para que la Iglesia se adecúe a los tiempos actuales y sea más fiel al Evangelio de Jesús, siendo más comunitaria, sinodal, participativa, con una mayor inclusión de la mujer en distintos servicios eclesiales, pobre, junto y para los pobres, encarnada en nuestro mundo de forma misericordiosa y con una dedicación plena y comprometida hacia la población más empobrecida, marginada, excluida, emigrante… Y, en concreto, en el tema que me ocupa sobre la bendición a parejas del mismo sexo y personas en situaciones irregulares.

Pero no quiero finalizar sin mostrar un pero, una salvedad. Este texto, como he dicho anteriormente, me parece un paso adelante, valiente e importante. Pero mínimo. Toda la declaración parece encauzada a no provocar urticaria y que el rito de la bendición, sea breve, alejado de cualquier similitud al del ritual del matrimonio, para que no dé lugar a confusiones. 

Me remito a los fragmentos de mi artículo que he reflejado al principio, para dejar constancia de mi forma de pensar. Creo que el amor no hace acepción de personas, sean de un sexo o de otro. El amor proviene de Dios, es Dios mismo, según el Evangelio de Juan. Y cuando dos personas se aman es Dios mismo quien las bendice. Es el sacramento del amor lo que las une.

Y las personas en situación “irregular”, es lo más regular y normal en nuestro mundo. Cuando dos personas con un proyecto de vida en común, de cariño mutuo, después de esforzarse por solucionar las dificultades de la vida matrimonial, ven que es imposible mantener esa unión, lo “normal” es separarse de la forma más humana y amistosa posible. Para seguir su vida y, si lo desean y tienen suerte, encontrar otra persona con la que poder hacerlo. El amor de Dios es eterno, pero en la vulnerabilidad del ser humano, lo más habitual es que haya momentos en los que se abandonen unos caminos, por distintas circunstancias, para encontrar otros nuevos que aporten más felicidad y plenitud.

Estoy plenamente convencido que si Jesús viviera en nuestros días, daría su plena bendición, celebraría el encuentro, el matrimonio, la vuelta a la vida dichosa junto a otra persona, sin hacer preguntas, sin prejuicios, sin teóricas leyes naturales que castigan y alejan. Lo suyo es la buena noticia. Es mucho más felicitante, humana y divina la bendición. El bien decir. El bien hacer. El bien querer. El bien acoger. Y alejemos de nuestras vidas, arrojando a la basura, el rechazo, la maldición, el anatema y la condena.

 

Miguel Ángel Mesa Bouzas

BENDECID, NO MALDIGÁIS


col anso

 

Allá por el año 2008 escribí un artículo que causó algún revuelo y que titulé La familia de Jesús. En él hablaba de Jesús y el grupo de discípulos y discípulas que le seguían, pero actualizado desde las realidades que vivimos hoy en día. Aparecían en este grupo los inmigrantes, la situación “irregular” de un padre separado con un niño a su cargo, dos hombres que decidieron unir sus vidas y Jesús, junto al resto de sus seguidores, les acompañaron “ayer mismo, cuando se prometieron fidelidad y amor en una ceremonia que tuvimos en la comunidad”.

Había también una pareja de mujeres con una niña a su cargo. Dice Jesús: “Yo nunca he visto miradas tan tiernas, gestos más cariñosos, besos tan dulces como los que se dan. No hay entre ellas mayor ni menor, comparten todas las tareas y la educación de su hija. Son un verdadero matrimonio bendecido por mi buen Padre y Madre Dios. Tienen un amor mucho más puro que el de la mayoría de los matrimonios tradicionales que he visto en mis largos años de andanzas por pueblos y ciudades”.

Y termina diciendo Jesús a quienes se oponen a estas prácticas, haciendo referencia a la ortodoxia, a la ley natural, a la palabra de Dios interpretada de forma autorizada por ellos, varones todos, e invocando la tradición: “Y así podría contaros muchos casos más que hay entre nosotros. No hay un solo tipo de familia, ya lo veis. Y las parejas que desean casarse en la comunidad son llamadas con toda naturalidad matrimonio, porque lo son. Y Dios los bendice cada día reflejando el sol en sus vidas… Ellos y ellas son mi verdadera familia: mi madre, mi padre, mi hermano y mi hermana. Y si mi Padre les ha unido en su amor, vosotros no sois nadie para intentar suplantar a Dios”. 

Como habréis supuesto, esta introducción hace referencia a la Declaración La confianza suplicante, firmada por el Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y ratificada por el Papa Francisco el pasado 18 de diciembre. En esta declaración se aclaran las formas en que se deben realizar las bendiciones solicitadas por personas en situaciones “irregulares” y parejas del mismo sexo.

Después de leerlo pienso que es un paso adelante, valiente e importante, que invita a dar la bendición de Dios sin exigir nada a cambio, sin pedir un cambio de actitud. Simplemente porque Dios les ama y les acoge como son. Se ha esperado demasiado tiempo para que podamos ver con nuestros propios ojos este cambio histórico hacia parejas del mismo sexo y personas separadas y vueltas a casar.

Pero este paso adelante ha sido criticado fuertemente, como viene siendo habitual, por algunos de los sectores más tradicionalistas, involucionistas e inmovilistas de la jerarquía eclesiástica, en distintos países, entre ellos el nuestro, en el que un grupo de sacerdotes ha iniciado una recogida de firmas para que se derogara la declaración y distintos obispos se han mostrado en contra de que se efectúe cualquier bendición de este tipo en sus diócesis.

En primer lugar lo que deseo es mostrar mi plena cercanía, apoyo y sintonía con los cambios iniciados o llevados a cabo por Francisco a lo largo de estos diez años de papado, para que la Iglesia se adecúe a los tiempos actuales y sea más fiel al Evangelio de Jesús, siendo más comunitaria, sinodal, participativa, con una mayor inclusión de la mujer en distintos servicios eclesiales, pobre, junto y para los pobres, encarnada en nuestro mundo de forma misericordiosa y con una dedicación plena y comprometida hacia la población más empobrecida, marginada, excluida, emigrante… Y, en concreto, en el tema que me ocupa sobre la bendición a parejas del mismo sexo y personas en situaciones irregulares.

Pero no quiero finalizar sin mostrar un pero, una salvedad. Este texto, como he dicho anteriormente, me parece un paso adelante, valiente e importante. Pero mínimo. Toda la declaración parece encauzada a no provocar urticaria y que el rito de la bendición, sea breve, alejado de cualquier similitud al del ritual del matrimonio, para que no dé lugar a confusiones. 

Me remito a los fragmentos de mi artículo que he reflejado al principio, para dejar constancia de mi forma de pensar. Creo que el amor no hace acepción de personas, sean de un sexo o de otro. El amor proviene de Dios, es Dios mismo, según el Evangelio de Juan. Y cuando dos personas se aman es Dios mismo quien las bendice. Es el sacramento del amor lo que las une.

Y las personas en situación “irregular”, es lo más regular y normal en nuestro mundo. Cuando dos personas con un proyecto de vida en común, de cariño mutuo, después de esforzarse por solucionar las dificultades de la vida matrimonial, ven que es imposible mantener esa unión, lo “normal” es separarse de la forma más humana y amistosa posible. Para seguir su vida y, si lo desean y tienen suerte, encontrar otra persona con la que poder hacerlo. El amor de Dios es eterno, pero en la vulnerabilidad del ser humano, lo más habitual es que haya momentos en los que se abandonen unos caminos, por distintas circunstancias, para encontrar otros nuevos que aporten más felicidad y plenitud.

Estoy plenamente convencido que si Jesús viviera en nuestros días, daría su plena bendición, celebraría el encuentro, el matrimonio, la vuelta a la vida dichosa junto a otra persona, sin hacer preguntas, sin prejuicios, sin teóricas leyes naturales que castigan y alejan. Lo suyo es la buena noticia. Es mucho más felicitante, humana y divina la bendición. El bien decir. El bien hacer. El bien querer. El bien acoger. Y alejemos de nuestras vidas, arrojando a la basura, el rechazo, la maldición, el anatema y la condena.

 

Miguel Ángel Mesa Bouzas

UN PROFETA ENTRE NOSOTROS


col arregi

 

El Papa Francisco es un profeta, y como tal perseguido cada vez con menos miramientos. Es significativo que escogiera el nombre de Francisco de Asís por lo que este significó para la Iglesia de su tiempo. Quizá el comienzo de todo estuvo en la elección del lema al ser nombrado arzobispo de Buenos Aires: Miserando atque eligendo ('Lo miró con misericordia y lo eligió'). El rechazo actual que soporta tiene que ver con mantener dicho lema y seguir fiel al mismo siendo Papa.

La frase se refiere a Mateo 9, cuando Jesús se fija ¡en un publicano! y le dice: "sígueme". Elige a una persona odiada por su labor extorsionadora que trabajaba para los romanos invasores y luego extorsionaban todavía más para vivir bien de ello. Recaudador y pecador era sinónimo entre los judíos.

Este papa predica con el ejemplo una Iglesia más humilde que lleve el mensaje cristiano al mundo. Lo que escandaliza a sus detractores es que ha entendido bien la actitud que recuerdan los tres evangelios sinópticos, de que “no necesitan médico los sanos, sino los enfermos”. Porque sus enemigos actúan al revés: se centran en los sanos, en los afines, y condenan a quienes deberían acoger con actitud evangelizadora.

Mantiene un compromiso firme por el diálogo con personas de diferentes ideologías y credos. Se esfuerza por una cercanía empática y respetuosa que acerca corazones y desarma por su sencillez y veracidad.

Francisco ha hecho de los pobres una prioridad. Pobres en sentido amplio, como principio que abarca a los sufrientes de distinta extracción: los marginados, los inmigrantes, los refugiados, los excluidos, los que padecen soledad y desamor. Él nos pide servir y acogerles en nuestras comunidades, escuchando sus inquietudes y siendo su apoyo. Y en esa dirección, es valiente al denunciar el pecado estructural del modelo económico vigente que produce explotación y marginación, algo que también escuece entre sus filas…

Francisco es el Papa de la misericordia, de la sinodalidad y el ecumenismo. Con él han adquirido especial relevancia temas como la urgente renovación eclesial y la vocación misionera de todos y todas, comenzando por el Primer Mundo cristiano, necesitado de conversión para evangelizar fuera de la Iglesia.

Es el Papa de la colegialidad en todos los niveles eclesiales. No es algo solamente para los obispos: “El nuevo camino a recorrer”, dijo a los obispos de Estados Unidos, «es el diálogo entre vosotros, con el presbiterio, con los laicos, con las familias y con la sociedad». Pidió a los obispos y sacerdotes hablar con valentía y escuchar con humildad.

Condena abierta al clericalismo y apuesta por el empoderamiento de los laicos y la reforma de la Curia romana. Sus palabras son duras contra el clericalismo y el arribismo en la Iglesia, contra el poder mundano que defiende la institución incluso tergiversando el Mensaje, como aquellos escribas y fariseos que primaban la ley por encima de la misericordia. “Prefiero una iglesia que comete errores porque está haciendo algo a una que se enferma porque se mantiene cerrada en sí misma”, ha dicho Francisco.

Y desde aquí, quizá su mayor aportación sea la apuesta por la sinodalidad como una estrategia en toda regla para la Iglesia del XXI. Si se lee con atención sus escritos y los pasos dados, estamos ante las bases para el Concilio Vaticano III para un nuevo modelo eclesial que actualice el Concilio Vaticano II, lo complete y trabaje para ser verdadera comunidad Pueblo de Dios.

Francisco insiste en que el verdadero liderazgo es servicio, dejando claro que los sacerdotes y obispos deben situarse en la parte inferior de la pirámide, no la parte superior.

La ecología ha pasado a ser una preocupación cristiana de primer orden. En su extraordinaria encíclica, Laudato Si’, nos invita a cristianos y no cristianos a preocuparnos por nuestra casa común, la madre Tierra. La protección del medio ambiente no es algo opcional para el cristiano. Y añade que los gobiernos tienen una responsabilidad grave en la regulación de la economía para preservar el Planeta.

La Justicia, la paz, el rol de la mujer… Quienes se oponen a Francisco lo hacen por su apertura a dar la comunión a los católicos divorciados y vueltos a casar, por su bienvenida pastoral a las personas LGBTQ. Por las bendiciones a ambos colectivos como signo de acogida amorosa, a la manera de Jesús. No son pocos los que quieren un papa doctrinal en términos de blanco y negro, más bien de negro, en la práctica.

Francisco acaba de cumplir 87 años y mientras lucha con sus problemas de salud, tiene que lidiar incluso con acusaciones de herejía -nada menos que siete- por su exhortación Amoris laetitia. Le calumnian, le presionan… y no pocos católicos que se las dan de perfectos, callan o aplauden su apaleamiento cada vez más abiertamente.

Queda mucho por hacer, pero el Espíritu guía al Papa Francisco, caminado sinodalmente con un ojo aquí y el otro puesto en Dios. Es un gran profeta que nos mantiene en la senda verdadera del amor al Evangelio. Es perseguido por ello...  y es el momento de nuestra responsabilidad.

 

Gabriel Mª Otalora

Religión digital

PONERNOS SIEMPRE DE PARTE DE LA VIDA Comentario Evangelio Mc 1, 14-20

 

 FE ADULTA

El Dios de Jesús se revela en la historia, no nos habla solo en la intimidad del corazón, sino también en la densidad de los acontecimientos históricos y las relaciones. No nos invita a buscarle en el vacío (Is 45, 15-25), sino que se nos da a conocer de forma mediada. El Evangelio de este domingo se inicia con un acontecimiento que tuvo una importancia decisiva en la vida de Jesús: la detención de Juan Bautista, por causa de su profetismo incómodo y desconcertante. Hay coyunturas históricas que tienen la capacidad de movilizarnos y llevarnos a tomar decisiones significativas para nosotros mismos y para los demás, Asi le sucedió también a Jesús. El evangelio de este domingo empieza refiriéndose a uno de estos hechos: “Cuando arrestaron a Juan”. Este acontecimiento moviliza a Jesús a un nuevo profetismo, un nuevo anuncio centrado no en los sacrificios ni en el ascetismo, sino en la buena noticia de la misericordia y el amor. Convertíos y creed en la Buena Noticia es el grito de su anuncio, que resuena en nosotras y nosotros también hoy.

En un mundo quebrado por las guerras y genocidios como el de Palestina, el Evangelio nos recuerda que nuestra conversión pasa por ponernos siempre de parte de la vida, de la alegría, de todas las iniciativas que dan prioridad al cuidado de la vida y la dignidad de las personas por encima de leyes injustas y frente a otros intereses: llámense beneficios económicos, poder o seguridad de unos pocos a costa de las vidas de muchos y muchas. El Evangelio es la Buena noticia del Amor, y el amor es siempre cuidadoso. El amor es lo más opuesto a la violencia, la intolerancia, la manipulación y la explotación de unos seres humanos sobre otros y sobre el planeta mismo. Por eso el anuncio de Jesús nos urge también a nosotros y nosotras hoy a no instalarnos en el no hay nada que hacer, ni en el lamento estéril, sino a no cesar de poner en el centro de nuestras sociedades, de la economía, y de la iglesia misma, a las personas, especialmente a las más vulneradas, hasta que la vida sea una fiesta y no una pesadilla para nadie y hasta que todas las vidas importen.

El sueño de fraternidad y la sororidad humanan que anuncia el evangelio no es una utopía abstracta, sino una utopía embarrada. Sus promesas se cumplen germinalmente en la historia si dejamos que alcancen nuestro corazón y nuestro estilo de vida, como hizo Jesús y tantos hombres y mujeres testigos que nos han precedido y que quedaron seducidos y seducidas por su proyecto. Hombres y mujeres que nos revelan, desde la profundidad y la generosidad de sus vidas que es posible vivir de otra manera. Pero para ellos hemos de transformamos también internamente, dejar que el amor vaya convirtiendo nuestra sensibilidad y conduzca nuestra mirada hacia el reverso de la historia y quienes lo transitan. Como Pedro, como Andrés, como Juan, como Magdalena, María de Nazaret, Juana de Cusa, María la de Santiago (Lc 8,1) y tantos otro y otras que nos han precedido, somos urgidos a despertar del sueño de la cruel inhumanidad, quebrar la indiferencia y ponernos de parte de la vida, la bondad, la sencillez, la hondura, la mesa común del Reino.

LA PASIÓN QUE ANIMÓ A JESÚS - PAGOLA

 


JOSÉ ANTONIO PAGOLA

Propiamente, Jesús no enseñó una «doctrina religiosa» para que sus discípulos la aprendieran y difundieran correctamente. Jesús anuncia más bien un «acontecimiento» que pide ser acogido, pues lo puede cambiar todo. Él lo está ya experimentando: «Dios se está introduciendo en la vida con su fuerza salvadora. Hay que hacerle sitio».

Según el evangelio más antiguo, Jesús proclamaba esta Buena Noticia de Dios: «Se ha cumplido el plazo. Está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia». Es un buen resumen del mensaje de Jesús: «Se avecina un tiempo nuevo. Dios no quiere dejarnos solos frente a nuestros problemas y desafíos. Quiere construir junto a nosotros una vida más humana. Cambiad de manera de pensar y de actuar. Vivid creyendo esta Buena Noticia».

Los expertos piensan que esto que Jesús llama «reino de Dios» es el corazón de su mensaje y la pasión que alienta toda su vida. Lo sorprendente es que Jesús nunca explica directamente en qué consiste el «reino de Dios». Lo que hace es sugerir en parábolas inolvidables cómo actúa Dios y cómo sería la vida si hubiera gente que actuara como él.

Para Jesús, el «reino de Dios» es la vida tal como la quiere construir Dios. Ese era el fuego que llevaba dentro: ¿cómo sería la vida en el Imperio si en Roma reinara Dios y no Tiberio?, ¿cómo cambiarían las cosas si se imitara no a Tiberio, que solo busca poder, riqueza y honor, sino a Dios, que pide justicia y compasión para los últimos?

¿Cómo sería la vida en las aldeas de Galilea si en Tiberíades reinara Dios y no Antipas?, ¿cómo cambiaría todo si la gente se pareciera no a los grandes terratenientes, que explotan a los campesinos, sino a Dios, que los quiere ver comiendo y no muertos de hambre?

Para Jesús, el reino de Dios no es un sueño. Es el proyecto que Dios quiere llevar adelante en el mundo. El único objetivo que han de tener sus seguidores. ¿Cómo sería la Iglesia si se dedicara solo a construir la vida tal como la quiere Dios, no como la quieren los amos del mundo?, ¿cómo seríamos los cristianos si viviéramos convirtiéndonos al reino de Dios?, ¿cómo lucharíamos por el «pan de cada día» para todo ser humano?, ¿cómo gritaríamos: «Venga tu reino»?

PARA VIVIR COMO JESÚS PRIMERO DEBEMOS PENSAR COMO ÉL DOMINGO 3º (B) Mc 1,14-20


 

fe adulta

Comenzamos el evangelio de Marcos que vamos a leer durante todo este año. Es el primero que se escribió y tiene aún la frescura de los comienzos. Es el más conciso. No tiene grandes discursos de Jesús ni cuenta muchas parábolas. Le interesa sobre todo la vida cotidiana de Jesús. Su actitud vital para con los pobres y oprimidos es la verdadera salvación. Las curaciones y la expulsión de demonios, entendidos como liberación, son la clave para comprender el mensaje de salvación de este evangelio.

Cuando arrestaron a Juan. Quiere resaltar el evangelista que Jesús va a continuar la tarea del Bautista, pero a la vez, deja clara la diferencia. ¡Recordad! Los datos cronológicos no tienen importancia en la elaboración de un “evangelio”. En el evangelio de Juan, después de haber narrado el seguimiento de los primeros discípulos, después de contarnos la boda en Caná, la purificación del templo y el encuentro con Nicodemo, nos dice que Jesús fue con sus discípulos a la región de Judea y bautizaba allí, a la vez que Juan estaba bautizando en otro lugar.

Llegó Jesús a Galilea. Está claro que el evangelista quiere desligar la predicación de Jesús de toda connotación oficial. Lejos de las autoridades religiosas, lejos del templo y de lo que significaba la institución. Galilea era tierra en gran parte habitada por gentiles. Esto para un judío era, de entrada, una descalificación, pero tenía la ventaja de menor control y mayores posibilidades de que la gente le entendiese.

Se puso a proclamar la “buena noticia” de parte de Dios. Había empezado él su evangelio diciendo que se trataba de exponer los orígenes de la “buena noticia de Jesús”. Estos textos son los que dieron origen a la palabra “evangelio”, cuyo género literario se inaugura con este escrito. No debemos confundir el concepto de buena noticia con el que hoy tenemos de evangelio. Por extraño que parezca, “euangelio” no significa “evangelio”. Hemos caído en un monumental fraude. Hemos confundido el estuche con la joya que debía contener. Aquí “euangelio” significa esa estupenda noticia que Jesús descubrió y nos comunicó de parte de Dios.

Se ha cumplido (colmado) el kairos. En la fiesta de Año Nuevo, hablamos del significado de “Cronos” y “kairos”. Aquí el texto dice kairos, es decir, se trata del tiempo oportuno para hacer algo definitivo. No hay un cronos especial. Cualquier cronos lo podemos convertir en kairos si nuestra actitud vital es adecuada. Nos está recordando que todos los Kairos se han concentrado en el que ahora está presente.

Está despuntando el Reino de Dios. Esta expresión es la clave. No se trata de que Dios reine. Se trata de que Dios se haga presente entre nosotros, gracias a las actitudes de los seres humanos. Jesús hace presente ese Reino, que es Dios, porque sus relaciones, basadas en el amor y la entrega, hacen presente en cada instante a Dios. Dios es amor, de modo que está allí donde exista una verdadera compasión. Ese Reino está ya presente en Jesús porque fue capaz de eliminar toda opresión.

¡Cambiad de mentalidad! “Convertíos” no expresa bien el sentido del texto griego. ‘metanoeite’ no significa hacer penitencia ni arrepentirse sino cambiar de mentalidad, pensar de otra manera y afrontar la vida desde otra perspectiva. Lo que pide Jesús es una manera nueva de ver la realidad que no tiene por qué partir de una situación depravada. Exige una actitud que no debe abandonarse nunca.

La llamada de los discípulos a continuación les obliga a hacer su personal cambio de rumbo (metanoia): “Dejan la barca y a su padre y le siguieron”. Debemos hacer todos, un serio examen de conciencia. Cuantas veces hemos descubierto nuestros fallos y nos hemos conformado con confesarlos, pero no hemos cambiado el rumbo. ¿De qué sirve esa parafernalia, si continuamos con la misma actitud?

Confiad en la buena noticia. La traducción oficial del griego “pisteuete” nos puede llevar a engaño. No se trata de creer la noticia, sino de confiar en que es buena noticia. Tanto en el AT como en el nuevo, la fe no es el asentimiento a unas verdades, sino la confianza en una persona. Si la buena noticia que Jesús predica viene de parte de Dios, podemos tener confianza plena en que es buena.

A la llamada de Jesús que acabamos de comentar, corresponden las primeras respuestas personales, de parte de unos simples pescadores sin preparación alguna, que se fiaron y fueron detrás de Jesús. Es muy significativo que el primer instante de su andadura pública, Jesús cuenta con personas que le siguen de cerca y están dispuestas a compartir con él su manera de entender la vida. La comunidad, por reducida que sea es clave para emprender una vida cristiana.

Darse cuenta de que estamos en un camino equivocado es la única manera de evitarlo. Cada vez que rechazamos un camino falso, nos estamos acercando al verdadero. Convertirse es rectificar la dirección para apuntar mejor a la meta. Pecado en el AT era errar el blanco. Da por supuesto que intentas dar en el blanco, pero te has desviado. Somos flechas disparadas que tienden a desviase del blanco y que tienen que estar contrarrestando esa fuerza que nos distorsiona.

Convertirse no es abandonar el mal por el bien, porque el mal y el bien en el ser humano no se pueden separar nunca del todo. Para el maniqueísmo está todo demasiado claro: Son realidades opuestas que deben estar separadas. La realidad es muy distinta: ni el bien ni el mal se pueden dar químicamente puros. Siempre que trazamos una línea divisoria entre el bien y el mal, nos estamos equivocando. Lo que llamamos mal no tiene entidad propia, es solo ausencia de bien.

El mal (ausencia de perfección) no es un accidente, sino que pertenece a la misma estructura del hombre. Sin esa limitación, que hace posible el error, pero que también hace posible el crecimiento, no habría persona humana. La hondura del misterio del mal está precisamente ahí. Del mismo mal surge el bien, y el mal acompaña siempre al bien. El afán maniqueo de eliminar el mal no tiene nada de evangélico. “Si te empeñas en eliminar todos los errores dejaras fuera la verdad”.

Siempre necesitaremos la advertencia de alguien para salir del error. Aún con la mejor voluntad, podemos estar equivocados. Las mayores barbaridades de la historia de la humanidad se hicieron en nombre de Dios. Aún con la mejor intención de caminar hacia la meta, siempre estaremos necesitados de rectificar.

UN COMIENZO SORPRENDENTE Domingo 3º del Tiempo Ordinario. Ciclo B

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fe adulta

El domingo pasado, el evangelio de Juan nos contó cómo Jesús entró en contacto con algunos de los que más tarde serían sus discípulos. Este domingo volvemos al evangelio de Marcos, que será el usado básicamente durante el Ciclo B. En tres escenas, las dos últimas estrechamente relacionadas, nos cuenta la forma sorprendente en que comienza a actuar Jesús.

1ª escena: Actividad inicial de Jesús.

Marcos ofrece tres datos: 1) momento en que comienza a actuar; 2) lugar de su actividad; 3) contenido de su predicación.

Momento. Cuando encarcelan a Juan Bautista. Como si ese acontecimiento despertase en él la conciencia de que debe continuar la obra de Juan. Nosotros estamos acostumbrados a ver a Jesús de manera demasiado divina, como si supiese perfectamente lo que debe hacer en cada instante. Pero es muy probable que Dios Padre le hablase igual que a nosotros, a través de los acontecimientos. En este caso, el acontecimiento es la desaparición de Juan Bautista y la necesidad de llenar su vacío.

Lugar de actividad. A diferencia de Juan, Jesús no se instala en un sitio concreto, esperando que la gente venga a su encuentro. Como el pastor que busca la oveja perdida, se dedica a recorrer los pueblecillos y aldeas de Galilea, 204 según Flavio Josefo. Galilea era una región de 70 km de largo por 40 de ancho, con desniveles que van de los 300 a los 1200 ms. En tiempos de Jesús era una zona rica, importante y famosa, como afirma el libro tercero de la Guerra Judía de Flavio Josefo (BJ III, 41-43), aunque su riqueza estaba muy mal repartida, igual que en todo el Imperio romano.

Los judíos de Judá y Jerusalén no estimaban mucho a los galileos: “Si alguien quiere enriquecerse, que vaya al norte; si desea adquirir sabiduría, que venga al sur”, comentaba un rabino orgulloso. Y el evangelio de Juan recoge una idea parecida, cuando los sumos sacerdotes y los fariseos dicen a Nicodemo: “Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta” (Jn 7,52).

El mensaje inicial. ¿Qué dice Jesús a esa pobre gente, campesinos de las montañas y pescadores del lago? Su mensaje lo resume Marcos en un anuncio (“Se ha cumplido el plazo, el reinado de Dios está cerca”) y una invitación (“convertíos y creed en la buena noticia”).

El anuncio encaja en la mentalidad apocalíptica, bastante difundida por entonces en algunos grupos religiosos judíos. Ante las desgracias que ocurren en el mundo, y a las que no encuentran solución, esperan un mundo nuevo, maravilloso: el reino de Dios. Para estos autores era fundamental calcular el momento en el que irrumpiría ese reinado de Dios y qué señales lo anunciarían. Jesús no cae en esa trampa: no habla del momento concreto ni de las señales. Se limita a decir que “está cerca”.

Pero lo más importante es que vincula ese anuncio con una invitación a convertirse y a creer en la buena noticia.

Convertirse implica dos cosas: volver a Dios y mejorar la conducta. La imagen que mejor lo explica es la del hijo pródigo: abandonó la casa paterna y terminó dilapidando su fortuna; debe volver a su padre y cambiar de vida. Esta llamada a la conversión es típica de los profetas y no extrañaría a ninguno de los oyentes de Jesús (la 1ª lectura, del libro de Jonás, se centra en ese tema).

Pero Jesús invita también a “creer en la buena noticia” del reinado de Dios, aunque los romanos les cobren toda clase de tributos, aunque la situación económica y política sea muy dura, aunque se sientan marginados y despreciados. Esa buena noticia se concretará pronto en la curación de enfermos, que devuelve la salud física, y el perdón de los pecados, que devuelve la paz y la alegría interior.

2ª y 3ª escenas: llamamientos de Simón y Andrés, Santiago y Juan

Jesús ha pasado unas semanas, quizá meses, recorriendo él solo Galilea. Hasta que decide buscar unos discípulos que lo acompañen y continúen su obra. No los busca en Jerusalén, entre los alumnos de los grandes rabinos. Los busca entre los pescadores. Económicamente no son unos miserables, tienen barca e incluso les ayudan unos jornaleros. Pero en una sociedad agraria, como la del Imperio romano, el obrero manual estaba por debajo del campesino, y sólo por encima de las clases de la gente impura y de los despreciables.

El relato de Marcos resulta desconcertante. ¿Es posible que cuatro muchachos sigan a Jesús sin conocerlo, abandonando su familia y su trabajo? El lector moderno, buscando una respuesta, acude al cuarto evangelio, donde se dice que Jesús ya los conoció cuando el bautismo. Pero el lector antiguo, que sólo tenía a su disposición el evangelio de Marcos, se queda admirado del poder de atracción que ejerce Jesús y de la disponibilidad absoluta de los discípulos.

Estos cuatro discípulos representan el primer fruto de la predicación de Jesús: muchachos que creen en la buena noticia del Reinado de Dios, siguen a Jesús y cambian radicalmente de vida.

La conversión de los ninivitas (Jonás 3,1-5.10)

La primera lectura ha sido elegida porque los ninivitas, los nazis de aquella época, al convertirse gracias a la predicación de Jonás, nos sirven de modelo. Mucho más motivo tenemos nosotros para convertirnos al escuchar la predicación de Jesús. Sin embargo, los motivos que aducen Jesús y Jonás son muy distintos: Jesús anima anunciando la cercanía del reinado de Dios; Jonás asusta anunciando que «dentro de cuarenta días Nínive será arrasada».

«Señor, enséñame tus caminos» (Salmo 24)

El salmo encaja mucho más con el evangelio que con la primera lectura. Porque Jonás no enseña nada, solo amenaza. En cambio, Jesús, proclamando el evangelio de Dios, nos enseña a caminar por el camino que Dios quiere y nos recuerda que «el Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores». Aparte de agradecérselo, debemos pedirle: «haz que camine con lealtad».

 


¿QUÉ ES EL REINO DE DIOS? Domingo III del Tiempo Ordinario 21 de enero Mc 1, 14-20

col lozano art

 

fe adulta

Es sabido que Jesús apenas habló de Dios. Todo su mensaje se centró en lo que él llamaba el “Reino de Dios”. Es probable que, a nuestros oídos no monárquicos y no religiosos, esta expresión les resulte completamente ajena, cuando no anacrónica, obsoleta y, por tanto, prescindible. Pero, tal vez, podamos encontrar en ella un significado en el que nos reconozcamos.

De entrada, se trata de una expresión polisémica, capaz de designar distintas realidades. Por una parte, parece significar la sociedad soñada por Jesús, un “mundo nuevo” caracterizado por la fraternidad, que nace de la comprensión de que todos somos hijos de una misma fuente (“Padre”). En este primer sentido, el “Reino de Dios” equivale al proyecto de Jesús. No extraña, por tanto, que constituya el núcleo de su mensaje.

Por otra parte, tal expresión se identifica con la metáfora del tesoro oculto: el “Reino de Dios” es el tesoro añorado que sabe a plenitud y hace desbordar de alegría. Está -decía Jesús- “dentro de vosotros”.

En este mismo sentido, la expresión puede ser otro modo de nombrar nuestra identidad profunda. El “Reino de Dios” es lo que somos, aquella dimensión de profundidad donde “todo está bien”. Por lo que, cuando se experimenta, uno descubre y vive, metafóricamente hablando, “el cielo en la tierra”.

Con todo ello, no es inadecuado afirmar que la expresión “Reino de Dios”, aun nacida en un contexto religioso teísta, es una metáfora de nuestra “casa”. Somos eso que anhelamos, en ocasiones sin ni siquiera saberlo; eso que es unidad, amor, gozo, paz…, plenitud de presencia. No habla de un “cielo” futuro ni separado, sino de la realidad atemporal, siempre a salvo. Una realidad que, más allá de los términos o expresiones que utilicemos, responde a nuestro Anhelo profundo: en ella nos encontramos con lo que realmente somos.

 


¿DEJARLO TODO? Mc 1, 14-20


col munarriz

comentario editorial fa7

 


«Ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él»

Después del bautismo y la cuarentena en el desierto, Jesús vuelve a Galilea y allí comienza su anuncio del Reino. Ya conocía a Juan, Simón y Andrés, y previsiblemente ellos conocían su proyecto, así que su vocación no fue un fogonazo en la oscuridad, sino que sabían en qué se embarcaban y con quién se embarcaban. Habían conocido a Jesús a orillas del Jordán, habían vuelto con él a Galilea, habían quedado fascinados y, según se desprende del texto, estaban seguros de que merecía la pena dejarlo todo por seguirle a dondequiera que les llevase.

Y ésta es una excelente metáfora del camino de la fe: conocerle, quedar fascinados y seguirle… Sus discípulos así lo hicieron y al final creyeron. No hay atajos. No es posible seguir a Jesús sin conocerle, y de ahí la importancia capital de preservar los cauces tradicionales de transmisión de la Palabra.

Volviendo al texto de hoy, en él se nos recuerda un tema esencial; estamos invitados a anunciar el Reino; estamos invitados a "seguir a Jesús dejándolo todo". Y no sólo las personas religiosas, sino todos nosotros. Pero, ¿qué significa para un cristiano medio que va todos los días a trabajar para alimentar a su familia “dejarlo todo” por seguir de Jesús?...

Pues significa poner al servicio de la misión todos los talentos recibidos, porque para eso se nos han dado. Se nos ha podido dar salud, inteligencia, simpatía, comprensión, dinero, influencias... Todo para el Reino, nada para el simple disfrute: todo son talentos para servir. Y ésta es la renuncia: que cada uno ponga a trabajar su talento, su dinero, su salud, para el servicio, para la misión a la que libremente se ha comprometido.

Todo cristiano, la Iglesia y la humanidad entera, están en camino hacia su propia liberación, y todos estamos invitados a trabajar por la liberación de todos. Y la buena Noticia es que “eso es el Reino”. El Reino no es un parche, un añadido, un esfuerzo adicional, sino que es mi vida; es lo que hago todos los días hecho de acuerdo a los criterios de Jesús; a los criterios de Dios.

La vida es el Reino. Lo que hago todos los días no es algo vulgar ni intrascendente, es mi forma de colaborar en la obra de Dios; es la parte de la obra de Dios confiada a mí. El engaño consiste en hacernos creer que la vida es profana; que una cosa es la vida y otra el Reino; que hay cosas del César que no son de Dios. La Revelación consiste en quitar ese engaño, descubrir el valor, el sentido de todo lo que estoy haciendo, y por tanto sentirme motivado, ilusionado en hacerlo bien, porque es mi contribución al Reino.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús 

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo sobre este evangelio, pinche aquí