FUNDADOR DE LA FAMILIA SALESIANA

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COLEGIO SALESIANO - SALESIAR IKASTETXEA

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miércoles, 7 de febrero de 2024

LA MISIÓN: PREDICAR EL EVANGELIO


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El evangelio es acción de vida que se transmite desde la palabra viva que es Jesús, es un anuncio que se comunica con compromiso de vida. Tiene como centro siempre a Jesús y como destinatario a pobres, enfermos, necesitados de liberación, descartados…

La compasión late en el corazón del evangelio, de tal forma es el latido, que es capaz de sentir el grito, el dolor de quien sufre, y más allá de cualquier cosa de juicio moral o mal, la compasión se mueve al dolor por el hambre o sed de amor.

En este domingo, quinto del Tiempo ordinario, la liturgia de la palabra nos invita a centrarnos en la predicación del evangelio.

Jesús en el evangelio de Marcos y Pablo en la segunda lectura de la primera carta a los corintios, son movidos a llevar la buena nueva del evangelio para que el mal sea siempre vencido y el sufrimiento superado.

La esperanza, siempre hay que tenerla viva en cada uno, el evangelio es esa luz de esperanza que hace vivo y presente a Cristo.

La iglesia está llamada a ser evangelio, que sea capaz de dar acogida al enfermo para que este se vea consolado, asistido en su sufrimiento y con la fuerza para afrontar el sufrimiento, superar el mal que lo aflige.

Por eso en la primera lectura del libro de Job, donde nos refiere lo difícil de la vida del hombre, la cual es como la de un soldado y de jornalero, donde hay tiene que vivir con entrega, desgastarse y verse envuelto muchas veces en la ausencia de un verdadero descanso reparador, por la exigencia misma que trae la misión que se tiene en la vida, sin embargo, ver y entender que la vida es un verdadero soplo, que cuando esté se va, la historia de la vida ahí queda.

Pero la buena nueva del evangelio de Jesús nos trae vida, porque la acompaña la gracia del Espíritu Santo, que aunque nuestra vida termine, como lo dice Jesús en la cruz: Padre en tus manos encomiendo mi Espíritu y expiró.

La vida siempre se mantiene en el espíritu y aunque experimentemos la muerte natural, los que vivimos en Cristo siempre tendremos vida.

Por eso San Pablo enfoca la predicación como una misión recibida, dándolo todo en gratuidad y tener la esperanza de participar de los bienes que comunica la misma predicación del evangelio.

Jesús mira a la necesidad de cada persona: sus sufrimientos, su enfermedad, sus carencias, sus necesidades que por sí mismos no pueden resolver, abriendo el evangelio la posibilidad de ser cercano y ayudar de la mejor forma posible.

Esa es la misión de los apóstoles de Jesús en su iglesia.

Jesús se hace pan para el hambriento, da consuelo al pecador que se acerca con esperanza, cura al agobiado por el Espíritu del mal, da la vista al ciego, cura de la fiebre a la suegra de Pedro.

¿Cómo podemos curar tanto sufrimiento? Cómo podemos ser medicina para dar alivio a tantos que sufren?

El evangelio, en Jesús, nos invita a darnos siempre y hacerlo gratuitamente! La vida nuestra debe ser para dar y generar vida.

El evangelio se retrata de una forma concreta en el texto de Mateo 25: tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber, era forastero y me hospedaste…

Podemos decir que lo que es imperdonable es no tener compasión ante una situación grave de dolor que requiere ayuda, comprensión, solidaridad, consuelo y reparación.

 

Fray Alfredo Quintero Campoy OdeM

Religión Digital

UNA FE QUE TRANSFORMA Y LIBERA (Mc 10,46-52)


col labrador

 

fe adulta

Lo impresionante de las curaciones de Jesús no está en que realice un gesto milagroso, una acción que parece romper las leyes de la naturaleza o cuestione las razones de las ciencias. Su fuerza está en su capacidad de propiciar un encuentro entrañable que hace que la persona herida por el sufrimiento pueda reconstruir su vida y pueda encontrarse a Dios acompañando ese proceso.

Sin duda, en las culturas de la antigüedad el modo de expresar, conceptualizar o comprender la enfermedad o los límites que impone la naturaleza es muy diferente al que en la actualidad tenemos, pero eso no disminuye el valor del relato y la novedad de la forma de actuar de Jesús con quien entra en relación con él.

En el mundo antiguo la enfermedad no era tanto una cuestión médica sino una cuestión social. Quien padecía cualquier dolencia o discapacidad era considerado impuro y por tanto se le excluía de la vida del grupo (Lev 21, 16-24). Desde esta manera de entender la enfermedad, la curación no dependía tanto de una actuación sobre los síntomas físicos, sino de un proceso de transformación de la vida total de la persona enferma que le permitiese volver a formar parte de la comunidad. Este proceso de curación pasaba por la aceptación de la actuación del sanador que mediaba el proceso que posibilitase la recuperación de la salud y la integración de la persona a la vida social y comunitaria.

Teniendo en cuenta este contexto, Jesús aparece como un sanador con unas características únicas que lo muestran curando a través de su palabra y del tacto, lo que lo separa de otros sanadores tradicionales que utilizan fórmulas, ritos, remedios. Jesús pone en el horizonte de su actuar la voluntad liberadora y restauradora de Dios. De hecho, los evangelios no subrayan, en primer lugar, lo maravilloso de sus signos y curaciones sino la invitación a descubrir en ellos a Dios y a vincularse a su proyecto[1]

El grito de esperanza de Bartimeo

El relato de la curación del ciego Bartimeo ejemplifica muy bien el modo de actuar de Jesús y como en ella se encarna la acción salvadora de Dios que busca recuperar la vida de quien sufre y está hundido por el mal.

A Bartimeo se le presenta en el relato, sentado al borde del camino. Un lugar que expresa no solo un espacio físico, sino su condición impura y marginal. Ahí, sobrevive gracias a las limosnas que recibe porque nadie se hace cargo de él. Ese lugar en el que está no le permite acercarse al grupo que pasa por el camino y necesita gritar para que Jesús, que camina rodeado de gente, pueda escucharle. Desde el grupo que acompaña a Jesús intentan que se calle porque, posiblemente, consideran que su voz no es digna de ser escuchada por el maestro y sanador, pero el ciego insiste en reclamar la atención de Jesús.

Sus palabras: “Hijo de David ten compasión de mí” expresan su esperanza y su fe en que Jesús puede sanarlo y reincorporarlo al camino comunitario. Bartimeo no ve solo en Jesús un sanador, sino que reconoce en él al Mesías de Dios. Esa fe le da la fuerza para buscar el encuentro con él y recibir el regalo de ser sanado y salvado.

Tu fe te ha salvado

Jesús escucha el grito de Bartimeo, lo busca, lo reconoce y entra en diálogo con él. No se acerca al borde del camino para hablar con él, sino que le pide a quienes lo acompañan que lo traigan al camino, que lo rescaten del espacio de impureza en el que está confinado. Este movimiento es ya un primer paso de inclusión y restauración social para esta persona.

Jesús no da por su puesta la necesidad del ciego, sino que le pregunta para poder escuchar de sus labios su necesidad. Con su pregunta lo reconoce en su dignidad y confía en su palabra. Sin duda para aquel hombre, poder expresar su sufrimiento, su impotencia, su carencia es comenzar a experimentar el cambio que está aconteciendo en su vida.

Jesús ante la respuesta de Bartimeo no hace ninguna acción que pudiese promover su curación física, sino que reconoce en su determinación y fe la acción salvadora de Dios que se expresa en su capacidad de volver a ver. De hecho, no le dice tu fe te ha curado, sino tu fe te ha salvado porque no se trata solo de poder ver con los ojos del cuerpo sino de poder ver con los ojos del corazón.

Le seguía por el camino

Cuando Bartimeo experimenta en su cuerpo y en su corazón la salvación de Dios, que lo restituye como persona y lo vincula de nuevo con su entorno, no vuelve a su lugar de origen, sino que se incorpora a la comunidad de Jesús. Porque se ha sentido liberado y reconstruido en su encuentro con Jesús, quiere también ser compañero en el proyecto salvador de Dios inaugurado por Jesús. Al seguirle por el camino, se incorpora a la comunidad del Reino como testigo del amor y perdón que Dios, el Abba de Jesús, ofrece a cada ser humano. Como seguidor de Jesús se compromete a vivir a su estilo, a vincularse con otros y otras como un ser humano nuevo, capaz de construir relaciones inclusivas y espacios sanadores.

El relato del encuentro entre Jesús y Bartimeo nos recuerda nuestro horizonte de seguimiento, nos invita a preguntarnos como construimos comunidad al estilo de Jesús y como seguimos colaborando en hacer posible que nadie se quede en el borde del camino, que nadie tenga que resignarse a vivirse estigmatizado o etiquetado porque sufre, no ha acertado en sus decisiones o sencillamente no responde a lo que esperamos de él o ella.

 


CONTRA LA EXCLUSIÓN José Antonio Pagola

 


En la sociedad judía, el leproso no era solo un enfermo. Era, antes que nada, un impuro. Un ser estigmatizado, sin sitio en la sociedad, sin acogida en ninguna parte, excluido de la vida. El viejo libro del Levítico lo decía en términos claros: «El leproso llevará las vestiduras rasgadas y la cabeza desgreñada... Irá avisando a gritos: Impuro, impuro. Mientras le dura la lepra será impuro. Vivirá aislado y habitará fuera del poblado» (13,45-46).

La actitud correcta, sancionada por las Escrituras, es clara: la sociedad ha de excluir a los leprosos de la convivencia. Es lo mejor para todos. Una postura firme de exclusión y rechazo. Siempre habrá en la sociedad personas que sobran.

Jesús se rebela ante esta situación. En cierta ocasión se le acerca un leproso avisando seguramente a todos de su impureza. Jesús está solo. Tal vez los discípulos han huido horrorizados. El leproso no pide «ser curado», sino «quedar limpio». Lo que busca es verse liberado de la impureza y del rechazo social. Jesús queda conmovido, extiende su mano, «toca» al leproso y le dice: «Quiero. Queda limpio».

Jesús no acepta una sociedad que excluye a leprosos e impuros. No admite el rechazo social hacia los indeseables. Jesús toca al leproso para liberarlo de miedos, prejuicios y tabúes. Lo limpia para decir a todos que Dios no excluye ni castiga a nadie con la marginación. Es la sociedad la que, pensando solo en su seguridad, levanta barreras y excluye de su seno a los indignos.

Hace unos años pudimos escuchar todos la promesa que el responsable máximo del Estado hacía a los ciudadanos: «Barreremos la calle de pequeños delincuentes». Al parecer, en el interior de una sociedad limpia, compuesta por gentes de bien, hay una «basura» que es necesario retirar para que no nos contamine. Una basura, por cierto, no reciclable, pues la cárcel actual no está pensada para rehabilitar a nadie, sino para castigar a los «malos» y defender a los «buenos».

Qué fácil es pensar en la «seguridad ciudadana» y olvidarnos del sufrimiento de pequeños delincuentes, drogadictos, prostitutas, vagabundos y desarraigados. Muchos de ellos no han conocido el calor de un hogar ni la seguridad de un trabajo. Atrapados para siempre, ni saben ni pueden salir de su triste destino. Y a nosotros, ciudadanos ejemplares, solo se nos ocurre barrerlos de nuestras calles. Al parecer, todo muy correcto y muy «cristiano». Y también muy contrario a Dios.

 

DOMINGO 6º (B) Mc 1,40-45 JESÚS LIBERABA AL ACEPTAR A TODOS SIN RESERVAS


 

fe adulta

Seguimos en el primer capítulo de Marcos. Después de un enunciado general, que resume su habitual manera de actuar, nos narra la curación de un leproso. El leproso no tiene nombre. Tampoco se habla de tiempo y lugar determinados. Se trata de una generalización de la manera de actuar de Jesús con los oprimidos. Se advierte una falta total de lógica narrativa. Apenas ha pasado un día de la predicación de Jesús y ya le conocen hasta los leprosos que vivían en total aislamiento de la sociedad.

La lepra era el motivo más radical de marginación. Lo que se entendía por lepra en la antigüedad, no coincide con lo que es hoy esa enfermedad concreta. Más bien se llamaba lepra a toda enfermedad de la piel que se presentara con un aspecto más o menos repugnante. Tanto la lepra como las normas sobre la enfermedad no son originales del judaísmo. Esas normas nos parecen hoy inhumanas, pero no tenían otra manera de defenderse de una enfermedad que podía causar estragos.

Se acercó, suplicándole: Si quieres puedes limpiarme. Esta actitud indica a la vez valentía, porque se atreve a transgredir la Ley, pero también el temor a ser rechazado. Se puede descubrir una complicidad entre el leproso y Jesús. Los dos van más allá de la Ley. La liberación solo es posible a través de una relación profundamente humana. Si no salimos de la trampa de un poder divino para hacer milagros, nunca entenderemos el verdadero mensaje del evangelio. Jesús libera, humaniza, porque trata humanamente a los demás. De ese modo les devuelve la capacidad de ser humanos.

Sintiendo lástima. La devaluación del significado de la palabra “amor” nos obliga a buscar un concepto más adecuado para expresar esa realidad. En el NT, ‘compasivo’ se dice solo de Dios y de Jesús. Es la acción de Dios manifestada a través de los sentimientos humanos. La compasión era ya una de las cualidades de Dios en el AT. Jesús la hace suya en toda su trayectoria. Es una demostración de que para llegar a lo divino no hay que destruir lo humano. La compasión es la forma más humana de amor.

Le tocó. El significado del verbo griego aptw no es en primer lugar tocar, sino sujetar, atar, enlazar. Este significado nos acerca más a la manera de actuar de Jesús. Quiere decir que no solo le tocó un instante, sino que mantuvo esa postura durante un tiempo. Había que traducirlo por ‘le dio la mano’ o le abrazó. Teniendo en cuenta lo que acabamos de decir de la lepra, podemos comprender el profundo significado del gesto, suficiente por sí mismo para hacer patente la actitud de Jesús. No solo está por encima de la Ley, sino que asume el riesgo de contraer la lepra.

Quiero... La simplicidad del diálogo esconde una riqueza de significados: Confianza total del leproso y respuesta que no defrauda. No le pide que le cure, sino que le limpie. Por tres veces se repite el verbo kadarizw limpiar, verbo que significa también, liberar. Nos lanza más allá de una simple curación. Desaparece la enfermedad y le restituye en su plena condición humana: Le devuelve su condición social y su integración religiosa. Vuelve a sentir la amistad de Dios, que era el valor supremo para un judío.

Lo echó fuera… y cuando salió… La segunda parte del relato es de una gran importancia. Se supone que estaban en un lugar apartado del pueblo, sin embargo, el texto griego dice literalmente: lo expulsó fuera, y del leproso dice: cuando salió. Una vez más nos está empujando a una comprensión espiritual. Jesús no quiere que continúe junto a él y lo despide inmediatamente; eso sí, con el encargo de no contarlo y de presentarse ante el sacerdote. Una vez más, manifiesta Marcos el peligro de que las acciones de Jesús en favor del marginado fueran mal interpretadas.

¡Qué curioso! Jesús acaba de saltarse la Ley a la torera, pero exige al leproso que cumpla lo mandado por Moisés. Hay que estar muy atento para descubrir el significado. Jesús no está contra la Ley, sino contra las injusticias y tropelías que se cometían en nombre de ella. Él mismo tuvo que defenderse: no he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud. Jesús se salta la Ley cuando le impide estar a favor del hombre. Presentarse al sacerdote era el único modo que tenía el leproso de recuperar su estatus social.

El evangelio nos dice que las consecuencias de la proclamación, de hecho, fueron nefastas para Jesús. Si había tocado a un leproso, él mismo se había convertido en apestado. “Y no podía ya entrar abiertamente en ningún pueblo”. Las consecuencias de la divulgación del hecho, podían también ser nefastas para el leproso. Era el sacerdote el único que podía declarar puro al contagiado. Los sacerdotes podían ponerle dificultades si tenían conocimiento de cómo se había producido la curación.  

La lepra producía exclusión porque la sociedad era incapaz de protegerse de ella por otros medios. Hoy la sociedad sigue creando marginación por la misma razón, no encuentra los cauces adecuados para superar los peligros que algunas conductas suponen para ella. No somos todavía capaces de hacer frente a esos peligros con actitudes humanas. Tenemos que recurrir a métodos deshumanizadores.

Jesús se pone al servicio del hombre sin condiciones, mostrándonos lo que tenemos que hacer nosotros. Dios no tiene nada que ver con la injusticia, ni siquiera cuando está amparada por la ley humana o divina. Jesús se salta a la torera la Ley, tocando al leproso. Ninguna ley humana, sea religiosa, sea civil, puede tener valor absoluto. Lo único absoluto es el bien del hombre. Pero para la mayoría de los cristianos sigue siendo más importante el cumplimiento de la ley que el acercamiento al marginado.

No creo que haya uno solo de nosotros que no se haya sentido leproso y excluido por Dios. El pecado es la lepra del espíritu, que es mucho más dañina que la del cuerpo. Es un contrasentido que, en nombre de Dios, nos hayan separado de Dios. El evangelio de Jesús es buena noticia. El Dios de Jesús es Padre porque es Ágape. De Él, nadie se tiene que sentir apartado. La experiencia de ser aceptado por Dios es el primer paso para no excluir a los demás. Si partimos de la idea de un Dios que excluye, encontraremos mil razones para excluir en su nombre.

Seguimos aferrados a la idea de que la impureza se contagia, pero el evangelio nos está diciendo que la pureza, el amor, la libertad, la salud y la alegría también. Seguimos justificando demasiados casos de marginación bajo pretexto de permanecer puros. ¡Cuántas leyes deberíamos saltarnos hoy para ayudar a todos los marginados a reintegrarse en la sociedad y permitirles volver a sentirse seres humanos!

 

PODER Y COMPASIÓN Domingo 6º. Ciclo B

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fe adulta

Tras la curación de la suegra de Pedro y a otros muchos enfermos, Marcos cuenta el primer gran milagro de Jesús: la curación de un leproso.

La lepra en el antiguo Israel: diagnóstico y curación

"La lepra, en el sentido moderno, no fue definida hasta el año 1872 por el médico noruego A. Hansen. En tiempos antiguos se aplicaba la palabra "lepra" a otras enfermedades; por ejemplo, a enferme­dades psicógenas de la piel" (J. Jeremias, Teologia del AT, 115, nota 36).

En Levítico 13 se tratan las diversas enfermedades de la piel: inflama­ciones, erupciones, manchas, afección cutánea, úlcera, quemadu­ras, afecciones en la cabeza o la barba (sarna), leucodermia, alopecia. Se examinan los diversos casos, y el sacerdote decidirá si la persona es pura o impura (caso curable o incurable). De ese capítulo está tomado el breve fragmento de la primera lectura de este domingo.

Dos casos de lepra: impotencia de Moisés, poder sin compasión de Eliseo

El milagro de curar a un leproso sólo se cuenta en el AT de Moisés (Números 12,10ss) y de Eliseo (2 Reyes 5). Es interesante recordar estos relatos para compararlos con el de Marcos.

Impotencia de Moisés

María y Aarón murmuran de Moisés, no se sabe exactamente por qué motivo. En cualquier hipótesis, Dios castiga a María (no a Aarón, cosa que indigna a las feministas, con razón). "Al apartarse la nube de la tienda, María tenía toda la piel descolorida como nieve". Aarón se da cuenta e intercede por ella ante Moisés. Pero Moisés no puede curarla. Sólo puede pedirle a Dios: "Por favor, cúrala". El Señor accede, con la condición de que permanezca siete días fuera del campamento (Números 12).

El poder sin compasión de Eliseo

El caso de Eliseo es más entretenido y dramático (2 Reyes 5). Naamán, un alto dignatario sirio, contrae la lepra, y una esclava israelita le aconseja que vaya a visitar al profeta Eliseo. Naamán realiza el viaje, esperando que Eliseo salga a su encuentro, toque la parte enferma y lo cure. Pero Eliseo no se molesta en salir a saludarlo. Le envía un criado con la orden de lavarse siete veces en el Jordán. Naamán se indigna, pero sus criados lo convencen: obedece al profeta y se cura. A diferencia de Moisés, Eliseo puede curar, aunque sea con una receta mágica, pero no siente la menor compasión por el enfermo.

Jesús: poder y compasión

El relato de Marcos consta de seis elementos: petición del leproso; reacción de Jesús; resultado; advertencia; reacción del curado; consecuencias.

Petición del leproso. Tres detalles son importantes en la actitud del leproso: 1) no se atiene a la ley que le prohíbe acercarse a otras personas; 2) se arrodilla ante Jesús, en señal de profundo respeto; 3) confía plenamente en su poder; todo depende de que quiera, no de que pueda.

Reacción de Jesús. Podía haber respondido a la petición del leproso con las simples palabras: “Quiero, queda limpio”. Con ello, a diferencia de Moisés y de Eliseo, habría demostrado su poder: no necesita pedir la inter­vención de Dios, ni recurrir a remedios cuasi-mágicos. Sin embargo, antes de demostrar su poder muestra su compasión. Marcos habla de lo que siente (“lástima”) y de lo que hace (“extendió la mano y lo tocó”). Es lo que esperaba el sirio Naamán que hiciera Eliseo: tocar su parte enferma. Por otra parte, quien tocaba a un leproso quedaba impuro; pero a Jesús no le preocupa este tipo de impureza.

Advertencia. Aparentemente, Jesús da dos órdenes al recién curado: 1) que no se lo diga a nadie; 2) que se presente al sacerdote. La primera (no decirlo a nadie) resulta extraña, porque Jesús no pretende pasar desapercibido. Es probable que las dos órdenes estén relacionadas entre sí, formando una sola: «no te entre­tengas en decírselo a nadie, sino ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés». ¿Qué había ordenado Moisés? Según el Levítico, el curado debe ofrecer: dos aves puras (se suponen tórtolas o pichones), dos corderos sin defecto, una cordera añal sin defecto, doce litros de flor de harina amasada con aceite y un cuarto de litro de aceite. Con todo ello el sacerdote realiza un complejo ritual que dura ocho días. Además, el curado deberá afeitarse completamente el primer día y raparse de nuevo el octavo.

Las palabras finales de Jesús parecen tener un tinte polémico: «para que les conste». Se pasa del singular (el sacerdote) al plural (les conste), como si Jesús pensase en todos sus adversa­rios que no lo aceptan.

Reacción del curado. No obedece a ninguna de las dos órdenes de Jesús. Ni se calla ni acude al sacerdote. Según la traducción litúrgica, «empezó a divulgar el hecho con grades ponderaciones». Una traducción más literal sería: «empezó a predicar mucho y a divulgar la palabra». Como si el leproso curado, en vez de atenerse a lo mandado por Moisés prefiriese convertirse en un misionero cristiano.

Consecuencias. Jesús no puede entrar abiertamente en ningún pueblo. Debe permanecer en descampado, y aun así acuden a él. ¿Por qué esta reacción suya? Sabiendo lo que cuenta Marcos más tarde, la respuesta sería: para no verse agobiado por la multitud de gente que acude a él.

Una lectura simbólica: el leproso es cada uno de nosotros

Los relatos evangélicos tienen siempre una gran carga simbólica. Quieren que nos identifiquemos con la situación que narran. En este caso, con el leproso. Todos llevamos dentro algo, mucho o poco, de lo que nos sentimos culpables. Podemos negarnos a admitirlo, escondiendo la cabeza bajo tierra, como el avestruz. O podemos reconocerlo, y acudir humildemente a Jesús, con la certeza de que “si quieres puedes limpiarme”. Él tiene el poder y la compasión necesarios para cambiar nuestra vida.

 

Domingo VI del Tiempo Ordinario 11 de febrero Mc 1, 40-45

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La compasión constituye uno de los signos más palpables de madurez humana y de espiritualidad genuina. Y esto no es así por un convencionalismo arbitrario, sino porque la compasión brota espontáneamente de la comprensión.

Una persona es psicológica y espiritualmente madura cuando se habita a sí misma, viviendo en conexión consciente con lo que es, más allá de la imagen, de la acción y del propio ego. Y lo que somos de fondo, más allá del yo, es una realidad transpersonal que se ha designado como Verdad, Bondad y Belleza. Dicho más brevemente: somos Amor. Por eso, cuando lo comprendemos, no podemos sino vivirlo. Por eso también, es lo único que nos hace felices.

Sin embargo, la experiencia nos dice que encontraremos dificultades para vivirlo: desde una sensibilidad más o menos endurecida hasta un estado de alejamiento de nuestra propia identidad profunda, pasando por un mayor o menor bloqueo de nuestra capacidad de amar, como consecuencia de carencias afectivas importantes en los primeros momentos de nuestra existencia.

Eso explica que, con frecuencia, nos veamos enfrentados a una paradoja: somos Amor, pero necesitamos entrenarlo para poder vivirnos en coherencia. Entrenar el amor no significa entrar por un camino de voluntarismo. La voluntad la necesitaremos para mantener la perseverancia en el entrenamiento, pero el amor despertará en la medida en que nos sea posible experimentarlo.

Es probable que, en ese camino, haya que empezar por cuidar y desarrollar el amor a sí mismo. Un cuidado que no tiene nada de egoísta, ya que ese mismo amor es el que nos libera del encierro narcisista, gracias a dos características que lo acompañan: la humildad y la universalidad.

El amor es humilde, es decir, verdadero e íntegro y, por tanto, desapropiado, porque se reconoce infinitamente más grande que el propio yo. No se trata, por tanto, de que yo me ame -aunque lo nombremos de este modo-, sino de que el Amor me alcanza y me envuelve. Al reconocerlo así, el yo o ego ha perdido su protagonismo.

Por otro lado, el amor es universal, no deja nada ni a nadie fuera. Porque no es un sentimiento que dependiera de mí y conociera altibajos, sino una certeza que se apoya en la realidad de lo que es: todo es uno, todos somos uno. En el Amor lo experimentamos.

EL LEPROSO Mc 1, 40-45


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«De modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad»

Otra escena para contemplar, para imaginar, para paladear, para aparcar la razón y disfrutar.

Jesús sale de Cafarnaúm para predicar la buena Noticia. El camino discurre entre suaves colinas de tierra rojiza tachonada de arbustos y pequeños árboles retorcidos por el viento. Le sigue un amplio séquito posiblemente superior a doscientas personas, y, tal como solía ocurrir, sus seguidores se apretujan en la cabeza de la marcha en un intento permanente de acercarse más al profeta. Los rayos del sol a sus espaldas y la brisa del oeste contra el rostro les proporciona una marcha agradable y placentera.

De súbito, en un recodo del camino aparece un leproso que se dirige a ellos con paso decidido. Sus vestiduras, blancas antaño, se han convertido en un montón de harapos sucios y desastrados. «Si quieres, puedes limpiarme» —grita, con fuerza.

Un leproso no sólo tiene que soportar su terrible enfermedad, sino la marginación total de la sociedad en que vive. Esta marginación es el reflejo del supuesto rechazo del propio Dios, que de esa forma le castiga por sus pecados. Es impuro ante la Ley y transmite su impureza a todo aquel que osa tocarle. Un leproso es considerado, en definitiva, como causa de contaminación y maldición para el pueblo, y tocar a un leproso no solo es una imprudencia desde el punto de vista higiénico, sino, sobre todo, un quebrantamiento grave de la Ley de Moisés.

Pero volvamos al relato. Quienes hasta entonces se habían esforzado por mantenerse al lado de Jesús, comienzan a ralentizar el paso para evitar que el leproso pueda llegar hasta a ellos; y no solo eso, sino que al ver al leproso seguir acercándose, vuelven sobre sus pasos olvidando la compostura y atropellando a los que todavía no se han hecho cargo de la situación. Solo Jesús se mantiene firme esperando al desventurado, e incluso algunos testigos dicen que avanzó hacia él.

Jesús siente una infinita compasión por aquel hombre; por la insoportable soledad en la que vive a causa de la brutal injusticia a la que le someten sus hermanos. El reino de Dios, la buena Noticia, también son para él, o mejor dicho, son preferentemente para él; para aquel Hijo cuya única esperanza parece ser la muerte. A pocos pasos de Jesús, el leproso hinca la rodilla en tierra y vuelve a suplicarle: «Si quieres, puedes sanarme».

Los acompañantes de Jesús contemplan la escena a distancia prudencial. Algunos le instan para que se retire antes de que pueda incurrir en impureza. «¡No le hagas caso! —le gritan—, es un pecador y está quebrantando la Ley». Pero Jesús no les oye. Solo piensa en la tragedia de aquel hombre y en cómo ayudarle. Ante el estupor de todos, da unos pasos hacia él, le coge de los codos y lo levanta. Sin soltarle, cierra los ojos, implora la misericordia del Padre y, cuando vuelve a abrirlos, la lepra ha desaparecido.

Aquel hombre, casi sin respiración al ver el prodigio que acababa de producirse en su persona, se mira incrédulo las manos, antes convertidas en muñones, y se palpa el rostro, antes carcomido por la enfermedad. Jesús le pone afectuosamente la mano sobre su hombro, y le dice: «Mira; no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y ofrece por la purificación lo que ordenó Moisés». Pero el leproso, después de partir, comienza a pregonarlo a los cuatro vientos, y lo hace tan a conciencia, que el conocimiento de este suceso precede a Jesús en todo el camino.

Cuando continúan la marcha hacia la aldea a la que se dirigen, la muchedumbre ya no le estruja en su afán por acercarse más, sino que guarda una prudente distancia porque Jesús ha incurrido en impureza y no quieren que nadie pueda acusarles de impuros por haberse rozado con él. Algunos quedan perplejos y escandalizados ante semejante trasgresión de la Ley por parte de Jesús, pero a él esto le trae sin cuidado. Para él lo importante es la gente —sobre todo la gente necesitada—, y ningún poder humano va a apartarle de su camino.

Al llegar a la puerta de la aldea, las autoridades le impiden el paso. «Tú no puedes pasar —le dicen— hasta que cumplas tu período de impureza». Jesús tiene que quedarse fuera y sus amigos se quedan fuera con él. Durante el tiempo que prescribe la Ley, tiene que permanecer en los descampados sin poder acercarse a las ciudades, pero hasta él llegan las gentes de todas las partes para escucharle...

¡Fascinante Jesús!

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús 

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo sobre este evangelio, pinche aquí

miércoles, 31 de enero de 2024

Tirar del freno de seguridad: ante la gravedad de la crisis actual

 


[Por: Leonardo Boff]


Nos encontramos en el corazón de una espantosa y generalizada crisis sobre la forma como habitamos y nos relacionamos con nuestro planeta, devastado y atravesado por guerras de gran destrucción y movido por odios raciales e ideológicos. Además, la era de la razón científica ha creado la irracionalidad del principio de autodestrucción: con las armas ya construidas podemos poner fin a nuestra vida y a la de gran parte de la biosfera, sino de toda.

 

No son pocos los analistas de la situación mundial que nos alertan sobre  el eventual uso de tales armas de destrucción  masiva. La razón de fondo sería la disputa sobre quién manda  en la humanidad y quién tiene la última palabra. Tiene que ver con el  enfrentamiento entre la unipolaridad sustentada por Estados Unidos y la multipolaridad requerida por China, por Rusia, y eventualmente por el conjunto de los países que forman los BRICS. Si hubiera una guerra nuclear, en ese caso se realizaría la fórmula: 1+1=0: una potencia nuclear destruiría a otra y  juntas acabarían con la humanidad y con una parte sustancial de la vida.

 

Dadas estas circunstancias, nos vemos en la necesidad de tirar del freno de seguridad del tren de la vida, pues, desenfrenado, puede  precipitarse en un abismo. Tememos que este freno esté ya oxidado y haya quedado inutilizable. ¿Podemos salir de esta amenaza? Tenemos que intentarlo, según el dicho de Don Quijote: “antes de aceptar la derrota, tenemos que dar todas las batallas”. Y las vamos a dar.

 

Voy a servirme de dos categorías para aclarar mejor nuestra situación. Una del teólogo y filósofo danés Soren Kierkegaard (1813-1885), la angustia, y otra del también teólogo y filósofo alemán, discípulo notable de Martin Heidegger, Hans Jonas (1903-1993), el miedo.

 

La angustia (O conceito de angústia,Vozes 2013) para Kierkegaard no es solo un fenómeno psicológico, sino un dato objetivo de la existencia humana. Para él como pastor y teólogo, además de eximio filósofo, sería la angustia frente a la perdición eterna o la salvación. Pero es aplicable a la vida humana. Esta se presenta frágil y sujeta a morir en cualquier instante. La angustia no deja a la persona inerte, la mueve continuamente a fin de  crear condiciones para  salvaguardar la vida.

 

Hoy tenemos que alimentar ese tipo de angustia existencial ante las amenazas objetivas que pesan sobre nuestro destino, que pueden resultar fatales. Ella es algo saludable que pertenece a la vida, no es algo enfermizo a ser tratado psiquiátricamente.

 

Hans Jonas en su libro O princípio responsabilidade,  (Contraponto, Rio 2006) analiza el miedo a vernos colocados al borde del abismo y caer fatalmente en él. Estamos en una situación de no retorno. Ya no se trata de una ética del progreso o del perfeccionamiento, sino de prevención de la vida contra las amenazas que pueden traernos la muerte. El miedo aquí es sano y  salvador, pues nos obliga a una ética de la responsabilidad colectiva en el sentido de aportar todos su colaboración para preservar la vida humana en la Tierra.

 

La situación actual a nivel planetario escapa al control humano. Hemos creado la Inteligencia Artificial Autónoma que ya no depende de nuestras decisiones. ¿Quién, con sus miles y miles de millones de algoritmos, impide que ella pueda optar por la destrucción de la humanidad?

 

En primer lugar tenemos una tarea que cumplir: responsabilizarnos del mal que estamos visiblemente causando al sistema-vida y al sistema-Tierra, sin capacidad de impedirlo o frenarlo, solo aminorando sus efectos dañinos. El sistema de producción mundial energívoro está de tal modo engrasado que no tiene manera ni quiere  parar. No renuncia a sus mantras de base: aumento ilimitado del lucro individual, competición feroz  y la superexplotación de los recursos de la naturaleza.

 

Además de esto, es importante responsabilizarnos también del mal que no supimos evitar física y espiritualmente en el pasado y  cuyas consecuencias se han vuelto inevitables, como las que estamos sufriendo con el calentamiento creciente del planeta y la erosión de la biodiversidad.

 

El miedo del que estamos poseídos se relaciona con el futuro de la vida y la garantía de poder todavía seguir vivos sobre este planeta. En función de ese desiderátum Jonas formuló un imperativo ético categórico:

 

Obra de modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica sobre la Tierra; o expresado negativamente: obra de modo que los efectos de tu acción no sean destructivos para la posibilidad futura de una tal vida; o, simplemente, no pongas en peligro la continuidad indefinida de la humanidad en la Tierra” (Op. cit. 2006, p. 47-48). Yo añadiría “no pongas en peligro la continuidad indefinida de todo tipo de vida, de la biodiversidad, de la naturaleza y de la Madre Tierra”.

 

Estas reflexiones nos ayudan a alimentar alguna esperanza en la capacidad de cambio de los seres humanos, pues poseemos libre albedrío y flexibilidad.

 

Pero, como el peligro es  global, se impone una instancia global y plural (representantes de los pueblos, de las religiones, de las universidades, de los pueblos originarios, de la sabiduría popular) para encontrar una solución global. Para eso tenemos que renunciar a los nacionalismos y a las fronteras obsoletos entre las naciones.

 

Como se puede observar, las distintas guerras hoy en curso son por conflictos entre las fronteras de las naciones; la afirmación de los nacionalismos y la creciente onda de conservadurismo y de políticas de extrema derecha se alejan mucho de esta idea de un centro colectivo para el bien de toda la humanidad.

 

Debemos reconocer que estos conflictos por las fronteras entre las naciones están despegados de la nueva fase de la Tierra-Casa Común, y representan movimientos regresivos y contrarios al curso irresistible de la historia, que unifica cada vez más el destino humano con el destino del planeta vivo.

 

Somos solo una Tierra y una sola humanidad a ser salvadas. Y con urgencia pues el tiempo del reloj corre en contra nuestra. Cambiemos nuestras mentes y nuestras prácticas.

 

*Leonardo Boff ha escrito Habitar la Tierra, Vozes 2022; Tierra madura: una teología de la vida, Planeta 2023.

 

Traducción de María José Gavito Milano

 

El planeta se congela: por qué el cambio climático también explica el frío extremo

  Dani Cabezas

Rebelión

Fuentes: La marea climática
Estados Unidos y el norte de Europa han sufrido un temporal de frío y nieve sin precedentes en las últimas semanas.
Jonah Eller-Isaacs, asistente legal de 43 años, vive en Portland, Oregón. Su casa se ubica en lo alto de una colina, en un privilegiado rincón al noroeste de la ciudad que le proporciona unas vistas de ensueño de la Cordillera de las Cascadas y el monte Hood, el más alto del estado. Ver noticia 

Una alarma muy seria

 


José I. González Faus, teólogo

Miradas cristianas

Mientras cerramos los ojos
Hay en nuestra historia una ley bastante repetida: se comente un crimen innegable. Se reacciona contra ese crimen de manera injusta y desproporcionada (más propia de la venganza quede la justicia). Y a quien critica esa reacción vengativa se le tacha de defensor del crimen anterior.  Ver noticia 

Realizan homenaje póstumo al padre de la teología popular en El Salvador: «José María Castillo sembró esperanza y evangelio en nuestro pueblo»

 

JOSÉ Mª CASTILLO
Religión Digital

La comunidad Dimas Rodríguez al norte de la capital salvadoreña, realizó un homenaje póstumo al sacerdote jesuita de origen español, José María Castillo, para rendir un tributo por su valiosa contribución en la transformación de la comunidad que, cuando la visitó por primera vez a finales de la década los noventa, era un asentamiento humano con munchas carencias al ser personas desmovilizadas de las fuerzas insurgentes producto de los Acuerdos de Paz de 1992  Ver noticia 

Varios países suspenden la financiación a la UNRWA por supuestos vínculos con Hamás

 Público

Los israelíes han acusado repetidamente a la organización de complicidad con Hamás en Gaza y han asegurado que varios de sus miembros son militantes del grupo, algo que la ONU siempre ha negado.
Reino Unido, Italia, Australia, Canadá, Finlandia y Estados Unidos han decidido suspender temporalmente la financiación para la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos (UNRWA) por supuestos vínculos con Hamás.Ver noticia

EEUU y Europa tienen un grave problema de coherencia con su posición... EEUU y Europa tienen un grave problema de coherencia con su posición ante Gaza

 Olga Rodríguez

Rebelión

Fuentes: El Diario
La orden de la Corte Internacional de Justicia que investiga a Israel por posibles delitos de genocidio coloca a los países occidentales frente a sus propias contradicciones y necesita, para lograr su cumplimiento, un cambio de postura de EEUU y los países europeos Ver noticia 

Un conservador, un moderado o alguna sorpresa: ¿quién será el próximo presidente de la Conferencia Episcopal?

 Jesús Bastante

el diario

Los obispos españoles se reúnen en Comisión Permanente con la mirada puesta en las elecciones de marzo: el sector conservador encumbra a Argüello contra el ‘hombre del Papa’,
José Cobo, mientras se negocia una ‘tercera vía’, con los arzobispos de Santiago y Sevilla en la recámara  Ver noticia 

El Papa, ante ‘Fiducia Supplicans’: «Quien protesta con vehemencia pertenece a pequeños grupos ideológicos»

 

Religión Digital

«El Evangelio es para santificar a todos», afirma a LaStampa
«Todos somos pecadores: ¿por qué entonces hacer una lista de los pecadores que pueden entrar en la Iglesia y una lista de los pecadores que no pueden permanecer en la Iglesia? Esto no es
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«Confío en que gradualmente todos se tranquilicen sobre el espíritu de la declaración ‘Fiducia Supplicans’ del Dicasterio para la doctrina de la fe: quiere incluir, no dividir. Invita a acoger y después confiar a las personas, y confiar en Dios»  Ver noticia