FUNDADOR DE LA FAMILIA SALESIANA

FUNDADOR DE LA FAMILIA SALESIANA
SAN JUAN BOSCO (Pinchar imagen)

COLEGIO SALESIANO - SALESIAR IKASTETXEA

COLEGIO SALESIANO - SALESIAR IKASTETXEA
ESTAMOS EN LARREA,4 - 48901 BARAKALDO

BIENVENIDO AL BLOG DE LOS ANTIGUOS ALUMNOS Y ALUMNAS DE SALESIANOS BARAKALDO

ESTE ES EL BLOG OFICIAL DE LA ASOCIACIÓN DE ANTIGUOS ALUMNOS Y ALUMNAS DEL COLEGIO SAN PAULINO DE NOLA
ESTE BLOG TE INVITA A LEER TEMAS DE ACTUALIDAD Y DE DIFERENTES PUNTOS DE VISTA Y OPINIONES.




ATALAYA

ATALAYA
ATALAYA ENERO 2025

jueves, 25 de enero de 2024

EL PAPA MERECE TODO NUESTRO APOYO POR SU VALENTÍA Y CORAJE EN REFORMAR UNA IGLESIA ASENTADA EN LA TRADICIÓN


col arregi

 

El papa Francisco merece todo nuestro apoyo por su valentía y coraje en reformar una Iglesia asentada en la tradición, proponiendo una Iglesia en salida que salga del actual status y camine hacia la auténtica Iglesia dirigida por el Evangelio y los signos de los tiempos. Eso supone una mutación o un giro copernicano iniciada por Francisco como:

1. Dejar la puerta abierta para caminar hacia la igualdad entre hombres y mujeres en el acceso a todos los grados de la jerarquía. El diaconado debe ser el primer paso, defendido por el Papa, pero no el único, para evitar pensar que se trata de un lavado de cara. La misoginia, defendida por el patriarcado, no tiene cabida en la nueva Iglesia porque ofende a la mujer y a Dios.

2. Aplicar el mandamiento fundamental del cristianismo: “Amaos los unos a los otros” especialmente a los niños, a los enfermos, a los pobres y a los más vulnerables en general. 

3. Proclamar la tolerancia cero a la pederastia clerical, que ha campado libremente durante decenios con  la condescendencia de los obispos, con juicios y reparaciones económicas a las víctimas.

4. Dejar la puerta abierta para sustituir el celibato obligatorio de la clerecía por el celibato opcional, al afirmar que no es ningún dogma, sino una cuestión disciplinaria. 

5. Eliminar la homofobia, ofreciendo los mismos sacramentos y grados jerárquicos a los homosexuales que a los heterosexuales. Para conseguirlo, previamente hay que aceptar que la diversidad sexual forma parte de la naturaleza humana, tal como Dios la creó. “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”. (Génesis 1.31). También hay que aceptar la Ciencia cuando el 17 de mayo de 1990, la asamblea general de la Organización Mundial de la Salud (OMS) eliminó la homosexualidad de su lista de enfermedades psiquiátricas. 

Los Principios de Yogyakarta también son tajantes en defender: “El derecho al disfrute del más alto nivel posible de salud física y mental sin discriminación por motivos de orientación sexual o identidad de género»

De momento, el papa Francisco ha dado un primer paso, aceptando la bendición de las parejas homosexuales

6. La publicación de la encíclica  Laudato Si’ en 2015, que se centra en el cuidado del entorno natural y de todas las personas. El subtítulo de la encíclica, «El cuidado de nuestra casa común», refuerza este tema.

Otras cuestiones pendientes

Es de esperar que el papa Francisco se plantee otras cuestiones, que ha dejado en el aire, para que la Iglesia en salida sea una realidad. De momento, se ha mostrado inflexible en debatir unos temas considerados inamovibles: «No podemos seguir insistiendo en cuestiones referentes al aborto, al divorcio, al matrimonio homosexual, a la eutanasia o al uso de anticonceptivos”. Creo que son cuestiones que también deberían ser tratadas, especialmente el uso libre de los preservativos para evitar enfermedades y limitar el número de hijos. Francisco dejó una puerta abierta al afirmar que “es una irresponsabilidad tener muchos hijos”. Muy incisiva es la frase de Jesús: “Misericordia quiero, y no sacrificio”. (Mateo 9:13)

CONCLUSIÓN

La iglesia en salida es la que se empeña en desconectar de la tradición y conectar con el Evangelio y los signos de los tiempos. Ese es el propósito del papa Francisco. Para conseguir  sus propuestas es imprescindible que reciba el apoyo de todos los cristianos que deseamos una Iglesia evangélica en salida, oponiéndonos a una Iglesia cerrada a cal y canto por la tradición. Es una pugna entre visiones  distintas y opuestas. Esa pugna la está sufriendo el papa Francisco por aquellos sectores involucionistas que solo pretenden poner palos a las ruedas del progreso eclesial para obstaculizar que la Iglesia camine hacia adelante, en vez de estancarse en el pasado.

LES ENSEÑABA CON AUTORIDAD DOMINGO 4º T.O. (B) (Mc 1, 21b-28)


col labrador

 


El comienzo de la predicación de Jesús coincide con las primeras curaciones y la invitación a la conversión en forma de alternativa: ahora o nunca. Dios o las riquezas, los “egos”, las dependencias en esta sociedad mercantilista, consumista, globalizada… La conversión que pide Jesús viene exigida por el Reino, que es inminente, inaplazable. Consiste en el cambio de la persona en su ser más radical, más esencial, lo que equivale a una transformación personal y, también, social.

Naturalmente, Jesús invita a la conversión de todo el mundo. Dos aspectos principales a tener en cuenta a quien acepta su propuesta: el desasimiento o desprendimiento, que consiste en relativizar el dinero o las riquezas poniéndolas al servicio común, y el seguimiento, que implica cooperar activamente en la llegada del Reino de acuerdo con la normatividad o la enseñanza de Jesús, vivir como él vivió.

Por tanto, pueden y deben convertirse ricos y pobres. Los primeros, empresas multinacionales, gobiernos, se convierten cuando se reconocen propietarios injustos de los dineros, malgastan, dilapidan los fondos públicos en función de sus intereses, endeudan a los ciudadanos sin importar las consecuencias futuras, obtienen cuantiosos beneficios con el dinero de todos, jubilaciones de escándalo… la lista es interminable. Mientras no haya una real y verdadera socialización evangélica y una praxis de servicio no se implanta el Reino. Por el contrario, se instaura la desigualdad, la soberbia, la arbitrariedad, el partidismo, la degradación de la naturaleza. Por eso, los modos concretos de realizar el Reino son políticos, están en las manos honestas y responsables de los hombres y mujeres que formamos la sociedad. Estos “primeros” deberían dar ejemplo de transparencia, autocrítica, veracidad, austeridad, coherencia y ética; sin embargo, no están haciendo nada para frenar esta crisis que han ayudado a crear.

En cuanto a los pobres, oprimidos, explotados, ignorantes, enfermos, marginados, la conversión exige tener fe-confianza y esperanza en el Reino que llega como tarea de todos y don para todos. Su situación no debería ser última, desesperada o irremediable. No se trata de dar un vuelco a la sociedad (como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia para acabar aún peor), sino practicar la justicia (eliminación de las élites sociales injustas), la generosidad, la igualdad, la ética, la verdad, para que todos seamos hermanos/as e hijos/as de un mismo Abbá Dios, el de Jesús.

Las primeras comunidades cristianas recordaban y admiraban a Jesús como aquel que “hacía y enseñaba” (Hch 1,1). Él hablaba con autoridad, desde su experiencia interior, no de oídas; despierta la confianza no el miedo, proclama el amor a Abbá Dios no el sometimiento a la ley que ignora al ser humano; su venida acrecienta la libertad no la servidumbre y, sobre todo, suscita el perdón no el rencor o la venganza siempre presente. Anuncia con libertad y valentía un Dios Bueno, Abbá, que reconstruye a la persona con compasión y misericordia una y otra vez.

Es la doble actividad que nos muestra hoy el texto del Evangelio. El asombro de la gente al observar que Jesús “enseñaba con autoridad” se refiere, no sólo al hecho de enseñar, sino que al mismo tiempo actuaba en consonancia con la buena noticia de liberación que anunciaba. Su coherencia entre lo que decía y hacía saltaba a la vista. Era una palabra avalada por los hechos y comprendida por todos. Su palabra bastaba para eliminar la desdicha de los hombres y mujeres que le seguían. Con una palabra aniquiló a aquel espíritu inmundo representante de todas las fuerzas del mal que alienan y esclavizan a las personas, que se oponen al plan de Dios. Ante la fuerza de su palabra no es extraño que dejara asombrados a quienes se encontraban con él: “¿Qué es esto?”

Demos un breve repaso a la sociedad en que nos movemos hoy, al mundo que nos rodea. ¿Qué palabras de autoridad resuenan en nuestros oídos? ¿Las reconocemos como normativas o del estilo de Jesús? ¿Qué repercusiones tienen en nuestra existencia? ¿Cambia en algo nuestra vida cotidiana, nos transforman, nos liberan de actitudes contrarias al plan que Dios soñó para todos y cada uno de los seres humanos? ¿Cuántas creencias, conceptos, imágenes, normas, culpabilidades… a lo largo de los siglos, han ido cargando los poderosos, las religiones e incluso nosotros mismos sobre las personas como una pesada losa inamovible (Mt 11,28-30), sin buscar por encima de todo el bien de éstas?

Esos “egos” son los demonios que nos impiden darnos cuenta de la Luz y la Vida escondida que habita en cada ser humano. Despertar en nosotros un “yo” fiel, que sea capaz de expulsar las trampas de esos espíritus inmundos que nos amenazan. Un “yo” que recibe la Luz y la fuerza del Cristo interno oculto en el Fondo originario de todo ser humano. Una ardua tarea que nos ocupará toda la vida.

También la Iglesia debe cuestionarse si ha contribuido a lo largo de su historia o sigue manteniendo cualquier tipo de servidumbre, discriminación u opresión que impide a la persona ser ella misma, alcanzar la plena humanidad. De hecho, el rechazo que tuvo Jesús con las autoridades religiosas de su tiempo, los problemas que tuvieron y tienen los/as místicos/as y los/as profetas de cualquier época con los dirigentes remiten al mismo planteamiento.

También nosotros como personas, como comunidad, como Iglesia, podemos hacer mal uso de la autoridad, creernos superiores o mirar por nuestros intereses, incluso bajo el pretexto de hacer la voluntad de Dios o buscar el bien de los demás. ¿No va siendo hora de que todos, unos y otra, la Iglesia, como denuncia Francisco insistentemente, abandone el clericalismo, el patriarcado, la inequidad, las normas del Derecho Canónico (en el polo opuesto del evangelio), y todo el Pueblo de Dios podamos desplegar la autoridad verdadera que Dios nos concede, de la que nos habla hoy el evangelio, la única que viene de Dios?

¡Shalom!

 


ENSEÑAR COMO ENSEÑABA JESÚS José Antonio Pagola

 


El modo de enseñar de Jesús provocó en la gente la impresión de que estaban ante algo desconocido y admirable. Lo señala el evangelio más antiguo y los investigadores piensan que fue así realmente. Jesús no enseña como los «letrados» de la Ley. Lo hace con «autoridad»: su palabra libera a las personas de «espíritus malignos».

No hay que confundir «autoridad» con «poder». El evangelista Marcos es preciso en su lenguaje. La palabra de Jesús no proviene del poder. Jesús no trata de imponer su propia voluntad sobre los demás. No enseña para controlar el comportamiento de la gente. No utiliza la coacción.

Su palabra no es como la de los letrados de la religión judía. No está revestida de poder institucional. Su «autoridad» nace de la fuerza del Espíritu. Proviene del amor a la gente. Busca aliviar el sufrimiento, curar heridas, promover una vida más sana. Jesús no genera sumisión, infantilismo o pasividad. Libera de miedos, infunde confianza en Dios, anima a las personas a buscar un mundo nuevo.

A nadie se le oculta que estamos viviendo una grave crisis de autoridad. La confianza en la palabra institucional está bajo mínimos. Dentro de la Iglesia se habla de una fuerte «devaluación del magisterio». Las homilías aburren. Las palabras están desgastadas.

¿No es el momento de volver a Jesús y aprender a enseñar como lo hacía él? La palabra de la Iglesia ha de nacer del amor real a las personas. Ha de ser dicha después de una atenta escucha del sufrimiento que hay en el mundo, no antes. Ha de ser cercana, acogedora, capaz de acompañar la vida doliente del ser humano.

Necesitamos una palabra más liberada de la seducción del poder y más llena de la fuerza del Espíritu. Una enseñanza nacida del respeto y la estima de las personas, que genere esperanza y cure heridas. Sería grave que, dentro de la Iglesia, se escuchara una «doctrina de letrados» y no la palabra curadora de Jesús que tanto necesita hoy la gente para vivir con esperanza.

 

JESÚS, LIBERADO ÉL MISMO, NOS MARCA EL CAMINO DE LA LIBERACIÓN DOMINGO 4 º (B) Mc 1,21-

 

 


Estamos en el primer día de actividad de Jesús. Como veremos en estos dos domingos, fue un día de plena actividad. Naturalmente es un montaje perfecto para manifestar las intenciones de Jesús al comenzar su vida pública. Su primer contacto con la gente tiene lugar en la sinagoga, lugar donde se desenvolvían las relaciones humanas en aquella época. A la sinagoga se iba para comunicarse con Dios a través de la Ley y la oración. Es un signo de que la primera intención de Jesús fue enderezar la religiosidad del pueblo. La relación con Dios y la relación con las autoridades religiosas no liberaban, sino que esclavizaban.

Por dos veces se hace referencia a la enseñanza de Jesús, pero no se dice nada de lo que enseña. El domingo pasado había dejado claro que enseñaba la buena noticia de Dios. No va solo a enseñar, sino a liberar de toda opresión. La institución no da la libertad, sino que somete a la gente por una interpretación literal de la Ley. El texto nos habla de sus obras. Lo que Jesús hace es liberar a un hombre de todo poder opresor. Jesús libera cuando actúa. La buena noticia que anuncia Marcos es la liberación de la fuerza opresora de la Ley. Su intención en este relato es que la gente se haga la pregunta clave: ¿Quién es este hombre? Todo lo que irá desarrollando a lo largo del evangelio será la respuesta.

Enseñaba como quien tiene autoridad. La palabra clave es “exousia”. No es nada fácil penetrar en el verdadero significado de este término. Debemos distinguirlo de “dynamis”. Esta distinción es relativamente fácil: “Dynamis” sería la fuerza bruta que se impone a otra fuerza física. “Exousía” sería la capacidad de hacer algo en el orden jurídico, político, social o moral, siempre en el ámbito interpersonal. La palabra griega significa, además de autoridad, facultad para hacer algo, libertad para obrar de una manera determinada. La “exousía” puede tenerla por sí misma la persona la o recibirla de otro que se la otorga.

¿Qué quiere decir el evangelista cuando le aplica a Jesús esa “autoridad”? Se trata de una autoridad que no se impone, de una potestad que se manifiesta en la entrega, de una facultad de acción que se pone al servicio de los demás. Sería la misma autoridad de Dios dándose a todas sus criaturas sin necesitar nada de ninguna de ellas. El concepto de Dios “Todopoderoso” que exige un sometimiento absoluto, nos impide entender la exousía de Jesús. Solo desde la experiencia del Dios-Amor de Jesús podremos entenderla. Solo cuando tomemos conciencia de lo que somos perderemos el miedo a darnos totalmente.

Jesús no potencia la autoridad de la Ley, sino que manifiesta su propia autoridad. No se limita a repetir lo dicho por otros sino a decir algo nuevo. Jesús enseñaba con autoridad, porque hablaba de su experiencia. Trataba de comunicar a los demás sus descubri­mientos sobre Dios y sobre el hombre. Los letrados del tiempo de Jesús enseñaban lo que habían aprendido en la Torá. De ella tenían un conocimiento perfecto y explicaciones para todo, pero el objetivo de la enseñanza era la misma Ley, no el bien del hombre. Se quería hacer ver que el objetivo de Dios al exigir cumplirla, era que le dieran gloria a Él. 

Les llamó la atención ver que Jesús hablaba con la mayor sencillez de las cosas de Dios tal como él las vivía. Su experiencia le decía que lo único que Dios quería, era el bien del hombre. Que Dios no pretendía nada del ser humano, sino que se ponía al servicio del hombre sin esperar nada a cambio. Esta manera de ver a Dios y la Ley no tenía nada que ver con lo que los rabinos enseñaban. Todos los problemas que tuvo Jesús con las autorida­des religiosas se debieron a esto. Todos los problemas que tienen los místicos y profetas de todos los tiempos con la autoridad jerárquica, responden a lo mismo.

Cállate y sal de él. Jesús despierta la voz de los sometidos que antes estaban en silencio. La expulsión del “espíritu inmundo” refleja el planteamiento del evangelio como una lucha entre el bien y el mal.  “Mal” es todo lo que impide al hombre ser él mismo. Nadie se asombra del “exorcismo”, que era corriente en aquella época. Lo que les llama la atención es la superioridad que manifiesta Jesús al hacerlo. Jesús no pronuncia fórmulas mágicas ni hace ningún signo estrafalario. Simplemente con su palabra obra la curación.

Hablar con autoridad hoy sería hablar desde la experiencia personal y no de oídas. Lo que hacemos, también hoy, es aprender de memoria una doctrina y unas normas morales, que después repetimos como papagayos. Eso no puede funcionar. En religión, la única manera válida de enseñar es la vivencia que se trasmite por ósmosis, no por aprendizaje. Esta es la causa de que nuestra religión sea hoy completamente artificial y vacía, que no nos compromete a nada porque la hemos vaciado de todo contenido vivencial. Esta es la razón también de que los jóvenes no nos hagan puñetero caso cuando les hablamos de Dios.

Espíritu inmundo sería hoy todo lo que impide una auténtica relación con Dios y con los demás. Para los rabinos, impuro es el que no cumple la Ley, para Jesús impuro es el que está oprimido. Fijaos hasta qué punto estamos todos poseídos por espíritu inhumano. Esas fuerzas las encontramos tanto en nuestro interior como en el exterior. Nunca, a través de la historia, ha habido tantas ofertas falsas de salvación. La tarea más acuciante del ser humano, es descubrir sus propios demonios. Solo cuando se desenmascara esa fuerza maléfica, se estará en condiciones de vencerla. Muchas de las fuerzas que actúan hoy en nombre de Dios también oprimen, reprimen, comprimen y deprimen al ser humano.

Una importante tarea sería descubrir nuestras ataduras y tratar de desembarazarnos de ellas. Todos estamos poseídos por fuerzas que no nos dejan ser lo que somos. Hoy sigue habiendo mucho diablo suelto que trata por todos los medios de que el hombre no alcance su plenitud. La manera de conseguirlo es la manipulación para que no consiga alcanzar la libertad que le permitiría alcanzar plena humanidad. En el lugar más sagrado para los judíos, Jesús descubre la impureza. No en el mercado, no en las plazas púbicas. Es muy clara la intención del evangelista al poner de manifiesto la realidad de la religión.

Nuestra vida debía ser no un acopio de poder sino de autoridad para ayudar al hombre a liberarse de sus demonios. Jesús emplea su autoridad, no contra hombre alguno sino contra las fuerzas que los oprimen. Como individuos, como comunidad y como Iglesia, estamos siempre tratando de aumentar nuestra autoridad, pero no la que desplegó Jesús sino la que nos permite dominar a los demás. Si utilizamos la autoridad para someterlos, aunque sea bajo pretexto de buscar su propio bien, estamos en la antípoda del evangelio.

Todos los seres humanos necesitamos ayuda para superar nuestros demonios, y todos podemos ayudar a los demás a superarlos. Es verdad que existe mucho dolor que no podemos evitar, pero debíamos distinguir entre el dolor y el sufrimiento que ese dolor puede infligir. Soportar el dolor antes de que alcance la categoría de sufrimiento sería la tarea decisiva de cada uno. Aquí tenemos un margen increíble para la maduración personal, pero también para desplegar cauces de ayuda a los demás. Estoy seguro que las curaciones de Jesús fueron encaminadas a suprimir el sufrimiento, no el dolor.

 

DOS REACCIONES ANTE JESÚS Marcos dejará claro a lo largo d Domingo 4 Ciclo B

 col sicre art

Marcos ha presentado a Jesús recorriendo Galilea para anunciar la buena noticia del reinado de Dios. Pero no ha dicho nada de cómo reaccionaba la gente. Sabemos que cuatro muchachos, atraídos por su persona, lo dejan todo para seguirlo. ¿Y el resto? El evangelio de hoy constata dos reacciones opuestas: la mayoría de la gente se asombra de la autoridad de Jesús y de su poder sobre los espíritus inmundos; pero estos se rebelan inútilmente contra él.

El asombro de la gente

Marcos nos sitúa en uno de los pueblos más importantes de Galilea, Cafarnaúm, nudo de comunicaciones con Damasco. Un sábado, Jesús entra en la sinagoga y enseña. Marcos no se detiene a concretar su enseñanza. Lo que le interesa es la reacción del auditorio.

«Con autoridad, no como los escribas». La idea es curiosa, porque los escribas no eran gente impreparada e ignorante, que decían cualquier tontería para salir del paso. Tenían una larga y profunda formación. Pero, en opinión de la gente, enseñaban sin autoridad, incapaces de tener una idea propia, de aportar algo nuevo. Jesús, en cambio, los asombra por esa autoridad. ¿Qué dijo para suscitar esa impresión? Marcos no lo concreta, porque su táctica consiste en despertar la curiosidad del lector y animarlo a seguir leyendo.

El rechazo de un pobre diablo

No todos están de acuerdo con lo escuchado. Hay uno que reacciona en contra: un endemoniado. En realidad, se trata de un pobre diablo. No opone resistencia. Sólo puede protestar, reconocer que los suyos están derrotados y abandonar, retorciéndose y huyendo, el campo de batalla.

Espíritus inmundos y demonios forman, en la concepción dramática de Mc, el ejército de Satanás. Las palabras que pronuncia el espíritu condensan el misterio de Jesús y de su actividad. El que aparentemente es solo un hombre natural de Nazaret llamado Jesús es, en realidad, «el Santo de Dios». Este título es muy raro. Solo se encuentra aquí, en el texto paralelo de Lucas, y en el evangelio de Juan, cuando Pedro, después de que muchos abandonen a Jesús, afirma: «Nosotros hemos creído y reconocemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,69). Lo que Pedro y los demás discípulos han terminado creyendo, superando una gran prueba de fe, el endemoniado lo sabe de entrada. Descubrir el misterio de Jesús será una de las misiones del lector del evangelio.

En cuanto a su actividad, la pregunta del endemoniado la deja claro: ha venido a acabar con los demonios y con el poder de Satanás. Al lector moderno le resulta un lenguaje extraño. Prefiere hablar de lucha contra el mal, de victoria del bien sobre las fuerzas del mal. Pero Marcos se mueve en otras coordenadas culturales y religiosas.

Aparece por primera vez, en este contexto, una idea que se repetirá muchos en Mc: Jesús impone silencio al espíritu, prohibiéndole hacer pública su verdadera identidad.  

La guerra contra Satanás y los espíritus inmundos

Marcos concibe su evangelio como una guerra entre el bien y el mal. Inmediatamente después del bautismo, Jesús es impulsado por el Espíritu al desierto, y allí es tentado por Satanás, mientras los ángeles le sirven. Marcos no cuenta ninguna de las famosas tentaciones. Se limita a presentar a los dos adversarios en lucha: Jesús y Satanás. Y esa guerra continúa con una batalla, vencida fácilmente por Jesús, contra un soldado de Satanás.

Ya que nuestra idea del demonio está muy marcada por ideas posteriores, recuerdo que en el evangelio de Marcos los espíritus inmundos aparecen con dos rasgos principales: a) Sirven para explicar casos muy complicados para la medicina de la época. b) Expresan la oposición radical al plan de Dios y a la actividad de Jesús.

Marcos dejará claro a lo largo de su evangelio que los enemigos más peligrosos de Jesús no son los demonios sino los hombres. Serán ellos quienes terminen matándolo.

Admiración final

Tras la huida del demonio, el protagonismo pasa a los presentes en la sinagoga. Antes se admiraron de la autoridad con la que enseña Jesús. Ahora se quedan estupefactos al ver que, además, tiene también poder sobre los espíritus inmundos. Y se preguntan: “¿Qué es esto?” ¿Qué está ocurriendo aquí?

¿Cuál será nuestra reacción?

Marcos ha presentado dos reacciones muy opuestas ante la persona y la actividad de Jesús: admiración y rechazo. Con ello queda claro lo que espera de cada uno de sus lectores. Decía un pensador griego que «el asombro llevó a los hombres a filosofar». Marcos, de forma parecida, sugiere que la admiración es el punto de partida para creer en Jesús. Poco a poco, la pregunta de la gente «¿qué es esto?» se convertirá en «¿quién es éste?»,

¿Un profeta como Moisés? (Deuteronomio 18,15-20)

Jesús, en el evangelio de hoy, no se presenta como profeta, ni su auditorio lo reconoce como tal. Sin embargo, como primera lectura se ha elegido un texto del Deuteronomio en el que Dios promete que, tras la muerte de Moisés, no dejará de comunicarse al pueblo, sino que le suscitará a un profeta como él. Aunque el texto hable de «un profeta», en realidad se refiere a una serie de ellos, a todos los profetas que, a lo largo de la historia de Israel, le transmitirán la palabra de Dios. Sin embargo, la tradición cristiana vio en este profeta a Jesús.

Buscando una relación con el evangelio, podríamos verla especialmente en las palabras «Yo mismo pediré cuentas a quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre», aplicadas al personaje poseído de un espíritu inmundo que rechaza a Jesús.

«No endurezcáis vuestro corazón» (Salmo 94)

El salmo ha sido elegido por su relación con la primera lectura, en la que Dios exige escuchar al profeta que hable en su nombre, pero es fácil relacionarlo también con el evangelio. El poseído por el espíritu inmundo endurece su corazón, rechaza a Jesús. Nosotros debemos aclamar al que nos salva, darle gracias y escuchar su voz.

ENSEÑAR CON AUTORIDAD Domingo IV del Tiempo Ordinario 28 de enero Mc 1, 21-28

col lozano art

 


La palabra “autoridad” goza de una merecida mala fama. Evoca autoritarismo, imposición y prepotencia. Sin embargo, su etimología destaca exactamente todo lo contrario. Viene del verbo latino “augere”, que significa hacer crecer, aumentar e incluso aupar. Vive la autoridad quien ayuda a crecer y aúpa a las personas.

Es claro, por tanto, que la autoridad no proviene de un cargo ni de un título, sino que es una actitud de la persona que ha optado por vivirse en clave de ayuda, servicio y amor por los demás.

Así entendida, la práctica de la autoridad únicamente es posible cuando la persona ha alcanzado una cierta consistencia interior, ha cultivado su propio autoconocimiento y ha desplegado su capacidad de amar.

Con todo ello, parece obvio que “enseñar con autoridad” requiere una doble condición: por un lado, haber experimentado aquello de lo que se habla; por otro, vivir en clave de servicio y de amor hacia los otros.

Cuando alguien habla desde su propia experiencia, su palabra nos llega, resuena en nuestro interior, produce ecos capaces de despertar en nosotros lo que ya sabíamos, aunque lo tuviéramos olvidado o incluso ignorado. Por el contrario, cuando no se habla desde la experiencia, el discurso suena vacío -“a lata”, suele decir la gente de mi pueblo-, puede movilizar la mente, pero no alcanza nuestro corazón.

Sin embargo, no basta con hablar de lo experimentado. Se requiere, igualmente, limpieza, desapropiación y amor en el compartir. No es extraño que, al encontrarse ante un público dispuesto a escuchar, se pueda caer en alguna trampa narcisista, que tenga que ver con realzar la propia imagen, con destacar por encima de los otros o con imponer su propio punto de vista. Enseña con autoridad quien, sencillamente, ofrece, comparte y regala lo que él mismo ha visto y experimentado. No busca reconocimiento, ni aplauso, ni sumisión, ni afán de convencer a nadie. Se vive como cauce desapropiado por el que fluye lo que se le ha regalado vivir.

Enseñar con autoridad equivale a compartir desapropiadamente aquello que uno mismo ha experimentado, con el único objetivo de ayudar a comprender y a vivir, de “aupar” o hacer crecer a las personas que se le acercan.

 


ENDEMONIADOS Mc 1, 21-28 «Cállate y sal de él»

 

col munarriz

comentario editorial fa7

Ésta es la primera manifestación pública de Jesús en el evangelio de Marcos. El grupo (todavía muy reducido) acude a la sinagoga con motivo del Sabbath, pero, al finalizar, Jesús abandona su escaño, sube al estrado y se pone a enseñarles. Marcos muestra a Jesús hablando con una autoridad que sorprende a todos, pero quiere dejar claro que esa autoridad le viene de parte de Dios, y lo hace avalando su discurso con la curación de un endemoniado que es tomada por la gente como milagrosa.

En el nuevo testamento aparecen con frecuencia “endemoniados”, es decir, personas probablemente afectadas de trastornos psíquicos o males morales que se apoderan de ellos, los esclavizan y los despersonalizan. Marcos muestra a Jesús como un poder liberador de esos espíritus, capaz de devolver a la persona su libertad y su capacidad de ser dueño de sí mismo.

Y es que Jesús expulsando demonios es un magnífico signo de la acción de Dios respecto a nuestros pecados. Solemos trivializar el pecado reduciéndolo a la categoría jurídica de "culpa" u "ofensa cometida", pero la noción evangélica de pecado es mucho más seria. El pecado es un poder superior a nosotros que nos esclaviza, nos convierte en personas pasivas a su merced y nos hurta la capacidad de ser dueños de nosotros mismos (como el endemoniado del texto). Necesitamos a Dios para liberarnos de ese poder, y la Palabra de Jesús es el cauce para lograrlo. Jesús no "perdona" sino que "quita" el pecado del mundo. Jesús cura la enfermedad que supone el pecado, libera de la carga que representa.

El pecado es algo que hay en mí, que me ata, me deshumaniza y me impide ser yo mismo; un demonio que llevo dentro de mí y que puede más que yo. Pablo lo expresa de maravilla en Romanos 7: «Realmente mi proceder no lo entiendo, pues no hago lo que quiero sino lo que aborrezco. Y si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí… ¡Pobre de mí!  ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesús, nuestro Señor!»

Es perfecta esta definición del pecado, como también es perfecto su paralelo con el texto de Marcos: Poseídos por una fuerza superior a nosotros, dependiendo de Dios para ser libres, liberados por la Palabra de Jesús.

Es importante basar nuestra teología en la Palabra; partir de ella, no de nuestra razón. Si partimos de nuestra razón llegamos a una teología del pecado de muy bajos vuelos: ofensa-culpa-justicia-arrepentimiento-perdón… Partiendo de una teología del pecado basada en el evangelio, entendemos nuestra fragilidad y dependencia, y entendemos también que la forma en que Jesús quita el pecado del mundo es proponiéndonos un proyecto de vida mucho más atractivo que el que nos propone el mundo.

Recuerdo un spot publicitario que decía: «A quien ha comido champiñón natural, el de lata le sabe a paja»… A quien ha encontrado el tesoro, el valor de todo lo demás le parece calderilla.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo sobre este evangelio, pinche aquí

miércoles, 17 de enero de 2024

La ya descarada rebeldía contra el papa en España

 ATRIO

Juan Cejudo, 13-enero-2024

COMUNICADO:

Desde el Grupo Cristiano de Reflexión- Acción de la Bahía de Cádiz queremos expresar nuestro público apoyo a la iniciativa del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, con el visto bueno del papa Francisco, a la “Fiducia supplicans” que permite bendecir a parejas del mismo sexo o en situación irregular.

Leer artículo completo »

Sáhara Occidental. Human Rights Watch expone la brutal represión en Marruecos

 


Resumen Latinoamericano

La organización de Derechos Humanos describe en su último Informe Mundial la situación en Marruecos, donde dice continuó durante 2023 la represión de la libertad de expresión y asociación.
Marruecos, elegido para presidir este año el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, ocupa desde finales de 1975 el Sáhara Occidental, territorio no autónomo pendiente de descolonización. Ver noticia 

Vergüenza secular en Gaza -- Lola López Mondéjar

 Redes Cristianas

El País
En abril de 1933, el partido nacionalsocialista alemán impone las primeras medidas antisemitas y decreta limitaciones para los ciudadanos judíos, quienes son perseguidos y asesinados por sus conciudadanos alemanes, instigados por las autoridades nazis y
enfermos de antisemitismo.

Los cristales de los escaparates de los comercios judíos se llenan de insultos, y el odio hacia ellos crece. Cuando en el colegio de su hija de nueve años, fruto de su matrimonio con la intelectual judía Lola Landau, comienzan a discriminar a la niña, su padre, el escritor alemán Armin T. Wegner, decide escribirle una carta abierta a Adolf Hitler.

Wegner, convencido pacifista, que había fotografiado los crímenes cometidos por los turcos contra los armenios en Anatolia y en el desierto de Mesopotamia, decide escribir una carta que, sin embargo, ningún periódico se atrevió a publicar, por lo que decidió enviarla directamente a la Braunes Haus, la sede del partido en Múnich. La carta llegó a manos de Martin Bormann, el jefe de la Cancillería, y la Gestapo detuvo al escritor pacifista en agosto de 1933.

Tras un largo periplo por distintos campos de concentración, Wegner pudo exiliarse en Italia y en 1968 fue reconocido como Justo entre las Naciones por la Yad Vashem, la institución que otorga el título de Justo a quienes defendieron, sin ser judíos, al pueblo hebreo: “Quien salva una vida salva al Mundo entero”, reza la Mishná, 4:5.

En su misiva a Hitler, Wegner subraya el hecho de que Alemania se había construido con el trabajo y el talento de los judíos, y que la participación de estos en la I Guerra Mundial, como él mismo lo hizo, no fue sino en su condición de ciudadanos alemanes.

Pero lo más interesante de la argumentación que el pacifista le dirige a Hitler es lo que se refiere a un concepto que andaba también en boca de otros intelectuales europeos como Günther Anders, y que hoy está en grave peligro de desaparición, el concepto de vergüenza. La vergüenza podríamos definirla como un sentimiento de aversión, una visión odiosa de nosotros mismos, observados a través de los ojos de nuestro ideal, del que nos alejamos en algún aspecto.

Pues bien, Wegner opinaba que si el Führer no detenía el antisemitismo creciente en Alemania se cubriría de vergüenza, de una vergüenza secular. “¿Sobre quién caerá el mismo golpe que hoy se pretende asestar a los judíos sino sobre nosotros mismos?”, se pregunta, y apela a otro concepto que hoy también está en franco desuso, el de dignidad. “¡Defienda la dignidad del pueblo alemán!”, le pide ingenuamente al futuro Führer.

Una vergüenza secular debería caer sobre la humanidad toda porque la dignidad humana está en peligro 90 años después, de la mano de aquellos que representan a los que quiso defender Wegner. Y lo está porque el diente por diente, ojo por ojo, multiplicado por mil, que el ejército de Israel está llevando a cabo en Gaza y Cisjordania vuelve a ser una limpieza étnica, un genocidio como el que los verdugos de hoy sufrieron en la Alemania nazi.

Un trauma intergeneracional se ha transmitido entre las víctimas de entonces hasta asumir tácticas similares a las de su agresor alemán. Apelando a una legítima defensa tras los terribles asesinatos y secuestros de Hamás, el Gobierno ultraconservador de Israel ha convertido a la totalidad del pueblo palestino en cosas, animales-humanos les llaman los dirigentes de Netanyahu, y se emplean en su exterminio matando indiscriminadamente a civiles, en su mayoría niños, como si pretendieran acabar con la próxima generación.

Es como si el estatuto de víctimas que entonces legítimamente consiguieron les diera derecho a una violencia desproporcionada (”mentalidad expiatoria”, la llamó Sánchez Ferlosio), y el odio del que fueron depositarios se hubiera vuelto contra los palestinos, deshumanizados hoy como lo fueron entonces ellos.

Es importante aquí que diferenciemos entre el Estado de Israel, su población y los judíos del mundo, aunque el 57% de la mayoría judía israelí ve insuficiente la fuerza empleada contra la población civil de Gaza y Cisjordania, alineándose con su Gobierno.

De los episodios de exterminio que hemos vivido a lo largo de los siglos XX y XXI (tutsis, armenios, rohinyás, kurdos), este es uno de los que más mueve las conciencias de los ciudadanos del mundo, incluidos, lo que nos llena de esperanza, los judíos ortodoxos y laicos que reclaman la paz dentro y fuera de Israel. Multitudinarias manifestaciones se repiten en la mayoría de los países y, sin embargo, nadie consigue parar la matanza.

Se dice que existirá un antes y un después de esta catástrofe humana que nos hace constatar la ineficacia para reclamar la paz tanto de la ciudadanía como de instituciones internacionales como la UNRWA o la OMS, y de ONG como Médicos sin Fronteras o Amnistía Internacional. El veto de EE UU al llamamiento a un alto el fuego de la ONU no hace sino confirmar el apoyo de su Gobierno al belicismo y la impotencia de su ciudadanía, junto a la tibieza cómplice de Europa.

La desafección política aparece aquí como una reacción comprensible cuando la indefensión aprendida, el profundo sentimiento de que nada de lo que hagamos cambiará la situación, se convierte en el síntoma de nuestra época. ¿Para qué comprometerse? Refugiarse en el individualismo desertando de la vida política, ser idiotas, es un mecanismo de defensa contra el sufrimiento psíquico que la contemplación del dolor ajeno que nos interpela y nos llama, que nos invita a conmovernos con él y a actuar, nos produce cuando no podemos evitar ni gestionar ese dolor.

Sin embargo, no habrá vergüenza secular que nos redima porque hemos borrado la distancia entre lo que somos y nuestros ideales, y porque estos, de haberlos, han hecho descender gravemente el umbral de lo humano.

¿Qué hacer frente al descenso progresivo del valor de la vida y de la dignidad que este conflicto pone en evidencia?

El miedo a la vergüenza individual y colectiva, en palabras de Hannah Arendt, es lo que movía las conciencias de los gobernantes, vertebrando a algunos hombres y mujeres justos. Pero hoy carecemos de ese antídoto. La dignidad y la moral, y la vergüenza que nos ruboriza es un efecto de ambas, constituían a veces un freno y un acicate para luchar contra una violencia que se volvería contra los perpetradores y sus descendientes como un bumerán, pero hoy ya no sabemos en qué consisten ni dónde ir a buscarlas.

Quizás sea por esto que apelar a la dignidad se ha impuesto en los movimientos sociales de los últimos años, porque los atentados contra ella se multiplican, empujándonos a convertirnos en una sociedad indigna.

Hemos visto la desnudez de Noé, la inutilidad de nuestras instituciones globales para detener el genocidio del pueblo palestino, o su incapacidad para tomar medidas urgentes y suficientes contra el cambio climático, pero no sentimos esa vergüenza secular a la que aludía Wegner, sino un dolor sordo, sin nombre, cuyos efectos ya percibimos en nuestros jóvenes adoloridos, desesperanzados, despojados de futuro y de dignidad, cuyas ideaciones suicidas crecen hasta alcanzar a un tercio de la población universitaria.

La denuncia que ha emprendido Sudáfrica ante el Tribunal Internacional de Justicia de Naciones Unidas (TIJ) de La Haya, acusando al Estado de Israel de genocidio, puede aportar un rayo de luz en el que depositar nuestra maltrecha esperanza.

Lola López Mondéjar es psicoanalista y escritora. Su último libro es Invulnerables e invertebrados. Mutaciones antropológicas del sujeto contemporáneo (Anagrama).

InicioRevista de prensaiglesia catolicaDe ataques y defensas en contra y a favor de Francisco##Consuelo Vélez De ataques y defensas en contra y a favor de Francisco

 


Consuelo Vélez

Fe y Vida

«Es obvio que este pontificado está mirando para el lado correcto de la historia»
Muchos podrían decir que podría haber sido más prudente y debería haber cuidado su lenguaje y sus actos para que nadie se sintiera ofendido o se sintiera atacado. Pero Jesús no hizo mucho caso. Entonces ¿fue una persona terca y le falto más tacto, más prudencia, más diplomacia? Ver noticia 

InicioRevista de prensaiglesia catolicaEl Papa vuelve a avalar 'Fiducia Supplicans': "El Señor bendice a todos,... El Papa vuelve a avalar ‘Fiducia Supplicans’: «El Señor bendice a todos, todos, todos los que vienen»

 Salvatore Cernuzio

Religión Digital

¿Renuncia? «Por el momento no está en el centro de mis pensamientos y de mis ansiedades, de mis sentimientos»

El «miedo» a una escalada bélica y la capacidad de «autodestrucción» de la humanidad; la confirmación de que no tiene intención de dimitir y el anuncio de dos viajes: a la Polinesia, en agosto, y a su Argentina natal, a finales de año, fueron algunos de los temas tratados por el Papa Francisco en la entrevista concedida al periodista Fabio Fazio para el programa italiano “Che tempo che fa”  Ver noticia 

¿QUÉ ME HAN ECHADO LOS REYES?


col zapatero

 FE ADULTA

Pues nada y muchísimo. Vamos por partes. Me suena un poco a falsificación el siguiente hecho: partiendo de lo que dice el evangelio hablando de “unos magos”, lo hemos cambiado por reyes. No sé si conocemos que el día de “los reyes” viene de la manifestación de Jesús de Nazaret niño a los magos. En ninguna parte de ese Evangelio se habla de reyes.

Hemos montado una fiesta enorme, con carrozas, desfiles, fiesta con 2.500 artistas para recibir a los Magos y sus regalos. Los niños lo viven con un entusiasmo enorme. Y creo que, si no se exageran las cosas, y si es un regalo sencillo, estupendo. Pero me he preguntado hoy ¿por qué se celebra esta fiesta? Me ha chocado que en la celebración de esta fiesta que arranca de la manifestación de Jesús a los Magos, solamente había en misa una familia con los cinco hijos. La inmensa mayoría de los niños y de los adultos no sabemos el por qué y la razón de estas fiestas.

Los nombres actuales de los tres reyes magos, Melchor, Gaspar y Baltasar, aparecen por primera vez en el conocido mosaico de San Apolinar el Nuevo (Rávena) que data del siglo VI d. C., en el que se distingue a los tres magos ataviados al modo persa con sus nombres escritos encima y representando distintas edades. Aún tendrían que pasar varios siglos, hasta finales del siglo xv d. C., para que el rey Baltasar aparezca con la tez negra y los tres reyes, además de representar las edades, representen las tres razas conocidas hasta la Edad Media. Melchor encarnará a los europeos, Gaspar a los asiáticos y Baltasar a los africanos.

A partir del siglo XIX se inició en España la tradición de dar regalos a los niños en la noche de Reyes (noche anterior a la Epifanía). En el año 1866 se celebró la primera cabalgata de Reyes Magos en Alcoy, cuya tradición se extendió al resto del país, siendo adoptada esta tradición en otros países de cultura hispana.

Empezaba diciendo que no me habían traído nada los reyes. Corrijo. Los Magos me han echado un Jesús que se nos muestra como Salvador, que da sentido a nuestras vidas. Ha sido el mejor regalo de mi vida.

EL SILENCIO Y LO SAGRADO, ENTRE OTROS SILENCIOS (2/3)


col martell

 

2ª Parte: “El silencio y lo sagrado”

Breve clarificación de unos conceptos

Hay que clarificar, de entrada, algunos conceptos de uso común. Hay que distinguir entre sagrado /profano, trascendente/ inmanente (o mundano) y religioso/secular. Los conceptos sagrado, trascendente y religioso no son sinónimos. El concepto de sagrado apunta a un fenómeno antropológico universal que resulta de la experiencia humana de fenómenos extra – cotidianos. El concepto de trascendente designa las representaciones de una separación entre la esfera de lo divino y la de la realidad terrestre: estas representaciones no constituyen en absoluto un fenómeno antropológico universal. En cuanto al concepto de religioso tiene sentido plenamente desde la aparición de la opción secular.

La sociedad del ruido

Arnoldo Liberman en su reflexión, ya mentada, “El otro silencio”, nos recuerda cómo George Steiner en El Castillo de Barba Azul hace una crítica demoledora de lo que él llama “la sociedad del ruido”. En nuestra sociedad la música estrepitosa, el estrépito en sí mismo, el aturdimiento feroz, han pasado a ser primordiales en nuestra vida cotidiana. Lo que antes era recogimiento, pausa reflexiva, comunicación serena y valiosa y que se realizaba en entornos silenciosos y en espacios íntimos, ahora estamos dominados por alborotadas y rotundas vocinglerías que no tienen límite y que invaden cualquier campo habitable. Vivimos en un mundo (y en una cultura) donde el silencio es un lujo prohibido, una antigualla recordada pero estéril, un deseo o un anhelo oculto pero difícil de hallar. El ruido ha creado cultura (si así puede decirse) pero esta cultura es intolerante, totalitaria, inexpresiva, ensordecedora, “anda en ruidosa motocicleta” (como dice un amigo).

Cuando el silencio es necesario

En la compañía de Arnoldo Liberman, parafraseándole, quiero recordar la necesaria presencia del silencio en actos sustanciales del ser humano: leer, hacer el amor, asistir a un concierto, caminar por un parque, etc. Pero esos actos, aparentemente sólidos, así como la instrumentalización de los clásicos ritos iniciáticos del sentido de la vida, resultan un actual sinsentido en la sociedad del ruido, y que exigen un esfuerzo y un valor. El silencio es un enemigo del ciudadano y del habitante de la metrópolis, es un enemigo al que parece temerse porque nos llevaría a nuestros propios interrogantes y a nuestras verdades más íntimas. Lluís Duch, el monje intelectual heterodoxo del Monasterio de Montserrat, doctor en Teología y profesor de filosofía moral, pensador profundamente cristiano y humanista, autor de un pensamiento que ha calado escribe que “lo mejor de la religión es que crea herejes”. Es autor de una búsqueda que llamó “Dios después de Auschwitz” y ha insistido en que “sin ética no hay mística” y que “nadie debe sentirse extranjero” en el mundo. Señala que: “el hombre no puede prescindir de construir absolutos”, o si se quiere decir de otra manera, la idolatría es una presencia casi constante en la vida de los seres humanos. Es decir, el intento de dominar lo indomable, de expresar colectivamente lo inexpresable, de reducir lo indefinido a definido, son todas, formas que tenemos en el fondo para ejercer o controlar el poder o el miedo. Los seres humanos siempre queremos una referencia a algo que consideramos intangible, la necesitamos: es decir, siempre construimos lo sagrado, lo intocable, lo impalpable y esto es a causa de nuestra finitud. Las apetencias de infinito eran evidentes en la antigua URSS, en el nacionalsocialismo o, actualmente, en el American way of life, en todas partes, países de ruidos. Para muchos seres humanos la noche se ha tornado tan ruidosa como el día y una habitación silenciosa un infierno y una tortura”.

El silencio religioso de un creyente

Hay que aprender a callar, no temer el silencio, regresar a la palabra válida y al diálogo constructivo, redefinir el concepto mismo de la cultura: se trata de un mandato imperativo. Cabe decirlo enfáticamente: la palabra debe dejar que elsilencio hable. Aprendeque el silencio no es mudo, que – como lo decía nuestro querido e idolatrado Anton Bruckner- Dios estaba más cerca cuando callabaAsí en su impresionante Motete, “Locus iste”.

Locus iste a Deo factus est, inaestimabile sacramentum, irreprehensibilis est. (Este lugar fue hecho por Dios, un sacramento de valor incalculable, libre de todo defecto).

El texto se centra en el concepto del lugar sagrado, basado en la historia bíblica de la Escalera de Jacob, el dicho de Jacob “Ciertamente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía” (Génesis 28:16), y la historia de la zarza ardiente donde a Moisés se le dice “quita tus zapatos de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra santa” (Éxodo 3: 5). (Traducción de Enrique Yuste)

En el Oratorio Elías de Felix Mendelssohn, podemos escuchar levitando un fragmento que dice así:

ELÍAS: Señor, la noche cae a mi alrededor, ¡no estés lejos de mí! ¡No me escondas tu rostro! Mi alma está sedienta de ti, como la tierra árida. 
UN ÁNGEL: Sal ahí fuera, y ponte en el monte ante Yavé y su gloria resplandecerá sobre ti. Cubre tu rostro, pues Yavé está cerca.
CORO: (Elías) vio pasar a Yavé, y un viento poderoso que rompía los montes y quebraba las piedras pasó delante de él, pero Yavé no estaba en el viento. Vio pasar a Yavé, y la tierra tembló y el mar rugió, pero Yavé no estaba en el terremoto. Tras el terremoto vino un fuego, pero Yavé no estaba en el fuego. Y tras el fuego vino un ligero y suave susurro. Y en el susurro vino Yavé. [1]

¿Y si Dios se manifestara, no con truenos y relámpagos, terremotos y fuegos, esto es, no al modo de grandes tratados ni en fórmulas perentorias e impositivas, sino en la insinuación (“a Dios nadie le ha visto, jamás” dirá el teólogo y filósofo Bellet, recordando los textos de Juan el Evangelista), al modo de susurro, “brisa tenue”, como traduce Schökel el texto de arriba? Lo que exige un silencio

Como dice Roberto Calasso, “lo divino es aquello que Homo saecularis ha borrado con cuidado e insistencia. Lo ha suprimido del léxico de lo que existe. Pero lo divino no es como una roca que todos ven inevitablemente. Lo divino debe ser reconocido” [2].

Aquí nos topamos con lo que no pocos cristianos del mundo de hoy entienden y viven su fe en el Dios, como la que se manifiesta en Jesús de Nazaret, quien llama a su Padre con el término, cercano y respetuoso al mismo tiempo, de Abbà (termino arameo, el lenguaje de Jesús, que significa “mi padre”, “papa”, “aitatxo” en euskera). Es una oración en la que no se privilegia la oración de alabanza, ni la oración de agradecimiento, menos aún la oración de petición, sino la oración de escucha, de confianza y abandono. Es una oración de silencio.

El silencio “religioso” de un ateo

No hace mucho tiempo mantuve una larga conversación con un amigo, al que conozco bien, y con quien disfruto y aprendo conversando. Mi amigo, Dr. en Física y que trabaja en un centro de investigación de rango internacional, hace años que me confesó que era ateo. Ateo de convicción. Desde muy joven. Hablando de estas cosas, tras manifestarme su fascinación por la montaña, me confesó esto: “a menudo cuando estoy solo en la montaña, solo en el bosque nevado, tengo la certeza de que no estoy solo. En realidad, percibo, siento, que hay un espíritu, “el espíritu del bosque” que está ahí, que me protege, que me acompaña en la soledad y en el silencio de bosque”. Me recordó el libro de otro amigo que tituló “Sobre el Dios que está ahí” y no pude no decirle que no otra cosa era la experiencia religiosa. La experiencia religiosa no es otra cosa que lo que experimentamos en ciertas experiencias humanas, que no nacen en nosotros, que son externas a nosotros, con lo que, de entrada, derrumbamos las tesis de Feuerbach, a lo que denominamos, unos, experiencia religiosa, otros, experiencia secular o laica. Estamos ante lo sagrado en la terminología de Emile Durkheim.

Hans Joas, Habermas y Fraijó, ante el silencio de lo religioso en la sociedad de hoy

En la actualidad el individualismo es omnipresente. Incluso un individualismo, no necesariamente utilitarista ni egocéntrico, pues mira a la universalidad ética del comportamiento, por ejemplo, en la defensa y promoción de los Derechos Humanos, en la custodia de la Tierra etc. Al mismo tiempo, en la cosmovisión judeo-cristiana, se habla expresamente de tradición bíblica, que incluye la tradición judía, así como la tradición cristiana. En la tradición bíblica el descentramiento moral es esencial. En esta concepción los seres humanos están obligados a tomar en consideración no solamente los otros seres humanos que pertenezcan a la misma familia, a la misma nación, a la misma religión, o la misma clase social sino a todos los seres humanos, comprendidas también las generaciones futuras. Es el “ethos del amor” bíblico.

Por otra parte, filósofos como Kant, Rawls y Habermas, han elaborado una orientación universalista de este tipo desarrollando en detalle la lógica de la reflexión y la discusión moral universal, bajo el prisma de una ética racionalista. Pero una cuestión queda sin respuesta, nos apunta Hans Joas:

¿qué es lo que tiene que motivar a los seres humanos a reflexionar a las cuestiones morales y a la significación que pueden tener para la forma como ellos conciben y llevan su vida, máxime cuando tal reflexión corre el riesgo de ir en contra de sus propios intereses? Otro punto todavía queda muy oscuro: ¿cómo llegar a los individuos sensibles a los sufrimientos de los otros, teniendo en cuenta qué es cierto que esta sensibilidad no es el resultado de una argumentación racional?

En esto reside, señala Joas, la superioridad de estos cristianos del amor – expresión a la que yo prefiero, la singularidad de estos cristianos del ethos del amor – incluso frente a formas de filosofía moral universalista y, evidentemente, frente a todas las formas de individualismo. La asunción de fe en un Dios que ama al hombre sin condiciones, conlleva una fe cristiana que puede, ciertamente, liberar el campo a la capacidad de amar, en los cristianos, y en todas las religiones del amor universal, sin condiciones y sin excepciones.

Pero, a la reflexión que acabamos  de formular, parafraseando el texto de Joas, cuyo original es de 2014, hay que añadir la que realizó, años después Habermas, que presentamos a continuación. En efecto, Jürgen Habermas, a la demanda de “Le Monde des Livres” (“Le Monde“, 28/02/2018) redactó unas líneas sobre algunos de los temas centrales de su obra. Entre ellos su preocupación por encontrar un espacio a la creencia religiosa y a los creyentes, cuestión que le ocupa desde el final de los años 1990. Traigo aquí, traducido por mí, lo esencial de su aportación al cotidiano francés.

“Debemos reservarnos la posibilidad de traducir contenidos semánticos enterrados, provenientes de tradiciones religiosas, ya que pueden ensanchar el horizonte conceptual de nuestro discurso público y nuestras sensibilidades trastornadas (“sensibilités tourneboulées”). Conceptos filosóficos, por muy cargados que sean, como “poder de la voluntad “, “ley”, autonomía “, “individualidad”, “conciencia”, “crisis”, “historicidad” y “emancipación” se han abierto paso en nuestro vocabulario actual. Pero, a la luz de la historia de los conceptos, varios siglos de constante trabajo filosófico han demostrado indispensable la importación de intuiciones con connotaciones religiosas al espacio universalmente accesible de los fundamentos racionales. (….)

Esta elaboración discursiva de intuiciones enterradas no cuestiona en modo alguno el ateísmo metodológico practicado por los filósofos occidentales desde Hobbes y Spinoza. La moralidad basada en la razón tiene sus propios cimientos y no necesita apoyo religioso. El problema es más bien la desaparición de la solidaridad. Es legítimo que la moralidad racional atienda sus prescripciones, teniendo en cuenta al individuo. De repente, el surgimiento de una acción unida, que lleva por ejemplo a un movimiento social, pasa a depender de la improbable coincidencia y focalización de decisiones que emanan de conciencias individuales dispersas. En otras palabras, ¡es tan probable que suceda como que un camello atraviese el ojo de una aguja! Observo la tendencia actual a la disolución de la solidaridad, que acompaña directamente a la colonización de nuestro mundo vivida por los imperativos de una conducta cuya racionalidad es la del mercado. La mercantilización invasiva de las relaciones sociales, favoreciendo un tipo de comportamiento conforme a una racionalidad instrumental y egoísta, socava el poder abstracto de las normas universales y embota nuestra capacidad de reaccionar ante situaciones normativamente intolerables. Por el contrario, las comunidades religiosas se nutren (“puisent”), a través del culto, en las mismas fuentes de solidaridad. (en el “ethos del amor”, añado yo).

Ciertamente, dada la naturaleza particularista de los dogmas y las creencias, estas energías pueden descarrilar y volverse hacia afuera con una violencia explosiva dirigida contra otras confesiones religiosas. Pero, ¿no es ésta una razón más para recordar la larga relación que la filosofía ha mantenido con estas fuentes religiosas que ha buscado racionalizar? Mientras la religión siga siendo una forma actual de la mente, representará un acicate plantado en la carne de la modernidad. No debe perder su tono, su vigor para trascender lo existente; lo que es capaz de generar lo realmente nuevo es esta facultad de una “trascendencia” que, viniendo desde dentro de nuestro mundo, y ya no desde el cielo, se esfuerza por ir más allá de él. La novedad de las mutaciones tecnológicas queda rápidamente obsoleta”.

Es pues claro, el anhelo no satisfecho de un agnóstico de la profundidad y sinceridad como Habermas, quien, sosteniendo “el ateísmo metodológico” en la filosofía, y la moralidad racional sin necesidad de la religión, manifiesta sin ambages la aporía con la que se encuentra, al hablar de la solidaridad universal, sin acepción de personas.

Este planteamiento lo resume magníficamente Manuel Fraijó en un artículo publicado en el diario “El País”, el año 2016, del que extraigo los últimos párrafos.

“El afán por “durar” (Spinoza), la esperanza de algún género de futuro tras la muerte parece haber acompañado desde muy tempranamente a los seres humanos. Platón aseguró que no todo lo nuestro perece: perdura el alma inmortal. Una gran obsesión pareció acompañar siempre a este filósofo: el mundo sensible no puede, no debe, erigirse en explicación del mundo espiritual.

Platón ha sido generosamente heredado. Solo una muestra: imposible no recordar el postulado de la inmortalidad kantiano. Un mundo que niega la felicidad a seres dignos de ella y se la otorga a los que no la merecen no puede ser la máxima expresión de lo que nos cabe esperar. Es lícito, obligado incluso, soñar con escenarios más justos. Kant, afirma Adorno, postuló la inmortalidad para huir de la “desesperación”, para abrirse “al ansia de salvar”. Y es que los defensores de la esperanza comprendieron siempre que no hay mejora en este mundo que alcance a hacer justicia a los muertos; las mejoras nunca las disfrutarán los que ya se fueron. Incontables seres humanos llegaron al final de sus días sin que hubiese sido tenida en cuenta su humilde solicitud de una vida digna; siempre fueron meros aspirantes a lo elemental, candidatos injustamente rechazados. De ahí que algunos grandes espíritus, ansiosos de reparar injusticias, hayan soñado con que nadie muera del todo para siempre. “La esperanza perdida de la resurrección —escribe Habermas— se siente a menudo como un gran vacío”. Es un anhelo profundamente humano. Eso sí: un anhelo de incierto cumplimiento. Laín Entralgo lo formuló así: “lo cierto es siempre lo penúltimo y lo último es siempre incierto”.

Y, obviamente, son las religiones —especialmente las monoteístas— las más reacias al relato de la hamaca vacía (el mero recuerdo de alguien fallecido). Desde siempre ofrecieron su palabra de honor de que, tras la muerte, habrá nuevas acogidas, nuevos inicios, libres ya del signo de la actual precariedad. Eso sí: las religiones no informan de lo que saben, sino de lo que creen. De ahí que grandes creyentes como el cardenal Newman suplicasen: “Que mis creencias soporten mis dudas”. En este sentido, el “más allá” no es científicamente verificable ni, por tanto, refutable. Las religiones consideran que algo puede ser significativo sin ser científico. Entre paréntesis: parece que, al principio, la nueva vida, la resurrección, solo se esperaba para los mártires, es decir, para los más afectados por el mal y el sufrimiento; pero lentamente se fue abriendo paso el convencimiento de que en mayor o menor medida todos terminamos compartiendo la condición de mártires: la muerte, que no es solo el final de la vida, sino su permanente amenaza, se encarga sobradamente de ello.

Para concluir, escribe Fraijó: de especial trascendencia continúa siendo el anuncio cristiano de la resurrección de Jesús de Nazaret como anticipo de la resurrección universal. El teólogo Moltmann asegura que la resurrección de Jesús “ha hecho historia”. Es cierto: al menos iluminó muchos últimos instantes y suavizó innumerables despedidas” [3].

Joas, Habermas y Fraijó nos manifiestan los dilemas de una racionalidad que se satisface a sí misma cuando se la pone en relación con una religión, la cristiana, aunque no solamente la cristiana, si defiende el ethos universal del amor. Y universal, quiere decir universal, sin excepciones espacio-temporales. Pero haremos bien los creyentes en no olvidar la reflexión de Newman de que “mis creencias soporten mis dudas”, pues, como decía Maurice Bellet, “una fe que no duda es una fe dudosa”.

Claro que otra cosa es la práctica en los comportamientos de los creyentes que, en mil y una ocasiones de la historia, han mostrado que estaban bien lejos de la universalidad del amor. Ya Gandhi dijo que “cuando leo el Evangelio me siento cristiano; pero cuando veo a los cristianos me doy cuenta de que ellos no viven según el Evangelio”, el mismo Gandhi que sostenía que “nunca es bueno el amor a los otros, cuando es exclusivo y con excepciones. Yo no puedo amar a los hindúes o a los musulmanes y odiar a los ingleses”, añadía. Sí, la radicalidad no es solamente cosa de los violentos.

Nada de todo esto, la universalidad del “ethos del amor” cristiano, en base a bucear en la figura y mensaje de Jesús de Nazaret, que denomina Abbà a Dios Padre, es posible sin el silencio interior, el silencio introspectivo, el silencio de escucha, el silencio de oración. Lo mismo cabe decir de la universalidad ética basada en la racionalidad humana como refieren los grandes filósofos arriba mentados. En efecto, es preciso el silencio interior para dar cabida a un atisbo de solidaridad con pretensiones de universalidad. Y esto, no viene de por sí. Es consecuencia de una reflexión, en silencio, (una oración en los religiosos) sobre el necesario impulso para la solidaridad.

Y es también, en el silencio del temor, de la angustia por los hechos y actitudes de la vida pasada, que hemos mostrado más arriba. que el creyente puede reconocer que no ha sido fiel al mensaje heredado, haciendo buena la reflexión de Gandhi, de que estaba de acuerdo con el mensaje los evangelios, pero no con los creyentes que lo incumplían.

Pero, hay que añadir, que las reflexiones y los comportamientos se complican, aún más, cuando las divinidades devienen seculares. Más todavía cuando es la propia sociedad la nueva divinidad de los tiempos actuales.

NOTAS:

[1] El texto original se encuentra en 1 Reyes, cap. 19, 10-13

[2] Roberto Calasso, “La actualidad innombrable”. Anagrama, Barcelona, 2018, p. 50

[3] Manuel Freijó. “La hamaca vacía”. El País, 13 de agosto de 2016. Yo subrayo.

 

Javier Elzo

Atrio