FUNDADOR DE LA FAMILIA SALESIANA

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SAN JUAN BOSCO (Pinchar imagen)

COLEGIO SALESIANO - SALESIAR IKASTETXEA

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BIENVENIDO AL BLOG DE LOS ANTIGUOS ALUMNOS Y ALUMNAS DE SALESIANOS BARAKALDO

ESTE ES EL BLOG OFICIAL DE LA ASOCIACIÓN DE ANTIGUOS ALUMNOS Y ALUMNAS DEL COLEGIO SAN PAULINO DE NOLA
ESTE BLOG TE INVITA A LEER TEMAS DE ACTUALIDAD Y DE DIFERENTES PUNTOS DE VISTA Y OPINIONES.




ATALAYA

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ATALAYA ENERO 2025

miércoles, 18 de junio de 2025

RETIRO EN ARANTZAZU


col kowalski

 

Querida amiga, amigo:

Propongo un retiro de fin de semana en Arantzazu (Oñati):

– en castellano: del 3 (viernes por la tarde) al 5 de octubre (domingo al mediodía),

– en euskera: del 31 de octubre al 2 de noviembre

Girará en torno a “Echar raíces” de Simone Weil.

Si quieres informarte o suscribirte:

Email: jmormazabal55@gmail.com

Tel.: 620 237 634

PRESENTACIÓN

Entrados ya en el segundo cuarto del siglo XXI, el rumbo de la humanidad no cesa de suscitar crecientes inquietudes e interrogantes. La globalización ha alcanzado cotas jamás sospechadas, pero también la desigualdad. Nuestra especie es más poderosa que nunca, pero ¿no se encuentra más afligida que nunca? ¿Somos dignos del rimbombante nombre que portamos: SAPIENS?

Es bueno que nos detengamos a mirar la realidad planetaria y sentirla de cerca, con lucidez y compasión profunda, en el silencio y en la palabra. Es bueno que nos preguntemos por las complejas causas de los males que nos aquejan, por el buen querer que nos sigue habitando en lo más profundo, por la inagotable posibilidad que albergamos todavía.

En el fin de semana de Arantzazu, envuelta en colores otoñales, propongo como guía el testimonio y la palabra de una profetisa excepcional del siglo XX: Simone Weil (1909-1943). Mujer judía mística y política radical, inspirada por igual por Platón, por Jesús y por Karl Marx, dotada de asombrosa inteligencia, compasión y genio literario. En su brevísimo exilio de Londres, físicamente exhausta, poco antes de su muerte, con su país Francia y Europa entera invadida por los nazis, escribe día y noche, a borbotones, un ensayo que Albert Camus publicó en 1949 bajo el título Enracinement (“Arraigo”, “Echar raíces”), calificándolo como “verdadero tratado de civilización”. Puede inspirarnos aún.

Nos preguntaremos: ¿Cómo enraizar la vida, el trabajo, la educación, la ciencia, la política, la religión…? ¿Dónde encontrar los móviles profundos? ¿Cómo refundar una civilización enraizada en el bien, la justicia, la verdad, la belleza…?  ¿Cómo despertaremos? ¿Cómo resucitará la humanidad? Una joven mujer madura de 34 años, nos ayuda a reconocer el desarraigo de nuestra vida y de la civilización dominante, y a intuir las claves inseparablemente espirituales y políticas del arraigo.

No buscamos recetas, ni seguridades de éxito. Buscamos inspiración, aliento, estímulos para seguir caminando hacia el horizonte de una humanidad sabia, solidaria, hermanada en la comunidad planetaria de los vivientes.

Paz en tu ser.

 

José Arregi, Aizarna, 15 de junio de 2025

LOS 3 CONSEJOS DEL "ENTRENADOR" PREVOST PARA LLEGAR A DIOS A TRAVÉS DEL DEPORTE


col kowalski

 Espíritu deportivo en la basílica de san Pedro, en donde el Papa -también él amante del deporte- presidió esta mañana la misa por el Jubileo de los Deportistas tras decidir ayer trasladar su celebración de la plaza al interior del templo debido a las altas temperaturas que se esperaban para hoy en la Ciudad Eterna.

Comenzó señalando el Papa en el día de la Santísima Trinidad que "el binomio Trinidad-deporte no es precisamente habitual, sin embargo, la asociación no es absurda" puesto que, "después de todo, Dios no es estático, no está cerrado en sí mismo" y de "este dinamismo divino de donde brota la vida".

"El deporte -expresó el Papa- puede ayudarnos a encontrar a Dios Trinidad: porque requiere un movimiento del yo hacia el otro, ciertamente exterior, pero también y sobre todo interior. Sin esto, se reduce a una estéril competencia de egoísmos", deteniéndose, a continuación, en subrayar "tres aspectos que hacen del deporte, hoy en día, un medio valioso para la formación humana y cristiana".

En primer lugar, afirmó que en una sociedad marcada por la soledad y el individualismo,   "el deporte —especialmente cuando se practica en equipo— enseña el valor de la colaboración", por lo que "puede convertirse en un importante instrumento de recomposición y encuentro, entre los pueblos, en las comunidades, en los entornos escolares y laborales, en las familias".

En segundo lugar, y en una sociedad "cada vez más digital", León XIV señaló que "frente a la tentación de huir a mundos virtuales, ayuda a mantener un contacto saludable con la naturaleza y con la vida concreta, único lugar en el que se ejerce el amor (cf. 1 Jn 3,18)".

Finalmente, "en una sociedad competitiva", comenzó diciendo el papa Prevost, "el deporte también enseña a perder, poniendo a prueba al hombre, en el arte de la derrota, con una de las verdades más profundas de su condición: la fragilidad, el límite, la imperfección", marcado que "esto es importante, porque es a partir de la experiencia de esta fragilidad que nos abrimos a la esperanza". 

Para concluir, León XIV invitó a los deportistas a "ser, en las actividades que realizan, reflejo del amor de Dios Trinidad para bien de ustedes y sus hermanos. Comprométanse con entusiasmo en esta misión: como atletas, como formadores, como sociedad, como grupos, como familias".

Homilía del Papa

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, mientras vivimos los días del Jubileo del Deporte. El binomio Trinidad-deporte no es precisamente habitual, sin embargo, la asociación no es absurda. De hecho, toda buena actividad humana lleva consigo un reflejo de la belleza de Dios, y sin duda el deporte es una de ellas. Después de todo, Dios no es estático, no está cerrado en sí mismo. Es comunión, relación viva entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que se abre a la humanidad y al mundo. La teología llama a esta realidad pericoresis, es decir, “danza”: una danza de amor recíproco.

Es de este dinamismo divino de donde brota la vida. Hemos sido creados por un Dios que se complace y se regocija en dar la existencia a sus criaturas, que “juega”, como nos ha recordado la primera lectura (cf. Pr 8,30-31). Algunos Padres de la Iglesia hablan incluso, con audacia, de un Deus ludens, de un Dios que se divierte (cf. S. SALONIO DE GINEBRA, in Expositio Mystica in Parabolas Salomonis et Ecclesiasten; S. GREGORIO NACIANCENO, Carmina, I, 2, 589). Es por eso que el deporte puede ayudarnos a encontrar a Dios Trinidad: porque requiere un movimiento del yo hacia el otro, ciertamente exterior, pero también y sobre todo interior. Sin esto, se reduce a una estéril competencia de egoísmos.

Pensemos en una expresión que, en italiano, se utiliza habitualmente para animar a los atletas durante las competiciones: los espectadores gritan: “Dai!” [en español “¡Dale!”]. Quizás no lo pensemos, pero es un imperativo precioso; es el imperativo del verbo “dar”. Y esto nos puede hacer reflexionar: no se trata solo de dar una prestación física, quizá extraordinaria, sino de darse uno mismo, de «jugársela». Se trata de entregarse por los demás —por el propio crecimiento, por los aficionados, por los seres queridos, por los entrenadores, por los colaboradores, por el público, incluso por los adversarios— y, si se es verdaderamente deportista, esto vale independientemente del resultado. San Juan Pablo II —un deportista, como sabemos— hablaba así de ello: “El deporte es alegría de vivir, juego, fiesta, y como tal debe valorarse [...] mediante la recuperación de su gratuidad, de su capacidad para estrechar lazos de amistad, para favorecer el diálogo y la apertura de unos hacia otros, [...] por encima de las duras leyes de la producción y el consumo y de cualquier otra consideración puramente utilitaria y hedonista de la vida” (cf. Homilía para el Jubileo de los Deportistas, 12 abril 1984).

Desde este punto de vista, mencionamos en particular tres aspectos que hacen del deporte, hoy en día, un medio valioso para la formación humana y cristiana.

En primer lugar, en una sociedad marcada por la soledad, en la que el individualismo exagerado ha desplazado el centro de gravedad del “nosotros” al “yo”, terminando por ignorar al otro, el deporte —especialmente cuando se practica en equipo— enseña el valor de la colaboración, de caminar juntos, de ese compartir que, como hemos dicho, está en el corazón mismo de la vida de Dios (cf. Jn 16, 14-15). De este modo, puede convertirse en un importante instrumento de recomposición y encuentro, entre los pueblos, en las comunidades, en los entornos escolares y laborales, en las familias.

En segundo lugar, en una sociedad cada vez más digital, en la que las tecnologías, aunque acercan a personas lejanas, a menudo alejan a quienes están cerca, el deporte valora la concreción de estar juntos, el sentido del cuerpo, del espacio, del esfuerzo, del tiempo real. Así, frente a la tentación de huir a mundos virtuales, ayuda a mantener un contacto saludable con la naturaleza y con la vida concreta, único lugar en el que se ejerce el amor (cf. 1 Jn 3,18).

En tercer lugar, en una sociedad competitiva, donde parece que sólo los fuertes y los ganadores merecen vivir, el deporte también enseña a perder, poniendo a prueba al hombre, en el arte de la derrota, con una de las verdades más profundas de su condición: la fragilidad, el límite, la imperfección. Esto es importante, porque es a partir de la experiencia de esta fragilidad que nos abrimos a la esperanza. El atleta que nunca se equivoca, que no pierde jamás, no existe. Los campeones no son máquinas infalibles, sino hombres y mujeres que, incluso cuando caen, encuentran el valor para levantarse. Recordemos una vez más, a este respecto, las palabras de san Juan Pablo II, quien decía que Jesús es “el verdadero atleta de Dios”, porque venció al mundo no con la fuerza, sino con la fidelidad del amor (cf. Homilía en la Misa por el Jubileo de los deportistas, 29 octubre 2000).

No es casualidad que, en la vida de muchos santos de nuestro tiempo, el deporte haya tenido un papel significativo, tanto como práctica personal que como vía de evangelización. Pensemos en el beato Pier Giorgio Frassati, patrono de los deportistas, que será proclamado santo el próximo 7 de septiembre. Su vida, sencilla y luminosa, nos recuerda que, así como nadie nace campeón, tampoco nadie nace santo. Es el entrenamiento diario del amor lo que nos acerca a la victoria definitiva (cf. Rm 5,3-5) y nos hace capaces de trabajar en la construcción de un mundo nuevo. Así lo afirmaba también san Pablo VI, veinte años después del final de la Segunda Guerra Mundial, recordando a los miembros de una asociación deportiva católica lo mucho que el deporte había contribuido a devolver la paz y la esperanza a una sociedad devastada por las consecuencias de la guerra (cf. Discurso a los miembros del C.S.I., 20 marzo 1965). Decía, “es la formación de una sociedad nueva a la que se dirigen vuestros esfuerzos: [...] conscientes de que el deporte, en los sanos elementos formativos que valora, puede ser un instrumento muy útil para la elevación espiritual de la persona humana, condición primera e indispensable de una sociedad ordenada, serena y constructiva” (cf. ibíd).

Queridos deportistas, la Iglesia les confía una misión maravillosa: ser, en las actividades que realizan, reflejo del amor de Dios Trinidad para bien de ustedes y sus hermanos. Comprométanse con entusiasmo en esta misión: como atletas, como formadores, como sociedad, como grupos, como familias. El Papa Francisco solía subrayar que María, en el Evangelio, se nos presenta activa, en movimiento, incluso “corriendo” (cf. Lc 1,39), dispuesta, como saben hacer las madres, ponerse en movimiento ante la señal de Dios, para socorrer a sus hijos (cf. Discurso a los voluntarios de la JMJ, 6 agosto 2023). Le pedimos que acompañe nuestros esfuerzos y nuestros impulsos, y que los oriente siempre hacia lo mejor, hasta la victoria más grande: la de la eternidad, el «campo infinito» donde el juego no tendrá fin y la alegría será plena (cf. 1 Co 9,24-25; 2 Tim 4,7-8).

 

José Lorenzo

Religión Digital – 15/06/2025

LAS FIESTAS DEL REALISMO DE LA ENCARNACIÓN… CUERPO… SANGRE… CORAZÓN


col anso

 En estos días, la liturgia nos conduce a través de dos fiestas un tanto peculiares, a primera vista difíciles de descifrar y casi pertenecientes a otro tiempo y quizá a otra fe: la fiesta del "Corpus Christi" (el pan consagrado, signo vivo y real de la Eucaristía celebrada) y la fiesta del "Sagrado Corazón de Jesús" (del que manaron "sangre y agua", en la cruz)

Si vamos más allá del lenguaje, es más, si nos adentramos en él, descubrimos que la realidad de estas dos fiestas es profundamente antropológica: la experiencia cristiana -que tiene su origen en un misterio de encarnación- no se contenta con ofrecer palabras y rituales, vislumbres del Cielo y gestos "sagrados", sino que se contamina con la verdad de nuestra existencia. Y estamos hechos de carne, sangre, corazón, alimento que nos alimenta y se convierte en signo profundo de compartir y cuidar, de don recibido y ofrecido. 

El hecho de encontrar -al comienzo de nuestro camino espiritual- el gesto de Cristo que se toma a sí mismo, totalmente, y se hace buen pan (y vino) para nuestra existencia, que ama hasta consumirse, hasta no guardarse nada, y que -cada vez que nos encontramos en su nombre- rompe la eternidad de Dios en las migajas de nuestra finitud, nos ayuda a no caer en el engaño de pensar que la fe es ante todo un ejercicio de virtud, una valentía para realizar actos "que Dios quiere", una voluntad que se doblega y se somete a Alguien que percibo por encima de mí, confusa, impersonalmente. 

Al principio está la obediencia: no la obediencia intelectual o mecánica, sino la de ser amado, llamado, convocado. La obediencia de no haber elegido, sino de haber sido elegido. La obediencia de encontrar un don que nos precede, un alimento que nos nutre y nos reclama como esencial, necesario. 

En esta obediencia, en este estar sobrecogidos por el Amor que Jesús nos muestra, sentimos la profundidad del alma de Dios, que se derrama en el alma de su Hijo, que nos inunda con el don del Espíritu. El corazón de Jesús no es sede de buenos sentimientos, sino de decisiones, de libertad que arraiga y da fruto, de pasión que se abre al dolor y a la fragilidad del ser humano y no se deja avasallar, sino que con humildad se pone al servicio. 

El discípulo mira a Jesús, a las manos que acarician, curan, consuelan; que parten el pan y derraman el vino, que están clavadas. Y ve el corazón del Hijo del hombre que le llama a tener un corazón grande, no temeroso, no acorazado, no "esclerótico". Como se lee en la encíclica Deus Caritas est: "Toda la actividad de la Iglesia es expresión de un amor que busca el bien integral del hombre. No es una agenda corporativa, sino una necesidad, una urgencia. Es ser transformados y no poder escapar a la Palabra que nos envía. Es carne, sangre, corazón. Es sobreabundancia de vida". 

Estamos contigo, Maestro, como los discípulos de Emaús, recorriendo los caminos de la historia. Tú nos haces descubrir el verdadero sentido de nuestro vivir, nos invitas a quedarnos contigo para descubrirte como amor que se entrega. Te buscamos Maestro, queremos encontrarte en las pequeñas cosas de nuestra vida, alcanzarte todas esas veces en que pareces lejano. Te buscamos, te anhelamos, y en cambio estás aquí, habitas en ese lugar que tan poco conocemos de nosotros: nuestro corazón. Un corazón cansado, distraído, que hemos convertido en piedra. Tú, en cambio, lo conoces y te compadeces de él: conoces nuestros miedos, nuestras limitaciones, nuestras incoherencias, nuestras debilidades. Nos acoges así, sin pedirnos nada, te haces nuestro compañero de camino: ¡te haces pan para nosotros! Te rogamos, Señor: permítenos que, al presentarnos ante ti hagamos sitio a tu presencia. Que también nuestros corazones se inflamen y sepamos reconocerte siempre en los caminos de la vida.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

kristaualternatiba.blogspot.com

LA DUDA COMO ALIMENTO DE LA FE


col arregi

 Platón atribuyó a Sócrates el famoso “solo sé que no sé nada”. La duda metódica de Descartes tiene peso en la historia de la filosofía universal. Pero hay dudas y dudas: desde el permanente cuestionamiento de alcanzar un conocimiento verdadero ante la falta de evidencias, hasta dudar entre las diferentes opciones que plantea la realidad. Todas las dudas, incluso las fundadas en el escepticismo, nacen de buscar certezas.

Tan es así que la duda ayuda a construir nuestro pensamiento crítico, ya que sin duda no hay progreso. Aunque puede igualmente mostrar inseguridad o indecisión que nace de un cálculo interesado.

En el plano específico cristiano no es diferente. Podemos acoger la duda como un ejercicio de humildad en el crecimiento espiritual al utilizarla como parte de la búsqueda en pos de una experiencia de fe más madura. Y podemos convertirla en una barrera que levantamos desde actitudes interesadas que apagan nuestra fe. Nuestro problema está aquí, en la falta de fe, a pesar de que la Biblia está llena de páginas trufadas de hechos que demuestran el Dios fiel y cercano que cumple sus promesas… aunque no cumpla nuestros deseos puntuales. Hoy no es siempre, y los tiempos de Dios no son los nuestros, tantas veces.

La duda puede incluso convertirse en certeza negativa. El escéptico más famoso de la Biblia fue el discípulo Tomás, que declaró que no creería que su maestro y amigo  Jesús había resucitado, a no ser que pudiera verlo y tocarle en persona. Creyó solo cuando se cumplieron sus deseos, pero su actitud nos dejó una lección para siempre: dichosos los que crean sin haber visto. El que espera, sabe, y por eso es paciente: "La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve" (Hebreos 11) porque Dios ha demostrado ser fiel, verdadero y capaz.

¿Qué hacer entonces, en medio de tantas dudas? Debemos volver siempre a la fuente, a las Escrituras, y hacerlo en clave de oración. En sus páginas encontraremos la actitud necesaria para aceptar la finitud humana, incluidas aquellas dudas que surgen ante tantas decisiones importante, en medio de los avatares diarios, cuando en nuestra interioridad se llena de dudas en lo humano y lo divino. La receta, pues, es alimentarnos a diario con la oración, sobre todo cuando nos sentimos aplastados por los problemas o sufrimientos sin aparente solución. “Así que no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con mi diestra victoriosa” (Isaías 41). 

Si Dios guarda silencio, tengamos paciencia, esperemos en el Señor, oremos sin cesar abiertos a la esperanza entre las dudas. Quizás no recibamos una solución como la que esperamos, pero es seguro que Dios no fallará por más que el camino a recorrer sea difícil. Es lo que tiene el crecimiento interior, que requiere tiempo y no se logra entre algodones, sino entre podas. La Biblia es muy clara también en esto.

Como expresa bellamente el franciscano Mikel Hernansanz, hay que mirar a los primeros discípulos de Jesús, tras la muerte del Maestro:

-Dudan, pero mantienen vivo tu recuerdo Señor, y acogen al forastero (Emaús).

-Dudan, pero se apoyan mutuamente, se mantienen unidos (Cenáculo).

-Dudan, pero permanecen con sus llantos en el lugar en el que tú estuviste (Magdalena y otra mujeres).

-Dudan, pero confiesan tres veces el amor que te negaron poco antes (Pedro).

-Dudan, pero se atreven a pedirte señales claras, desean tocarte (Tomás).

UNA FIESTA LLENA DE PLENITUD

fe adulta

col labrador

 El espacio natural y fecundo descrito en Lucas 9, 11-17 parece mostrar que el Reino de Dios -del que habla Jesús (v. 11)- finalmente está presente en un tiempo y en un lugar. Jesús reúne a la gente, multitud sanada que lo sigue a donde vaya (v. 11) que ni siquiera parece preocuparse de su alimento (v. 12). Posiblemente tengan razón. A diferencia de los apóstoles que se preocupan por el alimento de todos (v.12), ellos viven un presente sin preocupación. Casi como siguiendo la recomendación de no preocuparse por lo que van a comer o vestir (cf. Mt 6,25), todo lo reciben, el alimento, la compañía, la salvación… hasta saciarse (v.17). Un, tiempo colmado de presente, un espacio cargado de relaciones.

El relato está plagado de connotaciones eucarísticas. Jesús toma el pan y el pescado, levanta los ojos al cielo, da gracias, lo parte y lo da… (v. 16). No hay connotaciones sacrificiales ni nada que empañe la plenitud del momento. Ciertamente, la multitud (a diferencia de los discípulos) conoce a Jesús y confía.

Este relato, leído en la celebración de la Iglesia del Corpus Christi, nos recuerda la verdad de la vida sacramental: la transparencia de la presencia de Jesús en medio de la vida, su presencia curativa y plenificadora, su amor cuidadoso y atento. Es una fiesta de plenitud de la vida más elemental, y por ello mismo, más llena de Dios. Es la fiesta de la abundancia y de la confianza radical en que todo viene de Dios y todo depende de su providencia. Como afirma Teresa de Lisieux, y la multitud que siempre sigue a Jesús bien sabe, “la confianza, solo la confianza, es la que debe conducirnos al amor”.

 

RECOGIERON DOCE CESTOS DE TROZOS

 

Cuando reflexionamos sobre la Palabra, siempre nos descubre algún aspecto nuevo. Así se nutre nuestra espiritualidad.

Concluye el conocido relato llamado de la multiplicación de los panes (en realidad debería llamarse “el milagro del compartir”) con la aseveración de que RECOGIERON DOCE CESTOS DE TROZOS que les habían sobrado después de saciarse. Es la abundancia que brota del compartir no siendo obstáculo la pobreza.

Pero en esta época nuestra, que algunos han calificado como la “era del despilfarro” esas palabras cobran una importancia especial. Despilfarrar alimentos es una iniquidad, algo inaceptable, un pecado de lesa humanidad. ¿Cómo justificar ante los niños de Gaza y sus cazuelas vacías nuestro despilfarro, nuestra inconsciencia al tirar a la basura alimentos buenos? Se mata con bombas y también se mata con descuido.

Por eso, el evangelio nos pide con urgencia:

· Ser cuidadosos con los alimentos: para desechar lo menos posible y reducir esa cifra del 48% de comida que se tira en nuestras casas.

· No malgastar el agua: porque es un bien escaso en muchos lugares y los sedientos nos miran con ojos de extrañeza cuando malgastamos agua sin consideración.

· Cuidar las fuentes de energía: para no usar sino aquello que nos es necesario para una vida humana digna y sensata.

Dice Cercas en su libro sobre el papa Francisco que “antes los creyentes pensábamos que los no creyentes se condenaban por no creer. Pero esto ha dado un cambio tremendo”. No vaya a ser que nos califiquemos de creyentes por tener unas ideas religiosas, pero que no lo seamos en nuestros comportamientos insolidarios.

Hoy también Jesús nos instaría a recoger lo que sobra y, más todavía, a que no sobre nada mientras haya alguien que pasa necesidad. No haríamos nada con leer estos hermosos relatos del evangelio si no sacamos todas las consecuencias que de ellos dimanan. Son las exigencias de una fe madura.

 


COMPARTIR LO NUESTRO CON LOS NECESITADOS José Antonio Pagola

 

Dos eran los problemas más angustiosos en las aldeas de Galilea: el hambre y las deudas. Era lo que más hacía sufrir a Jesús. Cuando sus discípulos le pidieron que les enseñara a orar, a Jesús le salieron desde muy dentro las dos peticiones: «Padre, danos hoy el pan necesario»; «Padre, perdónanos nuestras deudas, pues también nosotros perdonamos a los que nos deben algo».

¿Qué podían hacer contra el hambre que los destruía y contra las deudas que los llevaban a perder sus tierras? Jesús veía con claridad la voluntad de Dios: compartir lo poco que tenían y perdonarse mutuamente las deudas. Solo así nacería un mundo nuevo.

Las fuentes cristianas han conservado el recuerdo de una comida memorable con Jesús. Fue al descampado y tomó parte mucha gente. Es difícil reconstruir lo que sucedió. El recuerdo que quedó fue este: entre la gente solo recogieron «cinco panes y dos peces», pero compartieron lo poco que tenían y, con la bendición de Jesús, pudieron comer todos.

Al comienzo del relato se produce un diálogo muy esclarecedor. Al ver que la gente tiene hambre, los discípulos proponen la solución más cómoda y menos comprometida; «que vayan a las aldeas y se compren algo de comer»; que cada uno resuelva sus problemas como pueda. Jesús les replica llamándolos a la responsabilidad; «Dadles vosotros de comer»; no dejéis a los hambrientos abandonados a su suerte.

No lo hemos de olvidar. Si vivimos de espaldas a los hambrientos del mundo, perdemos nuestra identidad cristiana; no somos fieles a Jesús; a nuestras comidas eucarísticas les falta su sensibilidad y su horizonte, les falta su compasión. ¿Cómo se transforma una religión como la nuestra en un movimiento de seguidores más fiel a Jesús?

Lo primero es no perder su perspectiva fundamental: dejarnos afectar más y más por el sufrimiento de quienes no saben lo que es vivir con pan y dignidad. Lo segundo, comprometernos en pequeñas iniciativas, concretas, modestas, parciales, que nos enseñan a compartir y nos identifican más con el estilo de Jesús.

 

LOS SIGNOS NO SON LA REALIDAD SIGNIFICADA CORPUS 2025 (C) Lc 9,11-17

fe adulta

 Es muy difícil hablar de este sacramento. Serían tantas las desviaciones que habría que corregir, que solo el tener que planteármelo, me asusta. Hemos tergiversado hasta tal punto este sacramento que lo hemos convertido en algo ineficaz.

Hemos convertido la eucaristía en un rito cultual que se desarrolla fuera de nosotros y al que asistimos pasivamente. Nuestra tarea debe ser volverlo a cargar de humanidad. Dios es la Realidad que está en nosotros siempre y no tiene que hacer nada. El sacramento lo necesitamos nosotros para descubrirlo.

El problema de este sacramento es que se ha desorbitado la importancia de aspectos secundarios (sacrificio, presencia, adoración) y se ha olvidado totalmente su esencia, que es su aspecto sacramental. La eucaristía es un sacramento. Los sacramentos son la unión de un signo con una realidad significada.

Lo que es un signo lo sabemos muy bien, porque toda comunicación entre seres humanos se realiza a través de signos. El signo no es el pan sino el pan partido, preparado para ser comido. La clave del signo no está en el pan como cosa, sino en el hecho de que está partido. El signo está en la disponibilidad para ser comido.

El segundo signo es el vino servido, preparado para ser bebido. Es muy importante tomar conciencia de que, para los judíos, la sangre era la vida. Si no tenemos esto en cuenta, se pierde el significado. El valor sacrificial que se le ha dado al sacramente no pertenece a lo esencial y nos despista de su verdadero valor.

La realidad significada es trascendente, que está fuera del alcance de los sentidos. Si queremos hacerla presente, tenemos que utilizar los signos. Esa realidad es eterna y no se puede ni crear ni destruir; ni traer ni llevar; ni poner ni quitar. Si celebrar la eucaristía no me lleva a descubrirla, es que se ha convertido en garabato.

El principal objetivo de este sacramento es tomar conciencia de la presencia divina en nosotros. Pero esa toma de conciencia tiene que llevarnos a vivir esa misma realidad como la vivió Jesús. Si nos conformamos con realizar el signo sin alcanzar lo significado, solo será un garabato.

En la eucaristía re-significamos el amor que es Dios manifestado en el don de sí mismo que hizo Jesús durante su vida. Esto soy yo: Don total sin límites. El pan que me da la Vida no es el pan que como, sino el pan en que me convierto cuando me doy. Soy cristiano, no cuando como sino cuando me dejo comer, como hizo él.

Todas las muestras de respeto hacia los signos están muy bien. Pero arrodillarse ante el Santísimo y seguir menospreciando o ignorando al prójimo, es un sarcasmo. Si en nuestra vida no reflejamos la actitud de Jesús, la celebración de la eucaristía seguirá siendo magia barata para tranquilizar nuestra conciencia.

 


JESÚS ALIMENTA, LA COMUNIDAD RECUERDA Fiesta del Corpus Christi

 fe adulta


Ciclo C

La institución de la Eucaristía se celebra el Jueves Santo. ¿Qué sentido tiene dedicar otra fiesta al mismo misterio? Podríamos decir que, en el Jueves Santo, el protagonismo es de Jesús, que se entrega. En la fiesta del Corpus, el protagonismo es de la comunidad cristiana, que reconoce y agradece públicamente ese regalo. Esta fiesta comenzó a celebrarse en Bélgica en 1246, y adquirió su mayor difusión pública dos siglos más tarde, en 1447, cuando el Papa Nicolás V recorrió procesionalmente con la Sagrada Forma las calles de Roma. Dos cosas pretende: fomentar la devoción a la Eucaristía y confesar públicamente la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino.

En el ciclo C, las lecturas centran la atención en el compromiso del cristiano con Jesús, al que debe recordar continuamente con gratitud (2ª lectura), porque él lo sigue alimentando igual que alimentó a la multitud (evangelio).

1ª lectura. ¿El primer anuncio de la Eucaristía? (Gn 14,18-20)

El c.14 del Génesis cuenta una batalla casi mítica de cinco reyes contra cuatro, en la que termina tomando parte Abrán (no es una errata, el nombre se lo cambió más tarde Dios en el de Abrahán). Al volver victorioso, devuelve al rey de Salén (Jerusalén) los prisioneros que le habían hecho. Y su rey, Melquisedec, «le sacó pan y vino» y lo bendijo. A nosotros puede parecernos traído por los pelos el que se elige esta lectura por el simple hecho de mencionar al pan y el vino, pero los Padres de la Iglesia y los artistas han visto siempre en esta escena un anuncio de la eucaristía, como la mejor ofrenda que se nos puede hacer.

2ª lectura. “En recuerdo mío” (1 Corintios 11,23-26)

Dos veces insiste Pablo, al recordar la institución de la Eucaristía, en que hay que realizarla «en memoria mía». Evoca la imagen de un padre o una madre que, antes de morir, entrega un foto suya a los hijos diciéndoles: «acuérdate de mí». Lo que pide Jesús es que recordemos todo lo que hizo por nosotros a lo largo de su vida. La Eucaristía nos obliga a echar una mirada al pasado y agradecer lo que hemos recibido de él. Pablo no omite la mirada al pasado, pero la limita a la muerte de Jesús, su acto supremo de entrega; y la proyecta luego al futuro, «hasta que vuelva».

Pablo escribe estas palabras a propósito de los desórdenes que se habían introducido en la celebración de la Eucaristía en Corinto, donde algunos se emborrachaban o hartaban de comer mientras otros pasaban hambre. Por eso les advierte seriamente: cuando celebráis la cena del Señor, no celebráis una comida normal y corriente; estáis recordando el momento último de la vida de Jesús, su entrega a la muerte por nosotros. Celebrar la eucaristía es recordar el mayor acto de generosidad y de amor, incompatible con una actitud egoísta.

Evangelio. Segundo anuncio de la Eucaristía (Lc, 9,11b-17)

Si la lectura del Génesis ha sido considerada el primer anuncio de la Eucaristía, la multiplicación de los panes es el segundo. Lucas, siguiendo a Marcos con pequeños cambios, describe una escena muy viva, en la que la iniciativa la toman los discípulos. Le indican a Jesús lo que conviene hacer y, cuando él ofrece otra alternativa, objetan que tienen poquísima comida. La orden de recostarse en grupos de cincuenta simplifica lo que dice Marcos, que divide a la gente en grupos de cien y de cincuenta. Esta orden tan extraña se comprende recordando la organización del pueblo de Israel durante la marcha por el desierto en grupos de mil, cien, cincuenta y veinte (Éx 18,21.25; Dt 1,15). También en Qumrán se organiza al pueblo por millares, centenas, cincuentenas y decenas (1QS 2,21; CD 13,1). Es una forma de indicar que la multitud que sigue a Jesús equivale al nuevo pueblo de Israel y a la comunidad definitiva de los esenios.

Jesús realiza los gestos típicos de la eucaristía: alza la mirada al cielo, bendice los panes, los parte y los reparte. Al final, las sobras se recogen en doce cestos.

¿Cómo hay que interpretar la multiplicación de los panes?

Podría entenderse como el recuerdo de un hecho histórico que nos enseña sobre el poder de Jesús, su preocupación no sólo por la formación espiritual de la gente, sino también por sus necesidades materiales.

Esta interpretación histórica encuentra grandes dificultades cuando intentamos imaginar la escena. Se trata de una multitud enorme, cinco mil personas, sin tener en cuenta que Lucas no habla de mujeres y niños, como hace Mateo. En aquella época, la “ciudad” más grande de Galilea era Cafarnaúm, con unos mil habitantes. Para reunir esa multitud tendrían que haberse quedados vacíos varios pueblos de aquella zona. Incluso la propuesta de los discípulos de ir a los pueblos cercanos a comprar comida resulta difícil de cumplir: harían falta varios Hipercor y Alcampo para alimentar de pronto a tanta gente.

Aun admitiendo que Jesús multiplicase los panes y peces, su reparto entre esa multitud, llevado a cabo por solo doce personas (unas mil por camarero, si incluimos mujeres y niños) plantea grandes problemas. Además, ¿cómo se multiplican los panes? ¿En manos de Jesús, o en manos de Jesús y de cada apóstol? ¿Tienen que ir dando viajes de ida y vuelta para recibir nuevos trozos cada vez que se acaban? Después de repartir la comida a una multitud tan grande, ya casi de noche, ¿a quién se le ocurre ir a recoger las sobras en mitad del campo? ¿Y cómo es que los apóstoles no se extrañan lo más mínimo de lo sucedido?

Estas preguntas, que parecen ridículas, y que a algunos pueden molestar, son importantes para valorar rectamente lo que cuenta el evangelio. ¿Se basa el relato en un hecho histórico, y quiere recordarlo para dejar claro el poder y la misericordia de Jesús? ¿Se trata de algo puramente inventado por los evangelistas para transmitir una enseñanza?

El trasfondo del Antiguo Testamento

Lucas, muy buen conocedor del Antiguo Testamento vería en el relato la referencia clarísima a dos episodios bíblicos.

En primer lugar, la imagen de una gran multitud en el desierto, sin posibilidad de alimentarse, evoca la del antiguo Israel, en su marcha desde Egipto a Canaán, cuando es alimentado por Dios con el maná y las codornices gracias a la intercesión de Moisés. Pero hay también otro relato sobre Eliseo que le vendría espontáneo a la memoria. Este profeta, uno de los más famosos de los primeros tiempos, estaba rodeado de un grupo abundante de discípulos de origen bastante humilde y pobre. Un día ocurrió lo siguiente:

«Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:

― Dáselos a la gente, que coman.

El criado replicó:

― ¿Qué hago yo con esto para cien personas?

Eliseo insistió:

― Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.

Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor»

(2 Re 4,42-44).

Lucas podía extraer fácilmente una conclusión: Jesús se preocupa por las personas que lo siguen, las alimenta en medio de las dificultades, igual que hicieron Moisés y Eliseo antiguamente. Al mismo tiempo, quedan claras ciertas diferencias. En comparación con Moisés, Jesús no tiene que pedirle a Dios que resuelva el problema, él mismo tiene capacidad de hacerlo. En comparación con Eliseo, su poder es mucho mayor: no alimenta a cien personas con veinte panes, sino a varios miles con solo cinco, y sobran doce cestos. La misericordia y el poder de Jesús quedan subrayados de forma absoluta.

¿Sigue saciando Jesús nuestra hambre?

Aquí entra en juego un aspecto del relato que parece evidente: su relación con la celebración eucarística en las primeras comunidades cristianas. Jesús la instituye antes de morir con el sentido expreso de alimento: “Tomad y comed... tomad y bebed”. Los cristianos saben que con ese alimento no se sacia el hambre física; pero también saben que ese alimento es esencial para sobrevivir espiritualmente. De la eucaristía, donde recuerdan la muerte y resurrección de Jesús, sacan fuerzas para amar a Dios y al prójimo, para superar las dificultades, para resistir en medio de las persecuciones e incluso entregarse a la muerte. Lucas volverá sobre este tema al final de su evangelio, en el episodio de los discípulos de Emaús, cuando reconocen a Jesús “al partir el pan” y recobran todo el entusiasmo que habían perdido.

BENDECIR Y COMPARTIR Fiesta del Corpus 22 de junio Lc 9, 11-17

 La persona feliz es buena: bendice y comparte. Parece claro, a pesar de no hacerlo consciente, que quien no bendice a los demás, tampoco sabe bendecirse a sí mismo; y quien no comparte con otros, tampoco sabe tenerse en cuenta a sí mismo.

Bendecir significa, literalmente, “decir bien”. Y se requiere haber aprendido a “decirse bien” a sí mismo para hacerlo con los demás. Quien dice mal de otros -en el extremo: maldecir- no se ama a sí mismo, por más que parezca lo contrario. Más que amarse limpia y humildemente, lo que hace es vivir acorazado en un caparazón narcisista, que utiliza como refugio. Solo cuando aprenda a amarse de manera genuina, estará en paz con él, podrá bendecirse y bendecirá a los demás.

Compartir requiere -sea de manera explícita o simplemente intuitiva- comprender lo que somos. Al comprender lo que soy, comprendo que soy no-otro de los demás, y empezaré a querer para ellos lo mismo que quiero para mí, y no les haré a ellos lo que no quisiera que me hicieran a mí.

Cuando no sabemos compartir -vivir empatía y compasión-, no sabemos qué somos. Lo que hacemos entonces es resguardarnos en el antes mencionado caparazón narcisista, con nuestros temores inconfesados y nuestras necesidades básicas no resueltas. Dado que no nos queremos bien, pensaremos que nunca tenemos bastante, por lo que viviremos acaparando y replegados sobre nosotros mismos.

La bendición y el amor nacen de la comprensión de lo que somos. Y, a su vez, constituyen un test cierto del nivel real de la misma.

 

PARÁBOLA DEL PAN Y DEL VINO Lc 9, 11-17

fe adulta

 «Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo…»

Hoy, día del Corpus Cristi, no me resisto a incluir aquí una preciosa reflexión de José E. Ruiz de Galarreta sobre el sentido profundo de la fiesta que celebramos.

Dice así:

En la fiesta de hoy, la Iglesia no conmemora propiamente la eucaristía; es la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, la fiesta del pan y del vino. Muchas veces, los cristianos centramos la celebración en la adoración de la presencia real de Cristo en el pan (el vino suele brillar por su ausencia). Nos perdemos lo mejor. Lo mejor está, como siempre, en las parábolas, en el sentido parabólico de las expresiones. Vamos a explicarnos. Igual que Jesús al hablar del Reino decía: ¿A qué compararemos el Reino?... “El Reino se parece a de esa misma manera, podemos decir que el cuerpo y la sangre de Cristo son como el pan y el vino. Vamos a meditarlo desde esa óptica.

El pan, nacido de granos de trigo sembrados, muertos, multiplicados, molidos, amasados, fermentados por la levadura, para ser alimento de muchos, para convertirse en los que lo comen. Los granos de uva, milagros de la vida en la vid, machacados también y estrujados, que también fermentan en la oscuridad para ser bebidos y dar fuerza y alegría a los que beben. El grano de trigo, los granos de uva, el pan y el vino enlazan con lo mejor y más profundo de las parábolas.

Podemos imaginar a Jesús contemplando la resurrección de los granos de trigo enterrados en otoño. El grano olvidado en el granero está muerto. El grano que muere en la tierra resucita en los verdes brotes que serán espigas, portadoras de muchos granos... Asistiendo a la fiesta de la vendimia en su pueblo de Galilea. Los racimos arrancados de la vid, pisados sin piedad, estrujados, exprimidos, fermentados en la oscuridad de las cubas. El milagro del vino...

Imaginemos la casa de Cafarnaúm al atardecer. El grupo de Jesús alrededor de la mesa. Compartiendo la Palabra y el pan. El pan, los granos de trigo molidos, amasados, abrasados al horno. El pan va a morir. Lo comen y ya no existe. El triunfo del grano de trigo es desaparecer para que el que lo come tenga vida. La copa de vino que corre de mano en mano. El vino que alegra el corazón de todos. El triunfo de los granos de uva que mueren para ser alegría.

El pan y el vino tuvieron el honor de ser elegidos como la parábola de las parábolas, en la cena de despedida de Jesús. Muchas cosas habría encima de la mesa en aquella cena. Cordero (si es que fue una cena pascual), verduras, salsas, candelabros para iluminar la estancia… Muchas de ellas habían sido ya elegidas como símbolos del mesías: el cordero inmolado, la luz que resplandece en las tinieblas. Pero aquella noche, los ojos de Jesús se fijaron en signos más sencillos, el pan y el vino. Jesús se sintió pan, se sintió grano de trigo enterrado y muerto para ser fecundo, hogaza fermentada por el viento de Dios para que muchos tuvieran alimento. Se sintió grano de uva estrujado y exprimido, fermentado hasta ser vino generoso que enciende el espíritu del que lo bebe.

Y se sintió pan y vino compartido por muchos, alrededor de una mesa de hermanos que, al compartir el pan y el vino con él mismo, se sentían más hermanos, compartían con él su entrega para ser pan y vino para muchos.

Jesús no fue un grano de trigo conservado en un viril para ser adorado. Jesús no fue un frasco de vino precioso reservado por su dueño para admirar a los huéspedes. Jesús no fue pan y vino desde aquella cena de despedida. Jesús leyó durante la cena su vida entera, como se lee la vida en la inminencia cierta de la muerte, y se interpretó a sí mismo con la más bella de todas las parábolas.

Así, la cena de despedida de Jesús coronó todas sus comidas y cenas con pecadores, en las que se sembraba y se derramaba con riesgo de su prestigio y de su vida. Aquellas comidas que expresaban con perfección toda su forma de vivir: sembrarse en cualquier terreno, aunque estuviera lleno de piedras y de cardos, a voleo, generosamente, sabiendo que sería pisado, ahogado por las zarzas, rechazado por la tierra endurecida por la sequía. La cena de despedida resumió en el pan y en el vino la vida entera de Jesús, su estilo, su concepción del Reino, el modo de proceder de los que quisieran seguirle, su imagen de Dios.

Por eso los que se atrevieron a seguirle, los que después de verle morir en la cruz vencido y humillado se atrevieron a proclamar que Dios estaba con él, significaron también toda su fe y su modo de vida compartiendo el pan y el vino en un recuerdo que hacía presente a Jesús; que invitaba a la comunión con él y con todos los que se reunían alrededor de la mesa. Y allí, alrededor de la mesa, cada uno presenta y ofrece su grano de trigo y se presenta a sí mismo como grano de trigo entregado con Jesús y como Jesús, para que haya más vida en el mundo.

Es estremecedor pensar en la profundidad de la imagen del pan y del vino y su enorme superioridad sobre la idea de sacrificio ritual de una víctima sustitutoria. El verdadero sacrificio de Jesús no fue solamente ser cordero inmolado en la cruz, sino ser grano de trigo sembrado desde que se dejó llevar del Espíritu, allá en el Jordán, desde el entorno del bautista.

El cordero es una imagen sangrienta, espectacular y momentánea. El grano de trigo es una imagen cotidiana, desapercibida, constante. El sacrificio del templo es oficiado por el sacerdote y contemplado por los demás. El grano enterrado es cada uno, todos los días, como sacerdote de su propio sacrificio que es toda su vida.

Y no es bueno que se mezclen, porque el sacrificio del cordero inmolado por el sacerdote tiene el atractivo de los espectáculos cultuales, y sus resplandores hacen olvidar fácilmente al grano cotidiano, enterrado en silencio.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

miércoles, 11 de junio de 2025

Una mirada de fe sobre quien no creía tenerla -- Rosa Ramos


 Amerindia

El 13 de mayo pasado, a las 16.14, Yamandú Orsi, actual Presidente, anunciaba de esta manera la muerte de José Mujica: “Con profundo dolor comunicamos que falleció nuestro compañero Pepe Mujica. Presidente, militante, referente y conductor. Te vamos a extrañar mucho Viejo querido. Gracias por todo lo que nos diste y por tu profundo amor por tu pueblo.” José “Pepe” Mujica fallecía en su chacra del Montevideo rural con casi noventa años, tras batallar con un cáncer. Ver noticia

Sanidad pública andaluza en estado crítico -- 15M Ronda

 


Redes Cristianas

“El sistema sanitario puedo decirles que funciona.”, defendió el PP, porque hay “un aumento brutal de las inversiones en salud, un aumento enorme de la plantilla sanitaria y un aumento muy significativo de las nuevas infraestructuras sanitarias”.

Pero un informe presentado en Sevilla por SATSE, CSIF, CCOO, UGT y la Marea Blanca, desmiente el relato del PP, ya que sitúa a Andalucía en el furgón de cola del sistema nacional de salud, que una vez más, la “infrafinanciación crónica”, la “falta de personal”, el “peso creciente de la privatización” y los “indicadores sanitarios en caída libre, esto es, financiación, gasto sanitario, profesionales por habitante, listas de espera y esperanza de vida”, han colocado a la comunidad andaluza en una “situación límite”.

Según el presidente de la Junta, Juan Manuel Moreno, “nunca se ha presupuestado tanto dinero para la sanidad pública andaluza que durante sus legislaturas.
“Esta visión, oculta el hecho de que no se trata
únicamente de mejorar respecto a años anteriores, sino de avanzar hacia la convergencia con la media Estatal”.

El presupuesto sanitario en 2025 sitúa a Andalucía, con 1.747,98 € por habitante, la quinta comunidad autónoma con menor inversión, por debajo de la media nacional y a 686 € de diferencia con respecto a la comunidad mejor financiada. Estas cifras muestran que la sanidad pública andaluza está infrafinanciada.

La valoración ciudadana en Andalucía con el funcionamiento de su sanidad pública es la más baja de entre todas las comunidades autónomas y, además, esta diferencia se está acrecentando año tras año.
El 48,4% del incremento presupuestario del año 2025 va a parar a empresas privadas, fundamentalmente en conciertos sanitarios para intervenciones quirúrgicas, pruebas diagnósticas y gasto farmacéutico. Por tanto, en realidad se trata de una salida de recursos del sistema público, no un refuerzo del mismo.

Las ratios de profesionales en el Servicio Andaluz de Salud son de las más bajas de España. En profesionales de la medicina y de la enfermería somos la comunidad con las ratios más bajas (3,1 y 4, respectivamente, por cada 1.000 habitantes). En otros profesionales, con una ratio de 7,2 por cada 1000 habitantes, somos la tercera comunidad por la cola

Andalucía necesitaría 18.000 profesionales más para igualar, simplemente, la actual media estatal. De estos, 5.400 serían de medicina, 5.900 de enfermería y 6.500 de otras categorías. Sin embargo, el Servicio Andaluz de Salud despidió a la mayoría de los trabajadores contratados por la pandemia y, además, se une el éxodo de profesionales a otras comunidades autónomas.

En el informe se recoge que en 2023 el gasto sanitario público en farmacia fue de 2.400 millones de euros, convirtiendo a la comunidad en la segunda con mayor porcentaje, tres puntos por encima de la media estatal.
También el informe señala que Andalucía es la comunidad con mayor demora en la atención primaria, 10,66 días, dos puntos más que la media nacional, y con una tendencia que no ha dejado de subir desde 2022, frente al resto del territorio, donde se ha reducido.

Andalucía es la cuarta comunidad con peor tasa de
pacientes pendientes de cirugía (23%) y la que mayor porcentaje tiene de personas enfermas con más de seis meses de espera para una intervención (33,4%, 11 puntos más que la media nacional). En consultas externas, la región es la antepenúltima en términos relativos y la penúltima en mayor tiempo de espera.

“Con la tardanza en el diagnóstico, no solo se cronifican los problemas, sino que se reagudizan y aumenta la mortalidad”, Andalucía era en 2023 la comunidad con mayor mortalidad (enfermedades cardio y cerebrovasculares, cáncer o suicidio), 871,1 defunciones por cada 1.000 habitantes, un 11,6% por encima de la media española. Por ello, somos la segunda comunidad autónoma con menor esperanza de vida, con más de tres años de media de diferencia con respecto a la mejor.

Incremento de las agresiones a los profesionales de sanidad, año tras año. En 2024 se alcanzó el récord de 5 agresiones diarias en el Servicio Andaluz de Salud.
Estos datos desmontan las mentiras del PP sobre la sanidad pública Andaluza.
————–
En Pocas Palabras
DESMONTANDO MENTIRAS Nº 56
15-M SERRANÍA DE RONDA Junio 2025

Corte Penal Internacional, ¿a quién sirve? -- Vladimir Castillo Soto


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León XIV se reúne con los representantes pontificios en el Vaticano con motivo del Jubileo de la Santa Sede y les recuerda la misión de «construir relaciones», dando testimonio de la caridad de Cristo «dispuesta a todo» y defendiendo «el derecho a creer en Dios». Una misión que debe llevarse a cabo en comunión con el Papa y con los obispos locales.Ver noticia