FUNDADOR DE LA FAMILIA SALESIANA

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miércoles, 5 de julio de 2023

MEJOR SER SENCILLO QUE SABIO Domingo 14 TO. Ciclo A Sabios y sencillos (Mateo 11,25-30)

 col sicre art


fe adulta

El pasaje de este domingo contiene una acción de gracias, una enseñanza y una invitación.

Acción de gracias. Jesús ve que la gente se divide ante él, y las cataloga en dos grupos. El de los «sabios y entendidos», que tienen una sabiduría humana, y por eso se escandalizan de Jesús o lo rechazan. Son especialmente los escribas, que dominan las Escrituras tras muchos años de estudio; también los fariseos, muy unidos a los escribas, que siguen sus enseñanzas y se consideran perfectos conocedores de la voluntad de Dios. Pero están también los “sabios y entendidos” desde un punto de vista humano, los que se consideran capacitados para criticar a Juan Bautista y a Jesús, aunque no hayan estudiado teología.

Por otra parte, está el grupo de la «gente sencilla», sin prejuicios, a la que Dios puede revelarle algo nuevo porque no creen saberlo todo. Pescadores, un recaudador de impuestos, prostitutas, enfermos… Esta gente acepta que Jesús es el Mesías, aunque no imponga la religión a sangre y fuego; acepta que es el enviado de Dios, aunque coma, beba y trate con gente de mala fama; se deja interpelar por su palabra y enmienda su conducta. Esto, como la futura confesión de Pedro, es un don de Dios. La capacidad de ver lo bueno, lo positivo, lo que construye. Los sabios y entendidos se quedan en disquisiciones, matices, análisis, y terminan sin aceptar a Jesús.

Enseñanza. En pocas palabras tenemos un tratadito de cristología, centrado en lo que tiene Jesús y en lo que puede revelarnos. Lo que tiene, se lo ha dado el Padre. El mejor comentario se encuentra en el cuarto evangelio, donde se dice que el Padre ha dado a Jesús los dos poderes más grandes: el de juzgar y el de dar la vida. A estos dos poderes se añade aquí el de revelar al Padre. Estas personas sencillas, a través de Jesús, van a conocer a Dios como Padre, no como un ser omnipotente o un juez inexorable. Él se lo revelará, porque es el único que puede hacerlo.

Invitación. Pero esta revelación del Padre no es algo abstracto, teórico. Es un respiro para los rendidos y abrumados por el yugo de las leyes y normas que les imponen las autoridades religiosas. Los rabinos hablaban del “yugo de la Ley”, al que los israelitas debían someterse con gusto y con deseo de agradar a Dios. Pero ese yugo se volvía a veces insoportable por la cantidad de mandatos y prohibiciones, y por la idea tan cruel de Dios que transmitían. En cambio, el yugo de Jesús pone a la persona por delante de la Ley, como lo demostrarán los dos relatos inmediatamente posteriores, centrados en la observancia del sábado.

Resumen. Estos versículos contienen un dinamismo muy curioso: el Padre revela al Hijo, el Hijo revela al Padre, pero el gran beneficiado es el hombre que acoge esa revelación; se ve libre de una imagen legalista, dura, agobiante, de Dios y de la religión. Su piedad, al hacerse más divina, se hace más humana.

Un rey sencillo, pero de inmenso poder (Zacarías 9, 9-10)

El hecho de que Jesús se presente como «manso y humilde» trae a la memoria la promesa de un rey «modesto, montado en un asno», anunciado por el profeta Zacarías. Estamos, probablemente, a finales del siglo IV a.C., poco después de que Alejandro Magno haya pasado por Palestina camino de Egipto. A la imagen grandiosa del monarca macedonio, montado en su caballo Bucéfalo, contrapone el profeta la imagen de un rey de apariencia modesta, montado en un burro, pero de enorme poder, capaz de llevar a cabo lo que otros profetas habían atribuido al mismo Dios: sin necesidad de ejército (destruirá los carros de guerra de Efraín y la caballería de Jerusalén, romperá los arcos de los guerreros) instaurará la paz y dominará desde el Éufrates hasta el fin del mundo. Un rey excepcional, casi divino.

Los evangelistas relacionarán este texto con la entrada de Jesús en Jerusalén. En el contexto de este domingo, pretende reforzar la imagen de un Jesús manso y humilde, que no instaura la paz en las naciones sino en los corazones.

«Te ensalzaré, Dios mío, mi rey» (Sal 144)

El salmo elegido para este domingo reúne bien las dos lecturas. Recoge la imagen del rey, pero no destaca su poderío militar ni su dominio universal, sino su clemencia, misericordia, piedad, bondad. «Es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas». Igual que Jesús, que alivia a cansados y agobiados, el rey prometido «sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan». Por eso, la reacción que debemos tener al escuchar las palabras del evangelio es la de bendecir al Señor Jesús día tras día, por siempre.

EL BUEN LUGAR DE LA GRATITUD Domingo XIV del Tiempo Ordinario 9 de julio Mt 11, 25-30

col lozano art

 

fe adulta

Cuando hay comprensión experiencial o profunda, la gratitud fluye. En ausencia de comprensión, únicamente podrá vivirse, en el mejor de los casos, cuando lo que acontezca resulte favorable a los intereses del yo o ego. Porque este no puede dar gracias por nada que lo frustre o que lo ponga en peligro.

La comprensión se traduce en dos certezas, que van de la mano: no somos el yo que nuestra mente piensa -con lo cual nos liberamos de su tiranía, así como de la lectura que hace de las cosas-, sino que somos uno con la totalidad, con la consciencia o la vida -con lo cual, somos situados en la aceptación profunda que culmina en la rendición a lo que es y en la gratitud incondicional-.

El yo -la mente- no solo no puede dar gracias por aquello que lo frustra; ni siquiera puede entender la gratitud en tales circunstancias. ¿Cómo dar gracias por algo que me hace mal?, ¿cómo dar gracias en una situación de injusticia flagrante?

Lo que ocurre es que, tal como se vive desde la comprensión, la gratitud no se parece en nada a lo que la mente entiende con ese nombre. Y aquí aparece una paradoja exquisita: la gratitud nace de la comprensión -solo es posible vivirla desde ahí- y, al mismo tiempo, al activarse, nos conduce precisamente a ese mismo lugar. Este es precisamente el poder de la gratitud: nos transforma por dentro, transportándonos al “lugar” de la comprensión; nos libera de la errónea consciencia de separatividad y nos sitúa en la consciencia de unidad.  

Y lo que sucede en ese lugar es que se agranda nuestra mirada para poder ver en profundidad. La mente solo alcanza a ver la “superficie” de lo real, por lo que hace una lectura indefectiblemente reduccionista. La comprensión permite ver más allá, en una paradoja siempre presente.

No se da gracias por la injusticia ni por lo que hace daño. Se ve desde otro lugar, en una mirada que tiene en cuenta, no solo datos aislados -como hace la mente-, sino el tapiz completo, la totalidad en su conjunto. Visto desde ahí, caes en la cuenta de que “todo es como tiene que ser” y “todo será como tenga que ser”, aunque sin olvidar nunca la paradoja de que, en el nivel de las formas, todo es mejorable.

Pero no será la mente -la mirada mental– quien se percate de ello. La paradoja únicamente se resuelve en la comprensión no-dual, es decir, desde una mirada transpersonal o espiritual capaz de captar y de abrazar los dos polos de lo real, el plano profundo y el plano de las formas.

LOS SABIOS Y LOS SENCILLOS Mt 11, 25-30

fe adulta

comentario editorial fa7

col munarriz

 

 


«Te doy gracias Padre porque has ocultado estas cosas…»

A Jesús le siguieron los que sintieron necesidad de él… y solo ellos participaron de la buena Noticia. Le siguieron los que se sentían rechazados por la gente respetable y abandonados por un Dios que les enviaba calamidades por sus pecados. Le siguieron los pecadores públicos, los pobres, los enfermos y lisiados, los humildes y sencillos; los que no poseían tesoros en la Tierra y no podían sentir apego por ellos.

Lo rechazaron los que no sintieron esa necesidad… y se perdieron la buena Noticia. Lo rechazaron los doctores y letrados cuya soberbia intelectual les impedía admitir nada que dijese o hiciese aquel carpintero de la impía Galilea. Lo rechazaron los sacerdotes y los poderosos que no podían permitir que nadie pusiese en riesgo su poder, los acomodados que se sentían satisfechos tal como estaban, los santos que dedicaban su vida al cumplimiento de la Ley y lo consideraron desde el principio un impostor: «Éste no es de Dios, porque…» …

Y lo rechazamos nosotros, porque nuestro espíritu ilustrado nos empuja a dar mayor crédito a los dictados de nuestra razón que a las palabras de aquel carpintero que (al fin y al cabo) vivió y murió en un tiempo lejano y una región remota que nada tienen que ver con nosotros. No se trata de un rechazo generalizado, sino circunscrito a los ambientes más intelectualizados de la Iglesia. Tampoco es un rechazo frontal, sino más bien una evolución de la fe hacia posiciones selectivas, ahormadas a nuestra idiosincrasia, que poco o nada tiene que ver con aquella fe de nuestros mayores que se manifestaba en una confianza plena en Jesús. 

Ya no partimos del evangelio para buscar la verdad. Partimos de una verdad que previamente hemos elaborado por nuestra cuenta, y desde esa verdad interpretamos el evangelio. El resultado es que hemos acabado poniendo en tela de juicio al Dios de Jesús, sus referencias a la vida tras la muerte y otras muchas cosas que antes se daban por supuestas. Incluso sus criterios de vida han perdido parte de su vigor, pues hemos descubierto que los podemos encontrar en otros maestros que han ofrecido su sabiduría en muchos lugares de este mundo.

No es por tanto de extrañar que hoy pongamos a Jesús en cuarentena y nos afanemos en buscar nuevos modelos distintos del suyo; que nos acerquemos al evangelio, no como quien se siente necesitado de él, sino desde esa autosuficiencia tan propia de nuestro tiempo que, por una parte, nos incapacita para penetrar en él a través de una lectura desde la fe, y por otra, nos lleva a descalificar la fe de las personas sencillas capaces de creer en Jesús sin nuestro cúmulo de cortapisas.  

Es razonable pensar que son los “sabios” los que mejor conocen “la verdad”, pero leemos el texto de hoy, y vemos a Jesús dar gracias al Padre por haber revelado “estas cosas” a los sencillos y haberlas ocultado a los sabios… Y ante ello sólo tenemos dos opciones; ignorar sus palabras, o replantearnos la forma de acercarnos al evangelio, porque es probable que nos estemos perdiendo la buena Noticia; como se la perdieron los doctores de Israel.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer otro comentario sobre este evangelio publicado en fe adulta, pinche aquí

14 Tiempo ordinario – A (Mateo 11,25-30) DIOS SE REVELA A LOS SENCILLOS


José Antonio Pagola 

Un día, Jesús sorprendió a todos dando gracias a Dios por su éxito con la gente sencilla de Galilea y por su fracaso entre los maestros de la ley, escribas y sacerdotes. «Te doy gracias, Padre… porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla». A Jesús se le ve contento. «Sí, Padre, así te ha parecido mejor». Esa es la manera que tiene Dios de revelar sus «cosas».

La gente sencilla e ignorante, los que no tienen acceso a grandes conocimientos, los que no cuentan en la religión del templo, se están abriendo a Dios con corazón limpio. Están dispuestos a dejarse enseñar por Jesús. El Padre les está revelando su amor a través de él. Entienden a Jesús como nadie.

Sin embargo, los «sabios y entendidos» no entienden nada. Tienen su propia visión docta de Dios y de la religión. Creen saberlo todo. No aprenden nada nuevo de Jesús. Su visión cerrada y su corazón endurecido les impiden abrirse a la revelación del Padre a través de su Hijo.

Jesús termina su oración, pero sigue pensando en la «gente sencilla». Viven oprimidos por los poderosos y no encuentran alivio en la religión del templo. Su vida es dura, y la doctrina que les ofrecen los «entendidos» la hacen todavía más dura y difícil. Jesús les hace tres llamadas.

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados». Es la primera llamada. Está dirigida a todos los que sienten la religión como un peso y a los que viven agobiados por normas y doctrinas que les impiden captar la alegría de la salvación. Si se encuentran vitalmente con Jesús, experimentarán un alivio inmediato: «Yo os aliviaré».

«Cargad con mi yugo… porque es llevadero y mi carga, ligera». Es la segunda llamada. Hay que cambiar de yugo. Abandonar el de los «sabios y entendidos», pues no es ligero, y cargar con el de Jesús, que hace la vida más llevadera. No porque Jesús exija menos. Exige más, pero de otra manera. Exige lo esencial: el amor que libera y hace vivir.

«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». Es la tercera llamada. Hay que aprender a cumplir la ley y vivir la religión con su espíritu. Jesús no «complica» la vida, la hace más simple y humilde. No oprime, ayuda a vivir de manera más digna y humana. Es un «descanso» encontrarse con él.


miércoles, 28 de junio de 2023

Mirar más allá

Antonio Zugasti

Redes Cristianas

Cuando pretendemos avanzar hacia un mundo mejor hay que distinguir claramente entre el paso que podemos dar en este momento y el horizonte al que queremos dirigirnos. Creo que el gobierno de Pedro Sánchez ha dado los pasos positivos que en la actualidad podían darse.

Ha subido claramente el salario mínimo, actualizado adecuadamente las pensiones y promovido una reforma laboral positiva para los trabajadores; sin embargo, a pesar de todo esto, ha perdido las últimas elecciones municipales y autonómicas.

Si levantamos la vista y miramos un poco más allá, podemos encontrar algunas razones para explicar esta aparente anomalía. Por encima del gobierno hay un poder, el poder económico,el capitalismo, que influye en la sociedad tanto o más de lo que pueda hacerlo cualquier gobierno.

Esta influencia del insaciable capital se traduce en que, a pesar de las medidas del gobierno, en muchos aspectos se produce un empeoramiento de la vida de las clases
populares: los precios suben, para muchas familias es inasequible una vivienda decente, el trabajo de los jóvenes es cada vez más precario…

Pero una nube de medios de comunicación
al servicio del capital se encargan de que la responsabilidad de este sea mucho menos perceptible, se esconde tras el alabado y ensalzado libre mercado, y que las culpas se las lleve el gobierno.

Esto nos hace ver que el horizonte al que forzosamente tenemos que dirigirnos es a la superación del sistema capitalista. Ese horizonte parece que hoy no está a nuestro alcance,pero sí podemos y debemos caminar hacia él.

El conocido sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein describió los intentos realizados para superar el capitalismo como la «estrategia en dos pasos»: primero se trataría de conquistar el poder y luego transformar el mundo. Esa ha sido la estrategia de la mayoría de los partidos que desde el siglo XIX hasta hoy han pretendido cambios profundos en la
sociedad. Podemos ver fácilmente que esa estrategia no ha dado resultado.

El ejemplo más patente es el de la Unión Soviética. En 1917 una revolución entregó todo el poder al partido comunista ruso, el partido ejerció el poder de una manera absoluta, y en poco más de setenta años el sistema colapso totalmente. No fue mucho mejor en China, donde el partido comunista conserva el poder, pero apenas quedan rastros de un estado socialista.

¿Cómo hacerlo? Tendríamos que aprender del enemigo. Zygmunt Bauman afirma -creo que con mucha razón- que la derecha está ganando la batalla política porque ha ganado la batalla cultural e ideológica, y ha conseguido que el imaginario colectivo de nuestras sociedades sea el imaginario burgués. Y esa victoria en la batalla cultural e ideológica contribuye también a explicar el éxito electoral de la derecha, cuando objetivamente no había ningún motivo para que triunfará.

Podemos y debemos mostrar, frente al abrumador discurso dominante, que hoy día el capitalismo es una aberración humana y ambiental, pero tenemos que ser capaces de imaginar una sociedad libre, igualitaria y fraterna, una utopía capaz de movilizar lo mejor de los seres humanos. 

DIOS ES AMOR Y SI NO, MERECE QUE LO MATEMOS. ¿QUÉ DIOS HA MUERTO? SÓLO EL AMOR PODRÁ SALVARNOS. (I)


col pino

 

“Dios ha muerto” o la “muerte de Dios” es quizá una de las frases más emblemáticas y polémicas que han pasado al Olimpo de la filosofía moderna. Su laureado filósofo, Friedrich Nietzsche (1), quien proclamaba que Dios había muerto y lo habíamos matado entre todos (2), por lo que la humanidad vagaba hacia una especie de vacío infinito (Nietzsche, 2014). Su precursor, G.W.F. Hegel, que en el capítulo acerca de la religión revelada de la Fenomenología del espíritu, nos habla de la pérdida de saber, cuyo dolor se expresa en las duras palabras que afirma que Dios ha muerto (Hegel, 1993). Su director de escena, Fiódor Dostoievski, que en los personajes de Los hermanos Karamazov pudo dramatizar, moralizar y, en cierto modo, espiritualizar dicha expresión. Su actualizador, Martin Heidegger, quien interpretando la perversión metafísica en la que el pensamiento había quedado tras la crítica nietzscheana la tradujo como idolatría conceptual de la modernidad (Heidegger, 2003). Y su hermeneuta postmoderno, Gianni Vattimo. El esquema heideggeriano influyó de tal manera en Vattimo que le ofreció la posibilidad de articular una alternativa postmoderna a la hasta ahora imparable apisonadora moderno-capitalista: el debilitamiento de las estructuras fuertes en todos los estratos de poder, conocido como “pensamiento débil”

En este sentido me atrevo a decir que Vattimo resucita en la postmodernidad a Dios de su propia tumba metafísica, conceptual, dialéctica, atrapada por varios siglos. Existe una evolución en la trayectoria del pensamiento vattimiano. Teresa Oñate (3) y algunos de sus alumnos (yo entre ellos) señalamos como punto de inflexión sus últimas obras de final de siglo XX y principio del XXI destinadas a estas temáticas: Creer que se creeDespués de la cristiandad El futuro de la religión, esta última escrita con Richard Rorty. Especialmente significativa es la primera, ya que esta obra va a marcar un importante giro en la evolución de su pensamiento, que no es más que una vuelta hacia un Jesús de Nazaret latente, adormecido, que nuestro autor observaba apartado, arrinconado bajo el peso aplastante de la tradición y el moralismo doctrinal, un exceso de equipaje al que la Institución le había sometido ahogando, en cierto modo, su anuncio liberador.

Precisamente el Papa Francisco lo ha rescatado de los escombros: “Este Papa me quita la vergüenza de declararme católico”, reconoció Gianni Vattimo en una entrevista en Vatican insider, la sección del periódico digital La Stampa que privilegia toda la información relevante del Vaticano y que se publicó el 9 de julio de 2018 (4). Pero para que hoy podamos con total normalidad aceptar dicha situación, nuestro autor ha tenido necesariamente que pasar por unos años de transición no siempre fáciles en el muy exigente terreno de la fe. También la Iglesia, soy testigo, está pasando con Francisco por una etapa abierta y lúcida que pudiéramos calificar de “primavera eclesial”, como muy bien examina Cristianisme i Justícia en los múltiples artículos publicados al respecto (Cristianisme i Justícia, 2015). No uno sin lo otro, sino uno y otro. Para que hoy podamos hablar con plenas garantías de un Vattimo cristiano, católico y pro Francisco (últimamente bastante mejor aceptado este aspecto por sus estudiosos) ha hecho falta que algunos de sus seguidores (la verdad que muy pocos) nos arriesgásemos hace años adelantándonos a ello convergiendo distintos ángulos: teológicos, políticos, filosóficos e incluso bíblicos (5). Nada de ello habría sucedido si previamente nuestro autor, discípulo de Pareyson e influido por Gadamer, Nietzsche y Heidegger, no hubiera reseteado su disco duro como activo militante de Acción Católica, si no hubiera resituado la postmodernidad filosófica, no sólo desde un nivel social, económico, y político sino también religioso.

A esto se añade el también giro que la Iglesia católica está dando con Bergoglio (6). A pesar de las dificultades internas y el freno que está teniendo para llevar a cabo sus reformas (Religión Confidencial, 2016), Francisco está recibiendo la simpatía de los no católicos (y no creyentes) y, lo que es más interesante, consiguiendo la vuelta y aproximación de algunos intelectuales y teólogos distanciados con la Institución o incluso silenciados por ella (Codina, 2016). En nuestro polémico autor italiano este retorno religioso se fue abonando especialmente en los últimos años del pasado siglo. En medio de los distintos procesos y avatares socio-políticos en los que nuestro catocomunista se encuentra inmerso y a través de una conversación aparentemente trivial alguien le hace la pregunta clave: si todavía cree en Dios. Su posterior reflexión da lugar a uno de sus más importantes escritos: Credere di credere, traducida en su edición castellana por “creer que se cree”.

La pregunta podía haberse respondido con un monosílabo, pero como suele ocurrir con las cosas complejas, como las cuestiones que nos suelen hacer los niños, dicha interrogación resuena en él de un modo novedoso, incisivo, incluso podríamos decir “hermenéutico”, ya que lo primero que tiene que hacer es interpretar su propia historia personal replanteándose con la máxima honestidad posible si realmente cree o no en Dios y el sentido que pueda tener dicha pregunta hoy, sus consecuencias teológico-políticas. Pero cuando piensa en Dios, nuestro autor mira a Jesús, el dios (7) cristiano; ello matiza el condicional y la respuesta, “si realmente cree”, ya que el dios cristiano no es absolutista, prepotente ni arrasador, sino más bien abierto, humilde, acogedor.

Algunas segundas partes fueron mejores que las primeras y aquí, con mucho, Jesús reconduce y canaliza amablemente la fuerza de la historia de salvación y fe del pueblo de Israel. Y si lo pongo en minúscula es para dejar constancia que al turinés no lo representa el Todopoderoso y alejado Dios de los ejércitos (como el que la historia nos ha dado muestras en muchas de las etapas del judeocristianismo) ni el Dios de los filósofos de las garantías absolutas y razón objetivista, sino uno mucho más humanizado, encarnado y debilitado: Jesús. Como afirmo en El amor es el límite. Reflexiones sobre el cristianismo hermenéutico de G. Vattimo y sus consecuencias teológico-políticas (8), si Dios existe, es amor; y si no, merece que lo matemos (9), que lo olvidemos, que lo saquemos de nuestras vidas e Historia. Porque díganme ustedes: ¿qué sentido tiene un Dios que no sea capaz de amar y unir, ofrecer, integrar, ayudar e igualar? Mejor entonces dar la razón a los agoreros y profetas de calamidades y abandonar el presente en manos de los nuevos ídolos de masas: Trump, Le Pen o Matteo Salvini… (10) Utilicemos entonces la modernidad, la tradición y la tecnología para borrar del mapa de una vez por todas a los incómodos, a los nadies, los distintos. Todos ellos hambrean la esperanza que nuestro mundo hoy parece no está dispuesto a regalar.

Vattimo sabe leer aquella parte del evangelio de san Juan que dice que “A Dios nadie lo ha visto jamás” (Jn 1,18) y que el único que nos ha contado algo sobre él es Jesús, con sus palabras y obras. Eso sabe Vattimo que sabe. Eso y poco más. En eso cree que cree: un hombre histórico, que fue hombre pero, ¿por qué no?, pudo haber nacido mujer, una persona valiente, de buen corazón, que predicó sobre el amor y la no violencia y habló con su vida del riesgo latente que acarrea ser libre, la inseguridad como clave para no acabar acomodados y amarrados a nuestras pequeñas esclavitudes; un hombre que ofrecía transformar la realidad con el ejemplo y la escucha, con la acogida: la mejor educación contra las tradiciones angostas y moralinas excluyentes.

Contra las luchas desalmadas presenta la sencillez y el debilitamiento de las estructuras de poder, la cooperación. Somos únicamente administradores de unos bienes en común. Para no caer en manos del engaño del pensamiento único, la pluralidad y la diferencia, la necesaria apertura para querer y aceptar y procurar sentirse querido y aceptado. Ni dirigir ni obedecer ciegamente, acompañar y ser acompañados, la sabia terapia de perdonar y sentirse perdonado, conocer otras tierras y personas y dejarse conocer por ellas. Nada de ídolos de masa ni de personas llamadas a cambiar la historia a base de golpes y espada. Una felicidad que se pone en el diálogo, en lo pequeño, en el momento, en el aquí, en los de más acá y los de más allá, presente, paciente, aunque sea fugaz. Porque, aunque nunca fue uno de sus nombres “Triunfo”, seguimos empeñados en encontrar un Dios a la medida de nuestras necesidades: Todopoderoso, Omnipotente, que dirija a buen término y cubra nuestros insaciables deseos de eternidades y victorias, precisamente todo aquello que nos aleja de nosotros mismos, aquello que ni somos ni podemos (Buber, 2003). Desde las tradiciones rabínicas del siglo I hemos aclamado un Dios mayúsculo que nos facilitara la entrada a una dimensión ultraterrena, un Dios justiciero e implacable que pusiera las cosas y las personas en su sitio abriendo las puertas del cielo, no sólo a Dios y a los ángeles, sino también a las “almas justas”. Pues bien, ese Dios falso, meta-físico no existe. La propia vida se encarga de esconderlo. Se esfuma tan pronto como comenzamos a solicitarle cosas que no puede concedernos: esa larga lista de peticiones incumplidas que nos sitúa ante el misterio del acontecer, del sufrimiento del hombre y el devenir de la historia. ¿Por qué no arrasa, entonces, Dios a los “malos” y deja solamente a los “buenos”? Puede que eso sea lo que todavía estamos esperando de nuestro deseado y venerado Dios. Ante nuestra falta de aceptación de la realidad preferimos el mito, apostar a la lotería antes que afrontar nuestras miserias perdiendo la oportunidad que exige en nosotros un profundo calado existencial y una mayor creatividad al borde del vértigo de nuestros límites. Ya decía Vattimo que “La modernidad es la época de la legitimación metafísico-historicista. La posmodernidad es la puesta en cuestión de este modo de legitimación” (Vattimo, 1991: 20).

Preferimos seguir pensando en un ser con superpoderes, algo o alguien que nos evite la dificultad y supla nuestras limitaciones humanas, todo ello para dirigirnos a un espacio-tiempo en el que desearíamos perdernos. ¡Cómo si la asunción de nuestros límites estuviese dotada de un único y exclusivo polo negativo! Quizá por ello, aunque avanzan inexorablemente en su portentosa e imparable carrera, las tecnologías no logran borrar de nuestros rostros la tristeza de la infelicidad ni nos evita el sufrimiento, por más que uno de sus aspectos (su otro polo) consiga, eso sí, desembarazarnos de algunos tortuosos esfuerzos. La hermenéutica, como filosofía de la diferencia, es la única que puede desembarazarnos de la violencia metafísica onto-teológica (11).

Este Dios de las tradiciones rabínicas no podía estar colgado en la cruz. Este Dios en el que creían todos aquellos que rodeaban a Jesús tenía que bajar de la cruz (12), debía bajar de la cruz y destruir a los “malos”, a los que pensaban diferente. Pero allí murió sin descolgarse del madero, como un fracasado más. El Dios de Jesús es perdón y cariño, justicia no justiciera a la vez que transparencia sincera. Este es el verdadero evangelio (13), su “buena noticia”: tenemos alternativas para luchar de forma no violenta contra el mal de la violencia. Gandhi lo vio claro: el precio de la injusta situación que la India sufría no podía cobrarse una factura cuyo IVA (14) implicara usar el mismo método represivo contra los represores. No hay camino para la paz, decía este. La paz es el camino. Un precio muy alto, sí, pero el único gasto admisible si no queremos prostituir ni traicionar nuestro aceptable sueño utópico de jóvenes apasionados, levantándonos a la mañana siguiente como viejos refunfuñones que vienen de vuelta, que no creen en nada ni en nadie, ni siquiera en ellos mismos.

Se trataría, pues, de encontrar el sano y santo equilibrio entre juventud y madurez, justicia y caridad, cielo y suelo, sueño y realidad. Este concepto, muy relacionado con el sentido debilitado de las estructuras sagradas, lo acuño y designo como “utopía débil”. Jesús, “el dios débil” que Vattimo aprecia, sólo quiere la recuperación, no la destrucción de los hombres. Pero es tan débil que no puede lo que uno no desea. Ese es su límite-fracaso a la vez que su virtud-posibilidad. Lo curioso es que somos nosotros libremente quienes lo habilitamos o deshabilitamos. Por ello, como advertíamos con anterioridad, puede decir Nietzsche en la sección 125 de la Gaya ciencia que somos nosotros quienes lo hemos matado. Pero, ¿y Dios? ¿Puede negarse a sí mismo?¿Es su debilidad de tal calibre que según nuestra relación con él se inclina hacia un lado u otro de la balanza?¿Acaso quien se siente hermano de todos y “hace salir el sol sobre buenos y malos, llover sobre justos e injustos” (Mt 5, 43) puede desfondarse de sí buscando atajos al amor respetuoso? No, precisamente es esta su grandeza y su debilidad: que independientemente de nuestro rechazo o aceptación permanece fiel a su principio y fundamento. Por ello es tan débil que no puede obligar, y tan grande que no deja de amar. Es este, en cierto modo, el concepto vattimiano de cáritas y su kénosis (2 Cor 12, 10., Fp.2, 6-8; 1 Cor 13, 1-13).

Esta cuestión, hemos de reconocer, conlleva unas consecuencias interesantísimas en el ámbito teológico-político que aquí obviamos por razones de extensión pero que tenemos la obligación como filósofos de ir dando respuesta. Asuntos tales como si se justifica teológico-políticamente suprimir las libertades para instaurar un "mejor estado” que nos otorgue un orden ideal, más justo o si existe la posibilidad de que ello no acarree necesariamente vencedores y vencidos. Solemos pensar que lo que verdaderamente necesita nuestro mundo es un golpe de efecto contundente, una revolución que dé la vuelta a la tortilla para que los que están arriba acaben justamente abajo y los de abajo gobiernen, controlen y devuelvan la felicidad ¿a todos? Cuando los que gobiernan, desoyendo el clamor de los pisoteados, no realizan una lógica y necesaria evolución político-social, el pueblo, soberano legítimo, se levanta y coge lo que es suyo haciendo su justa revolución.

Hasta aquí bien, si se dan las posibilidades y se han quemado los cartuchos y pertinentes canales de protesta reivindicativas (siempre interpretables). Pero ante ello podemos preguntarnos, como en los finales de los cuentos infantiles, qué ocurre a partir de ahora que la bella protagonista consigue casarse con el príncipe, ahora que el pueblo consigue cambiar el poder. ¿Quién/-es ostenta/-n el poder y cómo se gestiona legítimamente? ¿Quién es “el pueblo”? ¿Es el disenso sólo un mero “garbanzo” en el zapato de los mandatarios? ¿Cómo hacemos para que las minorías que no se sienten representadas ejerzan su derecho político sin discriminación?

Por lo que ahora nos concierne y tenemos entre manos diremos que no es Jesús un revolucionario cualquiera que para forzar sus fines recurre a medios como la violencia, el poder o el engaño justificándolos. Si algo loable tiene Jesús es la coherencia de no desligar medios y fines. Es entonces cuando tenemos la tentación de pensar que Jesús es una persona con horchata en las venas, uno de esos tristes predicadores que ponen a salvo la paz interior, su calma y equilibrio mental por encima de las urgentes llamadas a la acción que la realidad precisa y, a la vez, acusa sacándonos los colores. Pero, ¿no hubiese sido una especie de engaño-trampa destruir a los culpables sin mostrarles el camino para que pudieran recuperarse? Entre otros, el pasaje del centurión (Lc 23, 47-48) es un claro ejemplo al respecto, al igual que el encuentro con Mateo (Mt 9, 9-13), Zaqueo (Lc 19, 1-10) y otros muchos... Pero si hay momentos llenos de significación, estos serían cada uno de aquellos episodios que el de Nazaret comparte especialmente con los estigmatizados de su época (pobres, mujeres, enfermos, viudas, pecadores, extranjeros…). Dichos pasajes son fuente inagotable de cómo interpretar el respeto y lucha por la dignidad humana, un tesoro hermenéutico más allá de nuestra capacidad y oído ante los temas religiosos.

A partir de los gestos, palabras y la sensibilidad de Jesús podemos afirmar que nunca la razón de la acción de un cristiano en el ámbito político-social (llámese de izquierdas o de derechas, más progresista o conservador) puede ser el castigo o la represión, ni tampoco aceptar los probables daños colaterales que genera la sociedad del bienestar o la propia democracia siempre imperfecta, sino la legítima recuperación y regeneración de la persona. El fracaso palpable de nuestra historia más reciente se ha dado cuando hemos justificado nuestros actos, a veces atroces, con nuestras ideologías y no hemos levantado el pie del acelerador, incluso viendo que no eran fruto del amor a las personas. Hemos aplastado en nombre de Dios, del nacionalsocialismo, del fascismo, del comunismo, del capitalismo... justificando nuestros medios y métodos en aras a un “justo destino” o por “Razón de Estado”.

Nos hemos convertido, en definitiva, en “Dios” para los demás, cuando nuestra tarea era como mucho, si somos creyentes, ser hermanos y si no, al menos justamente convivir respetándonos en la pluralidad (15). No hay ideología que pueda poner a salvo al hombre, por más que su lucha en el pasado, en cierto modo, la avale. Tan solo si logramos acompañarnos, conseguiremos interpretar, «dejar hablar lo no dicho del pasado, el bien que no está dado, el que tiene que poder venir si encuentra algún lugar adecuado donde poder acontecer». Si es así, podremos disfrutar, aún con límites, de un genial tapiz. Todas las piezas del puzle están sobre el terreno. La tierra prometida es esta…aquí y ahora, y es una tierra solidaria con entrañas de misericordia. La política, la religión y la razón siguen vivas, pero tienen un límite ¡Sólo el amor podrá salvarnos! (Lozano, 2015: contraportada).

►NOTAS (parte I):

1 Nietzsche ya conocía las Obras morales y de costumbres de Plutarco y su idea de la desaparición de los oráculos como podemos entrever en El nacimiento de la tragedia. De 1869 a 1876 enseñó filología clásica en Basilea y conocía, además de los clásicos, la obra de Bachofen, quedando registrado en la biblioteca de Basilea que el filósofo tomó prestado en junio de 1871 el Ensayo sobre el simbolismo de los antiguos.

2 Curiosamente, Nietzsche no habló de inexistencia sino de muerte de Dios. Se recomienda visitar la publicación en el blog de Cristianismo y Justicia del 1 de agosto de 2018, donde el Profesor J.I. González Faus señala que la ausencia de Dios es una opción propia del hombre y no un dato previo a nuestro existir, hablándose más bien de “exilio obligado” para que el hombre pueda crecer libremente (Marx o Sartre), liberarse de ilusiones infantiles (Freud) o para explicar el escándalo del mal.

3 Las publicaciones de Teresa Oñate están plagadas de alusiones a la cuestión griega y al retorno de lo divino en la postmodernidad, vinculándolo con el pensamiento de su maestro G. Vattimo. Por citar algunas obras recomendables: El retorno griego de lo divino en la postmodernidadEl nacimiento de la filosofía en GreciaViaje al inicio de Occidente (publicadas en Dykinson)entre otras. Recuerdo con mucho cariño y agradecimiento el día que Teresa me preguntó si quería estudiar con ella este retorno religioso del “segundo Vattimo”.

4 Bergoglio, a través de un amigo en común (Luis Liberman, argentino, fundador y director general de la Cátedra del Diálogo y la Cultura del Encuentro) recibió copia de su último libro: Essere e Dintorni (Ser y sus alrededores). Este le devolvió la atención con una llamada telefónica, afirma en este mismo medio. Allí mantuvieron una conversación amena sobre Iglesia y filosofía, especialmente sobre la necesidad de zambullirse en el pensamiento heideggeriano. Gianni no sólo no se sintió juzgado sino comprendido en la necesaria regeneración de la teología católica para llegar a dar una seria respuesta al mundo actual.

5 Fue para mí conmovedor, al hilo de las interrogantes que los miembros de mi tribunal de tesis suscitaban, ver cómo el propio Vattimo salía en la defensa de mis ideas, a pesar de que en el 2014 estas cuestiones eran aún algo arriesgadas. La verdad es que su presencia en mi defensa doctoral fue uno de los mayores regalos que he tenido.

6 El Papa Francisco no hace más que poner frescura y sabor al núcleo del mensaje cristiano: la misericordia, la inclusión y el anuncio liberador, cuestiones estas que ya estaban en la base del pasado Concilio pero que quedaron en algunos aspectos prácticamente en una declaración de intenciones.

7 El lector podrá observar que empleo la mayúscula para identificar al Dios impostor que ha muerto, (Todopoderoso, conceptual y metafísico) y la minúscula cuando trato del dios-Jesús, que tiene al amor como límite.

8 Publicado en 2015 en Dykinson.

9 He ahí el sentido kenótico-caritativo del cristianismo hermenéutico de Vattimo y su actual proyección teológico-política.

10 Obsérvese que señalo a estos gobernantes emergentes como “ídolos de masa”, en cierto modo diosecillos (en este caso, ultraderechistas y ultranacionalistas) sin moral que usurpan el espacio democrático confiriendo al dinero y a la ideología el lugar antes reservado (teóricamente) al Derecho y la justicia social.

11 Estas temáticas salpican bastante el pensamiento de Gianni Vattimo. La profundización de dichas cuestiones supondría ampliar en demasía este artículo, por lo que simplemente señalo al lector algunas obras significativas donde nuestro autor se sumerge en su crítica a la modernidad: Las aventuras de la diferencia. Pensar después de Nietzsche y HeideggerNihilismo y emancipación, La sociedad transparente, entre otras. Referencio estas obras al final del artículo.

12 1 Cor 1, 20-25.

13 Del griego “εὐαγγέλιον” (euangelion): «buena noticia», propiamente de las palabras εὐ, “bien”, y -αγγέλιον, “mensaje”.

14 Impuesto del Valor Añadido que grava los distintos productos (cuyas siglas en España es IVA)

15 Es por ello que no entiendo, por ejemplo, cómo puede ocurrir lo que está pasando en Nicaragua, cómo pueden aquellos que se consideran protectores del pueblo (y creo de corazón que así lo sienten) perder el norte de a quiénes sirven traspasando ciertos límites, a pesar de las presiones externas, esas que todos conocemos que siempre están ahí pero que nunca pueden llevarnos a justificar lo injustificable.

֍ Este artículo fue publicado en el 2018 en un número especial de la revista digital de Pensamiento al margen, revista sobre las ideas políticas de la Univ. de Murcia, cuya bibliografía general del artículo-capítulo es la siguiente:

Bibliografía (parte I y II)

Beltrano, A. (2018, 9 julio). El Papa llama a Vattimo, el filósofo del pensamiento débil [artículo       periódico                    digital].           Recuperado                         10       julio,       2018,       de http://www.lastampa.it/2018/07/09/vaticaninsider/el-papa-llama-a-vattimo-el- filsofo-del-pensamiento-dbil-TKJ05aHCcdxL33BbccQikJ/pagina.html

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Zabala, S. (2009). Debilitando la filosofía. Ensayos en honor a Gianni Vattimo. México: Anthropos.

LA FUERZA DE LOS PEQUEÑOS


col boff

 

“Dios no existe”, estimaba el físico y astrónomo Stephen Hawking, que murió en marzo de 2018. Responderé con un filósofo y teólogo medieval, de los más perspicaces, hasta el punto de ser llamado “doctor sutil”, el franciscano escocés Duns Scoto (1266-1308): “Si Dios existe como existen las cosas, entonces Dios no existe”.

Ambos, Hawking y Scoto, tienen razón. El famoso físico e identificador de los “agujeros negros” se mueve dentro de la burbuja de la física, de aquello que puede ser medido, calculado y hecho objeto de experimentación empírica. Buscar a Dios dentro de este paradigma significa no poder encontrar a Dios porque Dios no es una cosa, con las características de las cosas, por minúsculas que sean (un topquark, el bosón de Higgs) o por mayores que se presenten como el conglomerado de galaxias, de tamaño incalculable. Lo máximo que la razón podría decir es que Dios es el “Ser que hace ser todas las cosas”, no siendo una cosa.

Así pues, desde la física, es válida la afirmación de que “Dios, de hecho, no existe”. Él no cabe dentro de la física porque no es una realidad física. Solo que la física no es la única ventana de acceso a lo real.

Hay otras realidades que, por no ser físicas, no dejan de ser realidades. Así una lombriz jamás entenderá una música de Vila Lobos, ni el coronavirus sabrá apreciar un cuadro de Tarcila. Son realidades de naturaleza diferente.

Duns Scoto tiene también razón porque al referirnos a Dios, sostiene él, estamos pensando en una Realidad Última que trasciende todos los límites de la física, del espacio y del tiempo o de cualquier otra forma de conocimiento. Es el Innombrable, y el Inefable, Aquel que no cabe en ningún lenguaje, ni en ningún diccionario. Dios no es un hecho de la realidad palpable que puede ser captada y dicha. Por su naturaleza, Él está más allá de los hechos. Él es Aquel ante el cual debemos, reverentemente, callar, expresando el Noble Silencio. Esa es la verdadera posición del pensamiento radical que se expresa por la filosofía y por la teología, tan bien elaborado en los escritos de Duns Scoto. Remarcando: Él es el Misterio que trasciende cualquier realidad dada, medible o captable por el ser humano.

Quien vio claro eso fue el filósofo vienés Ludwig Wittgenstein (1889-1951) en su famoso Tractatus Logico-philosophicus (1921) al decir: “La ciencia estudia cómo es el mundo; el místico se admira de que el mundo seaSeguramente existe lo Inefable. Eso se muestra, es lo místico… Sobre aquello que no podemos hablar, debemos callar” (aforismo 6.522).

Aquí resuena la frase famosa de Gottfried Leibniz (1646-1716): “¿por qué existe el ser y no la nada?”. A esta pregunta no cabe respuesta: es el Misterio del ser frente a la nada. Ante el Misterio del ser se debe callar antes que hablar, porque todo lo que digamos queda más acá del Misterio que es Inefable e Inexpresable y ya supone que estamos en el ser.

En el horizonte del sentido

Pero no estando en el horizonte de las cosas, Dios sin embargo está en el horizonte del sentido. Por eso afirma Wittgenstein: “Creer en un Dios significa comprender la cuestión del sentido de la vida. Creer en un Dios significa percibir que no todo está decidido con los hechos del mundo. Creer en Dios significa percibir que la vida tiene un  sentido” (Id.ibd).

Pero volvamos a Hawking: todos los grandes científicos empezando por Newton, que introdujo el matematismo en la naturaleza, pasando por Einstein y otros, llegando al genial inglés, buscaban una fórmula que explicase toda la realidad. El intento era una “Teoría del Todo” (TOE en inglés: Theory of Everything) llamada también “Teoría de la Gran Unificación” (TGU).

Hay dos libros clásicos que resumen los  encuentros y desencuentros de esta magna cuestión: John B.Barrow, Teorías del Todo: la búsqueda de la explicación final (Zahar 1994) y el de Abdus Salam, Werner Heisenberg, Paul Dirac, La unificación de las fuerzas fundamentales: el gran desafío de la física contemporánea (Zahar 1994). Todos acaban reconociendo el fracaso de ese intento. En la expresión de John Barrow: “Toda la vida cotidiana, lo que mueve a los seres humanos en su búsqueda de felicidad y en su tragedia, no caben en la concepción del 'Todo'”.

Si encontrásemos una respuesta a esta pregunta, sería el triunfo último de la razón humana porque entonces conoceríamos la mente de Dios.

El último a reasumir esta cuestión fue justamente Stephen Hawking en su famoso libro Breve historia del tiempo (Ediouro 2005). Lo intentó de todas las formas. Al final reconoció la imposibilidad afirmando: “Si realmente descubrimos una teoría completa, sus principios generales deberán a su debido tiempo ser comprensibles por todos, y no sólo por unos pocos científicos. Entonces, todos nosotros, filósofos, científicos y simples personas comunes, seremos capaces de participar en la discusión de por qué nosotros y el universo existimos. Si encontrásemos una respuesta a esta pregunta, sería el triunfo último de la razón humana porque entonces conoceríamos la mente de Dios” (Uma breve história do tempo, p. 145). Se refiere a Dios y a su mente oculta. Ese Dios-Misterio se encuentra en la raíz de todas las existencias, sustentándolas y haciéndolas continuamente subsistir, pero siempre oculto a la vista humana. Por eso las Escrituras judeocristianas afirman: “Dios habita en una luz inaccesible que ningún ser humano vio ni puede ver” (1Tim 6,16; Sal 104,2; Ex 33,20; Jn,1,18;  1Jn 4,12).

Entonces cabe, realmente, concluir: si Dios existe como existen las cosas, entonces Él no existe”. Más allá de las cosas, Él existe, con una naturaleza distinta a la de las cosas, como Aquel que sacó todo de la nada y continuamente subyace a todo lo que existe y podrá existir.

 

Leonardo Boff

*Leonardo Boff es filósofo, teólogo y ha escrito: Experimentar a Dios hoy: la transparencia de todas las cosas, Sal Terrae 2003; Tiempo de transcendencia, Sal Terrae 2007.

Traducción de María José Gavito Milano

¿SÍNODO O EVANGELIO?


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El mundo occidental se está descristianizando. El Papa Francisco está haciendo un gran esfuerzo por transformar la Iglesia mediante el Sínodo de la sinodalidad; es decir, escuchando a todos los cristianos, que deben expresar su percepción de la acción del Espíritu en ellos; pero el Espíritu ha hablado más frecuentemente por medio de los profetas, que han arriesgado sus vidas al proponer reformas radicales contrarias al sentir popular.

La lectura de un resumen del Instrumentum laboris (el programa a seguir en la primera reunión sinodal global) me ha causado una desilusión. Supone ciertamente un avance al tratar temas anteriormente intocables, pero no creo que sean las reformas de fondo que necesita la Iglesia, ni que haya recogido las verdaderas inquietudes de muchas comunidades eclesiales.

Flexibiliza la práctica pastoral, pero no se atreve a plantearse la doctrina tradicional. Más bien parece una selección de algunas reformas necesarias que levantan menos ampollas.

Que en el siglo XXI el Sínodo se dedique a discutir el diaconado femenino resulta tan ridículo como “el parto de los montes”. No sé si los Padres y Madres sinodales rechazarán este primer esquema, como hicieron con el esquema inicial sobre la Iglesia en el Vaticano II.

En realidad no me preocupa tanto la vuelta al cristianismo como la vuelta al Evangelio, la vuelta al mensaje de Jesús; porque el cristianismo es una organización humana para para socializar, el mensaje de Jesús. Y esta organización ya no es levadura ni sal de este mundo; es masa que se conserva gracias a la sal que ha retenido, pero no es sal de este mundo.

¿Qué evangelio?

Algunos me dirán ¿Qué mensaje? ¿Qué evangelio? Hay cuatro evangelios aceptados por las primeras comunidades cristianas, además de otros, incluso de mayor antigüedad, no admitidos por todos. Más aún, en los cuatro evangelios canónicos se recogen diversas tradiciones orales y escritas que difícilmente pueden integrarse en una doctrina coherente.

El mensaje del Evangelio no es un código civil o penal que necesite una interpretación clara para ser exigido; eso era el fariseísmo que Jesús superó (y al que nosotros hemos vuelto). El mensaje de Jesús es una exhortación, un impulso, a practicar un amor gratuito e incondicional como hijos del mismo Padre.

Nadie logra vivir este mensaje al 100/100, aunque todos (cristianos o no cristianos) procuramos vivirlo en mayor o menor proporción; porque este no es un mensaje exclusivo de Jesús, es el mensaje del Espíritu inscrito en la conciencia de Jesús y de todo ser humano. Como aquel maestro de la Ley, los que intentamos practicarlo “no estamos lejos del Reino” (Mc 12,34)

Volver al Evangelio

Los dos grandes obstáculos para vivir el mensaje del Evangelio son el poder y el dinero, y de este veneno estamos todos más o menos contagiados en el mundo occidental; que se ha desarrollado explotando otras regiones menos desarrolladas industrialmente. De esto podría tratar el Sínodo.

Aunque no sea por seguir el mensaje de Jesús, o del Espíritu, la supervivencia del planeta tierra nos está exigiendo un decrecimiento de nuestro nivel de vida, que no acabamos de aceptar.

Aceptar el decrecimiento individualmente es un sacrificio ejemplar pero prácticamente inútil; es necesario aceptar el decrecimiento colectivamente practicando una “austeridad compartida” con nuestros hermanos que sufren la escasez. Y aquí veo yo la importancia del cristianismo y de otras religiones, la de facilitar una decisión muy costosa individual y familiarmente, pero que se compensaría al vivirla socialmente en comunidad. Esta “austeridad compartida” sería la verdadera renovación cristiana comenzando por el Vaticano y continuando por las Iglesias y comunidades locales,

El Evangelio de Jesús es una buena Noticia para los pobres, para los que no están condicionados por el poder y el dinero. El cristianismo crecerá allí donde dé ejemplo y socialice esta actitud, y se irá extinguiendo en la medida en que acepte la ambición de poder y riqueza a costa de los menos desarrollados. Toda su organización será inútil o contraproducente en la medida en que justifique o contemporice con esta injusta falta de fraternidad.

 

Gonzalo Haya

gonzalohaya@telefonica.net

LA IGLESIA ARDE. CRISIS DEL CRISTIANISMO HOY


col tamayo

 

Tomando como referencia el incendio de la catedral de Notre Dame de París la noche del 15 al 16 de abril de 2019, símbolo del catolicismo europeo, el historiador italiano y fundador de la Comunidad de Sant` Egidio, Andrea Riccardi, ha publicado el libro La Iglesia arde. La crisis del cristianismo hoy: entre la agonía y el resurgimiento (Arpa, Barcelona, 2022)[i], donde se pregunta por la crisis de la Iglesia católica, más aún, por el peligro de su desaparición no solo en Francia, “la hija mayor de la Iglesia”, sino en Europa y en el mundo entero. Se trata de un problema que afecta o debe afectar a las personas católicas, pero que preocupa también a personas e instituciones laicas interesadas por el patrimonio humano y cultural del cristianismo y cuya posible desaparición interpretan como una pérdida de humanidad para todos, independientemente de sus creencias o increencias religiosas.

Notre Dame en llamas evoca la actual crisis profunda del cristianismo, pero, mirándolo bien, cree Riccardi, evoca también una crisis de la sociedad entera. Aprecia influencias mutuas entre el declive de la Iglesia y el de Europa, entre la fragilidad política de Europa y la fragilidad religiosa de la Iglesia. Es un fenómeno que contrasta con la recuperación de Santa Sofía para el culto islámico por decisión del presidente Tayyipp Erdogan en un proceso de reislamización de Turquía que ciertamente no es un fenómeno a imitar en el cristianismo.

Riccardi constata en Francia un avance del tradicionalismo católico frente al retroceso del catolicismo institucional y del cristianismo de base. En 2018 dos terceras partes de las diócesis francesas no tenían seminaristas, mientras que en la Iglesia tradicionalista de Marcel Lefebvre hubo un crecimiento hasta representar el 20% de las vocaciones sacerdotales. A esto cabe añadir que el progresismo católico, muy activo en las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado, ha perdido protagonismo eclesial en las décadas posteriores y ha tenido un bajo índice de transmisión a la generación posterior, hasta sufrir una pérdida casi total entre la juventud. Se habla con razón del ateísmo juvenil.

El teólogo alemán Jürgen Moltmann ya había advertido en la década de los 70 del siglo pasado sobre la crisis de relevancia del cristianismo que explicaba por la ceguera de este ante el mundo real, ceguera que tornaba a la iglesia cristiana y a la teología “cada vez más anticuadas” (p. 239), sin hacer pie en la historia, ni tener incidencia en ella y, por ello, fuera de la vida de las personas. También el teólogo y filósofo de la religión Paul Tillich se refirió por las mismas fechas a la irrelevancia del mensaje cristiano para la humanidad de hoy.

¿Significa esta crisis el final del catolicismo? No lo cree así Riccardi, que ve la realidad con perspectiva histórica crítica, pero con esperanza, ciertamente no ingenua y crédula, sino fundada. La crisis, asevera, es un estado normal para la Iglesia, cuyo destino no es triunfar, y menos aún controlar la sociedad (p. 249). Es una constante en la historia del cristianismo, desde sus orígenes. A este respecto el historiador italiano deconstruye las construcciones míticas de la “edad de oro” de la cristiandad, que suelen situarse en el pasado. La crisis constituye, más bien, una oportunidad para un renacimiento, para abrirse a un futuro creativo, alternativo a la cómoda instalación en el presente y a la estéril añoranza del pasado. 

Para salir de la “cultura del declive” en que se encuentra el cristianismo, cree necesario “deshelar” las instituciones de la Iglesia, “dejar del lado la visión cupular y optar por una dimensión comunitaria”, plasmada en “un nuevo protagonismo de la mujer, no porque sea útil, sino porque construye con su ingenio, junto con los hombres, una realidad más amplia y acogedora” reconociendo “el acontecimiento espiritual” de la revolución feminista, renunciar a una Iglesia autorreferencial, fomentar la extroversión de la comunidad, salir a las periferias existenciales, hacer fermentar las iniciativas comunitarias y pasar de un cristianismo de masas a comunidades evangélicas, auténticas y extrovertidas, y entender la Iglesia como una minoría creativa, no selectiva, como la levadura en la masa de la afirmación evangélica.

Ante la disminución constante de la participación social y civil, que caracteriza hoy a la ciudadanía, y en el desierto de soledad en que se han convertido muchas periferias sin lazos de empatía, la Iglesia, con todos sus límites, puede favorecer la libertad creativa dentro del pluriverso actual, fomentar nuevos ministerios que practiquen la com-pasión con los pueblos, los colectivos humanos y las clases sociales más vulnerables, y  la hospitalidad con personas migrantes, refugiadas y desplazadas. Son precisamente estas personas quienes enriquecen las comunidades cristianas, al tornarlas más plurales cultural, social y religiosamente. Es a estos colectivos y personas a quienes hay que incorporar a nuestras comunidades cristianas

Para superar el declive, Riccardi toma como referencia al papa Francisco, cuya base es el Evangelio leído en clave franciscana y cuyo centro son las personas y los colectivos empobrecidos hasta conformar la Iglesia de los pobres, provocando así una verdadera revolución en el discurso y la práctica cristianos: los pobres como lugar teológico y existencial. En el nuevo paradigma de la Iglesia de los pobres deben entrar los colectivos históricamente excluidos y asumir el protagonismo que les corresponde, entre ellos, las mujeres y los LGTBI, conformando una comunidad plural que acoge la diversidad sexual y de género.

Coincide asimismo con Francisco en que un cristianismo evangélico no pierde su identidad fomentando la cultura del diálogo como estilo de vida y método para la resolución pacífica de los conflictos y estableciendo alianzas entre mundos, tradiciones culturales, espiritualidades, religiones y sujetos diferentes, sino que la enriquece. Como afirma Raimon Panikkar, “sin diálogo el ser humano se asfixia y las religiones se anquilosan”.

 

Juan José Tamayo

 

[i] La Iglesia arde. La crisis del cristianismo hoy: entre la agonía y el resurgimiento,

Traducción de David Salas Mezquita, Arpa, Barcelona, 2022. 280 páginas

DIOS ES VACÍO


col franco uribe

 

Dios es vacío, vacío porque así es el amor, se vacía. El Padre se vacía para dar su ser al Hijo, el Hijo se vacía para recibir el ser del Padre, y el Espíritu Santo es amor que vacía; y es de este vaciarse de Dios, de este quitarse, de olvidarse del yo para decir tú, es que sale el universo. Dios es un vacío, no ocupa ni espacio ni tiempo, no existe y da origen a todo lo que existe; no vive aparte de nada y es la vida de todo; no está en sí, está en lo otro; no es más allá de lo que vemos y sí más allá de lo que pensamos. Es un vacío que posibilita lo que hay, que le da acogida, que lo contiene, que lo sostiene; Dios es allí donde están las creaturas, su trascendencia respira en la inmanencia; es altísimo en lo bajísimo; el cielo está hundido en lo que miramos y tocamos, en las cosas, en la gente. 

Y su vida es nuestra vida, la vida de todas las creaturas, nos amamos y por eso nos vaciamos para dar y para recibir, tan divino en nosotros es dar como recibir. Así, hacemos un vacío para que sea lo otro, el otro, para que no esté a la intemperie, para que tenga espacio y tiempo; lo que nos hace parecidos a Dios, a su imagen y semejanza, es dejarnos vaciar, vaciarnos, extender los brazos y dejar que el otro quepa en el pecho, dar la mano para apretar otra, abrir una puerta, desnudarnos y dejar que el otro habite nuestra piel, poner otro puesto en la mesa, ofrecer un trabajo, dar lo que nos hace falta, dar minutos y hasta años, exponer la vida, expirar para que el otro aspire, gestar y dar a luz, esperar en la playa al que se arriesga en el mar, dar oportunidad al que se reinserta, callar para no perderse los detalles de las historias que otros cuentan, decir una palabra, perdonar al enemigo; para hacer todo esto hay que vaciarnos y esta es la vida de Dios en nosotros, la tierra como en cielo.

Evangelizar, hablar de Dios, es vaciarse y acoger; no creo en una misión llena de cosas que se imponen a la vista, de gritos que aturden, de poder que coacciona; creo en una misión que se vacía y da bienvenida a todo y a todos; porque si no hacemos vacío, si no somos vacío, no se podrá conocer a Dios que es vacío porque amor, se llegará si mucho a un ídolo que nos invade y limita, a la pompa que nos deja por fuera y se apodera; la misión vale cuando no ocupa el espacio ni el tiempo del otro y de lo otro; cuando la palabra y la obra sale del silencio.

Y llega la muerte, está siempre llegando, nos vacía de todo y nos hace como Dios. El consejo de la serpiente, comerse el árbol de la vida para ser como Dios, era equivocado, es comer el árbol de la muerte, dar la vida, lo que nos hace como Dios; no era llenarse, era vaciarse.

 

Jairo Alberto Franco Uribe

Religión Digital