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miércoles, 21 de septiembre de 2022

¿DÓNDE ESTÁ LA INTELECTUALIDAD HOY?

fe adulta

col fer jim

 

Muchas veces se me había preguntado, en mis clases universitarias, sobre el significado exacto de ese adjetivo sustantivado “Intelectual”, o sobre el alcance conceptual de ese calificativo que, en los cercanos siglos pasados, se ha aplicado muchas veces, y muy valorativamente, a algunas -siempre escasas- personas, significativas para nuestra vida social, educativa y cultural, y que hoy está en un irresponsable (¿irremediable?) desuso.

De mis años de profesor universitario me ha quedado la convicción de que la Universidad tendría que ser selectiva por esencia, porque su misión es la formación de “intelectuales”. No me refiero, por supuesto, a una selección injusta por privilegios de clases sociales o de suficiencias económicas. Sino a la selección natural de la convicción, de la decisión personal, desde las aptitudes específicas y desde una motivación individual profunda. En otras palabras: la Universidad como vocación intelectual y científica.

La “masa” no se determina por vocación, sino guiada ab extrínseco, empujada, condicionada por la propaganda, por los convencionalismos sociales o familiares, que en este caso se resumen en “buscarse un apaño para toda la vida”, no el que uno elija, sino el que le permitan las estrechas rendijas entre los “numerus clausus” de las distintas facultades universitarias. Esta es la razón por la que esta Universidad masificada ha dejado de ser sementera de formación intelectual y de cultura humanística y ha devenido en puramente tecnocrática, es decir: proporcionadora de un entrenamiento técnico -siempre fatalmente insuficiente- en las diversas materias disciplinares, para “ir aprendiendo después con la práctica”. La conclusión a la que llego es que la Universidad tecnocrática hace de la mediocridad un ideal social. Por eso echo de menos una universidad de “elites” intelectuales (no, por supuesto, de clases sociales o poder económico), entendiendo por elite el grupo, más o menos extenso, de personas vocacionadas y movilizadas por ideas superiores.

Los exámenes de “selectividad”, que pretenderían, por su mismo nombre, una selección eficaz de los intelectualmente aptos e intrínsecamente motivados, solo ha venido sirviendo para desalentar a unos pocos (que evidentemente no estaban motivados por una genuina motivación intelectual), aunque no a otros, social o familiarmente coaccionados o movilizados confusamente por el slogan ideo-operativo de “llegar a ser alguien en la vida”. La mayoría de los restantes quedan frustrados y existencialmente desorientados por tener que conformarse, en virtud del numerus clausus, con unos estudios que no corresponden a su aspiración inicial o a su auténtica vocación. El resultado se constata en unas aulas amorfas, repletas de una masa indolente, frustrada, desmotivada y desorientada, cuya única aspiración es la de “ir pasando” sucesivos exámenes, de materias cada vez más fraccionadas, para que puedan abarcarse en los pocos días que le dedican al estudio de “los folios” que las totalizan. Profesores que dictan apuntes, “dictadores”, o que pasan sucesivos power points, han sustituido al “Maestro universitario”, que piensa y enseña a pensar, a razonar y argumentar, al mismo tiempo que inspira, trasmite, ilusiona, abre horizontes mentales…

A este propósito, he buscado alguna definición sobre lo que se entiende por “ser intelectual”:

“El Intelectual es aquella persona que escribiendo, manifestándose o enseñando, testimonia una lúcida posición cuestionadora frente a la situación histórica que vive la sociedad”

o “Persona consciente de su individualidad, que se sitúa de una manera crítica y razonada ante la sociedad de la que es miembro”.

Reconozco que hoy lo intelectual no está de moda, ensombrecido por la gigantesca sobrevaloración de lo científico. Pero pienso que el científico, si no es también un intelectual o está asesorado por intelectuales, no dejará de ser un contable (con toda la dignidad que esta función merece, y con toda la necesidad y la utilidad práctica que reporta). El intelectual se mueve en otra órbita no materializable: la del pensamiento intangible, que inspira todo el sentido de la existencia, incluso el que reporta las contabilizadas adquisiciones científicas y tecnológicas. Como le leí a alguien, lo que hoy calificamos como “científico” viene abocado a  sustituir el pensamiento por el cálculo estadístico de datos.

Pienso que con estas definiciones, disquisiciones y matices he estado dibujando el perfil real de un tipo especial de persona, raro y escaso en nuestros tiempos, al que se podría denominar Intelectual (y que representa, a mi modo de ver, al “homo theoreticus”  alzado a la excelencia, de la tipología de Spanger).

Añado ahora, como resumen, que, para mi modo de entender,

1.-el contenido mental de una persona Intelectual son las Ideas;

2.-su dinámica cognitiva: el cuestionamiento permanente;

3.-su actitud fundamental: la crítica minuciosa de las ideologías y la depuración de los conceptos que justifican las acciones de los ciudadanos y con las que va construyendo -o reconstruyendo- el mundo, la vida, la civilización, la Historia…

4.-su instrumento profesional: la razón, pero también la intuición y la imaginación, además de la memoria y la cultura;

5.-su ocupación diaria: ver, leer, estudiar y preguntar…, después, escribir;

6.-su objetivo final: la Verdad y la Libertad, “la verdad que nos hace libres” (la alezeia griega, el descubrimiento progresivo, la sorpresa permanente).

LA FUNCIÓN DE LA  “INTELECTUALIDAD”

Determinar la función que en nuestra sociedad tienen las personas reconocidas como Intelectuales es complejo. Aparentemente, como he comentado, no es hoy el momento de la inteligencia. La ciencia, la tecnología, las artes, la literatura, han permitido comprender mejor el pensamiento identitario del individuo –hombre o mujer- del siglo XXI. Desde luego, no es momento de una inteligencia entendida como tradicionalmente se ha hecho: instrumento, casi exclusivo, para captar la esencia inamovible de las cosas.

El devenir histórico, el dinamismo de la conciencia personal, la libertad del individuo, no permiten doctrinas esenciales de fijación estable. Es la hora del “pensamiento débil y líquido”. A pesar de ello, y nadando, quizás contra corriente, la inteligencia y, en consecuencia, la persona que se posiciona como  “intelectual”, está obligada a desvelar lo inmutable del ser, ofreciendo, después, a las demás personas su integración dentro de  la multiplicidad fluyente de las cosas. Y en respuesta a la cuestión que ha servido de título a este ensayo, respondo que sí, que, a pesar de todos los condicionantes negativos, se pueden reconocer, como algo evidente, a personas que se sitúan en la vida, y contemplan su curso fluvial, así como sus avatares, fluidos o arremolinados, desde un neto posicionamiento que los califica como Intelectuales.

Es posible, como he afirmado anteriormente, que la definición del intelectual de hoy se acerque más al modelo clásico del “homo theoreticus” de Eduard Spranger, expuesto en su libro Formas de vida: crítica razonada y testimonio lúcido, cuestionador frente a la situación histórica que vive la sociedad.

MATIZACIONES FILOSÓFICAS

Podríamos entender -ascendiendo a una conceptualización filosófica- que la persona intelectual,  en cuanto pretende ser indagadora de las esencias, tiene como finalidad depurar el “eidos” de Platón, liberándolo de la amalgama con la que se ha impregnado, al mezclarse en nuestro siglo con la  realidad superacelerada y cambiante del devenir concreto*.

La función del intelectual es la de iluminar el tiempo histórico en el que la realidad de la Historia, siempre  en proceso de cambio, se manifiesta. Aunque el eidos (base de toda actividad intelectual) es siempre el mismo, las manifestaciones y, sobre todo, el valor de verdad que se les atribuyen son, sin duda,  diferentes. Cada época tiene su signo dominante, en base al cual construye “su verdad”. De esta verdad va a depender el desarrollo que haga de su visión conceptual del mundo.

Mostrar la autenticidad legítima de esa verdad, o su falsedad, es cometido del Intelectual de hoy. La persona intelectual, al ser  “guardián-vigilante” de la verdad del ser, debe mostrar siempre, sin adulterarlo, el auténtico valor de “lo que hay”, pero sabiéndolo encuadrar en el momento histórico en el que la verdad alcanza su sentido. Debe saber armonizar la inmutabilidad del eidos con la circunstancia concreta en la que la verdad se manifiesta.

Las personas que ejerce la función de “intelectual”, es “vigía” del momento histórico que le toca vivir y, sin perder el norte, ha de saber adecuar el rumbo de la nave, a una ruta exigida por coordenadas trazadas de antemano. No es el intelectual un ser atemporal. Al contrario, realiza siempre su “reducción eidética”, encarnado en el tiempo y viviendo en la historia de una manera crítica y veraz. Es “cronista” de la vida y cuenta, viviendo entre las demás personas, la verdad de los hechos. Las libera, con su testimonio, de falsas utopías racionalistas, evitando siempre que lo humano se construya sobre falsos esquemas deformantes de la realidad.

Este es el cometido que realiza quien ejerce la función de intelectual con actitud honesta. Se atiene a lo que “hay”. No lo transforma. No debe ser por ello, persona de críticas baratas ni de modas al uso. Tampoco su criterio puede bambolearse por intereses de opiniones sectarias o políticas.

El análisis podría acabar aquí. Pero aún queda una pregunta clave a la que es conveniente responder: ¿Cuáles son los valores con los que la persona intelectual debe iluminar críticamente el acontecer de la historia en que vive? Sin duda, los valores que dimanan de la persona, exigidos por su dignidad y adecuados al signo de su tiempo. Se trata de actitudes centradas en lo que el hombre “en situación” exige: el valor de la vida, la libertad de toda convivencia, el valor de lo social como medio para realizarse como persona, el respeto a las reglas de que se dota el ser humano para ser más humano y convivir humanamente, etc. Todo aquello que contribuye a que la maduración de la persona y de lo humano vaya alcanzando, cada día, de forma progresiva, nuevas metas de ser. Su acción es cuestionar, de forma minuciosa, las desviaciones conceptuales que afectan a la vida y al ser humano. La persona que ejerce de intelectual, por ser “agente” de la conciencia histórica, debe vigilar para que se preserve siempre el patrimonio que se nos ha entregado: la dimensión profunda de su “ser”. Su palabra tiene que ser palabra de denuncia frente a toda injusticia, mostrando, al tiempo, la utopía como objetivo, y abriendo la esperanza de un mundo siempre mejor y en constante progreso.

 

Fernando Jiménez

Fronteras CTR, 19 septiembre, 2022

FERNANDO JIMÉNEZ HERNÁNDEZ-PINZÓN

Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación, Psicólogo Clínico

 *Para defender este modelo de polis, pensó Platón que los “gobernantes” de la ciudad debían ser los “filósofos”, contempladores del “eidos”. (Puesto que la doctrina central de la filosofía platónica es la “teoría de las ideas”, era lógico situar, en la escala superior de la estructura social, a quienes, por oficio y vocación, más cerca estaba de la comprensión de los “eidos”, de las ideas esenciales). El verdadero conocimiento (el intelectual) era, para Platón,  patrimonio de la inteligencia. Estaba personificado en el alma racional. En ella estaba afincado el conocimiento de las ideas (entendidas en este caso como imágenes de las cosas que constituyen el reino de lo real) . Las otras almas, la irascible y la concupiscible quedaban muy por debajo del alma “inteligible” –anima rationalis-, la inteligencia. Así, la función del conocimiento racional era la de ayudar, mediante la contemplación de las esencias, a que las otras almas se purificasen, ya que el ser humano, “animal rationalis”,  se encontraba, en un radical estado de impureza. En esta subordinación, y de acuerdo a un orden cósmico preestablecido, se conseguía la justicia social (o antropológica), objetivo fundamental del equilibrio (sofrosyne) y la felicidad (eudaimonía). Esta es la concepción platónica que, seguida y enriquecida por el neoplatonismo de la Escuela de Alejandría, pervivirá e influirá en la cultura occidental durante casi quince siglos.

EL OCASO DE LOS INTELECTUALES Y EL EXTRAVÍO DE LA RAZÓN


col isaac

 Redacción de Atrio

Académico en la Universidad Autónoma de Zacatecas, escritor,  y autor del libro La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación  semántica y escenarios prospectivos.

De otro colaborador de ATRIO (este aporte de textos importantes ajenos es fundamental para lo que quiere ser este lugar de encuentro) nos llega hoy un artículo del mexicano Isaac Enríquez Pérez, de la Universidad Autónoma de Zacatecas, publicado en Tercera Información.es. Creo que en él se expone muy bien uno de los objetivos esenciales que han estado y estarán en nuestro Proyecto Atrio 2022 en elaboración: la búsqueda del sentido profundo de la realidad de la persona humana y su responsabilidad en la historia y la evolución del Universo. AD.

Quizás una de las ausencias más palpables en la vida pública sea la de los intelectuales. Eclipsados por la comentocracia y sus corifeos bufonescos, dejaron de plantearse las preguntas en torno a los problemas fundamentales de la humanidad, así como los argumentos de peso revestidos de un aura de filósofos y estadistas. La comentocracia les suplantó aupados en el poder y en el alcance de los mass media y las redes sociodigitales; e hicieron de la trivialización de la palabra y de la praxis política –en tanto espectáculo y parodia– el argumento central de su teatralidad mediática.

Provenientes de la ciencia, la literatura, la filosofía o el cultivo del pensamiento, los intelectuales clásicos (recordemos a Raymond Aron, Pierre Teilhard de Chardin, José Ortega y Gasset, Jean Paul Sartre, Albert Camus, George Orwell, Michel Foucault, Gore Vidal, Frantz Fanon, Carl Sagan, Umberto Eco, Norberto Bobbio, Giovanni Sartori, Edgar Morin, Octavio Paz, Juan María Alponte, Noam Chomsky, entre muchos otros) gozaban de amplios círculos de lectores y audiencias. Dispuestos a ejercer un uso público de la razón, por lo regular gozaban de un sofisticado juicio político y no pocos se identificaban con causas sociales en pro de la justicia y en contra de la opresión. Aunque los hubo –a lo largo del siglo XX– que se identificaron con los fascismos y el nazismo, como fue el caso de Martin Heidegger. De tal forma que la calidad académica e intelectual no es sinónimo, en automático, de coherencia y sagacidad en el juicio político/histórico.

Al ejercicio del pensamiento crítico, estos intelectuales clásicos aunaban la pretensión de mover y refrescar la conciencia y provocar a sus lectores y audiencias, abriendo con ello nuevas perspectivas sobre los  problemas públicos y evidenciando las contradicciones y sentido de los mismos. Posicionados más allá de falsas dicotomías o dilemas, su mensaje o argumentos abrevan de ciertas dosis de paciencia y sabiduría; aunque también algunos, a lo largo del siglo XX, reincidieron en exageraciones e, incluso, en arrogancias y jactanciosidades.

Su proclividad a la vanguardia hizo de este intelectual clásico un perspicaz agente que incentivaba el cambio social y despertaba respeto a sus ideas; aunque también existieron aquellos que reivindicaron el statu quo –el caso más emblemático en el mundo de habla hispana sería Mario Vargas Llosa– y se mostraron partidarios o seguidores de alguna corriente ideológica. En esa lógica de las vanguardias fueron capaces de identificar los problemas trascendentales de la humanidad, abrir y difundir argumentos estructurados y orientados a detonar debates públicos, no pocas veces dotados de análisis histórico y de una perspectiva estratégica que pretendía incidir en el curso de los acontecimientos y en la formación de la opinión pública y de la cultura política.

Sin embargo, el ocaso de los intelectuales se presentó a la par del marchitamiento de la cultura ciudadana y de la desciudadanización de la política. Una especie de anestesiamiento e individualismo a ultranza se cierne sobre la racionalidad de las sociedades contemporáneas, y ese adormecimiento inhibe la posibilidad de ejercer el pensamiento crítico. Ese entorno social, que lo mismo incluye a sujetos, organizaciones como los sindicatos, gremios y universidades, los movimientos sociales y las comunidades de base, constriñe toda posibilidad de razonamiento y de despliegue de procesos cognitivos de largo aliento. En buena medida, ello explica la muerte de la clase intelectual y la entronización de la racionalidad tecnocrática, que privilegia el despliegue de supuestos expertos o especialistas en los mass media y en las redes sociodigitales.

La dimensión filosófico/histórico/ética que manejaba la clase intelectual fue suplantada por una voz que comenta el acontecer coyuntural pero que no penetra en las raíces profundas de las problemáticas sociales. El comentócrata es un avezado especialista que, si bien puede ofrecer un discurso cuasi técnico –y no pocas veces circular–, no provoca una agitación radical de las conciencias ni forma ciudadanía. Recurre más a un discurso descriptivo y superficial que apela más a las emociones de los sujetos que al pensamiento y la razón, contribuyendo con ello a hacer del espacio público un espectáculo y una arena para el despliegue de la polarización. Este especialista no hace más que acompañar las noticias del día, tras realizar cierto encuadre, pero su análisis no suele escapar de lo coyuntural, ni ofrecer siquiera una perspectiva de conjunto de la realidad. Entonces la especialización se impone a la mirada omniabarcadora del intelectual y se socava toda posibilidad de análisis amplio y reposado. Con ello tiende a ascender la mercantilización de las ideas y de la palabra, en tanto que los intereses creados definen lo que se comenta o difunde o no en los mass media a partir de ciertas agendas de temáticas mediadas por esos intereses y por la forma particular en que esos comentócratas y think tanks observan y conciben los problemas públicos.

Se comenta sobre la personalidad de Donald Trump, el conflicto ruso/ucraniano, la caída de las Torres Gemelas, la pandemia del Covid-19, etc., pero no se analizan las causas profundas y el sentido histórico de esos acontecimientos, sino que se aborda cierta apariencia de los mismos y se establece desde esos poderes fácticos que controlan los mass media y las redes sociodigitales lo que es verdad o lo que no lo es. En estos discursos de los especialistas se entrecruzan también los rasgos de la era de la post-verdad con una narrativa hegemónica que encauza unos temas y no otros, que apela a los sentimientos del homo videns o del homo digitalis y no a sus procesos cognitivos y a las perspectivas de larga duración. Entre esos expertos comentaristas destacan Yuval Noah Harari, ­Niall Ferguson, Paul Krugman, Moisés Naím, Michel Houellebecq, Samuel P. Huntington, Francis Fukuyama, Fernando Savater, Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín, Jorge G. Castañeda, entre otros. Varios de ellos más cercanos al histrionismo, la política-ficción, el maniquismo y la descalificación respecto a aquello que les inspira fobia o ira. Es de destacar que sus planteamientos no soportan el fuego de la contrastación histórico/empírica a que llama la deliberación pública regida por el pluralismo.

En el extremo, algunos representantes de la comentocracia rayan en lugares comunes y en actitudes de bufones que lapidan a aquel que piensa diferente. Se erigen en todólogos que suponen contar con el elixir ante los problemas públicos sin siquiera lograr diagnósticos certeros y dotados de rigor metodológico. Más preocupados por el teléfono móvil y los trending topics del Twitter, su obscenidad llega a los set de televisión, comentando casi de todo sin pudor y sin temor a equivocarse. Fungen más como voceros de algún partido político o de los intereses corporativos y financieros del gran capital. Con la pandemia del Covid-19 lo mismo opinaban –sin respeto ni rigor alguno– de sus orígenes, que de epidemiología, vacunas, omisiones de los Estados, el uso de la mascarilla, etc.

La sociedad de los extremos regida por la polarización ideológica pulsiva cancela toda posibilidad de reinvención del intelectual, y hace de los comentócratas simples ideólogos que abogan por una u otra causas. Se impone, entonces, un discurso faccioso que apela a la división y a la ausencia de posibilidades de conciliación. No hacen más que poner en palabras intereses creados de distinto signo para inundar las redes sociodigitales y apelar a las emociones pulsivas de los internautas, sin reparar siquiera en la posibilidad de ejercicio del pensamiento autónomo y en la articulación de una narrativa mínimamente coherente.

El ocaso de los intelectuales marcha a la par de la pérdida de sentido en las sociedades contemporáneas, así como de la erosión de la función orientadora que éstos desplegaban respecto a los grandes problemas mundiales y nacionales. Si bien existen intelectuales de peso hoy día (Jürgen Habermas, o el mismo Noam Chomsky, por ejemplo), su influencia tiende a ser menor y a diluirse en medio de la industria mediática de la mentira y de la tergiversación semántica. Esta pérdida de valor del intelectual y de sus funciones, también son experimentadas por organizaciones como las universidades, las editoriales, los periódicos, las revistas de análisis, etc. Arrasa, entonces, un pensamiento rapaz y socavador que fortalece consignas ideológicas al ritmo no de argumentos y sí de opiniones sin sustento y de golpes de voz que opacan a quien piensa y actúa diferente.

Salir de las prisiones

col isaac

 

De otro colaborador de ATRIO (este aporte de textos importantes ajenos es fundamental para lo que quiere ser este lugar de encuentro) nos llega hoy un artículo del mexicano Isaac Enríquez Pérez, de la Universidad Autónoma de Zacatecas, publicado en Tercera Información.es. Creo que en él se expone muy bien uno de los objetivos esenciales que han estado y estarán en nuestro Proyecto Atrio 2022 en elaboración: la búsqueda del sentido profundo de la realidad de la persona humana y su responsabilidad en la historia y la evolución del Universo. AD.

Quizás una de las ausencias más palpables en la vida pública sea la de los intelectuales. Eclipsados por la comentocracia y sus corifeos bufonescos, dejaron de plantearse las preguntas en torno a los problemas fundamentales de la humanidad, así como los argumentos de peso revestidos de un aura de filósofos y estadistas. La comentocracia les suplantó aupados en el poder y en el alcance de los mass media y las redes sociodigitales; e hicieron de la trivialización de la palabra y de la praxis política –en tanto espectáculo y parodia– el argumento central de su teatralidad mediática.

Provenientes de la ciencia, la literatura, la filosofía o el cultivo del pensamiento, los intelectuales clásicos (recordemos a Raymond Aron, Pierre Teilhard de Chardin, José Ortega y Gasset, Jean Paul Sartre, Albert Camus, George Orwell, Michel Foucault, Gore Vidal, Frantz Fanon, Carl Sagan, Umberto Eco, Norberto Bobbio, Giovanni Sartori, Edgar Morin, Octavio Paz, Juan María Alponte, Noam Chomsky, entre muchos otros) gozaban de amplios círculos de lectores y audiencias. Dispuestos a ejercer un uso público de la razón, por lo regular gozaban de un sofisticado juicio político y no pocos se identificaban con causas sociales en pro de la justicia y en contra de la opresión. Aunque los hubo –a lo largo del siglo XX– que se identificaron con los fascismos y el nazismo, como fue el caso de Martin Heidegger. De tal forma que la calidad académica e intelectual no es sinónimo, en automático, de coherencia y sagacidad en el juicio político/histórico.

Al ejercicio del pensamiento crítico, estos intelectuales clásicos aunaban la pretensión de mover y refrescar la conciencia y provocar a sus lectores y audiencias, abriendo con ello nuevas perspectivas sobre los  problemas públicos y evidenciando las contradicciones y sentido de los mismos. Posicionados más allá de falsas dicotomías o dilemas, su mensaje o argumentos abrevan de ciertas dosis de paciencia y sabiduría; aunque también algunos, a lo largo del siglo XX, reincidieron en exageraciones e, incluso, en arrogancias y jactanciosidades.

Su proclividad a la vanguardia hizo de este intelectual clásico un perspicaz agente que incentivaba el cambio social y despertaba respeto a sus ideas; aunque también existieron aquellos que reivindicaron el statu quo –el caso más emblemático en el mundo de habla hispana sería Mario Vargas Llosa– y se mostraron partidarios o seguidores de alguna corriente ideológica. En esa lógica de las vanguardias fueron capaces de identificar los problemas trascendentales de la humanidad, abrir y difundir argumentos estructurados y orientados a detonar debates públicos, no pocas veces dotados de análisis histórico y de una perspectiva estratégica que pretendía incidir en el curso de los acontecimientos y en la formación de la opinión pública y de la cultura política.

Sin embargo, el ocaso de los intelectuales se presentó a la par del marchitamiento de la cultura ciudadana y de la desciudadanización de la política. Una especie de anestesiamiento e individualismo a ultranza se cierne sobre la racionalidad de las sociedades contemporáneas, y ese adormecimiento inhibe la posibilidad de ejercer el pensamiento crítico. Ese entorno social, que lo mismo incluye a sujetos, organizaciones como los sindicatos, gremios y universidades, los movimientos sociales y las comunidades de base, constriñe toda posibilidad de razonamiento y de despliegue de procesos cognitivos de largo aliento. En buena medida, ello explica la muerte de la clase intelectual y la entronización de la racionalidad tecnocrática, que privilegia el despliegue de supuestos expertos o especialistas en los mass media y en las redes sociodigitales.

La dimensión filosófico/histórico/ética que manejaba la clase intelectual fue suplantada por una voz que comenta el acontecer coyuntural pero que no penetra en las raíces profundas de las problemáticas sociales. El comentócrata es un avezado especialista que, si bien puede ofrecer un discurso cuasi técnico –y no pocas veces circular–, no provoca una agitación radical de las conciencias ni forma ciudadanía. Recurre más a un discurso descriptivo y superficial que apela más a las emociones de los sujetos que al pensamiento y la razón, contribuyendo con ello a hacer del espacio público un espectáculo y una arena para el despliegue de la polarización. Este especialista no hace más que acompañar las noticias del día, tras realizar cierto encuadre, pero su análisis no suele escapar de lo coyuntural, ni ofrecer siquiera una perspectiva de conjunto de la realidad. Entonces la especialización se impone a la mirada omniabarcadora del intelectual y se socava toda posibilidad de análisis amplio y reposado. Con ello tiende a ascender la mercantilización de las ideas y de la palabra, en tanto que los intereses creados definen lo que se comenta o difunde o no en los mass media a partir de ciertas agendas de temáticas mediadas por esos intereses y por la forma particular en que esos comentócratas y think tanks observan y conciben los problemas públicos.

Se comenta sobre la personalidad de Donald Trump, el conflicto ruso/ucraniano, la caída de las Torres Gemelas, la pandemia del Covid-19, etc., pero no se analizan las causas profundas y el sentido histórico de esos acontecimientos, sino que se aborda cierta apariencia de los mismos y se establece desde esos poderes fácticos que controlan los mass media y las redes sociodigitales lo que es verdad o lo que no lo es. En estos discursos de los especialistas se entrecruzan también los rasgos de la era de la post-verdad con una narrativa hegemónica que encauza unos temas y no otros, que apela a los sentimientos del homo videns o del homo digitalis y no a sus procesos cognitivos y a las perspectivas de larga duración. Entre esos expertos comentaristas destacan Yuval Noah Harari, ­Niall Ferguson, Paul Krugman, Moisés Naím, Michel Houellebecq, Samuel P. Huntington, Francis Fukuyama, Fernando Savater, Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín, Jorge G. Castañeda, entre otros. Varios de ellos más cercanos al histrionismo, la política-ficción, el maniquismo y la descalificación respecto a aquello que les inspira fobia o ira. Es de destacar que sus planteamientos no soportan el fuego de la contrastación histórico/empírica a que llama la deliberación pública regida por el pluralismo.

En el extremo, algunos representantes de la comentocracia rayan en lugares comunes y en actitudes de bufones que lapidan a aquel que piensa diferente. Se erigen en todólogos que suponen contar con el elixir ante los problemas públicos sin siquiera lograr diagnósticos certeros y dotados de rigor metodológico. Más preocupados por el teléfono móvil y los trending topics del Twitter, su obscenidad llega a los set de televisión, comentando casi de todo sin pudor y sin temor a equivocarse. Fungen más como voceros de algún partido político o de los intereses corporativos y financieros del gran capital. Con la pandemia del Covid-19 lo mismo opinaban –sin respeto ni rigor alguno– de sus orígenes, que de epidemiología, vacunas, omisiones de los Estados, el uso de la mascarilla, etc.

La sociedad de los extremos regida por la polarización ideológica pulsiva cancela toda posibilidad de reinvención del intelectual, y hace de los comentócratas simples ideólogos que abogan por una u otra causas. Se impone, entonces, un discurso faccioso que apela a la división y a la ausencia de posibilidades de conciliación. No hacen más que poner en palabras intereses creados de distinto signo para inundar las redes sociodigitales y apelar a las emociones pulsivas de los internautas, sin reparar siquiera en la posibilidad de ejercicio del pensamiento autónomo y en la articulación de una narrativa mínimamente coherente.

El ocaso de los intelectuales marcha a la par de la pérdida de sentido en las sociedades contemporáneas, así como de la erosión de la función orientadora que éstos desplegaban respecto a los grandes problemas mundiales y nacionales. Si bien existen intelectuales de peso hoy día (Jürgen Habermas, o el mismo Noam Chomsky, por ejemplo), su influencia tiende a ser menor y a diluirse en medio de la industria mediática de la mentira y de la tergiversación semántica. Esta pérdida de valor del intelectual y de sus funciones, también son experimentadas por organizaciones como las universidades, las editoriales, los periódicos, las revistas de análisis, etc. Arrasa, entonces, un pensamiento rapaz y socavador que fortalece consignas ideológicas al ritmo no de argumentos y sí de opiniones sin sustento y de golpes de voz que opacan a quien piensa y actúa diferente.

Salir de las prisiones de este pensamiento hegemónico que diezma y lastra el oficio intelectual es una urgencia en las sociedades contemporáneas ante el constante asedio mediático de trogloditas de la palabra que pretenden espectacularidad y no la construcción de argumentos razonados. Solo el ejercicio del pensamiento crítico y la diversidad de ideas salvarán de esa lógica implacable impuesta por la comentocracia y los fastuosos intereses que reivindican. Lo contrario nos conduciría a un nuevo oscurantismo y a la definitiva pérdida de rumbo y proyecto en el curso del colapso civilizatorio contemporáneo.

  de este pensamiento hegemónico que diezma y lastra el oficio intelectual es una urgencia en las sociedades contemporáneas ante el constante asedio mediático de trogloditas de la palabra que pretenden espectacularidad y no la construcción de argumentos razonados. Solo el ejercicio del pensamiento crítico y la diversidad de ideas salvarán de esa lógica implacable impuesta por la comentocracia y los fastuosos intereses que reivindican. Lo contrario nos conduciría a un nuevo oscurantismo y a la definitiva pérdida de rumbo y proyecto en el curso del colapso civilizatorio contemporáneo.

 

UNA REFLEXIÓN DE CAUSAS Y EFECTOS

fe adulta

col otalora

 

Estamos desanimados, asustados, incluso decepcionados porque nuestra fe pierde peso social, nos defraudan y defraudamos, las convicciones se tambalean y las seguridades religiosas con las que creíamos contar, fallan. La crisis general en el marco de un gran cambio de era, en casi todos los frentes, nos hace daño e incrementa la desesperanza. Orar, a lo que tanta importancia dio Jesús, ya no resulta importante para nosotros. La causa del porqué hemos llegado a esta situación, al menos en nuestras comunidades eclesiales cercanas, es profunda y compleja, pero la falta de autocrítica y el corporativismo extremo, ayudan lo suyo. En este tiempo oscuro, pocos faros se mantienen firmes en la acogida y en la actitud de confianza en Dios como el Papa Francisco, que evangeliza como nadie. Y sin embargo, pocas personas están siendo denostadas tan abiertamente desde las propias filas católicas.

Podríamos resumir la situación católica en dos tendencias: la primera, con recorrido sociológico consolidado en el clericalismo, está afanada en reforzar ritos, dogmas, poderes legales y firmeza dogmática como escudo protector ante los desvaríos del mundo pretendiendo así defender lo esencial...  pero sin practicarlo de corazón, instalados en la zona de confort religiosa y legalista. Con frecuencia dejan aparte la actitud de humildad y caridad, ambas esenciales en quienes nos decimos cristianos. La consecuente falta de ejemplo incide en la falta de vivencia comunitaria fraternal que vacía los templos más que cualquier otra cosa. Los que seguimos, tendemos a hacerlo desde la pasividad, sin alegría. Al final, no sabemos si estamos defendiendo la causa de Jesús o la nuestra; ejemplos de esto abundan en el Evangelio.

La segunda tendencia entiende que Jesús no vivió entre seguridades ni apoyado en dogmas, más allá del dogma supremo del amor. Que expresamente, huyó de la vanagloria, el poder y el dinero para hacerse donación a todos. Y que trató a los pecadores con misericordia y a las flaquezas humanas con un proyecto ilusionante de cambio de vida interior, no formalista. No fueron el castigo, el miedo o la rigidez inmisericorde el plan de Jesús. Los que se encuentran en esta tendencia, entienden la evangelización como un mandato que se funda en el compromiso de vivir de una determinada manera, hacia dentro (oración, contemplación) y hacia fuera: acogida desde el corazón, escucha, compasión y ejemplo. Que el camino se hace al andar, buscando, no con el corazón anclado en certezas que anquilosan en lugar de abrir caminos. Para ellos, Cristo no es imposición ni adoctrinamiento, los malos no son tan malos y los buenos tampoco son tan buenos. Tratan de vivir la parábola del buen samaritano con actitud comprometida intentando hacer comunidad de fe.

Algunos me dirán que no se puede trazar una línea tan gruesa entre unos y otros, blanco o negro. Y tienen razón. Por eso hablo de tendencias, de las que todos participamos en mayor o menor medida, unos viviendo más cerca de la primera tendencia y otros tratando de vivir conforme a la segunda. 

Aquellos convencidos de que enarbolando las seguridades religiosas de manera excluyente o denunciando cualquier deviación de la ortodoxia es el camino para capear el temporal, les diré que así es como se resiente el amor, piedra angular de todo, la actitud de Jesús. Él no rehuyó a nadie, escuchó y confraternizó con todos y todas manteniendo la firmeza solamente ante quienes pervertían el Mensaje de fondo. Se mantuvo en actitud de amor total, sin excepción, desde el ejemplo radical que transforma como jamás lo hará la tilde de la ley, por muy buena que esta sea. Y por retorcer la praxis legal injusta fue calumniado y asesinado para ocultar la primacía del Amor.

En otros tiempos, la Iglesia católica era creíble, pero en la medida que la institución ha sido más importante que el mensaje, no ha hecho falta que venga nadie de fuera para desacreditarla. Es terrible que haya podido incubarse durante tanto tiempo algo trágico como son los abusos clericales de menores y personas débiles, con medios para esconderlo y proteger a los culpables como un lobby poderoso cualquiera. El Papa Francisco se ha visto poco respaldado en su contundencia en aplicar “medidas concretas y eficaces” para desmantelar cualquier encubrimiento eclesiástico ante los abusos clericales. Ahí sigue el “caso Gaztelueta”, reabierto por el Papa.

Con el Evangelio en una mano y la apertura de corazón en la otra, reflexionemos si estamos más cerca de una o de la otra tendencia. Y cómo vivimos la misión de evangelizar, mostrando a otros la Buena Noticia que nos ha sido revelada, cada cual desde lo que nos toca. Me preocupa que, sin darnos cuenta, no pocos escandalicemos con nuestro mediocre día a día.

LA 'LECCIÓN' DEL PAPA A LOS NUEVOS OBISPOS: "NO OLVIDARSE DE LOS POBRES"

Vatican News 

col cernuzio

Una reunión informal, todos sentados en círculo, salpicada principalmente por testimonios, sugerencias y el ánimo de servir a los pobres, además de los días dedicados a "aprender" cómo ser obispos, qué retos afrontar, qué temas seguir.

Alrededor de 200 nuevos obispos participantes en el curso de formación promovido por los Dicasterios para los Obispos y para las Iglesias Orientales fueron recibidos esta mañana por el Papa Francisco en la Sala Clementina. El encuentro fue privado para permitir una conversación libre entre el Papa y los prelados (había muchos latinoamericanos), en este caso los que participaron en la segunda ronda del curso, celebrada del 12 al 19 de septiembre en el Ateneo Regina Apostolorum de Roma.

El cuidado de los últimos

La primera ronda, inaugurada por una misa celebrada por el cardenal secretario de Estado Pietro Parolin, se había celebrado en cambio del 1 al 8 de septiembre (la subdivisión se debió al elevado número de participantes y a las restricciones de Covid). Francisco recibió a los participantes del curso -una tradición iniciada en el año 2000 bajo el pontificado de Juan Pablo II y dedicada este año al tema "Anunciar el Evangelio en el cambio de época y después de la pandemia: el servicio del obispo"- en la Sala Clementina.

Incluso entonces, no hubo un discurso escrito, sino una discusión confidencial, como dijo el obispo auxiliar de São Paulo, monseñor Angelo Ademir Mezzari, a la edición portuguesa de Vatican News. El Pontífice, dijo, había dado la bienvenida a los presentes con un mensaje, el de no olvidar la cercanía a los pobres, consciente de que todo está interconectado y todo necesita cuidados en este planeta. Entonces había querido escuchar directamente a sus invitados, sus historias, sus demandas y peticiones. Todo esto duró alrededor de una hora y media.

Ambiente "sinodal

La misma pauta se reprodujo hoy en un clima "sinodal", como explicó al micrófono de Andressa Collet el obispo brasileño Maurício da Silva Jardim, que asumirá la dirección de la diócesis de Rondonópolis-Guiratinga (MT) el 23 de octubre. "Sinodal", explicó el prelado, fue también el ambiente de la semana de trabajo en el Regina Apostolorum, durante la cual, a la luz del Magisterio del Papa Francisco, los ponentes se centraron en un tema y dieron la palabra a la asamblea, que pudo "expresarse, plantear los temas y problemas concretos de la realidad, como el hambre, la violencia, la desigualdad social, la migración, las crisis políticas y sanitarias, la ética y las cuestiones sociales en el mundo".

Los cerca de 19 nuevos obispos brasileños también pudieron llamar la atención de los participantes en el curso y del Papa sobre los principales problemas que desfiguran el rostro de la Amazonia, como la minería, la explotación y la deforestación ilegal.

Desafíos y magisterio

Durante el curso se profundizó en algunos de los textos de Francisco -Amoris laetitia, Fratelli tutti y Laudato si', en particular- y se discutieron algunos de los puntos clave del pontificado de Jorge Mario Bergoglio, como la familia y la fraternidad universal a través de la promoción humana integral.

Fue, dice Monseñor Jardim, "una oportunidad para caminar juntos en diferentes frentes, pero compartiendo el espíritu misionero de la Iglesia, animándonos a ser 'pastores del pueblo' y ofreciendo elementos para actuar en nuestras diócesis, como retos pastorales de la Iglesia y a través del principio establecido por el Papa Francisco de una Iglesia misionera, sinodal, de comunión y participación".

Audiencia a los obispos de las tierras de misión

El sábado pasado se recibió en audiencia a otro grupo de obispos, los pastores de tierras de misión que participaron en otro seminario de formación en Roma, organizado por el Dicasterio para la Evangelización. En un diálogo abierto, el Papa -en audiencia privada- instó a los prelados a vivir la cercanía de los pastores, primero con Dios, luego la comunión entre los episcopados y con los sacerdotes, sin olvidar a los fieles.

Según informó al padre Joan Pacheco el Vicario Apostólico de Caroní en Venezuela, Monseñor Gonzalo Ontiveros, en la audiencia los obispos tuvieron la oportunidad de compartir con el Papa sus experiencias de trabajo misionero, dando así pie a la reflexión del Pontífice. En particular, Francisco reiteró la importancia de la oración en el ministerio episcopal porque si un obispo no reza, se aleja de Dios y "se marchita".

También, informa Ontiveros, el Papa pidió una mayor unidad entre los obispos como "hermanos en el episcopado" y una mayor cercanía con los sacerdotes, los colaboradores, las comunidades parroquiales: "Respondan, llámenlos. Estén atentos a sus necesidades", dijo el Papa Francisco. Entre las recomendaciones, también las de alejarse de las manías de protagonismo y autorreferencialidad y del proselitismo, que es diferente de la "evangelización" que debe realizarse "al estilo de Jesús".

"El Papa pidió una mayor unidad entre los obispos como "hermanos en el episcopado" y una mayor cercanía con los sacerdotes, los colaboradores, las comunidades parroquiales"

LA RIQUEZA, RIVAL DE DIOS Lc 16, 19-31 DOMINGO 26º T.O. (C)

FE adulta

col paret


Conviene recordar que Jesús en el evangelio de Lucas es, ante todo, el salvador, el que vino para librar al mundo de sus males. El mundo son todos los hombres y mujeres, el pueblo de Dios, todos los pueblos. No hay un pueblo “elegido” con privilegios, todos son objeto de su amor. El aspecto de Dios que prevalece en la obra de Jesús es el de la misericordia. Jesús muestra predilección por los más necesitados: los pobres, los pecadores, los enfermos, los descartados, las mujeres, los niños. Lucas presta especial atención a la fuerza del Espíritu Ruah en el acontecimiento cristiano, en el tiempo de Jesús y en el tiempo de los/las apóstoles. El Espíritu es la fuerza que hace posible el evangelio en el mundo.

Lucas insiste en las actitudes del discípulo/a: amor del prójimo en vez de observancia formalista de la Ley; el prójimo no es un concepto legal sino una relación que se crea, que se construye; esta actitud es la central y su realización concreta se llama servicio. Amor y servicio son la única grandeza y la única autoridad en un Reino en el que no existen tradiciones ni reglas de vida (a propósito de la pregunta que los fariseos hacen a Jesús sobre el ayuno y la comparación que él les pone del vino nuevo); a través del amor y el servicio el/la discípulo/a entra en una nueva relación con Dios llamándole Abbá, dirigiéndose a Él/Ella con plena confianza.

Pero dos obstáculos hacen imposible esa relación con Dios, en este texto del evangelio que sólo narra Lucas: la conciencia pagada de sí misma y la riqueza, rival de Dios y, por tanto, injusta, tentación constante que hace al ser humano sordo a la voz de Dios. Al discípulo/a se le exige la renuncia al dinero; eso le dará la verdadera felicidad.

En la primera lectura del libro de Amós (6,1a. 4-7), el profeta denuncia las falsas seguridades de quienes se hacen ídolos de sus creencias: riqueza, dominación, poder, mentira, soberbia, egoísmo, en definitiva, cualquier tipo de opresión. Concienciar de la servidumbre es comienzo de salvación. Ante la creciente brecha de desigualdad entre ricos y pobres, cabría preguntarse, ¿vivimos el servicio a los demás o nos aferramos a nuestras servidumbres?

El evangelio no deja para el más allá la solución de la pobreza y de la miseria, ya que al rico Epulón lo “condena” al castigo eterno, teniendo en cuenta el lenguaje mítico semita que utilizan los evangelios. Si bien Jesús manifiesta predilección por todos los que necesitaban liberación, su actitud no fue excluyente ni condenatoria sino abierta y de acogida con todos.

Jesús se dirige a los fariseos y les cuestiona lo que predican. Poco antes de este relato, les lanza una frase lapidaria: “No podéis servir a Dios y al dinero” (16,13), dirigida a todo aquel que vive esclavo de sus riquezas. Es la riqueza acumulada y no compartida la que impide entrar en la dinámica del Reino.          

El texto describe a dos personajes destacando el fuerte contraste entre ambos. En ningún momento se dice que el rico haya provocado la miseria del pobre y se encuentre en esa penosa situación por su culpa. Lo escandaloso es que ni siquiera se ha dado cuenta de su presencia; mientras él banquetea diariamente, el pobre, junto a su puerta, no tiene nada que llevarse a la boca. Vive cómodamente rodeado de su  bienestar, ignorando la vida de quien está a su lado. Su actitud es inhumana por su insensibilidad, por su indiferencia. En palabras del evangelio, por poseer un “corazón de piedra”.

También nosotros, hoy. Vivimos tan inmersos en nuestras comodidades, en nuestras seguridades, tal vez en nuestro hedonismo, que no queremos ver la miseria de nuestro mundo. El relato intenta sacudir la conciencia de quienes nos hemos acostumbrado a vivir en la abundancia teniendo a nuestro lado países y pueblos enteros viviendo en la más absoluta miseria. Una sociedad del bienestar que se ve incapaz de frenar la injusticia social mundial. Que nos permite vivir con la conciencia resignada pensando que la culpa es de todos, países ricos, imperialismos capitalistas, comunistas, totalitarismos nacionalistas, y de nadie en particular. Dos ejemplos:  

La ONU muestra un mapa de la pobreza global más allá del dinero. 1.300 millones de personas son pobres en todos los sentidos de la palabra porque no tienen apenas ingresos o carecen de acceso a agua potable, alimentos suficientes o electricidad. El 10% de la población mundial, 736 millones de personas, sobreviven cada día con menos de 1,90 dólares. Son extremadamente pobres... económicamente. Aunque estar por encima de este nivel de ingresos no asegura tener una vida digna.

Manos Unidas alerta: 274 millones de personas necesitarán ayuda humanitaria este 2022.

En todo caso, el evangelio no pretende solucionar un problema social sino denunciar una falsa e hipócrita actitud religiosa. El Reino que Jesús predica consiste en hacer de la humanidad una comunidad de hermanos. Nos invita a compartir los alimentos, los recursos, suficientes para todos, y convivir como hermanos, no como rivales o competidores. Los ricos dejarían de acaparar y los pobres dejarían de serlo. Todos creceríamos en humanidad. En el fondo, pobreza e injusticia es una realidad en la que todos participamos. Lo que se nos pide es romper la indiferencia, no poner excusas ante la incapacidad de unos y otros, estar atentos a las “llagas de nuestro mundo” permaneciendo activos ante el sufrimiento, descubrir y levantar a los Lázaros “de la puerta de al lado”, vivir el amor-compasión que Jesús practica entre los necesitados.

Y todo ello, sin pedir nada a cambio. Esa es la salvación que me hace más humana y más divina, que me religa con el Dios de Jesús. La medida de amor-servicio a los hermanos me abre, pues, a esa relación única, íntima con Dios. Todo lo demás son cálculos interesados.

¡Shalom!

 

26 Tiempo ordinario – C (Lucas 16,19-31) NUEVO CLASISMO UN NOUVEAU CLASSISME

El abismo del egoísmo y la insolidaridad

JOSÉ ANTONIO PAGOLA


Conocemos la parábola. Un rico despreocupado que «banquetea espléndidamente», ajeno al sufrimiento de los demás, y un pobre mendigo a quien «nadie da nada». Dos hombres distanciados por un abismo de egoísmo e insolidaridad que, según Jesús, puede hacerse definitivo, por toda la eternidad.

Adentrémonos algo en el pensamiento de Jesús. El rico de la parábola no es descrito como un explotador que oprime sin escrúpulos a sus siervos. No es ese su pecado. El rico es condenado sencillamente porque disfruta despreocupadamente de su riqueza sin acercarse al pobre Lázaro.

Esta es la convicción profunda de Jesús. Cuando la riqueza es «disfrute excluyente de la abundancia», no hace crecer a la persona, sino que la deshumaniza, pues la va haciendo indiferente e insolidaria ante la desgracia ajena.

El paro está haciendo surgir un nuevo clasismo entre nosotros. La clase de los que tenemos trabajo y la de los que no lo tienen. Los que podemos seguir aumentando nuestro bienestar y los que se están empobreciendo. Los que exigimos una retribución cada vez mayor y unos convenios cada vez más ventajosos y quienes ya no pueden «exigir» nada.

La parábola es un reto a nuestra vida satisfecha. ¿Podemos seguir organizando nuestras «cenas de fin de semana» y continuar disfrutando alegremente de nuestro bienestar cuando el fantasma de la pobreza está ya amenazando a muchos hogares?

Nuestro gran pecado es la indiferencia. El paro se ha convertido en algo tan «normal y cotidiano» que ya no escandaliza ni nos hiere tanto. Nos encerramos cada uno en «nuestra vida» y nos quedamos ciegos e insensibles ante la frustración, la crisis familiar, la inseguridad y la desesperación de estos hombres y mujeres.

El paro no es solo un fenómeno que refleja el fracaso de un sistema socioeconómico radicalmente injusto. El paro son personas concretas que ahora mismo necesitan la ayuda de quienes disfrutamos de la seguridad de un trabajo. Daremos pasos concretos de solidaridad si nos atrevemos a responder a estas preguntas: ¿necesitamos realmente todo lo que compramos? ¿Cuándo termina nuestra necesidad y cuándo comienzan nuestros caprichos? ¿Cómo podemos ayudar a los parados?


Nous connaissons la parabole. Un riche insouciant qui «fait des fêtes somptueuses», insensible à la souffrance des autres, et un pauvre mendiant à qui «personne ne donne rien». Deux hommes séparés par un abîme d'égoïsme et de manque de solidarité qui, selon Jésus, peut devenir définitif, pour l'éternité.

Allons en profondeur dans la pensée de Jésus. L'homme riche de la parabole n'est pas décrit comme un exploiteur qui opprime sans scrupules ses serviteurs. Ce n'est pas là son péché. L'homme riche est condamné simplement parce qu'il profite négligemment de sa richesse sans s'approcher du pauvre Lazare.

C'est la conviction profonde de Jésus. Lorsque la richesse est «la jouissance exclusive de l'abondance», elle ne fait pas grandir une personne, mais la déshumanise, car elle la rend insensible et indifférente au malheur des autres.

Le chômage fait naître un nouveau «classisme» parmi nous. La classe de ceux d'entre nous qui ont un travail et la classe de ceux qui n'en ont pas. Ceux d'entre nous qui peuvent continuer à augmenter leur bien-être et ceux qui s'appauvrissent. Ceux d'entre nous qui exigent des salaires toujours plus élevés et des accords toujours plus avantageux et ceux qui ne peuvent plus rien «exiger».

La parabole est un défi à notre vie satisfaite : pouvons-nous continuer à organiser nos «dîners du week-end» et continuer de jouir allègrement de notre bien-être alors que le spectre de la pauvreté menace déjà de nombreux foyers?

Notre grand péché est l'indifférence. Le chômage est devenu tellement «normal et quotidien» qu'il ne nous choque plus et ne nous fait plus autant de mal. Nous nous renfermons chacun dans «notre propre vie» et devenons aveugles et insensibles à la frustration, à la crise familiale, à l'insécurité et au désespoir de ces hommes et de ces femmes.

Le chômage n'est pas seulement un phénomène qui reflète l'échec d'un système socio-économique radicalement injuste. Le chômage, ce sont des personnes concrètes qui ont actuellement besoin de l'aide de ceux d'entre nous qui bénéficient de la sécurité d'un emploi. Nous ferons des pas concrets de solidarité si nous osons répondre à ces questions: avons-nous vraiment besoin de tout ce que nous achetons? Quand s'arrêtent nos besoins et commencent nos caprices? Comment pouvons-nous aider les chômeurs?

SIEMPRE HABRÁ UN LÁZARO A MI PUERTA DOMINGO 26 (C) Lc 16,19-31


col fraymarcos

 fe adulta


Por última vez, después de una insistencia machacona, nos habla Lucas de la riqueza. Yo también tengo claro que en materia de riqueza no haremos caso ni aunque resucite un muerto. La parábola va dirigida a los fariseos. Acaba de decir el evangelista: “Oyeron esto (no podéis servir a dos amos) los fariseos, que son amigos del dinero, y se burlaban de él”. Jesús apoyándose en las creencias que ellos aceptaban, quiere hacerles ver que, si de verdad creyeran lo que predican, no estarían tan pegados a las riquezas.

Esta parábola es clave para entender algo de lo que nos dice el evangelio sobre las riquezas. No se puede hablar de ellas en abstracto y la parábola nos obliga a pisar tierra. El rico no tiene en cuenta al pobre y sin esa toma de conciencia nada tiene sentido. Lo único negativo de la parábola es que, mal interpretada, nos ha permitido utilizarla como opio. Aguanta un poco, hombre, que aunque te parezca que el rico disfruta, espera al más allá y le verás freírse en el infierno, mientras tú encontrarás la dicha más completa.

Esta parábola nos dice lo mismo que (Mt 25,34-46) “Porque tuve hambre y no me disteis  de comer, tuve sed y no me disteis de beber.” Las dos hay que entenderlas dentro de una visión mitológica del más allá: premio y el castigo como solución de las injusticias del más acá. Utilizar estos textos para seguir hablando de un premio para los pobres y un castigo para los ricos en el más allá no tiene sentido alguno; a no ser que se busque la resignación de los pobres para que los ricos puedan seguir disfrutando de sus privilegios.

Para comprender por qué el rico, que comía y vestía de lo suyo, es lanzado al “hades”, debemos explicar el concepto de rico y pobre en la Biblia. Para nosotros “rico” y “pobre” son conceptos que hacen referencia a una situación social. Rico es el que tiene más de lo necesario para vivir y puede acumular bienes. Pobre es el que no tiene lo necesario para vivir y pasa necesidades vitales. En el AT la perspectiva es siempre religiosa. Fueron los profetas, empezando por Amós, los que levantaron la liebre y denunciaron la maldad de la riqueza. Su razonamiento es simple: la riqueza se amasa siempre a costa del pobre.

Pobres en el AT, sobre todo a partir del destierro, eran aquellos que no tenían otro valedor que Dios. Se trataba de los desheredados de este mundo que no tenía nada en qué apoyar su existencia; no tenían a nadie en quien confiar, pero seguían confiando en Dios. Esta confianza era lo que les hacía agradables a Dios, que no les podía fallar (Lázaro, Eleazar -´El ´azar en hebreo- significa Dios ayuda). No existe en el AT concepto puramente sociológico de rico y pobre, nada se podía desligar del aspecto religioso.

Ahora comprenderéis por qué el evangelio da por supuesto que las riquezas son malas sin más matizaciones. No se dice que fueran adquiridas injustamente ni que el rico hiciera mal uso de ellas, simplemente las utilizaba a su antojo. Si Lázaro no hubiera estado a la puerta, no habría nada que objetar. Pero es precisamente el pobre el que, con su sola presencia, llena de maldad el lujo y los banquetes del rico. Tampoco Lázaro se propone como ejemplo moral de pobre, sino como contrapunto a la opulencia del rico.

No es fácil comprender el mensaje del evangelio, basta ver el comportamiento de Jesús. Jesús manifiesta una predilección por todos los que necesitaban liberación, entre ellos los pobres; pero también admitió la visita de Nicodemo, era amigo de Lázaro, aceptó la invitación de Mateo, acogió con simpatía a Zaqueo, fue a comer a casa de un fariseo rico, etc. No es fácil descubrir las motivaciones profundas de la manera de actuar de Jesús. Jesús descubrió que la riqueza acumulada, y no compartida, impide entrar en el Reino. Pero su actitud no fue excluyente, sino abierta y de acogida para los ricos.

El mensaje del evangelio no pretende solucionar un problema social sino denunciar una falsa actitud religiosa. El evangelio está a años luz del capitalismo, pero también del comunismo. Jesús predica el “Reino de Dios”, que consiste en hacer a todos los hombres hermanos. La diferencia es sutil, pero sustancial. El comunismo reparte los bienes, pero mantiene al pobre en su pobreza para seguir justificándose. Jesús propone compartir como fruto del amor. La consecuencia sería la misma, que los ricos dejarían de acaparar y los pobres dejarían de serlo, pero la actitud humanizaría tanto al rico como al pobre.

Seguramente que el rico de hoy hacía favores e invitaría a comer a sus hermanos y a los amigos ricos como él. Esa actitud no garantiza humanidad alguna. El amor cristiano solo está garantizado cuando hago algo por aquel que no va a poder pagármelo. El amor que pide Jesús nunca se puede desligar de la compasión. Amor sin compasión es interés. Un niño no tiene compasión por su madre, por eso lo que siente por ella no es “amor” sino interés. La mayoría de las relaciones que calificamos de amor, no son más que egoísmo.

Ahora podemos entender por qué la incapacidad de cada uno para solucionar el hambre del mundo no es excusa para no hacer nada. Nuestra pasividad demuestra que la religión no es más que una tapadera que intenta sumar seguridad espiritual a las seguridades materiales. Jesús no está pidiendo que soluciones el hambre del mundo, sino que salgas de tu error al confiar en la riqueza. No se te pide que salves el mundo, sino que te salves tú. Si los ricos dejásemos de acaparar bienes, inmediatamente llegarían a los pobres.

Me daría por satisfecho si todos nosotros saliéramos de aquí convencidos de que la pobreza no es un problema que alguien tiene que solucionar, sino un escándalo en el que todos participa­mos y del que tenemos la obligación de salir. No es suficiente que aceptemos teóricamente el planteamiento y nos dediquemos a superar las injusticias que se están cometiendo hoy en el mundo. Debemos descubrir que aunque yo esté dentro de la legalidad cuando acumulo bienes materiales, eso no garantiza que sea lo correcto.

No basta despojar a los ricos de su riqueza, porque los ahora pobres ocuparían su lugar. Eso ha pasado en todas las revoluciones sociales. La única solución pasa por superar todo egoísmo para hacer un mundo de hermanos. Es verdad que los ricos no se consideran hermanos de los pobres, pero tampoco los pobres se consideran hermanos de los ricos. El evangelio va mucho más allá de la solución de unas desigualdades sociales, pero también esas injusticias quedarían superadas con un verdadero amor-compasión.

No podemos desarrollar una auténtica religiosidad sin tener en cuenta al pobre. Nuestra religión, olvidando el evangelio, ha desarrollado un individualismo absoluto. Lo que cada uno debe procurar es una relación intachable con Dios. La moral católica está encaminada a perfeccionar esta relación con Él. Pecado es ofender a Dios y punto. El evangelio nos dice que el único pecado que existe es olvidarse del que me necesita. Mi grado de acercamiento a Dios es el grado de acercamiento al otro. Lo demás es idolatría.

 

EL DINERO

fe adulta

col munarriz

comentario editorial fa7

 

 

Lc 16, 19-31

«No harán caso, aunque resucite un muerto»

Jesús siente un gran recelo hacia el dinero y así lo expresa en multitud de ocasiones. Llama bienaventurados a los pobres, alerta sobre la dificultad de los ricos para entrar en el Reino, considera necio al hombre de la parábola ufano de su riqueza que esa noche iba a morir, se entristece cuando el “joven rico” renuncia a seguirle porque tenía muchos bienes… y, en la parábola de hoy, nos muestra hasta qué punto se puede endurecer el corazón de un hombre por causa de su riqueza.

El dinero no es algo marginal en el evangelio, algo que se menciona de pasada, sino una línea clara y recurrente dentro del mensaje global y la concepción del Reino. Algo que nos interpela de manera especial, porque vivimos en una sociedad de ricos en la que el dinero ha dejado de ser un medio para convertirse en el fin por excelencia de nuestra vida. Y cuando esto sucede, el dinero se convierte en amo, en el peor amo que podemos tener, porque nos esclaviza, socava nuestra humanidad y nos arrebata la capacidad de compadecer, de ayudar, de perdonar, de servir…

La expresión que usa Jesús para alertarnos de la trampa mortal que encierra el dinero, es una de esas exageraciones geniales que emplea para hacer especial énfasis en algo importante: «No harán caso, aunque resucite un muerto» … Dicho de otro modo: “Si caéis en esa trampa, no tenéis salvación”.

Quizá convenga hacer un breve inciso sobre su expresión «bienaventurados los pobres», porque puede ser malinterpretada. Jesús no llama bienaventurados a los míseros, e incluso en la versión de Mateo se matiza el término para referirlo a los “pobres de espíritu”. Es de suponer que se refiere a quienes no se dejan dominar por la ambición ni permiten que el dinero les esclavice; a quienes se conforman con lo que tienen y lo comparten con los que no tienen; a quienes se acostumbran a vivir con poco… es decir, a quienes son capaces de convertir el dinero en un talento para la construcción del Reino.

Y esta es una pauta excelente para establecer nuestra relación con el dinero, hasta el punto, que Jesús nos dice que seremos mucho más dichosos si la seguimos (lo cual es además muy razonable porque su seguimiento nos humaniza y nos mueve a caminar por la vida ligeros de equipaje).

Pero siendo realistas, en este mundo el dinero es necesario no solo para vivir el día a día, sino también para prevenir el futuro ante las infinitas incertidumbres que presenta la sociedad actual. Por eso la parábola de hoy resulta especialmente oportuna para nosotros los ricos, pues nos alerta del riesgo de que el permanente contacto con el dinero acabe endureciendo nuestro corazón, y nos invita a reflexionar sobre el efecto que está teniendo en cada uno de nosotros. Por fortuna se trata de una reflexión muy sencilla, pues basta con preguntarse hasta qué punto hemos perdido la capacidad de compromiso ante el cúmulo de desgracias ajenas que cada día asaltan nuestras vidas.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

LUJO Y MISERIA Domingo 26 Ciclo C Una parábola inspirada en una denuncia profética (Amós 6,1a.4-7)

 col sicre art

fe adulta

La parábola del rico y Lázaro, exclusiva del evangelio de Lucas, se inspira en un texto del profeta Amós, elegido este domingo como primera lectura. Este profeta del siglo VIII a.C. vivió una situación muy parecida, en ciertos aspectos, a la de hoy: gente millonaria, que puede permitirse toda clase de lujos, y gente que llega a duras penas a fin de mes o incluso pasa hambre.

El profeta se dirige a la clase alta de las dos capitales, Jerusalén (Sión) y Samaria, y denuncia su forma lujosa de vida. El lujo se extiende a todos los ámbitos: al mobiliario, con lechos y divanes de marfil, mientras la inmensa mayoría de la gente duerme en el suelo; a la comida, a base de carne de carnero y de ternera, cuando los pobres se contentan con pan y agua, unas uvas y un poco de queso; a la bebida en copas refinadas o de gran tamaño (el término hebreo puede interpretarse de ambos modos); a los perfumes carísimos, mientras los pobres sólo huelen a sudor.

Y esta gente que se permite toda clase de lujos “no se duele del desastre de José”. José no es una persona concreta sino todo el país, conocido entonces como Casa de José porque sus tribus principales eran Efraín y Manasés, los dos hijos del patriarca José.

Lo que dice el profeta es que esa gente que vive con toda clase de lujos no se preocupa lo más mínimo del sufrimiento de millones de personas que lo pasan mal. Como castigo, les anuncia la invasión de un ejército extranjero que pondrá fin a sus orgías y los deportará.

El rico comilón (Epulón) y el pobre Lázaro (Lucas 16,19-31)

La parábola de Lucas, inspirada inicialmente en el texto de Amós, podemos dividirla en tres partes.

El rico y el pobre (vv.19-21). A Lucas le gusta presentar parejas de personajes antagónicos: Marta y María, los dos hermanos, el rico y su administrador injusto… Aquí elige un rico y un pobre. Del rico no dice el nombre, solo menciona su forma de vestir y su excelente comida. Se viste de púrpura y lino, tejidos valiosos, que se usan para los ornamentos sacerdotales (Ex 28,5). Su excelente comida le ha valido en España el nombre de Epulón, basado en la palabra epulabatur de la traducción latina.

Del pobre, en cambio, comienza dando su nombre, Lázaro, cosa atípica en las parábolas, que no dan nombre a los protagonistas. Lázaro significa «Dios ayuda», nombre que resulta irónico, porque Dios no parece ayudarlo. Su vestido son llagas que le cubren el cuerpo y lamen los perros. Comida no tiene. Desearía llenarse el vientre con los trozos de pan que se utilizaban para empapar en el plato y para limpiarse las manos, que luego se arrojaban bajo la mesa (J. Jeremias). La expresión «deseaba saciarse» recuerda al hijo pródigo en su época de hambre, pero este tuvo la posibilidad de buscar solución, volviendo a la casa paterna. El pobre está tirado a la puerta del rico, casi sin poder moverse.

Muerte y sepultura (v,22). Cosa nada extraña en un cuento, parece que los dos mueren el mismo día. Desde ese momento cambia su suerte. El pobre es llevado por los ángeles al seno de Abrahán, idea que no encuentra paralelo en la literatura bíblica, pero que expresa muy bien el excelente trato recibido por el pobre. Del rico se dice escuetamente que «fue sepultado». El autor del libro de Job habría descrito un cortejo fúnebre solemne: «Lo conducen al sepulcro, se hace guardia junto al mausoleo… Después de él marcha todo el mundo, y antes de él incontables» (Job 21,32-34). La parábola no menciona tanta pompa, ni siquiera un solo acompañante; solo dice que lo sepultaron, se hundió en la tierra, no en el seno de Abrahán.

El rico, Lázaro y Abrahán (vv.23-31). Los protagonistas son el rico y Abrahán. Lázaro no dice nada, se limita a pasarlo bien. Después de enterrarlo, el rico se encuentra en el Hades, término griego que designa originariamente al Dios del mundo subterráneo y, más tarde, a dicho mundo, un lugar de tormento, en el que las llamas provocan una sed terrible. Aunque ese espacio está separado del seno de Abrahán por un abismo infranqueable, se puede ver al patriarca y dialogar con él. Esto da lugar a un largo diálogo entre ellos, con tres peticiones del rico y las consiguientes repuestas del patriarca.

Primera petición (24-26). Lo que pide no puede ser menos: una gota de agua en la punta de un dedo de Lázaro, para apagar la sed. Abrahán comienza su respuesta en el mismo tono cariñoso. El rico lo ha llamado «padre» y él lo llama «hijo». Pero no le concede lo que pide, aduciendo dos argumentos. 1) La suerte se ha invertido: el que tenía todo lo bueno en esta vida, se ve ahora atormentado; el que solo tuvo males, ahora es consolado. Que el pobre reciba su premio después de haber sufrido tanto en esta vida es fácil de aceptar. En cambio, el castigo del rico es tan terrible que algún pecado debe haber cometido. En esta línea, lo que más debe intranquilizarnos (porque la parábola pretende sacudir la conciencia) es que el rico no es un explotador ni un criminal, no se dice que pagara un salario de miseria a sus obreros ni que se hubiera enriquecido con el narcotráfico. Lo que denuncia la parábola es su forma exquisita de vestir y de comer, sin fijarse en el pobre que está tendido a su puerta. Es la injusticia indirecta causada por el egoísmo. 2) Entre nosotros y vosotros existe un abismo infranqueable. La idea coincide con la del libro etiópico de Henoc, que habla de un abismo entre la región donde termina la gran tierra y un lugar desierto y terrible.

Segunda petición (v.27). El rico no ceja y plantea un deseo muy distinto, que a él no le beneficia en nada, pero sí a su familia. De nuevo sería Lázaro quien debería actuar, presentándose ante los cinco hermanos para darles un testimonio e impedir que vengan a este lugar de tormento. La respuesta de Abrahán es breve y seca: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen». No es fácil imaginar a cinco millonarios consultando la Biblia. ¿Qué espera el patriarca que saquen de su lectura? El mensaje social de la legislación del Pentateuco (Moisés) y de profetas como Amós, Isaías, Miqueas… es de una fuerza enorme. Si el lector no lo sabe, el rico lo ha captado de inmediato.

Tercera petición (vv.30-31). Lo que pretende el rico es la conversión de sus hermanos. Y esto se consigue mejor con la aparición de un muerto (Lázaro) que con mucha lectura. La respuesta de Abrahán niega que incluso el mayor milagro, la resurrección de un muerto, sirva de algo si no existe la actitud de escuchar a Dios. El v.31 recuerda lo ocurrido con otro Lázaro, el hermano de Marta y María. Después de su resurrección, muchos judíos creyeron en Jesús; pero algunos contaron a los fariseos lo que había hecho, y se decidió su condena a muerte (Jn 11,45-48). Y las comunidades cristianas, al escuchar este cuento, refrendarían que tampoco la resurrección de Jesús consiguió convencer a quienes se negaban a creer en él.

El cambio que introduce la parábola. Mientras Amós piensa que el castigo ocurrirá en esta vida, mediante la invasión de los asirios, Jesús lo desplaza a la otra vida. Él no se hace ilusiones; en esta vida, el rico seguirá disfrutando, y el pobre pasando hambre. Este cambio radical en el punto de vista ayuda a entender otras afirmaciones del evangelio de Lucas.

En el Magnificat, María pronuncia unas palabras que, aplicadas a nuestro mundo, resultan estúpidas o de un cinismo blasfemo cuando dice que Dios “a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. A la luz de la parábola del rico y Lázaro queda claro cuándo tendrá lugar esa revolución.

Lo mismo afirma el comienzo del Discurso en la llanura, que contrasta la situación presente (ahora) con la futura. “Dichosos los pobres, porque el reinado de Dios les pertenece. Dichosos los que ahora pasáis hambre, porque seréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis… Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya recibís vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque pasaréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque lloraréis y haréis duelo” (Lc 6,20-25).

¿Dos textos trasnochados?

Tanto Amós como Jesús viven en una sociedad muy distinta de la nuestra (al menos de la del Primer Mundo). Entonces no existía la clase media. La riqueza se acumulaba en pocas manos, mientras la mayor parte del pueblo vivía en circunstancias muy duras. Aplicar la parábola a los multimillonarios de hoy día, jeques árabes, grandes industriales, artistas de cine, deportistas de élite… supondría dejar con la conciencia tranquila a los millones de personas que vivimos en circunstancias infinitamente mejores que la inmensa mayoría de la población mundial. Si ahora mismo resulta difícil resistir su mirada, mucho más difícil será cuando nos mire Dios.

 

LA INDIFERENCIA CREA ABISMOS Domingo XXVI del T.O. 25 de septiembre Lc 16, 19-31

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Si la compasión -capacidad de vibrar con el otro, ponerse en su piel, ver las cosas desde su perspectiva, desear su bien y ofrecerle ayuda eficaz- es el “alma” de la sabiduría y el test que verifica la autenticidad espiritual, su opuesto es la indiferencia.

De entrada, la indiferencia es un mecanismo de defensa para evitar ser removidos por las situaciones que ocurren a nuestro alrededor. De ese modo, podemos permanecer en nuestra zona de confort, sin cuestionamientos ni responsabilidad, porque “ojos que no ven, corazón que no siente”.

En un nivel más profundo, la indiferencia es expresión de egocentrismo y narcisismo, que nos mantienen girando como peonzas en torno al yo y a sus intereses, sin ni siquiera advertir lo que sucede junto a nosotros.

Y más hondamente aún, la indiferencia es hija de la ignorancia. Vivimos egocentrados porque somos ignorantes que ponen su identidad en el yo, con lo cual, vivimos identificados con lo que no somos y desconectados de lo que realmente somos.

Tal actitud aporta “beneficios” -como todo aquello que mantenemos, ya que, de otro modo, la modificaríamos-, en tanto en cuanto logremos ir “compensando”, en el día a día, nuestras carencias y malestares. Metidos en nuestra burbuja egoica, vamos tratando de sobrevivir con el menor malestar posible, sin ningún otro anhelo ni horizonte.

Sin embargo, detrás de ese aparente bienestar, lo que hay en realidad es un “abismo” que nos mantiene irremediablemente separados de nosotros mismos y de los demás. El egocentrismo crea fracturas y genera dolor, porque se asienta en la mentira. Si todo es uno -la realidad conoce diferencias, pero no separación-, negarlo en la práctica implica situarse en el error de partida, que crea inexorablemente abismos, mundos y personas fragmentados.

¿Qué hay en mí de indiferencia y de compasión?