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martes, 2 de mayo de 2017

Francisco en Egipto

Gabriel Mª Otalora


papa francisco33El Papa no deja de sorprender al mundo. Poco a poco, está haciendo más que todos los Papas católicos anteriores desde el Concilio Vaticano II por la común unión cristiana, sin que con esto quiera quitarle valor al camino recorrido. Desde que fue elegido Papa, ha dejado claro un interés especial en fortalecer las relaciones con el Islam: con los representantes islámicos de Jordania, Argelia, Bahrein, Indonesia, Siria e Irak; en mayo de 2014 visitó Jordania y Palestina y en 2017 se ha entrevistado con los representantes del Islam italiano y con el presidente Rohani de Irán.
En El Cairo se va a reunir con los tres Papas cristianos, el de Rusia, el Patriarca de Constantinopla y el Papa de la Iglesia copta ortodoxa, además de con la iglesia copta católica, y con el Gran Muftí, la máxima autoridad del Islam sunita. Un viaje adelantado ante los recientes atentados terroristas en Egipto.


Católicos, ortodoxos, coptos y suníes son conscientes de que, para desactivar el terrorismo, tienen que buscar puntos de convergencia con el Islam moderado frente al fanatismo y al fundamentalismo. Cuatro grandes líderes religiosos dispuestos al diálogo para construir la paz que supere el espíritu de cruzadas y anticruzadas que busca la guerra en el nombre de la religión pero que no es más que una guerra contra la religión que pretende un dominio ideológico encubierto de espiritualidad que nada tiene que ver con vivir en la convivencia pacífica. Los terroristas tratan de demostrar precisamente que esta convivencia religiosa no es posible cuando lo cierto es que el terrorismo no tiene religión.
La Iglesia copta cristiana floreció con los sucesores del evangelista Marcos. Hoy son una minoría de algo más de diez millones reconocidos por el Estado egipcio -y solo 300.000 católicos de ritos diversos: latino, greco-melquita, caldeo, siriaco, etc.- que conviven con el Islam sunita. En este contexto de fragilidad con atentados terroristas contra cristianos, Francisco ha vuelto a demostrar una actitud audaz llena de gestos de acercamiento al Islam, al que califica de “religión de la paz”, en lugar de dejarse llevar por la víscera que buscan quienes están masacrando a los cristianos de Egipto.
Las relaciones islamo-cristianas estaban tensionadas por la controversia generada por Benedicto XVI cuando en 2006 se interpretó unas palabras suyas en Ratisbona como la confluencia entre el Islam y la violencia. Pero Francisco ha logrado en muy poco tiempo la distensión con tres actuaciones de calado: un convenio de colaboración entre la gran Mezquita-Universidad de Al Azhar (el centro teológico más importante del mundo musulmán suní) y el Instituto Católico de Paris; un seminario de trabajo sobre el papel del cristianismo y del islam frente al fanatismo religioso, y una declaración sobre la convivencia interreligiosa que propone al Estado la concesión de plenos derechos de ciudadanía a los cristianos egipcios.
Este viaje puede ser leído en muchas claves pero creo que cuatro destacan sobremanera: 1) Frente al terrorismo, evangelio, actitud profética cristiana con la paz como objetivo clave. 2) Solidaridad contra la persecución a cristianos, lo que él ha denominado como “ecumenismo de sangre”. 3) Apuesta por el diálogo interreligioso: actuar unidos de la mano entre diferentes. 4) Petición personal al presidente Al-Sisi para que dé más seguridad y libertad de culto pleno a los cristianos.
Quiero destacar que mientras el mundo occidental se encuentra asustado frente al fundamentalismo violento que nos paraliza y predispone al rechazo frente a todo lo que venga del Islam, Francisco propala a los cuatro vientos que no hay una relación más importante que la que existe entre musulmanes y cristianos; que el diálogo, el respeto, la construcción de puentes de fraternidad y de justicia, nos puede ayudar a todos a vivir la paz. Y lo que es más importante, trabaja sin desmayo por un mundo mejor allí donde parece el ejemplo de lo contrario; tal como hizo Jesús de Nazaret, por cierto. 

Ocho gobiernos latinoamericanos se suman a la petición del Papa de “soluciones negociadas” en Venezuela


José Manuel Vidal


Papa Francisco6El gobierno venezolano les acusa de “alentar el golpismo”
“Todo lo que se pueda hacer por Venezuela hay que hacerlo, pero con las garantías necesarias”
Los gobiernos de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Perú, Paraguay y Uruguay se adhirieron hoy a la petición del papa Francisco de evitar que haya más violencia en Venezuela y buscar “soluciones negociadas”, así como respeto de los derechos humanos en un país en “grave crisis humanitaria”. ··· Ver noticia ···

Francisco exhorta a Maduro y a la oposición a buscar “soluciones negociadas” para la paz en Venezuela


Jesús Bastante


Papa Francisco7El Papa pide “evitar cualquier forma de violencia” y que “sean respetados los derechos humanos”
Denuncia la “grave crisis humanitaria, social, política y económica que está extenuando a la población”
El Papa Francisco volvió su mirada a Venezuela, durante el rezo del Regina Coeli. Tras una audiencia multitudinaria con la Acción Católica, Bergoglio hizo un rotundo llamamiento a acabar con las “noticias dramáticas” que provienen del país. ··· Ver noticia ···

Siempre hay alguien esperando a Godot

Leonardo Boff


Leonardo Boff2Conocí a un hombre que hizo de todo en la vida. Dicen que había sido ateo y marxista, que llegó a ser mercenario de la Legión Extranjera francesa y que disparó contra mucha gente.
Y de pronto se convirtió. Se hizo monje sin salir del mundo. Entró a trabajar como estibador, pero todo el tiempo libre lo dedicaba a la oración y a la meditación. Durante el día recitaba mantras: “Jesús, ayúdame”, “Jesús, perdona mis pecados”, “Jesús santifícame”, “Jesús, hazme amigo de los pobres”, “Jesús, hazme pobre con los pobres”.


Curiosamente, tenía un estilo de rezar propio. Pensaba: si Dios se hizo persona en Jesús, entonces fue como nosotros: hizo pipí, lloriqueaba pidiendo el pecho, hacía pucheros cuando algo le molestaba, como el pañal mojado.
Al principio habría querido más a María, luego más a José, cosas que explican los psicólogos. Y fue creciendo como nuestros niños, jugando con las hormigas, corriendo tras los perros, tirando piedras a los burros y, bribón, levantando los vestiditos de las niñas para verlas furiosas, como imaginó irreverentemente Fernando Pessoa.
Rezaba a María, la madre del Niño, imaginando cómo ella acunaba a Jesús, cómo lavaba los pañales en el tanque, cómo cocinaba la papilla para el Niño y las comidas sustanciosas para su esposo, el buen José. Y se alegraba interiormente con tales cavilaciones porque las sentía y vivía como conmoción del corazón. Y lloraba con frecuencia de alegría espiritual.
Al hacerse monje se decidió por aquellos que hacen del mundo su celda y viven radicalmente la pobreza junto con los pobres: los Hermanitos de Foucauld. Creó una pequeña comunidad en la peor favela de la ciudad. Tenía pocos discípulos. La vida era muy dura: trabajar con los pobres y meditar. Eran solo tres que acabaron marchándose. Esa vida, así de exigente, no era para ellos.
Vivió en varios países, amenazado siempre de muerte por los regímenes militares; tenía que esconderse y huir a otro país. Ahí, tiempo después, le ocurría la misma suerte. Pero él se sentía en la palma de la mano de Dios. Por eso vivía despreocupado.
Se incomodaba con la Iglesia institucional, esa de un cristianismo apenas devocional y sin compromiso con la justicia de los pobres, pero finalmente consiguió agregarse a una parroquia que hacía trabajo popular. Trabajaba con los sin-tierra, con los sin-techo y con un grupo de mujeres. Acogía a las prostitutas que venían a llorarle sus penas. Y salían consoladas.
Valeroso, organizaba manifestaciones públicas frente a la alcaldía y animaba a las ocupaciones de terrenos baldíos. Y cuando los sin-tierra y los sin-techo conseguían establecerse, hacía bellas celebraciones ecuménicas con muchos símbolos, las llamadas “místicas”.
Todos los días, después de la misa de la tarde, se retiraba durante largo tiempo en la iglesia oscura. Solo la lamparina lanzaba destellos titubeantes de luz, transformando las estatuas muertas en fantasmas vivos y las columnas erguidas, en extrañas brujas. Y allí se quedaba, impasible, los ojos fijos en el tabernáculo, hasta que llegaba el sacristán a cerrar la iglesia.
Un día fui a buscarlo a la iglesia. Le pregunté de repente: “Hermanito, (no voy a revelar su nombre porque lo entristecería), ¿sientes a Dios cuando después del trabajo te metes a meditar aquí en la iglesia? ¿Te dice algo?”
Con toda tranquilidad, como quien despierta de un sueño profundo, me miró de medio lado y me dijo:
“No siento nada. Hace mucho tiempo que no escucho la voz del Amigo (así llamaba a Dios). La sentí un día. Era fascinante. Llenaba mis días de música. Hoy no escucho nada. Tal vez el Amigo no volverá a hablarme nunca más”.
Le respondí: “¿entonces por qué sigues ahí en la oscuridad sagrada de la iglesia?”
“Sigo”, contestó, “porque quiero estar disponible. Si el Amigo quisiera venir, salir de su silencio y hablar, yo estoy aquí para escuchar. ¿Imaginas si El quisiera hablar y yo no estuviera aquí, pues en cada ocasión viene solo una vez, qué sería de mí, infiel amigo del Amigo?”
Sí, él sigue siempre “esperando a Godot”. “Y no se mueve”, como en la obra de Samuel Beckett.
Lo dejé en su plena disponibilidad. Salí maravillado y meditando. Gracias a estas personas el mundo está a salvo y Dios continúa manteniendo su misericordia sobre los que le olvidan o le consideran muerto, según dijo un filósofo que se volvió loco. Pero existen los que vigilan y esperan, contra toda esperanza esperan a Godot. Y esta espera hará que cada día todo sea nuevo y lleno de jovialida
Un día el sacristán lo encontró inclinado sobre el banco de la iglesia. Pensó que dormía, pero notó que el cuerpo estaba frio y rígido.

Como el Amigo no venía, él fue a encontrarlo. Ahora ya no necesita esperar la llegada de Godot. Estará con el Amigo, celebrando una amistad, en el mayor goce imaginable, por los tiempos sin fin.

*Leonardo Boff es filósofo, teólogo y columnista del JB online.


Traducción de Mª José Gavito Milano

Si no lo veo, no lo creo

José Arregi


José Arregui1Cuenta el Evangelio de Juan que, tres días después de haber sido crucificado, Jesús se apareció vivo a sus discípulas y discípulos, y les saludó diciendo: “¡Paz a vosotros!”. Ellos se llenaron de alegría. No era para menos, pues significaba que la bondad profética era más fuerte que el imperio y el Sanedrín, y que el sueño de Jesús tenía razón.
Pero en aquella ocasión faltaba Tomás, que llegó luego. Sus compañeros le dijeron: “¡Hemos visto a Jesús vivo!”. Él pensó que se engañaban o que lo engañaban, y les dijo: “Si no veo en sus manos las heridas de los clavos, y si no meto mi mano en ellas y mi mano en su costado, no lo creeré”. Así se convirtió en imagen de quien se niega a creer algo inverosímil sin pruebas suficientes, y hoy todavía decimos: “Yo como Tomás: si no lo veo, no lo creo”.


¿Será por ello el apóstol Tomás imagen de la persona cientificista o positivista, para quien no es real más que lo empíricamente comprobado o comprobable? ¿Será Tomás prototipo de quien cierra los ojos a lo Invisible tan manifiesto en todo lo visible, de quien se resiste al Misterio más grande, por pusilanimidad, ofuscación o autosuficiencia? No, Tomás es más bien modelo de fe, una fe que cuestiona, relativiza y trasciende todas las creencias, sean éstas religiosas o no. No se puede ser creyente sin ser “incrédulo” de las creencias, sin liberarse de ellas. La fe no consiste en profesar creencias –que “Dios existe”, que un muerto se aparece o que el horóscopo determina el destino–. La fe de la que habla el Evangelio de Jesús es esa cualidad humana profunda –religiosa o no, con creencias o sin ellas, poco importa– que se compadece activamente de la vida que sufre y que confía creadoramente en la Vida que resucita.
Hizo bien Tomas en no creer en la aparición de Jesús resucitado hasta que no lo vio con sus propios ojos, de acuerdo al relato del evangelio de Juan. Y haríamos bien en no entender este relato evangélico y todos los demás en un sentido literal, en no pensar que Tomás vio físicamente después de su muerte. El escepticismo de Tomás es hoy, más todavía que entonces, exigencia de una fe madura, que no consiste en creer lo que no vemos o algo de lo que no estamos convencidos por argumentos racionales.
Es verdad que creemos muchas cosas sin haberlas visto: creemos que somos hijos de nuestra madre, aunque no lo hemos comprobado, pero si algún día nos asaltara la duda, ahí está la prueba del ADN que nos sacará de toda duda. Creo que Saturno es un planeta gaseoso o que en el interior del átomo es muchísimo más grande el vacío que la masa, aunque no lo he visto por mí mismo, pero quienes lo enseñan lo han demostrado científicamente, y yo mismo podría comprobarlo si me pusiera a ello. Hay mucha gente que cree cosas mucho más difíciles sin que nadie lo haya visto ni comprobado. Me pasma constatar, por ejemplo, que más de la mitad de nuestra sociedad cree que en la homeopatía hay algo más que efecto placebo, aunque en 150 años de investigaciones científicas nadie haya encontrado todavía más que agua con un poco de glucosa y otro poco de lactosa.
La fe cristiana de muchos –en la concepción virginal de Jesús, el sepulcro milagrosamente vacío o la transubstanciación eucarística…– funciona como la creencia en el horóscopo o en la homeopatía. Tomás nos dice: “No creáis nada porque os lo hayan contado, porque sea dogma, porque os lo diga un papa supuestamente infalible. Sentíos libres para no creer nada que os resulte increíble, y sed respetuosos con la gente que cree, sin dejar de cuestionarla y dejándoos cuestionar siempre”.
Ocho días después, dice el relato, Jesús se les apareció de nuevo y dijo a Tomás: “Mira mis manos heridas, mete tu dedo en mi costado herido”. Tomás se rindió al Crucificado herido y Viviente. Y Jesús le dijo: “Dichosos los que creen sin haber visto”. Tomás es el primer dichoso. Pero no se trató de apariciones y creencias. Con los ojos y la compasión de las entrañas, recordó y miró a fondo la historia compasiva de Jesús y sus llagas, las llagas de todos los seres vivientes. Vio porque a pesar de todo y confió porque vio el fondo en la forma. Vio la Vida en el fondo de la muerte, y se convirtió en Testigo y en Viviente.
(Publicado en DEIA y en los Diarios del Grupo NOTICIAS el 30-04-2017)

domingo, 30 de abril de 2017

JIM KEENAN, SJ: "EN ESTE MOMENTO DE CONFUSIÓN, EL PAPA ESTÁ LEVANTANDO UNA IGLESIA COMO UN FARO EN LAS TINIEBLAS"

col jmvidal

"El giro de Francisco a lo social es el imperativo evangélico". Jim Keenan, sj, profesor del Boston College y creador de una red mundial de moralistas, que acaba de ser recibida por el Papa y por varios dicasteros romanos. El reputado moralista americano cree que "Francisco es un faro en medio de las tinieblas", defiende la 'Amoris laetitia' y la moral enriquecida por el bien hacer de los laicos en este ámbito.
Acaba de estar en Roma, con algunos otros miembros de Catholic Theological Ethics in the World Church, y han sido recibidos por diversos dicasterios y por el propio Papa. ¿Es un reconocimiento explícito a la red que fundó?
Los miembros del comité organizador de nuestra red fuimos a Roma para presentarnos a los cardenales y al personal de seis Congregaciones y para ofrecernos como punto de contacto. Fuimos recibidos calurosamente y nuestros anfitriones nos dedicaron un largo tiempo.
La sensación que tuvimos fue, sobre todo, de respaldo. Tras catorce años de desarrollo de la que es una red viviente de mil moralistas católicos de ochenta países, recibimos en las reuniones con cada uno de los cardenales y con el Papa una bienvenida, un apoyo y un respaldo fraternal.
¿Se puede saber qué les dijo el Papa Francisco?
Nos reunimos con él durante 45 minutos. Nos presentamos y le comenté que habíamos perdido uno de nuestro grupo, Lucas Chan, SJ, quién falleció repentinamente el mayo pasado de un fallo cardíaco.
Le di al Papa su estampita. Lo queríamos mucho y, al dársela al Papa, muchos de nosotros lloramos. El Papa vio lo cercanos que somos los siete y agradeció que le diéramos la tarjeta. "Un gesto muy bonito", dijo. Creo que en aquel momento percibió que lo que más nos importa en nuestra red es el cariño tangible mutuo.
Le dimos unos libros que acabamos de publicar. Uno que se llama Just Sustainability y otro sobre la migración, y le explicamos que estos libros recogen trabajos de 25 autores diferentes de todos los continentes. En total le entregamos cinco de nuestros libros que abarcan un abanico de temas éticos, y con eso el Papa pudo contemplar lo extensiva es la red que hemos establecido.
Hablamos sobre cómo nuestras reuniones en Trento, Padua, Manila, Bangalore, Berlín, Cracovia, Bogotá y Nairobi han sido encuentros de moralistas de contextos muy diversos, pero a la vez capaces de discutir sobre esta diversidad sin caer en la polarización. Construimos nuestra unidad sobre esa capacidad de discutir, no sobre un consenso uniforme.
Su Santidad también nos habló de la unidad verdadera, que no se halla en la uniformidad sino en la diversidad, que toma en cuenta el contexto sin perder de vista lo que tenemos en común. Unidad en la diversidad. Fue un tema recurrente en nuestra conversación.
Hablamos también sobre Amoris laetitia: acerca del hecho de que muchos de nosotros hemos escrito sobre la exhortación, y sobre cómo algunas Iglesias -las de Alemania, Austria, Italia, Francia, Argentina y Sudáfrica en particular- están muy adelantadas respecto a la de Estados Unidos a la hora de acogerla.
Discutimos específicamente sobre el libro alemán editado por Stephan Goertz, Wendepunkt für die Moraltheologie? Kontext, Rezeption und Hermeneutik von Amoris laetitia. Al Papa le interesó claramente la cuestión de Amoris laetitia como un "punto de inflexión".
¿La vertiente moral es uno de los 'caballos de batalla' del pontificado del Papa Bergoglio?
La enseñanza de la moral es una fortaleza central del papado de Francisco. Pero él la enseña de una forma muy innovadora. Trae a la discusión las cuestiones morales en sí. Por ejemplo, para abordar las cuestiones sobre el matrimonio y el divorcio, las trajo al Sínodo, ¡y dejó que los miembros las discutiera dos años! Y después, en Amoris laetitia, espera a que las Iglesias locales la trabajen y reciban, y espera a que los matrimonios la interioricen de modo que, tras reflexionarlo en conciencia, traigan sus vidas a la Iglesia. El Papa respeta la manera en la que funciona la iluminación moral: a través de las percepciones compartidas, la confianza mutua, la honestidad total y la atención a nuestras tradiciones y a las Escrituras.
La vertiente moral, por lo tanto, es clave para el Papa, pero la forma en la que la abarca es muy sugerente para muchos de nosotros que trabajamos en el campo de la ética. En nuestra red hay cientos de moralistas reflexionando y escribiendo sobre su manera de proceder.
Muchos laicos suelen preguntarse el porqué una jerarquía de célibes se sigue metiendo tanto en las alcobas. ¿Qué decirles?
Con respecto a la ética sexual y marital, creo que tenemos que reconocer dos novedades muy significativas haciéndose sentir hoy en la Iglesia.
Primero, Amoris laetitia no es una intrusión en las alcobas. Más bien, es una invitación a volver a la Iglesia: a repensar nuestro acceso al Sacramento. No se trata del control de la natalidad: se trata de entender mejor los deseos de los laicos que quieren formar parte de una Iglesia que les da la bienvenida. Así que el enfoque es otro, ¿verdad? La exhortación es una invitación a una relación más plena con la Iglesia.
Segundo, vemos cada vez más que el trabajo sobre la ética sexual y el matrimonio lo hacen laicos casados, no los sacerdotes. Puedo decir que en mi país los nombres más importantes en la ética teológica matrimonial no son los de curas, sino laicos como Lisa Cahill, Flossie Bourg, Julie Hanlon Rubio y David Matzko McCarthy.
Lo que escriben es más exhaustivo, más profundo y más significativo que lo que vimos escribir en el pasado a los moralistas clérigos. El nuevo enfoque se ha puesto no en el dormitorio, sino en el hogar y en los barrios.
¿Teme usted, como dicen los conservadores, que, si se toca algo de lo moral, todo el edificio puede venirse abajo?
Me sorprende la pregunta, ¡y me pregunto qué es lo que la gente cree que no está temblando o viniéndose abajo! ¿Realmente se cree que las cosas no se desintegran? Estamos viviendo un momento de gran inquietud: el auge del populismo, la falta de compasión, las masas de inmigrantes y refugiados y un cambio climático sin precedentes. ¿Se está consiguiendo mantener todo junto? Yo creo que no.
Las cuestiones morales tienen hoy día una urgencia imperiosa. Van directamente a un orden social que se ha visto puesto en entredicho, pero más que eso nos interpelan a cuenta de los marginados que hoy se encuentran amenazados más que nunca.
Este no es un momento en que debemos preocuparnos por una pérdida de credibilidad. Más bien debemos preocuparnos por ellos a los que se les abandona día tras día, por el nacionalismo despiadado, por la creciente brecha entre ricos y pobres y por la incapacidad del orden social de fijar bien sus prioridades.
¿Puede volver a conectar la Iglesia con los jóvenes actuales, manteniendo inalterable su doctrina sobre relaciones prematrimoniales, preservativos..., etc?
Pienso que tenemos que ocuparnos de estos millones de jóvenes que creen en la espiritualidad, pero que son reacios a comprometerse con una comunidad eclesial. Lo que buscan es un espíritu de bienvenida, y creo que una Iglesia acogedora es clave para todos nosotros, y algo en que nos guía Amoris laetitia. La Iglesia primitiva ciertamente fue acogedora con los gentiles y con los muchos inmigrantes que llegaban a las ciudades romanas. Necesitamos una Iglesia aún más acogedora.
En un momento de confusión, de oscuridad y de un desinterés total por el bien común, necesitamos una Iglesia que se levante como un faro en las tinieblas. Creo que el Papa Francisco la está levantando, pero las Iglesias locales también la tienen que levantar. Muchas lo hacen, pero otras muchas, no.
Necesitamos más líderes locales visionarios, proféticos y creativos que sepan escuchar, que sepan leer los signos de los tiempos, que sepan dar la bienvenida y defender a los vulnerables y a los que les falta estabilidad vital en estos tiempos revueltos.
No necesitamos líderes singulares, sino líderes que sepan trabajar en red, trabajar en equipo y invitar a otros a las grandes oportunidades que hay actualmente para responder a la crisis. No es el momento (¿acaso ha habido uno?) para la figura mítica solitaria: es un momento para un liderazgo solidario. Creo que este es el liderazgo al que llama el Papa Francisco. Es por eso que confía tanto en los Sínodos, y por que se rodea de su grupo de nueve.
Pienso, además, que a los jóvenes hay que incluirles en este liderazgo.
Parece que, con Francisco, la moral eclesial se centra más en la moral social (corrupción y demás) que en la moral sexual. ¿Comparte ese cambio de óptica?
¡El giro del Papa Francisco a lo social es el imperativo evangélico! Para poner un ejemplo: es importante ver a la Laudato Si' como una encíclica social. El liderazgo del Papa nos despierta de nuevo al compromiso del catolicismo con el bien común.
El bien común no es una idea: es la humanidad, la interconexión de las personas. Esto es lo que defiende Francisco una y otra vez: que todos estamos interconectados.
En nuestra red, estamos intentando conectarnos unos con otros de modo que podamos contemplar cómo lo que pasa en Kampala o Manila afecta a lo que hacemos en Nueva York, Madrid o Bangalore.
Creemos que hemos de ser personas cuyas vidas reflejan sus creencias: que como moralistas tenemos que ser personas que leen los signos de los tiempos con los ojos de la fe puestos en las Escrituras y la tradición, siempre conscientes de que llevamos estos recursos con nosotros mientras caminamos hacia adelante como discípulos de Cristo.
Otros titulares:
El Papa respeta la manera en la que funciona la iluminación moral: a través de las percepciones compartidas, la confianza mutua, la honestidad total y la atención a nuestras tradiciones y a las Escrituras
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Amoris laetitia trata de entender mejor los deseos de los laicos que quieren formar parte de una Iglesia que les da la bienvenida
Vemos cada vez más que el trabajo sobre la ética sexual y el matrimonio lo hacen laicos casados, no sacerdotes
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Las cuestiones morales tienen hoy día una urgencia imperiosa
Este no es un momento en que debemos preocuparnos por una pérdida de credibilidad. Más bien debemos preocuparnos por ellos a los que se les abandona día tras día
Tenemos que ocuparnos de estos millones de jóvenes que creen en la espiritualidad pero que son reacios a comprometerse con una comunidad eclesial
Necesitamos hoy una Iglesia aún más acogedora
En un momento de confusión, de oscuridad y de un desinterés total en el bien común, necesitamos una Iglesia que se levante como un faro en las tinieblas
Necesitamos más líderes locales visionarios, proféticos y creativos que sepan escuchar
¡El giro del Papa Francisco a lo social es el imperativo evangélico!
El bien común no es una idea: es la humanidad, la interconexión de las personas.

sábado, 29 de abril de 2017

LA IGLESIA QUE QUEREMOS Y NECESITAMOS. RECUERDO DE ALBERTO INIESTA


col castillo
 Atrio
Recordamos aquí a Alberto Iniesta. Y la Iglesia que él quiso y que nosotros necesitamos. Pero este recuerdo será acertado, si tenemos presente que recordamos a Alberto y su gestión como obispo de Vallecas cuando estamos viviendo una “crisis” y una “estafa”. Y hacemos este recuerdo cuando nos damos cuenta de que la crisis va disminuyendo, pero la estafa no disminuye. Además, lo peor del caso es que no pocos de nuestros obispos dan la impresión de que o no se enteran de la estafa que estamos soportando; o (lo que sería más grave) se enteran, pero, más allá de algunas exhortaciones superficiales y genéricas, con las que algunos prelados despachan un asunto de tanta gravedad, las preocupaciones apostólicas de tales pastores – al menos por lo que dicen – parece que se centran en los temas en los que ponen mayor énfasis: el sexo, la identidad de género, la homofobia, el poder y los privilegios de la Iglesia, aunque estas cosas no se digan nunca así, tal como son y tal como suenan.
Alberto Iniesta
Alberto Iniesta ha sido, sin duda ni exageración, uno de los hombres más ejemplares que hemos tenido en España, en nuestra reciente historia del siglo XX. Su proyecto de la Asamblea de Vallecas, en marzo de 1975, cuando estaba agonizando la dictadura franquista en nuestro país, fue una intuición que se adelantó a los sueños de democracia, que, con dudas e indecisiones, los políticos y los clérigos de aquellos años gestionaron, en la transición que desembocó en la Constitución del 78.
Dicho en pocas palabras, la Asamblea de Vallecas fue, no sólo un “proyecto de Iglesia”. Además de eso, fue un “proyecto de sociedad”. Una sociedad en la que el pueblo toma la palabra. Y toma, sobre todo, la capacidad de decidir. Para resolver los problemas más graves que nos afectan a todos los ciudadanos. Sobre todo, los problemas que nos impiden ser ciudadanos libres, que viven en una sociedad igualitaria y justa.
Conocí a Alberto Iniesta en abril de 1971. En aquel abril, antes de la “Asamblea Conjunta Obispos-Sacerdotes”, se celebró en Ginebra un Encuentro de los Consejos Presbiterales de Europa, en el que participaron más de doscientos sacerdotes. La representación española, presidida por el entonces obispo de Málaga, Angel Suquía, estaba compuesta por un grupo de sacerdotes, entre los que estábamos Alberto Iniesta y yo. Y precisamente a Iniesta y a mí se nos encargó hacer y presentar la ponencia sobre la Iglesia que estábamos necesitando. Un trabajo que tuvimos que hacer en pocos días. Fue entonces cuando quedé impresionado por la genialidad, la humanidad y la profunda espiritualidad de Alberto Iniesta. Un hombre que sólo quería el bien de la Iglealberto-iniesta (2)sia, para bien de la sociedad.
Así las cosas, lo que más me impresionó, en mis muchas horas de convivencia y conversación con Alberto Iniesta, en Madrid, en Ginebra, en octubre de 1971 (en Roma), en el Sínodo Mundial de Obispos, cuyo tema fue el “sacerdocio” y “la justicia en el mundo”, lo que más me impresionó – repito – fue la convicción más firme, que tenía Alberto Iniesta: la Iglesia necesita, de forma apremiante, una reforma a fondo. No se trata de una “reforma doctrinal”, sino de una “reforma de vida”, en la “gestión del gobierno” y en la “participación del pueblo” en la toma de decisiones.
Como era de esperar – y de temer –, ni el sistema religioso del Vaticano, ni el sistema político de Franco, podían permitir el planteamiento pastoral, participativo y democrático de Iniesta. En consecuencia, sucedió lo que era de temer. A última hora, en vísperas de la Asamblea de Vallecas, de Roma vino la prohibición de darle a la Iglesia aquel nuevo giro, que era el primer paso de una reforma y una renovación a fondo, no sólo de la Iglesia, sino igualmente de la sociedad [1]. Además, todo aquello se ejecutó de la forma más tajante y (yo añadiría que también) más cruel que se podía ejecutar. Alberto Iniesta fue llamado urgentemente a Roma. Y – por lo que después se pudo saber -, a Iniesta, no sólo se le prohibió, de forma terminante, la celebración de la Asamblea, sino que además el bueno de Alberto fue (y se sintió) ofendido y humillado por el Cardenal Prefecto de la Congregación de Obispos. Ofendido y humillado hasta el extremo de verse hundido e incapacitado, durante años, en un monasterio cisterciense, a donde se retiró para superar su profunda depresión. Hasta que ya, en edad de jubilación, regresó a su diócesis de origen, Albacete, para terminar sus días en paz, estudio y oración.
La Iglesia que necesitamos: volvamos al origen
¿Qué Iglesia quiso Alberto Iniesta? ¿Por qué la Iglesia, que quiso Alberto Iniesta, resultó ser intolerable, absolutamente inaceptable, para el sistema político de una dictadura y para el sistema religioso del Vaticano?
La respuesta fácil, convencional, que tienen estas preguntas, es conocida. Y es, por eso, la respuesta que siempre damos. La Iglesia, que se buscaba mediante la Asamblea de Vallecas, en marzo de 1975, no cabía, no pudo caber o encajar en el régimen dictatorial del franquismo, ni en el Código de Derecho Canónico de la Iglesia Católica. Por eso, aquello tuvo el final que tuvo. El fracaso de un proyecto que muchos añoramos.
¿Es posible en este momento volver a intentarlo? Hay que hacerlo. Pero va a necesitar tiempo y paciencia. Después de 30 años, bloqueando la renovación que inició el Vaticano II, la Iglesia está viviendo una situación de desconcierto. ¿Por qué este desconcierto? Cuando tenemos un papa, Francisco, que quiere limpiar el papado de la pompa y el hieratismo que nunca quiso Jesús, el boato y la mentira que condena el Evangelio, en esta situación, un sector señalado del episcopado, en lugar de alegrarse y unirse al papa Francisco, lo que están haciendo quienes se han vinculado a ese sector de cardenales, obispos y clérigos es poner dificultades al papa. Y así, aumentar el desconcierto en determinados sectores de la Iglesia.
¿Qué hacer, estando así las cosas? Vamos a ir derechamente al origen. Y a lo más original de la Iglesia. Todo comenzó, como sabemos, con el anuncio, que realizó Jesús, de la “Buena Noticia”, es decir, la llegada del Reinado de Dios [2]. Es verdad que quien fundó y gobernó las primeras “asambleas” cristianas (“ekklesiai”) fue Pablo. Pero también es verdad que, si Pablo pudo fundar y gobernar aquellas “iglesias”, lo hizo porque antes que él y su experiencia en el camino de Damasco, había existido Jesús de Nazaret, su mensaje, su forma de vida y su muerte en una cruz.
La “fe” y el “seguimiento”
Si el origen primitivo de la Iglesia se analiza detenidamente, lo que llama la atención, en este proceso incipiente de “fundación” de la Iglesia, es que los evangelios (especialmente los sinópticos) no ponen en, el centro de este origen primero de la Iglesia, la “fe” (“pistis”, “pisteuo”) de los discípulos de Jesús, sino el “seguimiento” (“akoloutheo”) que aquellos discípulos aceptaron para compartir su vida con la vida que llevó Jesús. Baste pensar que, en los evangelios sinópticos, mientras que la fe se elogia 36 veces, del seguimiento de Jesús se habla 56 veces. O sea, el “seguimiento” aparece 20 veces más que la “fe”.
Pero lo importante no es la cantidad de veces que se menciona la fe o el seguimiento. Lo elocuente, en este asunto capital, es la significación relevante que los relatos evangélicos le dan al seguimiento de Jesús. Y lo que ese seguimiento representa en la vida. En efecto, según los sinópticos, cuando Jesús empezó a reunir el primer grupo de discípulos y las primeras multitudes de gente, que se iban con él y le escuchaban, en ningún relato se dice que Jesús les propusiera el tema de la fe, como pregunta, como exigencia, como condición para estar con él, para vivir el proyecto que él les presentaba. Y menos aún. En ninguna parte dicen los evangelios que la fe fuera la condición para estar con Jesús o para ser discípulo suyo.
Esto necesita alguna explicación. En los evangelios sinópticos, se habla de la fe en los relatos de curaciones, cuando Jesús resuelve las situaciones de sufrimiento de enfermos o personas excluidas. A estas personas, Jesús les dice siempre lo mismo: “tu fe te ha salvado”, es decir, “tu fe te ha curado”. Es le fe-confianza, la fe de quienes se fían de Jesús, viendo en él la solución del sufrimiento de este mundo. Y es importante caer en la cuenta de que esto es así, según los evangelios, incluso en los casos de personas que, sin duda, tenían otra religión y otras creencias, como ocurrió con el centurión romano (Mt 8, 5, 13 par), con la curación de la mujer cananea (Mc 7, 24-30 par) y en la sanación del leproso galileo (Lc 17, 11-19) [3].
Sin embargo – y en contraste con lo que acabo de indicar -, lo que la teología no ha tenido debidamente en cuenta es que, cuando los evangelios afrontan el problema fundamental de quienes pueden o no pueden estar con Jesús, la clave de la respuesta a este problema es el “seguimiento” de Jesús, tanto para los “discípulos” (Mc 1, 16-20; Mt 4, 12, 17; Lc 4, 14-15), como para el “pueblo” (“óchlos”) (Mt 4, 25; 8, 1). Por eso, lo primero que hizo Jesús fue llamar a los discípulos al seguimiento (Mc 1, 16-20; Mt 4, 12-17; Lc 5, 11; cf. Jn 1, 37-43). Jesús no empezó por pedir a aquellos hombres una “profesión de fe” o la aceptación de un “credo”. No. Lo primero fue una palabra: “sígueme”.
Ahora bien, si esto efectivamente es así, queda patente lo que con tanta lucidez dijo Juan Bautista Metz: “Sólo siguiendo a Cristo saben los cristianos a quién se han confiado y quién los salva”. Lo que, a su vez, significa algo que es mucho más fuerte: “El saber cristológico no se constituye ni se transmite primariamente mediante conceptos, sino en los relatos de seguimiento” [4]. Esto significa algo que seguramente jamás hemos pensado: a Jesús y su Evangelio, no lo conocemos – ni nos relacionamos con él – mediante creencias o actos religiosos, sino siguiendo a Jesús. Es decir, a Jesús lo conocemos en la medida en que abandonamos todo lo que sea necesario abandonar, para poder compartir la forma de vivir, las convicciones y el proyecto de vida de Jesús. Baste recordar que, según los evangelios, Jesús sólo pronuncia una palabra: “Sígueme” (“akolouthei moi”) (Mc 2, 14 par). Esto es todo (Bonhoeffer). Es lo que le dijo Jesús a un “publicano”, un pecador, un hombre de vida escandalosa. Un hombre al que Jesús no le preguntó si “creía” o “no creía”. Ni “en qué creía”. Ni si “se arrepentía” de su mala vida. A Jesús, por lo visto, no le interesaba nada de eso que tanto les suele interesar a los confesores, a los predicadores.
Pero hay más. Cuando Jesús llama a alguien para que le siga, Jesús no propone “para qué” llama, ni presenta un determinado “proyecto”, un “ideal”, un “programa” de vida, unas “condiciones” [5]. Incluso algo más fuerte: según los relatos de las llamadas al “seguimiento” (Mt 8, 21-22; Lc 9, 59-60; Mc 10, 17-22; Mt 19, 16-22; Lc 18, 18-23), Jesús exige el “despojo total”. O sea, “abandonar toda seguridad” o condiciones de seguridad en la vida: ni familia, ni dinero, ni trabajo fijo, ni vivienda, ni despedirse de la propia familia, ni siquiera enterrar al propio padre (Mt 8, 22) [6].
¿Significa esto que ser cristiano (o pertenecer a la Iglesia) equivale a convertirse en un “carismático itinerante”? ¿Tiene que ser la Iglesia “un movimiento de auto-marginados”? [7]. Quienes intentamos seguir a Jesús, por eso mismo, ¿no tenemos más remedio que vivir según las pautas de una “conducta desviada”? [8]. ¿Esto es posible y recomendable?
Jesús solo, como “seguridad”
Aquí tocamos la cuestión capital. No sólo para entender el Evangelio. Además de eso, para entender la Iglesia. Me explico: Es evidente que lo que Jesús exige, cuando le dice al que pretende ser creyente: “Sígueme”, en realidad lo que le dice es que abandone su casa, su familia, su trabajo, su dinero, sus observancias religiosas (hasta la cima de tales observancias, el entierro del propio padre). Y todo esto, sin ofrecerle, al que es llamado, ni un programa, ni un proyecto, ni una misión, ni unas condiciones, nada. ¿Qué significa esto? ¿Es esto razonable o realizable? Si somos consecuentes con la llamada de Jesús a “seguirle”, sólo una cosa queda en pie, en la vida del que es llamado: “Jesús solo”. Y esto, ¿qué significa y qué representa?
Lo que está aquí en juego es el problema de la “seguridad” en la vida. Sin pensarlo, tantas veces; sin darnos cuenta de lo que más nos angustia y más deseamos, en el fondo, siempre tenemos planteado el problema de nuestra seguridad en la vida. La casa, la familia, el dinero, la profesión, el prestigio, la salud, el estatus social, la institución a la que pertenecemos, la política, el derecho, la economía, las relaciones que mantenemos con los demás, la religión…. Todo eso es un conjunto de cosas tan importantes, porque nos dan seguridad en la vida. O, si no tenemos esas cosas, nos sentimos en la inseguridad y en la soledad. Esto nos suena a patético, por el miedo que nos provoca.
Esto supuesto, la insistencia de Jesús en el llamamiento a “seguirle” nos viene a decir que CREEMOS EN JESÚS SI PONEMOS SÓLO EN JESÚS NUESTRA SEGURIDAD. En definitiva, si ponemos nuestra absoluta “seguridad (Sicherheit) y alivio” (Geborgenheit) [9] en la convicción de que estamos con Jesús, vivimos con él y como él. Porque sólo cuando nuestra vida se proyecta así, entonces es CUANDO SOMOS VERDADERAMENTE LIBRES. Y es que, en el fondo, el problema que nos plantea el Evangelio es el problema de la libertad. Por esto Jesús insiste en la libertad ante la familia, ante el poder, ante el dinero, ante la religión. Jesús insiste en la libertad en estas situaciones y ante estas realidades, no porque estas cosas – como es lógico – sean malas, sino porque estas cosas tienen tanta presencia y tanta fuerza en nuestra vida, que nos limitan o hasta nos privan de la libertad.
El fondo del problema
Estamos tocando el fondo del problema más grave y más apremiante, que tiene que afrontar la Iglesia. Es el problema que era patente cuando Alberto Iniesta convocó la Asamblea de Vallecas. Y bien sabemos la dura respuesta que Iniesta tuvo que soportar, tanto del poder político, como del poder religioso. ¿Por qué ambos poderes son tan brutalmente intolerantes en situaciones como la que presentó Alberto Iniesta?
Porque, para los poderes que dominan y sostienen el sistema que nos rige, es determinante mantener la desigualdad. Una desigualdad que potencian, mantienen o consienten los poderes económicos, los poderes políticos, los poderes jurídicos y los poderes religiosos. De ahí, entre otras cosas, los “silencios sociales” [10], que mantienen estos poderes en las cuestiones más determinantes de las desigualdades. Todos estos poderes están inter-determinados de tal forma que, para que sigan funcionando con la eficacia que a ellos les interesa, esa eficacia no se consigue sino a base de producir y potenciar las desigualdades. Sean cuales sean las teorías, que cada cual tenga o defienda, para mantener los intereses de los que mandan, no hay más remedio que mantener las desigualdades económicas, políticas, jurídicas y religiosas. Por ejemplo, en economía: casi la mitad de la riqueza mundial está en manos solo del 1 por ciento de la población. En política, la cosa resulta patente cuando es un hecho que el hombre políticamente más poderoso del mundo es Donald Trump. En derecho-justicia, no hay que dar muchas explicaciones después de lo que estamos viendo y viviendo en España con motivo del comportamiento de determinados tribunales y sus jueces, de acuerdo con lo que les permite el vigente derecho penal o procesal. En religión, lo más fuerte es la violencia, el terrorismo, y en la Iglesia católica, el vigente Código de Derecho Canónico, que arrastra la violencia totalitaria del medievo hasta los tiempos actuales, cuando ya nos gloriamos de vivir en la “tercera Ilustración”.
Pues bien, estando así las cosas, todo esto nos ha llevado hasta una situación, que seguramente no podíamos imaginar: cuando hemos alcanzado el progreso tecnológico y científico más elevado, ahora precisamente es cuando vivimos en el mundo más inseguro. Estamos destrozando el planeta Tierra, estamos matando o dejando que se mueran millones de seres humanos cada año, hemos multiplicado el sufrimiento en el mundo, nos sentimos amenazados por incontables peligros, son ya demasiados los jóvenes que se ven sin futuro, los países más ricos levantan muros de separación, etc, etc…..
La consecuencia, que inevitablemente se ha seguido de este estado de cosas, es que a todos nosotros – seguramente sin que nos demos cuenta de lo que nos pasa – nos han invadido dos experiencias paralizantes y destructivas: la inseguridad y el miedo. Casi nadie habla de esto a fondo. Casi nadie se atreve a pensar en serio lo que vive en su más secreta intimidad. Pero sospecho que la inseguridad y el miedo son el peso y la carga que todos llevamos a cuestas. Y son la causa inconfesable de “los silencios sociales y otras artimañas” con las que, no sólo los poderosos nos ocultan la realidad, sino igualmente con las que los débiles nos escapamos de complicaciones y así perpetuamos la situación de sufrimiento en que vivimos.
La Iglesia que queremos y necesitamos
Ahora se comprende mejor la Iglesia que queremos y la Iglesia que necesitamos. He explicado cómo nació el primer germen de la Iglesia. Y en los evangelios consta que los relatos del origen de la Iglesia son relatos de llamadas al seguimiento de Jesús. Esto quiere decir que el “seguimiento” de Jesús es constitutivo del ser mismo de la Iglesia. Como es igualmente constitutivo de la cristología. Por otra parte, sabemos que lo que destacan los relatos de “seguimiento” es la llamada al despojo de los soportes fundamentales que nos dan seguridad: dinero, familia, trabajo, instalación, estatus social, religión. Jesús pidió a aquellos hombres – los primeros apóstoles – el “despojo total”. No por motivos de “ascética”, como lo interpretaron los monjes a partir del siglo tercero. Menos aún, por el “desprecio del mundo” y de todo lo que nos produce felicidad y disfrute de la vida, como lo entendió la espiritualidad medieval. No para obtener la paz personal e interior, el “Dharma”, según la tradición budista laica [11].
Lo que Jesús vio como específico y determinante, para la Iglesia y para los cristianos, es la superación del miedo y la inseguridad. Porque solamente así, podremos integrar en nuestras vidas el “proyecto de vida” que llevó Jesús y nos exigió Jesús, si es que queremos de verdad hacer presente el Evangelio en nuestra sociedad. Y nunca tendríamos que olvidar los creyentes en Cristo que, por trazar el camino que supera el miedo y la inseguridad, “Jesús aceptó la función más baja que una sociedad puede adjudicar: la de delincuente ejecutado” [12]. Sin duda, a esto se refería Jesús cuando les dijo, no solo a sus discípulos, sino “a todos” (Lc 9, 23): “Si uno quiere venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y entonces me siga” (Mc 8, 34; Mt 16, 24; Lc 9, 23). Hoy no es posible interpretar estas palabras de Jesús como un llamamiento “para vivir en los márgenes” [13] de la vida y de la sociedad. Seguir a Jesús es cargar con su cruz. Pero, ¿qué significa esto y qué es lo que exige?
En la sociedad de la “corrupción” y la “desigualdad”, que genera el “miedo” y la “inseguridad”, seguir a Jesús, creer en Jesús, vivir en la Iglesia, no es una exigencia de heroísmos y singularidades que nos empujarían a tener que andar, como una especie de fugitivos, por los márgenes de la vida, como excluidos sociales. No se trata de eso. La exigencia de Jesús es enteramente razonable. Es lo que tendría que ser lo común para todo ciudadano. Estamos hablando sencillamente de “ser ciudadanos honrados y honestos, que cumplen con sus obligaciones cívicas y, si es que en algo los cristianos se diferencian de los demás, tendría que ser por su sensibilidad ante el sufrimiento y la desigualdad que impone el desorden establecido”.
La Iglesia como factor de cambio
La Iglesia “que queremos y necesitamos” es la gran Comunidad de creyentes en Jesús, que produce este proyecto de vida, lo cultiva, lo fomenta, lo mantiene. Pero aquí lo que importa es entender bien lo que queremos decir cuando hablamos de “la gran Comunidad”.
Es evidente que, en los evangelios, la presencia y la importancia de los “Doce” (“discípulos” o “apóstoles”) se destaca en la vida y en el proyecto de Jesús. Pero, tan cierto como eso, es que, en la Antigüedad Tardía (en los primeros siglos de la Iglesia), el cristianismo fue un factor de cambio decisivo. Un cambio, no sólo religioso, sino también social. Además, esto se realizó no sólo por la doctrina que enseñaban los obispos, sino sobre todo por la forma de vida que llevaron los cristianos, en la crisis del Imperio ya ante de Constantino (s. IV) [14]. ¿En qué y por qué fue el cristianismo “factor de cambio”?
“Durante el siglo II e incluso el III, el cristianismo aún era en gran parte (aunque con algunas excepciones) un ejército de desheredados” [15]. Pero también es cierto que el cristianismo, además de sus promesas para la otra vida y sus prácticas religiosas, poseía un sentido comunitario más fuerte que todo cuanto ofrecían los otros grupos mistéricos de aquel tiempo, sobre todo “por la forma común de vida, como acertadamente advirtió Celso” [16]. Sabemos con seguridad que, en aquellos tiempos de miseria, escasez y hambre, la Iglesia ofrecía todo lo necesario para constituir una especie de seguridad social: cuidaba de huérfanos y viudas, atendía a los ancianos, a los incapacitados y a los que carecían de medios de vida [17]. Y, más que nada, ofrecía un sentimiento de grupo que el cristianismo de entonces estaba en condiciones de fomentar. La Iglesia consistía, sobre todo, en comunidades de acogida en las que la gente se sentía protegida por derechos que la sociedad no le ofrecía.
Hoy, cuando nos estamos dando cuenta de que se puede salir de la “crisis” económica, manteniendo a grandes sectores de la población en la “estafa” cruel de los que se ven hundidos en lo más bajo de la desigualdad, comprendemos mejor lo que explico admirablemente el profesor E. R. Dodds. Me refiero al horror del sentimiento de desamparo que puede experimentar cualquier ser humano en medio de sus semejantes. Debieron ser muchos los que experimentaron este desamparo, en la Antigüedad Tardía: los bárbaros urbanizados, los campesinos llegados a las ciudades en busca de trabajo, los soldados licenciados, los rentistas arruinados por la inflación y los esclavos manumitidos. Para todas estas gentes, el entrar a formar parte de la comunidad cristiana debía ser el único medio de conservar el respeto hacia sí mismos y de dar a su propia vida algún sentido. Y es que dentro de la comunidad cristiana se experimentaba el calor humano y se tenía la prueba de que alguien se interesaba por nosotros, en este mundo y en el otro [18].
Por esto, exactamente por esto, el cristianismo fue un agente decisivo de transformación de la cultura y de la sociedad. Los historiadores mejor documentados lo han dicho sin rodeos, al explicar lo que representó “la caída del Imperio Romano”: “el cristianismo fue en cierto sentido una fuerza igualadora y promotora de una progresiva democratización. Insistía en que todo el mundo, con independencia de cuál fuera su posición económica o social, tenía un alma y un valor parejo en el drama cósmico de la salvación, y algunos de los textos evangélicos sugerían incluso que las riquezas de este mundo podían constituir un obstáculo para la salvación” [19].
La Iglesia que humanizó el Imperio, hasta que ella misma se dejó corromper por la fuerza perversa de los poderes, las riquezas y los privilegios, esa Iglesia que queremos y necesitamos, fue la gran Comunidad que igualaba al pueblo, a la sociedad, a los ciudadanos. La Iglesia de los que no se daban por satisfechos con la fe cristiana, sino que, junto a la fe y por la fuerza de aquella fe, vivían el seguimiento que Jesús exigió a los apóstoles, a los discípulos y al pueblo en general, según los numerosos relatos evangélicos que nos han conservado esta “memoria peligrosa”, que nos resistimos a recordar. Y, sobre todo, la memoria que no soportamos actualizar, hacerla viva y presente en esta Iglesia nuestra de hoy.
Conclusión
Mi conclusión es clara. Hay dos maneras de entender la Iglesia y de vivir en ella. La Iglesia de la “sumisión” y la Iglesia de la “necesidad”. ¿Qué significan estas dos maneras de entender y vivir la Iglesia? Cuando lo importante y decisivo en la Iglesia es el “poder” de los que mandan, la Iglesia no tiene más remedio que ser la Iglesia de la “sumisión”. Cuando lo importante y decisivo en la Iglesia es el “sufrimiento” del mundo y en el mundo, la Iglesia no tiene más remedio que ser la Iglesia de la “necesidad”.
La Iglesia del “poder”, somete a sus fieles. Eso es lo principal para ella. Y utiliza los grandes temas de la Teología para someter: la fe, los sacramentos, la muerte, el infierno, la moral, la predicación. la liturgia, el derecho canónico, la catequesis, la espiritualidad, todo sirve y es eficaz para tener a la gente sumisa. Y el gobierno eclesiástico es un gran ejercicio de sumisión. Se somete el pensamiento y la capacidad de pensar, se somete la voluntad y la capacidad de decidir, se premia al sumiso, se castiga al desobediente. Y todo el gobierno de la Iglesia se organiza según este imponente tinglado de poder y sumisión.
La Iglesia de la “necesidad”, se afana, trabaja, lucha, por lo que más necesita la gente: palpar y vivir que todos, siendo “diferentes” en los hechos patentes que vemos y tocamos, sim embargo todos somos “iguales” en dignidad y derechos. Porque la Iglesia no se gestó, ni nació, del poder, sino que se gestó y nació del Evangelio. El Evangelio en el que leemos que lo más importante, para Jesús, no fue mantener e imponer su poder, sino remediar el sufrimiento, responder a lo que más necesita la gente, que es aliviar, remediar, suprimir sus muchos sufrimientos. Por esto, Jesús curó a los enfermos, perdonó a los pecadores, alivió el yugo que nos impone este mundo y sus leyes, no obligó nunca a nada, ni exigió obediencia a nadie.
Sobre esta base, nació la Iglesia. Y desde esta base, Jesús nos enseñó, no sólo ni principalmente la importancia de la fe, sino, junto a la fe y antes que la fe, el seguimiento de Jesús. Por eso, la “Iglesia de la sumisión” produce esclavos. Mientras que la “Iglesia de la necesidad” produce personas libres. Teniendo siempre en cuenta que solamente las personas verdaderamente libres pueden superar y vencer el miedo y la inseguridad. Las dos grandes ataduras que nos impiden ser agentes de cambio en esta sociedad nuestra, la sociedad de la crisis y la estafa. Lo que nos empuja constantemente a los “silencios sociales” cómplices, que perpetúan el sufrimiento que estamos soportando; y el que les espera a las generaciones que vendrán después de nosotros. A no ser que nos empeñemos, con el poder del Espíritu y la luz del Evangelio, en recuperar la capacidad de factor de cambio que caracteriza a la Iglesia de Jesús, el Mesías, el Señor.

viernes, 28 de abril de 2017

El provincial de los Salesianos en Venezuela pide al Gobierno de Maduro que cese la represión y deje a la población decidir su futuro





El Rector Mayor también expresa su apoyo a la Familia Salesiana y al pueblo venezolano y pide por la paz en el país.







El provincial de los Salesianos en Venezuela y presidente de la Conferencia Venezolana de Religiosos y Religiosas (CONVER), el P. Francisco Méndez Serrano, ha difundido un videomensaje en el que exige al Gobierno de Nicolás Maduro el fin de la represión perpetrada en el país, especialmente durante las protestas ciudadanas de las últimas semanas.

El P. Francisco Méndez se hace eco en su mensaje del hastío del pueblo venezolano ante la situación del país, derivada de las políticas gubernamentales: "La mayoría de los venezolanos no apostamos por este socialismo del siglo XXI, que ha traído hambre, pobreza, atraso... Y si ha traído algo bueno a alguien, sería a ustedes y a la cantidad de los delincuentes que nos gobiernan alrededor de ustedes, señor Presidente, Nicolás Maduro".

El provincial denuncia que el Gobierno venezolano "se ha hecho experto en crear una cultura de muerte disfrazada en el amor, pero ya nadie le cree". Y lamenta que este modelo corrupto ha generado un panorama desolador entre la juventud del país: "Qué difícil se les está haciendo a los jóvenes ser personas honestas con el modelo que este Gobierno les está presentando, porque la situación del país es desesperante".

"En este momento de Dios, Venezuela no necesita la revolución. Más bien, la detesta. Lo que sí necesita es trabajo, producción, honestidad, educación, salud, alimentación... Y, a decir verdad, ustedes son los que nos han quitado todo eso", expresa el salesiano. Al final de su mensaje, el P. Francisco Méndez pide al Gobierno que deje al pueblo venezolano "ser el máximo protagonista de su historia" y hace un llamamiento a la unidad "a pesar de las diferencias de pensamiento".

Apoyo del Rector Mayor
El Rector Mayor de los Salesianos, Ángel Fernández Artime, ha apoyado al provincial salesiano en Venezuela a través de un comunicado enviado desde Kenia, donde se encuentra de visita.

"Hoy deseo expresarles nuestro afecto, apoyo y ayuda en la medida en que sea posible hacérsela llegar. Deseo decirte, querido P. Francisco, queridos hermanos salesianos y querida Familia Salesiana en Venezuela, que no están solos, y que desde los más diversos lugares del mundo  salesiano estamos pendientes de ustedes, atentos a lo que van viviendo y muy pendientes de todo lo que les acontece. Hoy más que nunca les acompañamos".

El P. Ángel Fernández Artime recuerda también que sigue rezando por la paz en Venezuela y en todo el mundo, que "solo es posible si viene de la mano de la Justicia y del Respeto a los más inviolables derechos humanos de cada Persona".

Documental - En busca de la felicidad

ABRIENDO LOS OJOS

col salome




Quédate con nosotros, forastero, quédate
que ya está anocheciendo y la luz se apaga entorno
es mejor recogerse y protegerse, se hace tarde
es mejor esconderse, quédate con nosotros

Quédate con nosotros, caminante, quédate
así podrás dar alivio a tus cansados pies
repondrás tus fuerzas, entra, siéntate
síguenos contando, que tu voz, nos hace bien

Quédate con nosotros, por favor, quédate
que hay algo en Ti, que nos hace revivir
comparte nuestra mesa, contágianos tu fe
muéstranos la esperanza que te hace sonreír

Quédate con nosotros, Señor, quédate
porque eres el Camino que nos lleva hacia adelante
no dejes ya más que el temor nos acobarde
bendice nuestra vida, como este pan que nos repartes
no dejes ya más que el temor nos acobarde
bendice nuestra vida, como este pan que repartes

  
Salomé Arricibita

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La Biblia no esta amenazada por la Arqueología

La exégesis bíblica, especialmente en el último siglo, ha sido positivamente desafiada por nuevos descubrimientos arqueológicos. Eso no es nada nuevo. La exégesis bíblica es en sí misma una ciencia que ha demostrado capacidad para asumir críticamente los nuevos descubrimientos y desafíos arqueológicos. Es una aberración valorar la arqueología como una ciencia y reducir la interpretación bíblica a una profesión de fe, y así reducir cualquier posible contradicción entre biblia y arqueología como una contradicción entre ciencia y fe. Estas consideraciones solo muestran ignorancia tanto de la arqueología como de la ciencia bíblica. Arqueología y Exégesis bíblica han sido normalmente dos procesos científicos complementarios. No podemos manipular la arqueología como una amenaza a las ciencias bíblicas (ver José M. Vigil en revista “Alternativas”, enero – junio 2016, Nicaragua).

Empecemos con dos casos paradigmáticos (hay muchos mas) para confirmar lo que digo. Se trata de los descubrimientos en Qumran (1948 cerca del Mar muerto) y los descubrimientos en Naghammadi (1945 en el alto Egipto). En ambos lugares se descubrió inmensas bibliotecas de papiros y manuscritos antiguos que estremecieron nuestros conocimientos arqueológicos y bíblicos, pero la ciencia bíblica tuvo la capacidad de descifrar e interpretar estos documentos.

Yo estudié un año (1969-1970) en la “Escuela Bíblica de Jerusalén”, donde tuve como maestro al dominico Alan de Vaux, uno de los más notables arqueólogos, especialmente en el estudio del material descubierto en Qumran. Igualmente, con la Escuela Bíblica, tuvimos durante un mes un seminario arqueológico en la actual Turquía, sobre las culturas milenarias y otras contemporáneas al surgimiento del cristianismo. Algo parecido la Escuela Bíblica de Jerusalén nos enseñó a trabajar en Siria y Egipto.
Nuevos espacios abiertos por el Concilio Vaticano II

El Concilio Vaticano II abrió una puerta en la Iglesia que estaba cerrada por mas de 400 años. La apertura se dio especialmente con la Constitución “Dei Verbum” del 18 de noviembre de 1965. Este documento dio a la ciencia exegética bíblica, especialmente católica, una capacidad hermenéutico que estaba cerrada desde el Concilio de Trento (1545-1563). Este espacio ya abierto se actualizó con un nuevo documento: “Interpretación de la Biblia en la Iglesia”, de la Pontificia Comisión Bíblica del año 2005. Aquí se profundizó en la importancia del método histórico-crítico, los métodos del análisis retórico, narrativo, semiótico y canónico y el recurso de las tradiciones judías de interpretación y de la historia de los efectos del texto. La mayor novedad fue abrir la hermenéutica al uso de las ciencias humanas, de inspiración liberacionista y feminista. Se menciona explícitamente la importancia de la Teología de la Liberación en el movimiento bíblico.
Movimiento Bíblico Popular

El Movimiento Bíblico Popular nos ha orientado como y desde donde leer e interpretar la Biblia en las Comunidades Eclesiales de Base. El método es partir del libro de la vida y desde ahí leer e interpretar el libro de la Biblia.
Cito un texto muy orientador de Carlos Mesters: “¿Por qué la realidad de la vida es tan importante para que la gente pueda entender la Biblia? Es porque la Biblia no es el primer libro que Dios escribió para nosotros, ni el más importante. El primer libro es la naturaleza, creada por la Palabra de Dios; son los hechos, los acontecimientos, la historia, todo lo que existe y sucede en la vida del pueblo; es la realidad que nos envuelve; es la vida que vivimos. Dios quiere comunicarse con nosotros a través del libro de la vida. Por medio de ella Dios nos transmite su mensaje de amor y de justicia. Pero nosotros, hombres y mujeres, con nuestros pecados organizamos el mundo de tal manera y creamos una sociedad tan torcida que ya no es posible darnos cuenta del llamado de Dios encerrado dentro de la vida que vivimos. Por eso Dios escribió un segundo libro: la Biblia.


Este segundo libro no vino a sustituir al primero. La Biblia no vino a quitarle su lugar a la vida. ¡Todo lo contrario! La Biblia fue escrita para ayudarnos a entender mejor el sentido de la vida y a percibir más claramente la presencia de la Palabra de Dios dentro de nuestra realidad.” La Biblia no solo nos revela la Palabra de Dios, sino que nos revela Dios se revela.
San Agustín (354-430 d.C.) expresa lo mismo: “La Biblia, el segundo libro de Dios, fue escrita para ayudarnos a descifrar el mundo, para devolvernos la “mirada de la fe y de la contemplación”, y para “transformar toda la realidad en una gran revelación de Dios”.

El absolutismo de los “paradigmas”
José María Vigil (en la revista “Alternativas” ya aludida) nos cita textos del autor Finkelstein de su libro La Biblia desenterrada. Igualmente se citan textos de Thomas Sheehan, del prólogo de un libro de J. Van Hagen titulado Rescuing Religion. Ambas citas escogidas por Vigil (y otras de estos autores y de otros creadores de “paradigmas”), muestran un conocimimiento arqueológico respetable, pero con un gran desconocimiento hermenéutico de las ciencias bíblicas. La Biblia crea géneros literarios propios, como el uso de mitos, tradiciones y leyendas autónomas. Los primeros 11 capítulos del Génesis, como un ejemplo, son mitos fundantes: ninguna “arqueología” descubrirá realidades históricas en los mitos de la creación, en los mitos de Adán y Eva, Caín y Abel, el arca de Noé o la torre de Babel. Igualmente ninguna arqueología podrá buscar fundamentos arqueológicos a los relatos bíblicos del Exodo, Moisés y la liberación de los esclavos. Son relatos literarios históricos, que no podamos negar o afirmar con bases únicamente arqueológicas. Se construyen “paradigmas arqueológicos” que amenazan a las ciencias exegéticas modernas. Los descubrimientos arqueológicos son muy importantes, y debemos conocerlos y tenerlos como referencia, pero crear “paradigmas arqueológicos” como indispensables para interpretar la Biblia, es un fundamentalismo cientista, que manifiesta mucha ignorancia de la exégesis científica moderna de la Biblia.

En algunas propuestas, con base supuestamente arqueológicas, se interpreta el Nuevo Testamento (designado como “Segundo Testamento”) en una versión marcadamente fundamentalista. Esto no tiene ningún valor científico, si no tomamos como referencia el texto original griego y los diferentes géneros literarios. Solo una exégesis científica es la apropiada para hacer una crítica al fundamentalismo, sin necesidad de “esquemas arqueológicos”.
Conclusión
Es muy posible que los nuevos descubrimientos arqueológicos sean reales, pero pierden relevancia si se sistematizan en paradigmas cerrados y fundamentalistas, y aparecen teóricos y científicos, que no son ni arqueólogos ni biblistas, que utilizan la ciencia con fines personalistas para construir teorías amenazantes, que ignoran el trabajo científico de siglos de investigadores en el campo de la ciencia bíblica y arqueológica.

He escrito este artículo para revalorizar el trabajo de la nueva exégesis científica y liberadora de la Biblia, que nace sobre todo en el Tercer Mundo. Igualmente valorizar el movimiento de lectura popular de la Biblia que hacen nuestras Comunidades Eclesiales de Base. Los que han divulgado los nuevos descubrimientos arqueológicos como un “paradigma”, que amenaza y cuestiona el trabajo bíblico liberador han hecho mucho daño y creado mucha confusión. Ya no se trata de un problema “ciencia-fe”, sino de una situación de “opresión-liberación”. Fin

La bomba de Trump


Víctor Flores Olea

No, por desgracia no se trata de la bomba del gracejo yucateco, sino de la más poderosa bomba no nuclear construida jamás, también llamada por los militares estadunidenses la madre de todas las bombas, que fue arrojada por Donald Trump, matando, según últimas cifras, a 94 miembros de un grupo del Estado Islámico que operaba en un sistema de túneles y cuevas en el este de Afganistán, en la provincia de Nangarhar. ··· Ver noticia ···

¿Golpe de Estado en Venezuela? Más bien se trata de evitarlo


Marcos Roitman Rosenmann

venezuelaMientras se urde el plan para dar la puntilla al orden constitucional en Venezuela, se hacen públicas las conversaciones mantenidas entre el almirante Kurt Tidd, a la sazón comandante en jefe del U.S. Southern Command, con sede en Miami, y el actual secretario general de la OEA, en enero de 2016, Luis Almagro. ··· Ver noticia ···

Tres millones de personas mueren de hambre en el norte de Kenia

Misiones Salesianas

Religión Digital
hambre2Misiones Salesianas levanta la alarma sobre la devastadora sequía
“Nuestra clínica trabaja día y noche para ayudar a los que más lo necesitan”, advierte un misionero
“Los animales, las personas… se mueren de hambre”, alertan los misioneros salesianos que trabajan en el norte de Kenia, donde cerca de tres millones de personas necesitan ayuda urgente. La sequía es la causa de que la situación para miles de personas sea crítica. ··· Ver noticia ···

Domingo 3 Pascua – A (Lucas 24,13-35): Acoger la fuerza del Evangelio

José Antonio Pagola

Dos discípulos de Jesús se van alejando de Jerusalén. Caminan tristes y desolados. Cuando lo han visto morir en la cruz, en su corazón se ha apagado la esperanza que habían puesto en él. Sin embargo continúan pensando en él. No lo pueden olvidar. ¿Habrá sido todo una ilusión?
Mientras conversan y discuten de todo lo vivido, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos. Sin embargo, los discípulos no lo reconocen. Aquel Jesús en el que tanto habían confiado y al que habían amado con pasión les parece ahora un caminante extraño.
Jesús se une a su conversación. Los caminantes lo escuchan primero sorprendidos, pero poco a poco algo se va despertando en su corazón. No saben exactamente qué les está sucediendo. Más tarde dirán: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Los caminantes se sienten atraídos por las palabras de Jesús. Llega un momento en que necesitan su compañía. No quieren dejarle marchar: «Quédate con nosotros». Durante la cena se les abrirán los ojos y lo reconocerán. Este es el gran mensaje de este relato: cuando acogemos a Jesús como compañero de camino, sus palabras pueden despertar en nosotros la esperanza perdida.
Durante estos años, muchas personas han perdido su confianza en Jesús. Poco a poco se les ha ido convirtiendo en un personaje extraño e irreconocible. Todo lo que saben de él es lo que pueden reconstruir, de manera parcial y fragmentaria, a partir de lo que han escuchado a predicadores y catequistas.
Sin duda, la homilía de los domingos cumple una tarea insustituible, pero resulta claramente insuficiente para que las personas de hoy puedan entrar en contacto directo y vivo con el Evangelio. Tal como se lleva a cabo, ante un pueblo que ha de permanecer mudo, sin exponer sus inquietudes, interrogantes y problemas, es difícil que logre regenerar la fe vacilante de tantas personas que buscan, a veces sin saberlo, encontrarse con Jesús.
¿No ha llegado el momento de instaurar, fuera del contexto de la liturgia dominical, un espacio nuevo y diferente para escuchar juntos el Evangelio de Jesús? ¿Por qué no reunirnos laicos y presbíteros, mujeres y hombres, cristianos convencidos y personas que se interesan por la fe, a escuchar, compartir, dialogar y acoger el Evangelio de Jesús?
Hemos de dar al Evangelio la oportunidad de entrar con toda su fuerza transformadora en contacto directo e inmediato con los problemas, crisis, miedos y esperanzas de la gente de hoy. Pronto será demasiado tarde para recuperar entre nosotros la frescura original del Evangelio. Hoy es posible. Esto es lo que se pretende con la propuesta de los Grupos de Jesús.

Domingo 30 de abril de 2017, 3º de Pascua


3Pascua-B
José Benito Cottolengo (1842), Pio V (1572)
En la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, encontramos a Pedro pronunciando su primera predicación pospascual, dirigida tanto a los judíos presentes como a todos los habitantes de Jerusalén. El sermón es de tipo «kerigmático» (referentea la predicación del núcleo fuerte del kerigma, del anuncio esencial), con la presentación de tres aspectos de la vida de Jesús, que componen el credo de fe más antiguo del cristianismo: un Jesús histórico, acreditado por Dios con milagros, prodigios y señales; su muerte a mano de las autoridades judías, y finalmente, su resurrección obrada por Dios para salvación de toda la humanidad. ··· Ver noticia ···

jueves, 27 de abril de 2017

NO HAY UN SOLO CRISTIANO EN TODO MARRUECOS QUE NO SUFRA

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Los cristianos marroquíes han salido de la clandestinidad en la que viven y a cara descubierta han planteado oficialmente sus demandas: reclaman derecho a un nombre cristiano, a rezar en una iglesia y a ser enterrados fuera de un cementerio musulmán.
Ahora hasta se atreven a recibir en grupo a los periodistas en un café de Mohamedía (entre Casablanca y Rabat), frente a una iglesia a la que no pueden entrar porque las iglesias de Marruecos, construidas durante la colonización francesa y española, están vetadas a los marroquíes, y la policía las vigila discretamente para que así sea.
Las leyes marroquíes consideran a todo ciudadano por defecto como musulmán, salvo un estatus especial concedido a la exigua comunidad judía, lo que significa que los matrimonios los oficia un juez musulmán, las escuelas imparten obligatoriamente la Educación Islámica y la infracción del ayuno en Ramadán está castigada, entre otros muchos detalles.
La identidad musulmana va tan unida a la marroquí que los cristianos cuentan que les es muy difícil ser aceptados como tales entre sus familiares y vecinos: "Antes aceptan a un criminal que a un cristiano", dice Zoheir.
Mustafa explica, por ejemplo, cómo en su trabajo en una oficina del Estado le "hicieron el vacío desde que supieron que era cristiano, y evitan acercarse" a él; o Hanán reconoce que ella tuvo que mudarse a Casablanca ante la incomprensión encontrada en su entorno en su Tarudant natal.
Y pese a todo, aseguran que son "miles" los cristianos -casi todos evangélicos-, que existen en comunidades en todas las grandes ciudades y aun en muchos pueblos, y que se las arreglan para reunirse clandestinamente y practicar juntos su religión, "trayendo del extranjero biblias de contrabando, como si fueran hachís o cocaína", bromea Zoheir.
Como tienen prohibido entrar en las iglesias, se reúnen en casas particulares, en salas de fiesta o en acampadas fuera de las ciudades, pero "siempre con miedo a que aparezca un funcionario o la policía y nos detenga", dice Hanán.
Sin embargo, la misma Hanán reconoce que las detenciones ya no son habituales, pero solo desde hace tres años: en 2013, un joven de un pueblo del norte marroquí que se había convertido al cristianismo escuchando unos programas de radio fue condenado a dos años y medio de cárcel, pero el escándalo internacional fue mayúsculo y en el juicio en apelación quedó absuelto.
Hay un artículo en el Código Penal que pende sobre los cristianos: condena a tres años de cárcel a quien "trate de quebrantar la fe de un musulmán", y aunque se refiere claramente a las acciones de proselitismo, se ha usado de forma abusiva para castigar a todo marroquí que practique otra fe distinta al islam.
Los cristianos que estos días han salido a la luz ponen mucho cuidado en desmarcarse de toda actividad de evangelización o proselitismo, pero son evasivos a la hora de explicar cómo su fe crece en adeptos, aparte de reconocer que "ocasionalmente" suministran materiales (libros, aparatos de radio) a aquellos correligionarios que viven en lugares aislados.
Además, ponen énfasis en que ellos forman "una iglesia marroquí", que su lengua es el árabe dialectal -se empeñan en no usar el francés ni en las entrevistas- y que no tienen relación orgánica con movimientos cristianos extranjeros, algo muy sensible en la cultura marroquí.
"Lo habitual es que seamos tratados de agentes, espías o traidores, y nos cuesta mucho convencer a nuestros paisanos de que somos tan marroquíes y tan patriotas como ellos", dice Zoheir.
Hartos de tanta incomprensión y animados por algunas señales que aseguran haber observado en discursos del rey Mohamed VI y hasta del ministro de Asuntos Islámicos, han formado una Coordinadora Nacional de Cristianos Marroquíes y han presentado sus demandas ante el Consejo Nacional de Derechos Humanos, un organismo oficial y consultivo que se comprometió simplemente a estudiarlas.
Entre esas demandas, además de nombre, templo y tumba, figuran el derecho a un matrimonio civil y a una educación laica, porque, como dice Hanán: "Mi hija (de 11 años) me pregunta por qué se ve obligada a estudiar el Corán si ella es cristiana".
Zoheir, Mustafa y Hanán no se muestran especialmente optimistas, y ven los frutos de su combate en un plazo de diez o de veinte años. Por el momento, les basta con ser reconocidos en su derecho a existir.
Aunque hayan sacado la cabeza de las catacumbas, "no hay un solo cristiano en todo Marruecos que no sufra", lamenta Zoheir a la sombra de la iglesia prohibida.

ALELUYA DE LA TIERRA BROTES DE OLIVO