fe adulta


«Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos … e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío»
Jesús no se lanza a los caminos de Galilea para conseguir la raquítica salvación de media docena de perfectos, sino para cambiar el mundo. Aspira a una humanidad de Hijos que se realice amándose como hermanos, y eso no se logra con gente tibia, sino con personas comprometidas que tiren para adelante sin mirar lo que dejan atrás. No pide otra cosa que lo que él ya ha aceptado en grado superlativo, y esto da a su propuesta un valor especial.
Los primeros cristianos, unidos por la fe en Jesús resucitado y animados por el Espíritu, tienen conciencia clara de que su tarea misionera es fruto de la voluntad expresa de Jesús y la desarrollan con arrojo y valentía. Y es tal la fuerza con que lo hacen, que despiertan el recelo de las autoridades y llegan las persecuciones. Pero a pesar de ello forman comunidades fértiles que contagian su modo convincente de vivir; primero a los ciudadanos de Jerusalén, luego a los de Samaría y finalmente a todo el Oriente Medio.
Pedro y Pablo establecen las primeras comunidades cristianas en Roma. Cuando ambos reciben martirio sobre el año 67, esas comunidades se enfrentan al reto de continuar adelante sin su magisterio y en medio de atroces persecuciones que se desatan contra ellos. Pero es tal su determinación y compromiso, que los criterios de Jesús se van introduciendo en la sociedad romana empapando todos sus estratos sociales. Solemos pensar que la evangelización de Roma es fruto del edicto de Milán promulgado por Constantino, pero es justo al revés. Primero es la evangelización, y es Constantino quien la aprovecha para cohesionar la sociedad en torno a ella.
Por tanto, gracias a su compromiso con la misión, aquel puñado de seguidores de Jesús que la abraza tras su muerte, se multiplica de tal forma que al final del siglo tercero hay cristianos por todos los rincones del mundo; y no sólo dentro del Imperio, sino también en la Alta Mesopotamia, Edesa, Persia y Armenia. Y lo que esto significa es que la Palabra de Jesús, la sabiduría de Dios, es está extendiendo por todo el mundo tal como lo había pedido Jesús.
¿Pero cuáles son las causas de esta rápida conversión?...
Ante todo porque su espíritu misionero les mueve a proclamar el evangelio por todo el mundo, pero también, porque el modo de vida que ofrecen los cristianos, más interior y con una elevada moral, atrae a la gente honrada y piadosa. Así mismo, la aceptación de las clases bajas y los esclavos a los que devuelve la dignidad de personas humanas, juega un papel muy importante en este proceso. De esta forma, poco a poco el cristianismo se va convirtiendo en una alternativa a la forma de pensar y vivir de la sociedad grecorromana, las ideas básicas del cristianismo van influyendo cada vez más fuera de los círculos cristianos, y llega un momento en el que las actitudes cristianas son consideradas lo “correcto”, en detrimento de las costumbres paganas…
Y hoy nos enfrentamos a una situación similar a aquella: una sociedad imbuida de criterios mundanos que provoca injusticia, desigualdad y opresión, y una minoría de seguidores de Jesús viviendo en su seno. Pero hay varias diferencias con aquellos primeros cristianos. La primera, que ellos se veían a sí mismos como enviados por Jesús con su misma misión (proclamar el Reino), y en la actualidad la misión sólo es abrazada por una minoría de cristianos, ignorada por la mayoría y denostada por las “vanguardias”.
La segunda, que a pesar de ser minoría y vivir en un ambiente hostil fruto de una cultura radicalmente opuesta a la suya, aquellos cristianos no se dejaron absorber por la mayoría y fueron sal y fueron luz, mientras que nosotros nos hemos mimetizado de tal modo con la cultura dominante, que hemos hecho el milagro de compatibilizar el cristianismo con la sociedad de consumo. Parafraseando el evangelio, hemos hecho el milagro de hacer pasar el camello por el ojo de la aguja.
Ni somos sal ni somos luz, pero en general vivimos mucho más confortablemente que aquellos cristianos a los que debemos que Jesús haya llegado hasta nosotros. No van a tener la misma suerte nuestros nietos.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
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