

Es tan rematadamente sencilla la interpretación de esta parábola que apenas deja resquicio para añadir un comentario. Dos personas sagradas encuentran en el camino a un hombre malherido, se desentienden y siguen adelante. Un hereje samaritano, que también pasa por allí, lo ve, se conmueve, se acerca, le atiende… Y ya está.
El levita de la parábola conocía maravillosamente la ley, pero se quedaba en el conocimiento. El samaritano, un hereje inculto y despreciado, es puesto de ejemplo por Jesús porque lleva la Ley en el corazón, aunque no la conozca, o la conozca mal. Y ésta es una lección trascendental para muchos de nosotros, porque el texto de hoy nos dice que para el seguimiento de Jesús es indiferente lo que sepamos o dejemos de saber, lo que creamos o dejemos de creer; que lo importante es lo que hacemos; que lo importante son los frutos; que el conocimiento por el conocimiento nos puede apartar de lo esencial; el amor y la misericordia. Es más, que puede hacernos sentir superiores y alejarnos de los demás.
El letrado que interpela a Jesús plantea muy bien su pregunta: «¿Quién es mi prójimo?» ¿el extranjero, el samaritano, el publicano...? ¿Tengo que amar a esos pecadores, extranjeros, herejes?... y Jesús le vuelve la oración por pasiva: "No importa quién es el otro; importa cómo te portas tú". Al final del pasaje lo despide con una exhortación: «Anda y haz tú lo mismo» «Haz esto y tendrás la vida».
Siempre el verbo hacer: dar de comer al hambriento y de beber al sediento, acoger al peregrino, visitar al enfermo o al encarcelado, perdonar, compartir, servir, hacerse esclavo… Por Jesús sabemos que todo conocimiento que no lleva al servicio es infecundo; que lo importante no es la teoría sino el comportamiento; que no es el entendimiento ni la razón lo que justifica nuestra vida, sino la compasión; el amor… Y es evidente que amar no tiene nada que ver con filosofar, con entender, sino con sentir, con conmoverse, con acercarse, con implicarse, con servir…
«El evangelio es la sabiduría de los sencillos» –decía Ruiz de Galarreta–. Si algo es de Jesús debe ser comprensible por todos sin excepción alguna, y si no lo es, no es de Jesús. Podrá ser algo valioso (o podrá no serlo), pero no de Jesús. Lo de Jesús es tan sencillo que San Ignacio de Loyola fue capaz de resumirlo en una expresión extremadamente sencilla: “En todo amar y servir”… Y ya está. Y asumido esto, el resto de consideraciones doctas que nosotros podamos hacer no dejan de ser simples notas a pie de página… por muy atinadas que sean.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
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