
El evangelio tiene un alto poder de evocación y puede ayudarnos a la reflexión si nos detenemos un poco. Nuestro tiempos, tan convulsos, están necesitados de esa reflexión. Eso enriquece nuestra espiritualidad.
La parábola del rico necio se entiende a la perfección. Pero hay un detalle que merece la pena ser subrayado. Dice el evangelio: GUARDAOS DE TODA CODICIA. No solo de la codicia del dinero, de los bienes, que es a la que casi siempre nos referimos, sino de TODA codicia.
Porque la codicia es como la niebla que se filtra bajo la puerta, lo invade todo, lo desdibuja todo, lo contamina todo. La ambición nos hace inhumanos, deteriora nuestras relaciones.
¿De qué codicias habríamos de guardarnos?
· La codicia de querer tener siempre la razón: ese tratar de imponernos con gritos más que con razones, ese arrebatar al otro su palabra para que únicamente prevalezca la mía.
· La codicia de una visión supremacista de la vida: creyendo que solamente nuestra cultura es la buena, que todas han de aceptar nuestras formas de vivir porque son las únicas razonables. La codicia de que todos pasen por nuestro aro.
· La codicia de una fe excluyente: aquella que sigue pensado que las otras religiones están por debajo de la nuestra; la codicia de querer imponer mi visión de Iglesia como única.
Se cumplen 150 años del nacimiento del poeta Antonio Machado cuyos versos han acompañado y acompañan la vida de muchos españoles. No está mal citar hoy aquellos versos claros y limpios del final de su “Retrato”:
Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.
Que vayamos aligerando nuestro equipaje, libres de toda codicia y siempre generosos con todos. Así de simples y hermosos son los caminos de la vida y del evangelio.
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