fe adulta

Jesús iba adquiriendo fama, la gente que iba a escucharlo percibía que era un hombre justo y sabio. Sus palabras sonaban a verdad. Quizás por eso tuvo que encontrarse en situaciones como las que hoy nos relata Lucas: “Maestro, dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo”.
Los escribas realizaban ese oficio. Ellos conocían las leyes y eran expertos en herencias y repartos. “Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?”. Jesús no quiere realizar ese papel porque, entre otras cosas, eso presupone ya un modo de situarse ante la vida diferente al propuesto por Él, un modo en el que los bienes materiales adquieren una relevancia singular en la vida de la persona. Jesús propone, en cambio, una vida alejada de la búsqueda de esa seguridad que se sostiene en lo que poseemos, más que en lo que somos.
Su propuesta la expresa a través de la parábola que relata a continuación. No se trata de no tener bienes, sino del valor que les damos, la importancia que les adjudicamos y la dependencia que nuestra vida tiene de ellos. “Mirad, guardaos de toda clase de codicia”, nos dice Jesús, “pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”.
Aunque uno ande sobrado… Podemos preguntarnos de qué andamos sobrados nosotros. Seguramente de posesiones, de “por si acasos”, de pertenencias… Quién de nosotros no tiene más de lo que necesita para vivir. Quién de nosotros no ha pensado alguna vez que hay cosas que guarda y que nunca utiliza. Quienes hemos experimentado en alguna ocasión, aunque sea por un breve tiempo (una experiencia solidaria en otro país, unos días de campamento, un viaje en plan mochilero…) que no necesitamos tanto para vivir −y vivir felices− podemos volver a esa experiencia para confirmar que este evangelio no es solo verdad para quienes creemos, sino para todos los que han descubierto que lo esencial en la vida no está en lo que tenemos.
Lo de “andar sobrados” debe ser bastante similar a ese “guardar la vida” que el evangelista narra en otro pasaje: “quien guarda la vida, la perderá” (Lc 9,24). Andamos sobrados… y no solo de bienes materiales. A la codicia, más o menos disimulada en nuestra vida, suele acompañarle el egoísmo, la insolidaridad, la injusticia… Andamos tan sobrados que hasta se han inventado nuevos términos como “infoxicación”. Andamos “infoxicados”, sobrados de una información que nos acerca la realidad del mundo pero que nos deja insensibles ante ella… Andamos sobrados de redes sociales, de pantallas, de tiempos perdidos en cosas inútiles…
Sobrados… Cada uno de nosotros podemos pensar hoy de qué “andamos sobrados” porque, si a nosotros nos sobra, seguro que a otros les falta. Y porque si nos sobra algo, seguro que también nos falta alguna otra cosa importante. Pues si nos sobra, por ejemplo, orgullo, carecemos de humildad… si nos sobra autosuficiencia, carecemos de esa confianza en el otro y en el Otro necesarias para abandonarnos y no agarrarnos a las seguridades falsas… si nos sobran miedos, nos falta valentía…
Sobrados… ¿De qué ando sobrada? ¿de qué ando sobrado?
Ojalá podamos despojarnos de todo lo que nos encierra en nosotros mismos y nos hace guardarnos la vida en lugar de darla por el Reino, compartiendo lo que somos y tenemos con quienes más lo necesitan. Por eso la invitación es “a ser ricos para Dios”, ricos en generosidad, en solidaridad, en amor, en compartir… Si cada uno de quienes hoy oramos con este texto lo hiciéramos, no cabe duda de que eso repercutiría en bien de nuestro mundo. Jesús termina su parábola diciendo “necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado? Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios”.
El Señor, con sus palabras, nos ayuda a pasar de “andar sobrados” a “ser ricos ante Dios”. Ahora nos toca a nosotros hacer nuestra parte. ¡Ánimo con ello!
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