Redes Cristianas
¿De qué «cisma» habla, Padre abad? ¿Del cisma entre una jerarquía anquilosada y un Pueblo de Dios que clama por una Iglesia más inclusiva y misericordiosa? ¿Del cisma entre el mensaje evangélico de igualdad y las prácticas discriminatorias que persisten en la institución? El verdadero cisma ya está germinando en el corazón de aquellos que se sienten silenciados, menospreciados y excluidos por una interpretación restrictiva y sesgada de la tradición.
La historia de la Iglesia, y de la humanidad, es una constante evolución. Pretender congelar la voluntad divina en interpretaciones misóginas del pasado es una deslealtad al Espíritu Santo, que sopla donde quiere y llama a quien quiere, sin distinción de género. La vocación no tiene sexo. La capacidad de servir, de predicar, de sanar y de liderar emana del don de Dios, no de la genitalidad.
Es hora de que la jerarquía eclesiástica deje de usar el miedo y la amenaza del cisma como herramienta para mantener privilegios. La unidad no se construye sobre la exclusión, sino sobre el reconocimiento de la dignidad plena de todas las personas, creadas a imagen y semejanza de Dios. La ordenación de mujeres no es una amenaza, sino una oportunidad de revitalizar una Iglesia que, al negar la mitad de su fuerza y talento, se debilita a sí misma.
Le insto, señor, a reflexionar profundamente sobre sus palabras y a considerar el dolor y la frustración que generan. El verdadero liderazgo espiritual hoy exige valentía para discernir los signos de los tiempos, para escuchar la voz de las mujeres y para abrir las puertas de la Iglesia a la justicia y la plena igualdad. Cualquier otra postura es un obstáculo a la misión evangelizadora y un paso atrás en el camino hacia el Reino de Dios.

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