fe adulta

El Evangelio de este quinto domingo de Pascua hace referencia a un aspecto esencial del legado de Jesús. La escena en la que se desarrolla se sitúa en la Última Cena cuando deja uno de los mensajes más esenciales del cristianismo, no solo en su sentido espiritual sino también humano. Juan es el único Evangelio que no habla de la institución de la Eucaristía en el contexto de la Última Cena; no se centra en el rito sino en el significado y el impacto que pueda tener la integración de este mensaje.
Es curioso que el mensaje del Amor lo verbaliza una vez que Judas ha salido del cenáculo, como indica el texto. En la persona de Judas está simbolizada la traición, la falta de comprensión del auténtico mensaje cristiano, una traición que no siempre es tan descarada, como en este caso, a veces es sibilina y astuta. El mensaje del amor auténtico es incompatible con la incoherencia, con la doble moral, con una vida que ansía status, poder, prestigio, obsesión por el dinero, poseer, dominar, aparentar. Una mente así estructurada nunca va a escuchar, quizá sí oír, el mensaje del amor que nos propone Jesús y el cristianismo.
Jesús les dice que les deja un mandamiento nuevo, por tanto, hay novedad en ese mensaje de amor. Toda la tradición judía basada en la ley de Moisés queda superada y liberada con esta propuesta. No va de un amor exclusivo, solo para amar a las personas de nuestro círculo o situación social, religión, condición, opciones de vida. La novedad del amor de Jesús es de mucho calado y él se sitúa como referente, arquetipo y criterio. “Como yo os he amado”.
Ahora bien, ¿De qué Amor se trata? ¿Qué esencia tiene ese Amor? Se deja ver con mucha nitidez que este amor no es un deber moral, sino que es la vibración más profunda del ser humano, una corriente interna que nos conecta con otros seres semejantes. Estamos hechos de amor gratuito y liberador.
“Amaos como yo os he amado”, dos veces repetido en esta breve escena, es una expresión que evoca un movimiento circular, una danza inclusiva, donde los otros, la realidad divina y mi realidad humana se sincronizan para generar un vínculo indestructible. Este amor brota de lo más profundo y sólo tiene vida si sale hacia fuera. No viene del exterior, ni nadie me lo da, tan solo me hace ser consciente de que es la esencia de nuestra verdadera naturaleza.
“Amaos como yo os he amado”. Dice Jesús que el signo de que somos sus discípul@s es la vivencia del amor. Y un amor que nos hace semejantes y nos sitúa en una horizontalidad y simetría que no se puede romper. Jesús nos llama a la circularidad, a una visión nueva de que el amor no es buscar que nos completen porque ya hemos sido diseñados como completos. No somos mitades o cuartos de nadie, sino unidades que peregrinan por esta historia estableciendo vínculos enraizados en un espacio interior donde cohabitan la humanidad y la divinidad entrelazadas. Es verdad que se expresa a través de gestos, palabras, actitudes, pero no para perfeccionar a nadie sino para despertar la consciencia de que todos somos valiosos y tenemos la misma dignidad. No es un amor romántico, acaramelado, sensible, es un amor que sana, libera, empodera y trasciende.
“Amaos como yo os he amado”. Se trata de un amor que no nace de la carencia sino de la abundancia. Cuando nos necesitamos para completarnos aparece la verticalidad, el dominio de uno sobre otro aunque suele ser más habitual de uno[s] sobre otra[s]; se rompe, entonces, el verdadero vínculo y aparecen todas las necesidades afectivas como un geiser que desestabiliza la vida y la convierte en un ego ansioso que busca equilibrarse por otro ser que de seguridad o al que se pueda dominar.
“Amaos como yo os he amado”. El amor de Jesús a la humanidad podemos verlo claramente en su vida, en su manera de relacionarse, en sus palabras, gestos, especialmente en su mirada al ser humano como “hijo” independientemente de su ideología, sexo, género, etnia, status social, etc. La mirada de Jesús a la humanidad va al fondo y no a la forma en la que nos ha tocado vivir o que hemos elegido vivir. Es una mirada que percibe la libertad y la capacidad de vivir en comunión y no en dominación.
Si el signo de ser discípul@s de Jesús es la vivencia de su paradigma del amor, no podemos quedarnos impasibles ante todas las personas que sufren, vulnerables, excluidas, fuera de juego. No podemos conformarnos, tampoco, con una iglesia que todavía expresa una imagen más de verticalidad que de horizontalidad, cuya ética del amor es muy potente con los de fuera, pero, a veces, descuida a los de dentro, especialmente a las de dentro. Ojalá en esta nueva etapa de la Iglesia veamos la realidad de una iglesia en igualdad y sinodalidad efectivas, identificada con el amor de Jesús.
FELIZ DOMINGO
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