

«Esforzaos en entrar por la puerta estrecha»
En los diálogos que Platón dedica a la República, Sócrates, su protagonista, analiza el proceso de formación de un Estado partiendo de su origen, es decir, de la impotencia de cada individuo para atender por sí mismo todas sus necesidades.
Sócrates –en realidad, Platón– considera que las necesidades básicas del hombre son el alimento, la habitación y el vestido, y partiendo de esta premisa, afirma que en principio bastarían tres hombres para formar un Estado: un agricultor, un constructor y un sastre. Cuando avanza más en su reflexión, advierte también otras necesidades, pero el fondo del razonamiento sigue invariable.
Llegado a este punto, contempla la vida apacible y feliz que llevan sus habitantes, y concluye: «De esta manera, llenos de gozo y salud, llegarán a una avanzada vejez, y dejarán a sus hijos herederos de una vida semejante».
Su contertulio, Glaucón, muestra su desacuerdo con la vida austera que propone Sócrates, a lo que éste contesta: «Muy bien, ya te entiendo. No es solamente el origen de un Estado lo que buscamos, sino el de un Estado que rebose placeres. Quizás no obremos mal planteándolo, porque de esta forma podremos saber por dónde se ha introducido la injusticia en la sociedad. Sea como sea, el verdadero Estado, el Estado sano, es el que acabamos de describir. Si ahora quieres que echemos una mirada al Estado enfermo y lleno de pústulas, nada hay que nos lo impida» ...
En definitiva, el diálogo continúa mostrando que la abundancia provoca avaricia, y que la avaricia acarrea guerras, corrompe a los ciudadanos, complica sobremanera la estructura del Estado y es la primera causa de opresión e injusticia…
Si aplicamos este diálogo a nuestros días, resulta que para garantizar hoy una existencia digna bastaría atender el alimento, el vestido, la vivienda, la educación y la salud, y siguiendo un razonamiento similar al de Platón, llegaríamos a definir una sociedad austera cuyos ciudadanos se habrían sacudido el yugo del consumo, basarían su existencia en unos valores que les liberan (y no en unos afanes que les someten), no tendrían el corazón endurecido por la avaricia y serían más libres y por tanto más humanos.
Y esto puede parecer una utopía, pero quizá sea la única vía para librarnos del desastre al que estamos abocando a este mundo. No es casual que la práctica totalidad de los tratados de sabiduría de la historia propugnen el mismo principio: «Huid del estado que rebosa placeres», «Viajad por la vida ligeros de equipaje», «No acumuléis tesoros en la Tierra», «Entrad por la puerta estrecha»…
Hoy, ante la evidencia irreversible del cambio climático, este principio cobra especial relevancia, y así lo refleja Jon Sobrino, sacerdote jesuita, en una de las frases más lúcidas de nuestro tiempo y que no nos cansaremos de repetir: «Debemos caminar hacia la civilización de la austeridad compartida».
Miguel Ángel Munárriz Casajús
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