
Las lecturas de la Liturgia de la Palabra están siempre relacionadas, pero hoy, especialmente, nos damos cuenta de que, en la primera, de Hechos de los Apóstoles, y en el evangelio, se narra la misma experiencia, aunque presente matices diversos. Es el mismo autor, Lucas, quien lo hace para mostrar que este acontecimiento es nexo clave entre sus dos libros: de este modo termina el evangelio (Lc 24,46-53) y comienza el libro de los Hechos (Hch 1,1-11), es decir, finaliza la narración sobre la vida, muerte y resurrección de Jesús y comienza la de sus seguidores, la de la Iglesia.
Es ésta la experiencia que impulsa a la Iglesia a seguir adelante: la certeza de que Jesús, después de padecer y morir, fue resucitado y permanece con nosotros de un modo nuevo. En ambos textos encontramos las mismas afirmaciones: por un lado, el recuerdo de la pasión, muerte y Resurrección de Jesús y, por otro, el cumplimiento de la promesa de Dios de que nunca nos dejará solos, sino que nos acompañará a través de su Espíritu, de su Ruah Santa.
Es la experiencia de la Resurrección de Jesús la que posibilita a los discípulos seguir adelante. La certeza de que, al ser resucitado, Él no se aleja, no abandona, sino que ya ha cumplido su misión: bajó a nosotros, se abajó hasta las profundidades de la tierra para que pudiéramos recibir la vida, y para siempre. Y en esa experiencia, como un modo de glorificarle y exaltarle, se comprende la narración de la Ascensión. Ésta no es algo diferente a la Resurrección, sino que es una dimensión más de esa experiencia de vida nueva de quien se había entregado por amor y ahora se encuentra de otro modo entre nosotros.
Comienza, en este momento, un tiempo nuevo para la Iglesia, nuestro tiempo, en el que Jesús Resucitado nos hace testigos y nos bendice. Muchas veces lo había hecho a lo largo de su vida, como signo de amor y de cuidado, de conexión íntima con la persona. Ahora es el tiempo de ser testigos de esto, es decir, de vivir “a su modo”, de dar testimonio personal de Cristo, de su persona, su vida, muerte y resurrección por amor al Padre y a la humanidad. Toca ser evangelios vivos.
Tarea nada fácil en medio de este mundo en el que parece que la injusticia, el egoísmo y la codicia están teniendo la última palabra. Estamos siendo testigos del tremendo sufrimiento y dolor que esto está causando a tantos miles de hermanos y hermanas en guerras prolongadas, en fronteras cerradas, en pobreza y desolación. Es aquí, en medio de nuestra realidad cotidiana, en la que somos llamados a dar un testimonio de Esperanza y de Amor sin medida. Fortalezcámonos en la alegría y la valentía pascuales que durante todo este tiempo la Palabra nos ofreció, sostengámonos en esos encuentros con el Resucitado que se nos han regalado. Él no nos deja solos.
Hace poco más de un año, en un día como el de hoy, el Papa Francisco entregaba y leía la bula de convocatoria del Jubileo de la Esperanza. Que no quede en el olvido su invitación: “Hermanos y hermanas, que el Señor resucitado y ascendido al cielo nos dé la gracia de redescubrir la esperanza −redescubrir la esperanza, repetía Francisco−, de anunciar la esperanza y de construir la esperanza”.
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