Hay textos evangélicos luminosos que los entiende todo el mundo. Uno de ellos el que nos ofrece este domingo el evangelio de Juan, aunque sea un texto añadido al cuarto evangelio.
Todo el mundo ha comprendido bien este pasaje: Jesús no condena a nadie, tampoco a la adúltera. Para él, la persona es más que sus actos morales y, por ello, siempre hay posibilidad de reorientar la vida. Además, se verifica en este texto aquella actitud de acogida y respeto que Jesús manifiesta en el evangelio por las mujeres. No era difícil comprender que, como dice el mismo evangelio, muchas de ellas le siguieran.
Pero hay una pregunta que queda en el aire y que suena como un trallazo: ¿DÓNDE ESTÁN TUS ACUSADORES? Es verdad que el texto dice que se marcharon “empezando por los más viejos”, quizá más cargados de años y de incoherencias. Pero en este relato parece que los hombres se van de rositas, como se suele decir. Porque todos sabemos que no hay adúlteras sin adúlteros. Más aún, sabemos que son ellos quienes usan, promueven y se lucran del negocio de la prostitución.
Tal vez es demasiado pedir a Jesús que condene a los adúlteros en medio de una sociedad que condena solo a ellas. Pero habría sido un puntazo que el evangelio dijera algo de aquellos que no podían tirar la primera piedra porque estaban implicados en la otra parte del adulterio. Nosotros que leemos hoy esta página, porque vivimos en otro contexto social, sí tendríamos que decir esa palabra que falta en el relato.
¿Qué decir?
· Hemos de llevar la dignidad al centro: así lo repite muchas veces el Papa Francisco. Y en este terreno más que en otros. Lo que quiere decir que las prostitutas son dignas y que cualquier desprecio de palabra o de obra hacia ellas es una ofensa a la dignidad. Y quiere decir también que los usuarios de la prostitución son rechazables. España tiene una legislación muy confusa sobre el tema. Pero parece que el abolicionismo es la mejor respuesta al problema para que España deje de ser el prostíbulo de Europa.
· Hemos de rechazar cualquier tipo de violencia sexual: no solamente aquellas que llevan a la muerte de las mujeres, una lacra inadmisible en una sociedad moderna y en un país que se dice católico. Hay que rechazar cualquier tipo de violencia sexual en el lenguaje, en las actitudes machistas, en la diferencia salarial entre hombres y mujeres, en la postergación de las mujeres en el seno de la misma Iglesia.
Puede que esta reflexión parezca impropia de una homilía dominical. Pero nosotros los cristianos no leemos el evangelio para enterarnos, ya las conocemos, de narraciones simpáticas sobre la vida de Jesús. Leemos el evangelio para intentar reorientar nuestros comportamientos ciudadanos y cristianos. Todos lo sabemos: si el evangelio no toca la vida, queda infecundo. Ojalá no ocurra así con este texto.
Por si nos ilumina algo, digamos que la Conferencia Episcopal Española ha tomado el tema de trata de personas (prostitución, explotación laboral, tráfico de personas, etc.) como concreción del Jubileo de la Esperanza. Hemos de contribuir a visibilizar el tema, orar y ser solidarios cuando se nos solicite. No demos un rodeo y pasemos de largo. Eso está ahí.
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