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(Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, también llamado San Óscar Romero o San Romero de América; Ciudad Barrios, 1917 - San Salvador, 1980) Arzobispo salvadoreño.
Formado en Roma, inició su carrera eclesiástica como párroco de gran actividad pastoral, aunque opuesto a las nuevas disposiciones del Concilio Vaticano II. En 1970 fue nombrado obispo auxiliar de El Salvador, y en 1974 obispo de Santiago de María.
En esta sede comenzó a aproximarse a la difícil situación política de su país, donde desde hacía décadas gobernaba el Ejército. Se implicó de lleno en la cuestión una vez nombrado arzobispo de El Salvador en 1977: sus reiteradas denuncias de la violencia militar y revolucionaria, que llegaba hasta el asesinato de sacerdotes, le dieron un importante prestigio internacional. Ello no impidió que, al día siguiente de pronunciar una homilía en que pedía a los soldados no matar, fuese asesinado por un francotirador mientras oficiaba una misa.
Biografía
Óscar Romero era hijo de Santos Romero y Guadalupe Galdámez, ambos mestizos; su padre fue de profesión telegrafista. Estudió primero con claretianos, y luego ingresó muy joven en el Seminario Menor de San Miguel, capital del departamento homónimo. De allí pasó en 1937 al Colegio Pío Latino Americano de Roma, donde se formó con jesuitas. En Roma, aunque no llegó a licenciarse en teología, se ordenó sacerdote (1942).
El año siguiente, una vez vuelto a El Salvador, fue nombrado párroco del pequeño lugar de Anamorós (departamento de La Unión), y luego párroco de la iglesia de Santo Domingo y encargado de la iglesia de San Francisco (diócesis de San Miguel). Trabajador y tradicionalista, solía dedicarse a atender a los pobres y a los niños huérfanos. En 1967 fue nombrado secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador (CEDES), estableciendo su despacho en el Seminario de San José de la Montaña que, dirigido por los jesuitas, era la sede de la CEDES. Tres años después el papa Pablo VI lo ordenó obispo auxiliar de El Salvador.
Crítico por entonces de las nuevas vías abiertas por el Concilio Vaticano II (1962-1965), Monseñor Romero no tuvo buenas relaciones con el arzobispo Chávez y González, ni tampoco con un segundo obispo auxiliar, Arturo Rivera y Damas. Movido por aquella postura, cambió la línea del semanario Orientación (que desde entonces disminuyó notablemente su difusión). También atacó, sin demasiado efecto, al Externado de San José y a la Universidad Centroamericana (UCA), instituciones educativas dirigidas por jesuitas y, finalmente, a los propios jesuitas, contribuyendo a apartarlos en 1972 de la formación de seminaristas. Sin embargo, tras haber sido sustituidos los jesuitas por sacerdotes diocesanos y ejercer él mismo como rector, el Seminario debió cerrar medio año después.
A pesar de esta serie de fracasos, Óscar Arnulfo Romero gozaba del apoyo del Nuncio Apostólico de Roma, y fue nombrado obispo de Santiago de María en 1974. De gran dedicación pastoral, promovió asociaciones y movimientos espirituales, predicaba todos los domingos en la catedral y visitaba a los campesinos más pobres. Bien visto por ello entre los sacerdotes de su diócesis, se le reprochó cierta falta de organización y de individualismo. En 1975, el asesinato de varios campesinos que regresaban de un acto religioso por la Guardia Nacional le hizo atender por primera vez a la grave situación política del país.
Así, cuando el 8 de febrero de 1977 fue designado arzobispo de El Salvador, las sucesivas expulsiones y muertes de sacerdotes y laicos (especialmente la del sacerdote Rutilio Grande) lo convencieron de la inicuidad del gobierno militar del coronel Arturo Armando Molina. Monseñor Romero pidió al presidente una investigación, excomulgó a los culpables, celebró una misa única el 20 de marzo (a la que asistieron cien mil personas) y decidió no acudir a ninguna reunión con el Gobierno hasta que no se aclarase el asesinato (así lo hizo en la toma de posesión del presidente Carlos Humberto Romero del 2 de julio). Promovió además la creación de un Comité Permanente para velar por la situación de los derechos humanos.
El Nuncio le llamó al orden, pero Monseñor Romero marchó en abril a Roma para informar al Papa, que se mostró favorable. En El Salvador, el presidente endureció la represión contra la Iglesia (acusaciones a los jesuitas, nuevas expulsiones y asesinatos, atentados y amenazas de cierre a medios de comunicación eclesiásticos). En sus homilías dominicales en la catedral y en sus frecuentes visitas a distintas poblaciones, Monseñor Romero condenó repetidamente los violentos atropellos a la Iglesia y a la sociedad salvadoreña.
En junio de 1978 volvió a Roma y, como la vez anterior, fue reconvenido por algunos cardenales y apoyado por el papa Pablo VI. Continuó, pues, con idéntica actitud de denuncia, ganándose la animadversión del gobierno salvadoreño y la admiración internacional. La Universidad de Georgetown (EE.UU.) y la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) le concedieron el doctorado honoris causa (1978 y 1980 respectivamente); algunos miembros del Parlamento británico le propusieron para el Premio Nobel de la Paz de 1979, y recibió en 1980 el Premio Paz de manos de la luterana Acción Ecuménica de Suecia.
Aunque no hay certezas al respecto, se ha afirmado que el 8 de octubre de 1979 recibió la visita de los coroneles Adolfo Arnoldo Majano Ramos y Jaime Abdul Gutiérrez, quienes le comunicaron (también al embajador de Estados Unidos) su intención de dar un golpe de estado sin derramamiento de sangre; llevado a efecto el 15 de octubre, Monseñor Romero dio públicamente su apoyo al mismo, dado que prometía acabar con la injusticia anterior. En enero de 1980 hizo otra visita más a Roma (la última había sido en mayo de 1979), siendo recibido entonces por Juan Pablo II, que le escuchó largamente y le animó a continuar con su labor pacificadora.
Insatisfecho por la actuación de la nueva Junta de Gobierno, intensificó los llamamientos a todas las fuerzas políticas, económicas y sociales del país, la Junta y el ejército, los propietarios, las organizaciones populares, sus sacerdotes e incluso a los grupos terroristas para colaborar en la reconstrucción de El Salvador y organizar un sistema verdaderamente democrático. El 17 de febrero de 1980 escribió una larga carta al presidente estadounidense Jimmy Carter, pidiéndole que cancelase toda ayuda militar, pues fortalecía un poder opresor.
Finalmente, el 23 de marzo de 1980, Domingo de Ramos, Monseñor Romero pronunció en la catedral una valiente homilía dirigida al Ejército y la Policía.
Al día siguiente, día 24 de marzo de 1980, hacia las seis y media de la tarde, durante la celebración de una misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia, fue asesinado en el mismo altar por un francotirador. El crimen se atribuyó a grupos de ultraderecha, afirmándose que la orden de disparar habría sido dada por el antiguo mayor Roberto D'Aubuisson (uno de los fundadores, posteriormente, del partido Alianza Republicana Nacionalista, ARENA). No se produjo, sin embargo, ninguna detención, y todavía en la actualidad permanecen sin castigo los culpables.
En 2015 Óscar Romero fue beatificado por la Iglesia católica; los actos de la beatificación congregaron a más de 250.000 fieles en la Plaza Salvador del Mundo de la capital salvadoreña. Tres años después, el 14 de octubre de 2018, el papa Francisco ofició en Roma la ceremonia de canonización. La festividad de San Óscar Romero, también llamado San Romero de América por sus devotos, se celebra el 24 de marzo.
Cómo citar este artículo:
Tomás Fernández y Elena Tamaro. «Biografia de Óscar Arnulfo Romero» [Internet]. Barcelona, España: Editorial Biografías y Vidas, 2004. Disponible en https://www.biografiasyvidas.com/biografia/r/romero_oscar.htm [página consultada el 23 de marzo de 2025].
Leandro Sequeiros. Presidente de ASINJA (Asociación Interdisciplinar José de Acosta)
biografíasyvidas.com
«El sentido del camino que la Secretaría del Sínodo propone a las Iglesias locales no es añadir trabajo al trabajo, sino ayudar a las Iglesias a caminar en estilo sinodal». Con estas palabras, el cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo, presenta a los medios vaticanos el acompañamiento de la fase de implementación aprobada por el Papa Francisco.
Eminencia, el Sínodo sobre la Sinodalidad parecía concluido… y ahora comenzamos de nuevo, por voluntad del Papa Francisco que desde Gemelli aprobó el calendario de trabajos para los próximos tres años.
Es cierto que muchos pensaban que el Sínodo había concluido con la celebración de la segunda sesión de la Asamblea, en octubre pasado. En realidad, la constitución apostólica Episcopalis Communio ha “transformado” el Sínodo de un acontecimiento a un proceso dividido en tres fases: preparatoria, celebrativa y actuante (CE, art. 4). Este paso exige una auténtica “conversión”, un cambio de mentalidad que tarda en arraigarse en la práctica de la Iglesia. Pero esta articulación es fundamental: no basta la publicación de un “documento” para que lo que ha surgido en las dos fases del proceso sinodal se implemente en la vida de la Iglesia.
Ese “documento” debe ser “recibido” como fruto del discernimiento eclesial y horizonte de conversión. Y así sucedió: el Santo Padre, que es el principio de unidad de la Iglesia y el garante del proceso sinodal, con el Documento Final confía a las Iglesias locales y a sus agrupaciones la tarea de implementar las recomendaciones de la Asamblea en su propio contexto local, como recomienda en su "Nota de acompañamiento" al Documento Final . Y muchas Iglesias ya han respondido generosamente y han comenzado a moverse: así que, en realidad, el trabajo nunca se ha detenido después de la finalización de la Asamblea.
Lo que se anuncia ahora es más bien un proceso de acompañamiento y evaluación de la fase de candidatura ya en curso: una decisión que el Santo Padre ha madurado también con la contribución del Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo, compuesto en gran parte por miembros elegidos durante la Asamblea. Y este proceso no compromete el protagonismo de cada Iglesia en acoger y aplicar de modo original los frutos del Sínodo: con él el Papa impulsa a toda la Iglesia a un ejercicio de responsabilidad, más aún, de gran corresponsabilidad porque, precisamente valorando las Iglesias locales, asocia al mismo tiempo el colegio episcopal al ejercicio de su ministerio.
Entonces, ¿cuál es el propósito más preciso de este camino?
Se trata de un proceso que tiene como objetivo fomentar la comparación entre las Iglesias sobre los conocimientos desarrollados en la fase de aplicación. Después de un período dedicado al trabajo de cada realidad local (hasta 2026), deseamos, en estilo sinodal, crear espacios de diálogo e intercambio de dones entre las Iglesias. Éste es uno de los aspectos más preciosos que han surgido del camino sinodal realizado hasta ahora. El objetivo es que la implementación no se realice de manera aislada, como si cada diócesis o eparquía fuera una entidad en sí misma, sino que se fortalezcan los vínculos entre las Iglesias a nivel nacional, regional y continental.
Al mismo tiempo, estos momentos de diálogo permitirán un auténtico “caminar juntos”, ofreciendo la oportunidad de evaluar, en un espíritu de corresponsabilidad, las elecciones realizadas. Los encuentros previstos para 2027 y principios de 2028 acompañarán así naturalmente el camino hacia la Asamblea Eclesial de octubre de 2028. Esta Asamblea final podrá entonces ofrecer al Santo Padre elementos preciosos, fruto de una auténtica experiencia eclesial, para su discernimiento como Sucesor de Pedro, con perspectivas que proponer a toda la Iglesia. La implementación y la evaluación deben avanzar juntas, entrelazándose en un proceso dinámico y compartido: ésta es precisamente la cultura de rendición de cuentas que evoca el Documento Final.
El 2026 será un año enteramente dedicado al trabajo de las diversas diócesis. ¿Qué se espera?
Es esencial volver a empezar desde el trabajo realizado en la fase de escucha, pero es igualmente esencial no repetirlo de forma idéntica. En esta etapa, ya no se trata sólo de escuchar y recoger la escucha del Pueblo de Dios, sino de permitir a los responsables de las Iglesias y a los equipos sinodales llevar adelante un diálogo con el resto del Pueblo de Dios sobre los contenidos surgidos del camino sinodal en su totalidad, para que este camino se adapte a la propia cultura y tradición. También ésta es otra posibilidad de apelar a todo el Pueblo de Dios como participantes de la función profética de Cristo (cf. LG 12) y sujetos del sensus fidei. Espero que el principio de circularidad dentro de las Iglesias y entre las Iglesias se haga operativo en la práctica ordinaria de la Iglesia.
¿Cómo deben funcionar las iglesias locales?
Estamos invitados no sólo a reiterar sino a garantizar que todos los miembros del Pueblo de Dios sean sujetos activos de la vida eclesial y a trazar el camino de cada Iglesia sobre la base de esta capacidad reconocida, que es necesario apoyar y capacitar. Este primer año y medio también será una oportunidad para involucrar a quienes antes participaban menos activamente. Vivir experiencias sinodales, experimentar la conversación en el Espíritu que tanto ha hecho crecer nuestras comunidades. Ahora que el panorama está más claro y se ha desarrollado una comprensión más compartida de la sinodalidad, juntos –sin excepción– podemos encontrar herramientas para continuar el camino con energía renovada.
¿Cómo podemos implicar más al Pueblo de Dios, evitando el riesgo de que el proceso sinodal quede confinado a asuntos de “expertos”, de personas ya involucradas en las estructuras eclesiales? ¿Cómo podemos garantizar que este nuevo y desafiante paso no se viva como una tarea burocrática más que se suma a las demás?
El Documento Preparatorio, que dio inicio a todo el proceso sinodal, comienza precisamente con esta afirmación: «La Iglesia de Dios se reúne en Sínodo». No hay nada que pueda involucrar a toda la Iglesia y a todos en ella más que el proceso sinodal. Esto se vio en la primera fase, con la escucha del Pueblo de Dios en las Iglesias locales. El camino a seguir ahora es el mismo. Este camino de implementación es desafiante no porque requiera agregar más actividades para los “trabajadores pastorales”, particularmente para los ministros ordenados, instituidos o de facto. El compromiso es vivir el camino eclesial de cada Iglesia con mentalidad sinodal, dentro de un horizonte sinodal, desarrollando un estilo sinodal que constituya el presupuesto de una forma de Iglesia sinodal. Repito el adjetivo para subrayar que la cuestión es de mentalidad. El sentido del camino que la Secretaría del Sínodo propone a las Iglesias locales no es añadir trabajo a trabajo para responder a las peticiones que vienen de fuera o de arriba, sino ayudar a las Iglesias a caminar en estilo sinodal; en una palabra, ser verdaderamente Iglesias, donde la portio Populi Dei confiada al Obispo con la ayuda de su presbiterio y de sus ministerios sea verdaderamente una Iglesia de sujetos en relación, que encarnan el Evangelio en el lugar donde se encuentran.
¿Puede decirnos una palabra sobre el trabajo de los Grupos de Estudio y su análisis en profundidad de temas individuales?
El trabajo de los 10 Grupos de Estudio está ahora bastante avanzado, aunque naturalmente hay diferencias entre los Grupos. Así lo reveló una reciente reunión organizada por la Secretaría General con la participación de todos los coordinadores del Grupo. La metodología de trabajo es bastante variada, aunque – según la precisa indicación del Santo Padre – cada Grupo se compromete a adoptar un estilo sinodal, recurriendo en muchos casos a la conversación en el Espíritu y a la escucha también de voces externas al Grupo, que pueden ayudar a tener en cuenta múltiples perspectivas. También están siendo de gran ayuda las aportaciones que están llegando en los últimos meses por parte de particulares o asociaciones. También muchos obispos, atendiendo a una invitación que les ha sido dirigida, han promovido en sus Iglesias locales un discernimiento sobre las cuestiones tratadas por los Grupos y nos envían sus resultados. En algunos casos, sin embargo, fueron los mismos Grupos los que solicitaron opiniones, por ejemplo contactando a las Conferencias Episcopales o a las Nunciaturas Apostólicas, o consultando a expertos, o incluso celebrando reuniones conjuntas entre Grupos que tratan temas similares.
¿Cuándo se terminará esta obra?
Todavía es difícil decir cuándo concluirán los Grupos su trabajo. Como se indicó hace un año, en el momento de su constitución, los Grupos están invitados a presentar sus conclusiones al Santo Padre "posiblemente antes de junio de 2025". Algunos de los grupos deberían poder cumplir este plazo. Otros, por el contrario, pueden necesitar más tiempo, pero aun así entregarán un informe provisional sobre su trabajo a finales de junio. Al mismo tiempo, también está trabajando la Comisión de Derecho Canónico, instituida en 2023, que se ha puesto a disposición para dar su apoyo a los 10 Grupos en materias de su competencia, así como un Grupo instituido en el SECAM (Simposio de las Conferencias Episcopales de África y Madagascar) para la pastoral de las personas que viven en situación de poligamia.
¿Nos podrías explicar qué es la Asamblea de la Iglesia del 2028? La carta afirma explícitamente que no será un nuevo Sínodo…
Yo diría que el Sínodo 2021-2024 fue “una primicia” en muchas cosas. Fue la primera vez que las normas de la Episcopalis Communio se aplicaron en su totalidad; Fue la primera vez que toda la Iglesia y todos en la Iglesia tuvieron la oportunidad de participar en el proceso sinodal; Fue la primera vez que en la Asamblea participaron miembros no obispos; Fue la primera vez que un Documento Final fue aprobado inmediatamente por el Santo Padre, participando así en su Magisterio ordinario. Ahora –en la tercera fase del proceso sinodal– se celebra por primera vez una Asamblea eclesial. Siendo la primera vez que se celebra una Asamblea Eclesial a nivel de toda la Iglesia, aún quedan muchas cosas por aclarar, si bien podemos inspirarnos en la experiencia de las Asambleas de la Etapa Continental, que han sido todas eclesiales.
¿Qué características tendrá? ¿En qué se diferenciará de las dos sesiones de la Asamblea Sinodal que vivimos en 2023 y 2024?
El objetivo de la Asamblea Eclesial, que constituye el evento final del proceso, no es otro que el indicado por el Documento Final para la tercera fase, es decir, hacer concreta la perspectiva del intercambio de dones entre las Iglesias y en la Iglesia en su conjunto (cf. nn. 120-121). Si durante las etapas de la tercera fase será posible realizar en los diversos niveles de las agrupaciones de Iglesias (Provincias, Conferencias Episcopales, Encuentros Internacionales de Conferencias Episcopales) el intercambio de dones a través de la confrontación y la puesta en común de los procesos iniciados en las Iglesias locales, la Asamblea Eclesial constituirá la ocasión para recoger a nivel de Iglesia todos los frutos que han madurado. La posibilidad de esta Asamblea eclesial está enteramente contenida en el saludo final del Santo Padre al concluir la segunda Asamblea del Sínodo. Aclaró que «en algunos aspectos de la vida de la Iglesia indicados en el Documento, así como en los temas encomendados a los diez “Grupos de Estudio”, que deben trabajar con libertad, para ofrecerme propuestas, se necesita tiempo, para llegar a opciones que involucren a toda la Iglesia. Yo, pues, seguiré escuchando a los Obispos y a las Iglesias a ellos confiadas».
La tercera fase corresponde a este tiempo de escucha de cómo funciona el Documento Final en la vida de las Iglesias, y la Asamblea Final constituye el momento de síntesis, capaz de recoger los frutos de esta escucha. Por esto la Asamblea es eclesial, lo que equivale a subrayar su naturaleza y función diversas respecto a la Asamblea Sinodal que ya hemos celebrado, que es y sigue siendo sustancialmente una Asamblea de Obispos. El fruto de aquella Asamblea fue el Documento Final, que participa, como ya hemos dicho, del Magisterio ordinario del Sucesor de Pedro. A la luz de ese documento, toda la Iglesia está llamada – cada Iglesia y cada Obispo como principio de unidad de su Iglesia – a vivir la tercera fase, que tendrá su culminación en la Asamblea Eclesial. Esta Asamblea debe ser la manifestación visible de aquella verdad que abrió el Documento Preparatorio: «La Iglesia de Dios se reúne en Sínodo» para dar testimonio de los frutos del camino sinodal de la Iglesia.
El calendario propuesto en la carta habla de una nueva reunión jubilar prevista para el próximo octubre, la de los equipos sinodales. ¿De qué se trata?
El Jubileo está estrechamente asociado con la peregrinación. La Iglesia sinodal es una Iglesia peregrina, lo que se manifiesta en el “caminar juntos” del Pueblo de Dios hacia la realización del Reino. El jubileo de los equipos sinodales y de los órganos de participación (porque estas estructuras ofrecen también espacios para la vida sinodal en las Iglesias locales) quiere ser el momento celebrativo en el que esta dimensión sinodal de la Iglesia se manifieste en el camino del Pueblo de Dios hacia la tumba de Pedro, reuniendo al mismo tiempo en torno al Sucesor de Pedro, el principio de comunión de todos los bautizados, de todas las Iglesias, de todos los obispos. También aquí debería estar en peregrinación toda la Iglesia. Pensamos en convocar los equipos sinodales, porque están formados por personas que han puesto su tiempo y energía al servicio del proceso sinodal. Pedimos su reactivación porque ellos serán la “vanguardia” en este proceso de implementación.
¿Qué espera de esta reunión?
Con ellos pretendemos vivirlo no sólo como un momento de celebración, sino como un tiempo “oportuno” para profundizar en la comprensión de la sinodalidad como dimensión constitutiva de la Iglesia, con todo lo que ello comporta para el camino de la Iglesia, que desea realizar una conversión sinodal, como nos recuerda también el Santo Padre en su Mensaje para la Cuaresma que estamos viviendo. Considerando que esta conversión sinodal podrá ayudar a la renovación de la Iglesia y a un nuevo impulso misionero, es verdaderamente un motivo de esperanza que no defrauda.
Esta Carta a los Obispos y al Pueblo de Dios a ellos confiada, publicada hoy, ¿irá acompañada de otras ayudas?
En este momento no estamos proporcionando ningún material ni orientación adicional más allá de lo que contiene la carta a las iglesias locales. Ya tienen todo lo necesario para trabajar en la implementación: el Documento Final. Los distintos momentos presentados en la carta también se definirán más detalladamente con su ayuda y, por supuesto, con el Consejo Ordinario de nuestra Secretaría. En los últimos años hemos tenido varios encuentros en línea muy útiles con obispos y eparcas, con las Conferencias Episcopales y organismos equivalentes de las Iglesias Orientales Católicas, con las Reuniones Internacionales de las Conferencias Episcopales; Por lo tanto no excluimos realizar reuniones similares también en esta nueva fase para acordar el avance del proyecto. He dicho en varias ocasiones que el servicio de la Secretaría General del Sínodo no es el de imponernos desde arriba instrucciones a seguir, sino que es ante todo la disponibilidad a escuchar las necesidades, las intuiciones y las propuestas que nos llegan de las Iglesias locales. Las ayudas que pretendemos ofrecer durante este camino, a partir del de mayo –como ya hemos anunciado–, serán también fruto de este ejercicio de escucha eclesial.
¿Podría decir en pocas palabras cuál es el corazón del mensaje surgido de la doble Asamblea Sinodal dedicada a la sinodalidad?
Querer expresar en pocas palabras incluso sólo el “corazón” del mensaje surgido de la Asamblea sinodal, especialmente en dos sesiones, corre el riesgo de ser muy reductivo. Sin duda, quisiera subrayar la dinámica del proceso: el paso de la primera a la segunda sesión ha mostrado cómo funciona el discernimiento eclesial, a través de una escucha prolongada que permite madurar el consenso. El Documento Final es el resultado maduro de un proceso paciente en etapas, en el que aprendimos un estilo y un método sinodal. El proceso sinodal está diciendo a todos que la sinodalidad es posible; que es posible un estilo sinodal de la Iglesia; que la forma sinodal de la Iglesia es posible. Y exhorta a todos a hacerlo posible, en docilidad al Espíritu Santo que guía a la Iglesia en esta dirección, porque invita a la Iglesia a un renovado testimonio misionero de la alegría del Evangelio.
¿Qué papel tendrá el Documento Final aprobado en 2024?
El Documento Final es el fruto maduro de este proceso. Su contenido es tal que constituye un mapa para la conversión y la renovación de la Iglesia en sentido sinodal. Todo el trabajo que nos espera en estos próximos tres años está inspirado en los contenidos de este Documento, que deberán ser probados para verificar la posibilidad de realizarlos en la vida de la Iglesia. Permítanme subrayar dos cosas. La primera: que el Documento Final constituye un acto autorizado de recepción del Concilio Vaticano II «que prolonga su inspiración y relanza su fuerza profética para el mundo de hoy» (DF 5). El Documento afirma de hecho que «el camino sinodal es en realidad la puesta en práctica de lo que el Concilio enseñó sobre la Iglesia como Misterio y Pueblo de Dios, llamada a la santidad mediante una conversión continua que nace de la escucha del Evangelio» (DF 5).
La segunda: que desde cualquier lado que se entre – ya sea desde los fundamentos de la sinodalidad, expresados en el primer capítulo, o desde cualquier otro capítulo –, cuando se exploran los temas que entrelazan el Documento, se capta la profunda unidad y armonía del texto. Es un documento que nos permite ver la belleza de la Iglesia y la posibilidad de su renovación: una renovación que, cuando emprende el camino de la sinodalidad como modo de ser y de actuar, se realiza en la riqueza de la Tradición. En síntesis se podría decir: el corazón del mensaje es que todos los bautizados somos todos discípulos y todos misioneros, seriamente comprometidos en una conversión de las relaciones, para facilitar el encuentro de Jesús con los hombres y mujeres de hoy. El Sínodo ha ofrecido y ofrece piernas y perspectivas a la conversión pastoral y misionera a la que el Papa Francisco nos ha invitado desde el inicio de su pontificado.
Andrea Tornielli
Religión Digital / Vatican News
En la mañana del 22 de marzo, recibí este mail: “Esta pasada noche, Hélène nos ha dejado, así, sencillamente ¡mientras dormía! Se ha ido sin luchar, suavemente. Ha sido eficaz durante toda su vida, ¡y sin hacer mucho ruido! La echaremos de menos”. Todo lo esencial queda dicho en esas palabras con la sobria belleza que tanto le gustaría a Hélène.
Sí, la echaremos en falta. Y a la vez, en el fondo de la ausencia y de la pena, reconoceremos lo que nos queda de ella. Infinitamente más que un mero, efímero, recuerdo. Queda su vida profunda, su fuerza vital, su generosidad sin reserva. Queda el Aliento sin comienzo ni fin que la hizo tan viviente y vivificadora. Queda la Plenitud que la habitó, el Infinito que en ella tomó forma, el Todo al que retornó –del que nunca se fue– tras haberlo dado todo. Queda la tarea por cumplir en esta nuestra estrecha historia que medimos en espacio y tiempo. Y, más allá de toda medida, queda la confianza en que toda estrechura del espacio y del tiempo es apertura al Presente infinito, a la Presencia cumplida. Somos seres en paso, vivimos en Pascua, la muerte es la última travesía, la última donación.
Hélène Dupont. Una mujer fuerte. No exactamente la “mujer fuerte” que celebra la Biblia como “perla rara”, aplicada “al huso y la rueda”, la mujer pecho y vientre, recatada y sumisa al varón y al orden dictado por las leyes del poder. No ha sido ni prepotente ni sumisa, sino libre y apasionada de la liberación, pletórica de fuerza subversiva y pacífica. “Mujer excepcional”, como me ha dicho la amiga común, “de las que luchan contra viento y marea y no sueltan nada”.
Ya es mucho parir y criar cuatro hijos, una aventura heroica cotidiana, de parto cada día durante toda la vida hasta el último aliento. Ya es mucho ser profesora de francés, iniciar al fondo indecible de la realidad, a sus retos y promesas, a través de los entresijos y destellos de la palabra, del relato, del poema (¡qué suerte han tenido quienes te han tenido como maestra de la lengua!). No bastó para tu inagotable energía creadora, tu irresistible impulso liberador. Donde la vida gritaba sus bienaventuranzas y dolores, allí te dirigías. Has sido discípula extraordinariamente adelantada del profeta Jesús de Nazaret, tu inspiración profunda. En las raíces de tu ser te movía el mismo espíritu jubilar que, en medio de la sinagoga de Nazaret demasiado dócil y atada a la letra, le llevó a ponerse en pie y a declarar: “He sido ungido para anunciar la buena noticia a los pobres. He sido enviado a proclamar la liberación a los cautivos, la libertad a los oprimidos” (Lucas 4,18). Eso mismo hiciste tú.
“Se la encontraba en todas partes –me dice la misma amiga–. En los Círculos de Silencio organizados por los Franciscanos en la gran plaza del Capitolio de Toulouse para denunciar las condiciones de detención de los inmigrantes sin papeles. Con los Humnanistas, donde los Protestantes con el famoso Pastor Parmentier, o recientemente en una celebración ecuménica con la Iglesia reformada de France y las personas LGTB… Fue también, de más joven, visitante de prisión. Y miembro de la Asociación “Les amis de Gikongoro”, en memoria crítica contra las masacres cometidas en la primavera de 1994 en la prefectura de Gikongoro en Rwanda. Miembro también del “Movimiento nacional LE CRI [El grito]. Por un mundo sin exclusión”. Y cofundadora de “La Peña Columérine” (de Columiers, donde residía) para la difusión de la cultura española. Y un largo etc. Fue también ella –me permito hacerlo constar– quien quiso e hizo posible que estos humildes textos se tradujeran y se publicaran en francés, reuniendo un extraordinario equipo de traductores/as, coordinado por ella: Edurne Alegría, Rose-Marie y François-Xavier Barandiaran, Peio Ospital, Dominique Pontier. Y debo hacer una mención especial de otra de sus tareas a las que ha dedicado sus enormes dotes de organizadora, coordinadora y mucho más: fue cofundadora (en 1995) y presidente durante muchos años de “Partenia, un espacio de libertad”, una diócesis virtual sin fronteras presidida por el obispo Jaques Gaillot, tras su destitución por Juan Pablo II de la sede episcopal de Évreux.
“En resumen –dice nuestra amiga–, estaba allí donde hubiera que defender alguna buena causa, pero, ‘maliciosa’, ¡enviaba al obispo de Toulouse para cada reunión el evangelio de nuestra meditación! Hay quienes recuerdan su imponente silueta envuelta en un poncho y sobre todo la larga trenza que en aquella época le caía hasta la cintura. Y todo esto sin hacer ruido; en las reuniones, ella empezaba comunicando las noticias y ya está, no se le volvía a escuchar en toda la noche”.
Hélène, has sido profeta de la palabra y de la acción, de la imaginación creadora, de la presencia animadora. Y sí, también profeta del silencio. Del silencio fuente, del silencio fondo, del que brota y al que lleva toda palabra verdaderamente profética, engendradora de vida. En el silencio nacen el verbo y la acción, la palabra encarnada en todas sus formas.
Al final de tu larga vida fecunda, has fundido tu último aliento en el Aliento silencioso y vigoroso de la Vida, diciéndote del todo. “Seul le silence est grand; tout le reste est faiblesse” (“Solo el silencio es grande; todo el resto es debilidad”, como sentencia el lobo en el poema “La mort du loup” (la muerte del lobo) de Alfred de Vigny, que Hélène recitó en las exequias de su marido, junto a su féretro (¡hay que atreverse!).
¡Gracias, querida Hélène! En este mundo perturbado, en esta hora de incertidumbres y amenazas crecientes, tú nos acompañas. Tu profecía sigue vigente. El espíritu consolador y transformador imbatible de Jesús que has encarnado, tu espíritu inquebrantable nos empuja, tu silencio nos indica el camino al cumplimiento, eternamente futuro y eternamente presente.
Has cumplido tu tarea. Descansa, VIVE en paz y, en tu paz, camina con nosotros, fortalece nuestros pasos.
José Arregi
Aizarna, 28 de marzo de 2025
www.josearregi.com
Santiago de Compostela no es sólo meta y destino. En este momento también es punto de partida de reflexión serena y prospectiva sobre la Iglesia y su ser y estar en el mundo. Lejos de estridencias, la apuesta, como la lluvia que acompaña a menudo aquella realidad, es la de ir calando, empapando de diálogo y propuestas, aunque tristemente conscientes de que cada vez son menos las instancias que cuentan o esperan la aportación de la Iglesia.
En un momento en donde se vislumbran nubes de tormenta en el horizonte de Europa, hay una parte de la Iglesia ombliguista y de sacristía que espera a que escampe y otra -la menos- que señala y alumbra. Lo hace Francisco. O el cardenal Zuppi, que ha apelado a una 'refundación' europea al estilo de los padres fundadores. Y desde Compostela, desde donde Juan Pablo II y Benedicto XVI intentaron agitar la enmarañada conciencia de la Europa de los mercaderes, aparece una voz que invita a no bajar los brazos.
"Me duele reconocer que, a lo mejor, no nos esperan y menos están dispuestos a escucharnos. Aún así, tengamos parresia, tengamos el valor de proponer caminos que a los oídos de muchos suenan a ingenuidades utópicas o propuestas “exentas de realismo”: reconciliación, misericordia, fraternidad… No son invento de una revolución, sino Evangelio en estado puro", señala en entrevista con Religión Digital sobre este interpelante momento histórico el arzobispo Francisco José Prieto.
En un histórico discurso desde Compostela, en 1982, Juan Pablo II hizo un canto europeísta. “Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo”, decía Wojtyla. Cuatro décadas después, en Europa lo que se oye es una llamada al rearme. ¿Cómo se explica lo que está pasando?
Una Europa desconcertada, casi diría asustada, tras el giro provocado por las decisiones de la administración Trump en asuntos de tanto calado como la seguridad y la búsqueda de una paz justa para la guerra en Ucrania, se ha encontrado con el reto de asumir un papel de actor, y no de mero espectador, en el panorama internacional y, de modo especial, en lo que afecta a las propias naciones europeas. Es como descubrir que de repente estás solo y el miedo te acecha; surgen entonces “fantasmas” que precipitan decisiones a la defensiva y arrinconan aquello que hizo grande a Europa: el valor de la razón y del derecho.
Europa tiene un patrimonio moral y espiritual único en el mundo, que merece ser propuesto una vez más con pasión y renovada vitalidad, y que es el mejor antídoto contra la falta de valores de nuestro tiempo, terreno fértil para toda forma de extremismo.
Europa está dando la espalda a los valores fundacionales nacidos tras la devastación del continente, arrasado por dos guerras mundiales. ¿Es imparable la pendiente por la que parece que comienza a deslizarse el continente?
Incluso más reciente. Por qué no recordar lo que dice la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (2000-2007): “Consciente de su patrimonio espiritual y moral, la Unión está fundada sobre los valores indivisibles y universales de la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad, y se basa en los principios de la democracia y el Estado de Derecho. Al instituir la ciudadanía de la Unión y crear un espacio de libertad, seguridad y justicia, sitúa a la persona en el centro de su actuación”.
¿Dónde queda esa afirmación de la centralidad de la persona? Si la olvidamos, entonces sí caeremos por una pendiente sin retorno: el otro es enemigo y la respuesta es la confrontación violenta. Europa encuentra de nuevo esperanza cada vez que pone al hombre en el centro y en el corazón de las instituciones. Como no recordar aquellas palabras del papa Benedicto XVI en su viaje a Santiago de Compostela en noviembre de 2010: “No se puede dar culto a Dios sin velar por el hombre, su hijo, y no se sirve al hombre si no le respondemos a la pregunta por Dios”. El olvido de uno lleva al silencio sobre el otro, y viceversa.
El domingo 16 de marzo, miles de personas llenaron la Piazza del Popolo, en Roma exhibiendo únicamente banderas europeístas. ¿Faltan líderes que reivindiquen las raíces de Europa, en el sentido de los padres fundadores, o estamos en shock por la magnitud y rapidez de los cambios geoestratégicos que estamos viendo desde la toma de posesión de Donald Trump?
La crisis de liderazgo es grave. No es lo mismo chillar y pretender que así te oigan. El liderazgo no se impone por invadir las redes sociales o por generar titulares de consumo, sino por ser un “provocador” de las conciencias con palabras y gestos que se acreditan por un compromiso inquebrantable con la justicia, la dignidad y la verdad, sagrados valores cuya realización o negación acreditan o desacreditan a una persona. En el origen de la civilización europea se encuentra el cristianismo, sin el cual los valores occidentales de la dignidad, libertad y justicia resultan incomprensibles. En nuestro mundo multicultural tales valores seguirán teniendo plena valor si saben mantener su nexo vital con la raíz que los engendró.
Por eso, hacen falta voces, liderazgos, como el del papa Francisco que, en su frágil salud, nos invita a encontrar esperanza en la solidaridad, que es también el antídoto más eficaz contra los modernos populismos.
¿Qué puede hacer la Iglesia en medio de este cambio de época, como la denomina Francisco, o es un actor que ahora ya, aunque esté, no se la espera en el concierto europeo?
Me duele reconocer que, a lo mejor, no nos esperan y menos están dispuestos a escucharnos. Aún así, tengamos parresia, tengamos el valor de proponer caminos que a los oídos de muchos suenan a ingenuidades utópicas o propuestas “exentas de realismo”: reconciliación, misericordia, fraternidad… No son invento de una revolución, sino Evangelio en estado puro.
Estamos viviendo en los agobiantes espacios de la exclusión y la polarización, y como creyentes y como Iglesia, no podemos temer al diverso y al distinto, sino únicamente a los prejuicios que arman al laicismo excluyente o al creyente maniqueo (ambos fundamentalistas). Hay pocas cosas más atrevidas que la ignorancia, y la libertad de expresión no es en modo alguno libertad para insultar o herir. Y esto vale para las dos orillas… sobre todo aquellas empeñadas en no buscar puentes.
Se está dando un fenómeno curioso: la ultraderecha reivindica las raíces cristianas de Europa frente a una pretendida invasión musulmana, pero quiere dinamitar desde dentro las Europa nacida desde la democracia cristiana, que apostaba por la acogida. ¿Cómo cabe interpretarlo?
Quizás lo curioso de este fenómeno es fruto, como planteo en la pregunta anterior, de esas pretendidas exclusividades, donde se confunde, en ambas orillas, la fe con la ideología. La consecuencia es la perversión de la Verdad (con mayúsculas) dispersa en la niebla del rechazo y la descalificación. Evoco de nuevo al Papa Benedicto en su homilía desde la Plaza del Obradoiro, el 6 de noviembre de 2010: “La Europa de la ciencia y de las tecnologías, la Europa de la civilización y de la cultura, tiene que ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes, al Dios vivo y verdadero desde el hombre vivo y verdadero”.
Invocar las raíces cristianas nos compromete a mirar a cada persona como un hijo de Dios “igual que yo”, para llegar a lo que cada persona, en su dignidad, tiene de único e irrepetible. «Quien no quiere el ‘nuestro’, no quiere el ‘Padre’», decía san Juan de Ávila comentando el Padrenuestro.
¿Qué le parece que la Unión Europea esté convirtiendo -por decirlo de algún modo, tras la aceptación de las deportaciones de inmigrantes a terceros países- el rechazo al extranjero en política de Estado?
Comenzaba esta entrevista con una pregunta en la que se mencionaba el histórico discurso europeísta de san Juan Pablo II en Santiago de Compostela en 1982. Me permito evocar de nuevo sus palabras, quizás las más vibrantes: “Te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces”.
En la Europa actual, que encontró y encuentra una de sus realizaciones y expresiones más genuinas en el Camino de Santiago, debemos volver a redescubrir ese proyecto común, ante todo de personas y pueblos, no únicamente de estrategias políticas y económicas, que deben ser escuchadas para construir mejor una fraternidad social que nos conduzca a ser, como dijo el papa Francisco ante el Parlamento Europeo, en noviembre de 2014, “un mensaje de esperanza basado en la confianza de que las dificultades puedan convertirse en fuertes promotoras de unidad, para vencer todos los miedos que Europa –junto a todo el mundo– está atravesando. Esperanza en el Señor, que transforma el mal en bien y la muerte en vida”.
También en España el tema de la acogida a los inmigrantes está siendo espoleado por partidos de ultraderecha para captar votos, formaciones que, por otro lado, utilizan la persecución a los cristianos en otras latitudes para justificar su postura xenófoba en casa. ¿Está la Iglesia en España denunciando lo suficientemente alto este hecho? ¿Se le está haciendo caso? ¿No teme que sean otros quienes se apropien y utilicen para sus fines la cuestión de la persecución religiosa?
Hay unas palabras del papa Benedicto en Deus caritas est (nº 16), comentando 1 Jn 4, 20, que deberían interrogarnos: “El amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios”.
Ese Dios hecho carne nos enseñó que los rostros son más importantes que las ideas y que no podemos separar a Dios del prójimo, porque nos debemos amar unos a otros en aquel que nos amó primero. Por eso, no podemos tomar el nombre de Dios en vano, según convenga a nuestros planteamientos ideológicos.
La esperanza a la que nos convoca el Jubileo Romano 2025 nos pide alzar la voz sin miedo en defensa de quienes están sufriendo, hoy, muy graves injusticias, víctimas de las guerras, de la trata, de la violencia, de la falta de un trabajo digno y seguro.
Como Iglesia, debemos tener una mirada y sensibilidad evangélicas ante la necesaria acogida e integración de las personas migradas: es inaceptable utilizar a los migrantes o refugiados como arma política, cuando ya acumulan el dolor por el desarraigo y el abuso de las mafias. Han de ser acogidos desde la legalidad y en fraternidad.
El prójimo siempre tiene rostro concreto y allí el Señor nos espera: en los damnificados por las catástrofes naturales; en las dificultades de acceso a la vivienda de jóvenes y familias; en la lacra del paro juvenil o de las adicciones que tanto esclavizan la libertad y la dignidad de las personas; en la violencia contra los niños y las mujeres; o en las terribles guerras que arrasan con la verdad, la justicia y la vida, sea en Gaza o en Ucrania, o en tantos lugares “olvidados” en la actualidad informativa.
El rechazo al extranjero -fundamentalmente al musulmán- está detrás del reciente acuerdo para la cesión de competencias en la gestión migratoria a la Generalitat de Cataluña. Hay partidos que han denunciado esta medida pactada entre el Gobierno central y Junts, unos por inconstitucional y otros por racista. ¿Qué opinión tiene usted?
La historia de Europa y la de España está fuertemente marcada por el encuentro con otros pueblos y culturas, y nuestra identidad es, y siempre ha sido, una identidad dinámica y multicultural. El miedo que se advierte encuentra a menudo su causa más profunda en la pérdida de ideales. Sin una verdadera perspectiva de ideales, se acaba siendo dominado por el temor de que el otro nos cambie nuestras costumbres arraigadas, nos prive de las comodidades adquiridas, ponga de alguna manera en discusión un estilo de vida basado sólo con frecuencia en el bienestar material.
Tenemos que romper la barrera de la indiferencia que suele servir para esconder la hipocresía y el egoísmo. Tenemos que evitar que se asiente este egoísmo, que nos encierra en un círculo estrecho y asfixiante y no nos permite superar la estrechez de los propios pensamientos ni “mirar más allá”.
El Arzobispado de Santiago de Compostela y la Fundación Pablo VI han creado la Cátedra de Estudios Europeos Camino de Santiago. ¿Es más necesaria que nunca en este momento en donde los caminos de la unidad parece que se llenan de muros y trincheras? ¿Tiene sentido o se llega tarde?
Nunca es tarde cuando se trata de humanizar y generar conciencia solidaria desde las raíces cristianas en las que se asienta Europa, aunque se silencie o se olvide. Siempre me gusta recordar que Dante, en uno de los cánticos de la Divina Comedia (canto XXV del Paraíso), proclama que en Santiago resuena la esperanza. Y, por ello, también ha de resonar en esta Europa que se ha de reconocer en lo que significa el Camino de Santiago.
El Camino de Santiago es una red intensa, preciosa, de presencias del pasado y del presente, un inmenso mosaico de testimonios de historia, de arte, de religiosidad, de actos y actitudes de generosidad gratuita, que lo convierten en una ruta de humanización, que ofrece al peregrino una posibilidad única de experimentar cada día una historia de belleza y de verdad y de bondad humana. El Camino es un valor excelente, una espléndida vía de humanidad y humanización, desde sus raíces cristianas.
Por ello, el Camino de Santiago, con nueva actualidad, vuelve a cobrar sentido como camino de renovación religiosa, de conversión, de fe en Jesucristo, de redescubrimiento de la propia identidad cristiana, de comunión eclesial y, por tanto, de reconciliación, de unidad y de paz entre todos los hombres.
Desde esta Cátedra de Estudios Europeos Camino de Santiago queremos convocar a una reflexión que propicie una “sinodalidad” de proyectos que nos comprometan, en palabras del papa Francisco, a seguir caminando en esperanza por aquellas semillas de bien que Dios sigue derramando en la humanidad, asumiendo que, ante este reto y siempre, nadie se salva solo, como nos recuerda en Fratelli tutti.
José Lorenzo
Religión Digital
Cuenta un poeta alemán que, en 1945, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, acudió un día a contemplar las ruinas de la hermosa catedral de su ciudad. Sobrecogido, se sentó sobre unos cascotes y comenzó a escribir un poema, una especie de llanto por su querida catedral. Escribía sus versos mientras otras manos retiraban escombros. “Me asombró -escribió el poeta- que nadie me reprochara que no retirara escombros”.
Aquel poeta sabía -lo sabemos todos- que siempre serán urgentes las dos cosas: manos que retiren escombros y manos que creen nuevas constelaciones de sentido. A veces, las mismas manos realizan las dos tareas. En la tragedia de destrucción y muerte que ha azotado a la Comunidad Valenciana quien verdaderamente crea sentido es la riada de voluntarios que acuden a limpiar sus casas y calles. Contemplando su generosa entrega, me viene a la memoria un texto, muy logrado, de José Gómez Caffarena, buen maestro de la esperanza: “La Humanidad en su secular esfuerzo moral, y pese a sus fracasos, se merece que no sea fallida su esperanza, se merece que exista Dios”.
Sobre Dios y la esperanza dialogaron en el siglo XX dos grandes pensadores: E. Bloch, filósofo marxista ateo, y J. Moltmann, teólogo cristiano protestante. El comienzo de este nuevo año, tan convulso y amenazante, me trae al recuerdo aquellos debates sobre la esperanza. Bloch los solía comenzar recordando los tres “remedios” que Kant ofrecía para sobrellevar los trances duros de la vida: la risa, el sueño y la esperanza. Esta última, la esperanza, fue con frecuencia objeto de diálogo y debate entre Bloch y Moltmann. Sus libros sobre la esperanza son tal vez lo mejor que el siglo XX alumbró sobre el tema.
Pero, antes de acudir a la “profecía extranjera”, es de justicia recordar la figura y la obra de un español que también pensó la esperanza. Me refiero a Pedro Laín Entralgo. Su libro, La espera y la esperanza. Historia y teoría del esperar humano (Revista de Occidente,1957), ofrece un impresionante recorrido por los logros y fracasos de las esperanzas humanas. Laín estaba convencido de que la esperanza es muy propia de nuestra tierra y de nuestras gentes. Evocaba “la visión esperanzosa de otra vida”, de Unamuno. Y nunca se olvidaba de citar el lema de Quevedo: “Yo solo en la esperanza me confío”. La esperanza era para Laín una especie de imperativo categórico, veía en ella “el nervio de la ética”. A los de su profesión, a los médicos, los llamó “dispensadores de esperanza”. Y, en los tiempos desesperanzados que le tocó vivir, Laín evocó en sus libros otras fechas de nuestra historia más proclives a la esperanza.
Pero no se limitó a “lo nuestro”. Su libro, como muestra el subtítulo, es “una historia y teoría del esperar humano”. Y es que ni los pueblos ni los individuos sobreviven sin esperanza. Hegel, buen conocedor de que la historia humana es un entramado de esperanza y desesperanza, evocó el hundimiento de los individuos, de los imperios y de los pueblos. Llegó a calificar la historia universal como “un matadero”, pero enigmáticamente afirmó que “lo necesario subsistió”. Y nada subsiste sin la resistencia que ofrece la esperanza.
Y precisamente a evocar la esperanza consagraron su saber y su talento literario Bloch y Moltmann. El primero escribió su obra principal, El principio esperanza (entre 1938 y 1947), en los EEUU, a donde había llegado huyendo de Hitler. Allí, en el país que él consideraba el “menos utópico” del mundo, se gestó una primera redacción de su gran obra. La escribió mientras se ganaba la vida fregando platos en los hoteles. Y le salió un libro torrencial, rozando siempre lo desorbitado. Bloch actúa como un detective que busca lo utópico, la esperanza, en el arte, la literatura, la música, las tradiciones orales de los pueblos, la religión.
Y precisamente este libro cayó en manos del joven Moltmann durante unas vacaciones en Suiza. Con envidiable gracejo cuenta que, fascinado por este alegato en favor de la esperanza, apenas se asomó a la belleza de las montañas suizas. En cambio, vislumbró los primeros trazos de su Teología de la esperanza (1964), libro que causaría un enorme impacto. Laín lo llamó “documento para siempre”. Tal vez sea el mayor elogio que se le ha dedicado.
Aquella obra fue fruto de unos años en los que todo parecía ir bien. Era la época de Juan XXIII, de Kennedy, del Concilio Vaticano II. Asistíamos a un notable resurgir religioso, con tímidos atrevimientos críticos. Las noticias del concilio se seguían con enorme interés y participación. José L. López Aranguren llegó a escribir que el Vaticano II era el acontecimiento más importante del siglo XX. La Teología de la esperanza fue el libro genial de un cristiano esperanzado. Hace solo unos meses, a sus 98 años, nos ha dejado.
Pero a Moltmann le faltaba lo más arduo: conectar la esperanza con su gran prueba, el sufrimiento. Lo hizo en su otro gran libro, El Dios crucificado (1972). En élse asoma a la experiencia de Dios en el sufrimiento. Esperanza y sufrimiento son para Moltmann, como para toda la tradición cristiana, compatibles. Él hizo su primera gran experiencia dolorosa siendo prisionero de guerra en Bélgica entre 1945 y 1948. Había sido reclutado como soldado por Hitler a los 16 años, igual que lo fueron otros muchos jóvenes, entre ellos J. Ratzinger.
En su mochila de muchacho soldado Moltmann llevaba el libro que sostuvo su esperanza, el Nuevo Testamento. A él se agarró. Con emoción contenida, narraba cómo, después de la guerra, las Facultades alemanas de teología protestante se llenaron de estudiantes que, testigos de tanta barbarie -algunos de ellos mutilados de guerra-, exigían que sus profesores les explicasen cómo se compaginaba el sufrimiento vivido en los frentes con la esperanza cristiana. Moltmann preguntaba por los ochenta mil muertos de su ciudad, Hamburgo, víctimas de feroces bombardeos a los que él, sin saber cómo, logró sobrevivir. Aún seguimos haciéndonos las mismas preguntas. Se las hizo también el Papa Benedicto XVI al visitar el campo de exterminio de Auschwitz.
Pero antes de continuar, debo mencionar -Moltmann no me perdonaría que no lo hiciera- a su esposa. Y es que al lado del gran teólogo estuvo siempre una gran mujer, Elisabeth Moltmann-Wendel (l926-2016), teóloga protestante feminista. Fue ella quien sembró en su marido la inquietud por una teología feminista a la altura de los tiempos. También corre de su cuenta la sensibilización de Moltmann hacia los movimientos pacifistas y verdes, tan potentes y activos desde hace décadas en Alemania. El fallecimiento de Elisabeth, en Tubinga, en 2016, fue un duro golpe para el ya anciano teólogo. Sus cuatro hijas y su entrañable amistad con H. Küng y con E. Jüngel -también teólogo protestante- mitigaron su dolor. Ya nos dejaron los tres.
Volvamos a nuestro relato. Un acontecimiento político de fatales consecuencias se encargó de que el lector de Bloch entre las montañas suizas se convirtiera en su amigo en la Universidad de Tubinga. Ocurrió en 1961. Bloch estaba de vacaciones en la República Federal Alemana cuando el gobierno comunista de la “otra Alemania”, de la República Democrática Alemana, levantó el muro de Berlín. Bloch no se lo pensó: renunció a su cátedra en Leipzig, donde había sido acusado de “veleidades teológicas” por las autoridades comunistas y se quedó para siempre en Tubinga. Su casa estaba muy cerca del Seminario protestante donde en otros tiempos vivieron Hegel, Hölderlin y Fichte. Un lugar muy apropiado para Bloch que había escrito un libro sobre Hegel. Fue allí, en la Universidad de Tubinga, donde estos dos maestros del pensamiento confrontaron sus sentires sobre la esperanza.
Fueron diálogos que sus testigos nunca olvidaremos. A Moltmann le fascinaba la ontología del “todavía no”, de Bloch, es decir, su apego filosófico al futuro, a la esperanza. Era una preciosa ayuda para su teología de la esperanza. Eso sí: se imponía transformar el “Dios esperanza” de Bloch en el “Dios de la esperanza”. Es la tarea que Moltmann llevará a cabo a lo largo de toda su obra. Rechaza la absolutización de la esperanza, llevada a cabo por su amigo Bloch, y la remonta y subordina a Dios, el único que la hace posible. Bloch había entonado un gran elogio filosófico, antropológico, a la esperanza, pero no sabía si hay algo que esperar tras la muerte. Se debatió siempre entre la gran Trascendencia (la Esperanza con mayúscula, Dios) y las pequeñas trascendencias nuestras de cada día (la esperanza con minúscula).
Se tiene la impresión de que al final vencieron las minúsculas, aunque sin abandonar nunca el anhelo por la otra Trascendencia, la única que podría evitar la aniquilación última que Bloch rechazaba. Era tan intenso su anhelo de Trascendencia que intentó darle forma acuñando una distinción que solía repetir, no sé si convencido del todo. Distinguía entre el núcleo y cáscara o envoltorio. El núcleo era para Bloch el verdadero hombre, todavía inexistente, no devenido, asunto de futuro. La muerte solo afecta a la cáscara, al envoltorio. El verdadero hombre, al ser aún cosa de futuro, no pude morir. Una distinción que no convencía a su amigo Moltmann, que alegaba que no se puede argumentar así ante las víctimas de Auschwitz. A lo que Bloch respondía: es que en ese caso no se puede argumentar de ninguna manera…
La esperanza de Bloch se teñía siempre de vigor antropológico; cercano ya a su muerte recibió la visita de Moltmann y sonriendo le dijo: “La muerte, todavía me queda esa experiencia”. Eso sí: su esperanza fue siempre “enlutada”, revestida de “crespones negros”. No se puede olvidar que era la esperanza de un testigo de dos guerras mundiales y de la víctima de no pocos exilios y experiencias dolorosas. Su evocación de las muertes vividas es estremecedora. Solía acudir al dicho alemán “el último hábito no tiene bolsillos” para expresar la total indefensión frente a la muerte. Sobrecoge el relato de la muerte de su primera esposa, ocurrido cuando solo contaba veintidós años; trae a la memoria la reacción de K. Marx ante el fallecimiento de su esposa, Jenny. Bloch nació solo dos años después de la muerte de Marx.
La esperanza blochiana, no sé si escrita con mayúscula o minúscula, le impulsaba a exigir “por dignidad personal” no acabar como el ganado. Gran melómano, se negaba a que la última música que escucharan sus oídos fueran las paletadas de tierra que alguien arrojaría sobre su ataúd. Tal vez se podría afirmar que, como tantos otros, se balanceó entre “el sí y el no”. “Sí” al anhelo de Trascendencia, de Esperanza con mayúscula; y un y “no “resignado, entrecortado, a toda promesa de pervivencia más allá de la muerte.
El título de su conferencia inaugural en la Universidad de Tubinga fascinó a un abarrotado Salón de Actos: ¿Puede frustrarse la esperanza? La respuesta de aquel peregrino de la esperanza fue afirmativa. Bloch había asistido ya a demasiadas frustraciones de sus esperanzas intrahistóricas. Ante la otra esperanza, la esperanza final, se declaraba incompetente. Como buen estudioso de la historia de las religiones, sabía que estas no informan sobre lo que “saben”, sino sobre lo que “creen”. Y él no era creyente. De ahí que no pudiera acompañar a su interlocutor, teólogo cristiano, en la transformación de la esperanza en confianza. Tampoco podía aceptar que el Futurum terminase llamándose Adventus. Ocurría así en Moltmann ante la sonrisa amistosa, pero distanciada de Bloch.
Sin embargo, había una coincidencia última entre los dos amigos. Moltmann defendía que la resurrección de Jesús era histórica no poque hubiera ocurrido en la historia, sino porque había hecho historia. Es decir, porque a partir de la creencia en ella se habían abierto amplios espacios a la esperanza. Nuestro Unamuno dejó escrito que a partir de esa fe “nuestro trabajado linaje humano sería algo más que una procesión de fantasmas que van de la nada a la nada”. Una frase que aceptaría el buen conocedor de Unamuno que fue Moltmann y que tampoco desagradaría a Bloch.
Ahora emerge a la luz que en realidad estuvo días con un pie fuera ya de este mundo. Cuando salió al balcón hospitalario, volvía rescatado de la muerte. Su ausencia física tornaba descomunal. Por lo visto ni la cristiandad, ni la entera humanidad estaban lo suficientemente preparadas para poder prescindir de su liderazgo ejemplar. Por eso volvió a presentarse ante los fieles, siquiera en la altura, demacrado, sin fuerzas, pero dispuesto a entregar hasta el último aliento.
"Tuvimos que elegir entre parar y dejarlo ir o forzarlo y probar todos los medicamentos y terapias posibles, corriendo el riesgo muy alto de dañar otros órganos. Y al final tomamos este camino…", revela ahora el doctor del Gemelli, Massimiliano Strappetti, su médico personal. Las noticias vaticanas de los informativos cobraron de repente un interés inusitado. Nos hemos sorprendido a nosotros mismos desgranando los mismos rosarios que en la afligida Plaza de San Pedro, insuflando aire fresco a esos pulmones cansados. Nos hemos visto pendientes cada noche del último parte médico, de las conexiones con ese macro hospital romano. Nos hemos dolido al contemplar en el balcón a ese rostro de repente tan envejecido, a ese cuerpo tan impedido…
El Papa Francisco nos ha devuelto del exilio, por eso tememos tanto que sus pulmones se vuelvan a ahogar, su aliento a cortar, su corazón a dejar de latir. No queremos retornar a la tierra de nadie, no deseamos de nuevo hacer las maletas. ¡Ojalá nos bañara su bendición desde el balcón de la resurrección! Esa bendición cobra más fuerza dado su tan precario estado de salud. Ojalá nos alcanzara ese “In nómine Patris, et Fílii, et Spíritus…” tan poco aéreo, tan a ras de rodilla, a los exiliados, a los hijos pródigos, incluso a los renegados.
Somos los que no perdimos por entero la fe, los que creímos que un día esa Iglesia resucitaría y se sacudiría sus permanentes claroscuros, su pesada lápida de centurias, su insostenible lastre de privilegio, autoritarismo, cuando no de abuso. Somos los que estamos volviendo de la mano de este Papa entrañable. Es su bonhomía, su humor incluso al encarar la enfermedad extrema, su reflejo del testimonio del Nazareno, lo que nos animó de nuevo a acercarnos a Casa o lo que es lo mismo a la genuina comunión de seguidores de Jesús el Cristo.
Resta a la Iglesia mucho trecho por recorrer, mucha cerrazón por quebrar, mucho oro por caer de las alhajas cardenalicias. Queda una Institución con rostro de mujer por inaugurar, mucha doctrina caduca, mucho dogmatismo incomprensible por revisar…, pero nadie había ido tan lejos como él en el impulso renovador. También en el Vaticano su amanecer está sometido a la gradualidad.
No podemos seguir insuflando por siempre esos pulmones agotados. ¿Qué vendrá después del Papa que tocó tan hondo nuestros corazones? ¿Quién podrá acercarse a la altura de este jesuita argentino que tanto bien ha prodigado a este angustiado mundo? No sabemos la composición del colegio cardenalicio del que en el futuro surgirá el sustituto. Desconocemos si hay serios compromisos con la aurora que Jorge Mario Bergoglio puso tan feliz y oportunamente en marcha.
Confiemos en que la divina providencia sabrá colocar a alguien revestido de su humildad y carisma, alguien a la altura de estos tiempos tan complicados, capaz de proseguir con el proyecto renovador del pontífice latino al que esperemos que el Eterno conceda aún alguna prórroga.
"Necesitamos abrirnos más a la esperanza ofrecida por el Evangelio, que es el antídoto para el espíritu de desesperanza que crece en la sociedad...", proclamaba el Papa Francisco sin reparar en que él ha sido y es, en palabra y obra, la última entrega de ese mismo Evangelio ya renovado que tanto necesitábamos. La química y las terapias han logrado poner por ahora una coma algo cansada, donde se preveía el punto final de su capítulo evangélico. Podamos seguir leyéndolo con pasión, sobre todo observándolo con firmeza y determinación.